GABRIEL BUITRAGO MEJÍA

CON SUS FOTOS, BUITRAGO NOS METE EN EL MUNDO
Por Alberto Aguirre
Buitrago tiene la visión universal: lo ve todo: ve la esencia de las cosas, donde el común de los mortales solo ve las apariencias. La lente de Buitrago desnuda el mundo gracias a esa visión universal: porque su ojo (que es la lente de su cámara) tiene potencia panorámica: da giros de 360 grados. Es el don del fotógrafo más escaso que el don de las lenguas o que este apestoso de las palabras.
Es vasto el registro de Ángel Gabriel Buitrago, en su amplitud es siempre, a cada disparo, un registro periodístico. Lo que quiere decir que está cargado de actualidad. En otras palabras, sus fotos tienen presencia, lo cual rompe la idea recibida que pone cadenas al fotógrafo de prensa, por estar ceñido a la actualidad.
Pero es esta la gran victoria del fotógrafo de prensa. Porque, ciñéndose al instante (a lo actual, a lo presente, a lo que tiene presencia), logra la perennidad. Solo ahondando en el instante se logra un mínimo de permanencia. Radicadas en el presente, las fotos de Buitrago alcanzan una presencia. Esto es, un grado de inmortalidad. Es a lo que aspira toda obra de hombre. Por eso se pinta y se retrata y se lucha: en un afán (quizás demente) de fijar el instante, de rescatarlo (siquiera sea en obra) de su condición necesariamente mortal. La imagen creada por el artista da a los humanos una sensación de permanencia, que los alivia de su fugacidad. Sin ese alivio, este divagar sobre la tierra sería aún más confuso y aleatorio. Por aquella visión panorámica que lo distingue, no es posible poner etiqueta al trabajo de Buitrago. No se le puede encasillar en cajoncitos. Sería fácil decir, por la excelencia de su visión en este campo, que es fotógrafo deportivo. Y bien que lo es. Pero es más cosas. Valdría decir, simplemente, que es un periodista.
Aquí está la clave. Porque ser periodista es ser testigo: dar testimonio del mundo para los demás mortales que están ausentes o que son incapaces de penetrar el instante para descubrir la esencia. Al testificar, el periodista revela el mundo, lo descubre, lo destapa. Buitrago realiza esta labor y su obra es incontrovertible. La palabra, el juicio o el comentario pueden ser refutados, pero la imagen es rotunda. En alguna foto suya se ven tres figuras de espaldas sobre una explanada como estatuas de yeso (dos llevan cachucha), estas rotundas figuras dicen que la pompa y el poder son vanos. Y lo dicen con más vehemencia que un discurso. La imagen desnuda la inanidad del mando. Y la eficacia de tal designación es que su violencia (que es su ridiculez) dimana de materia misma. Que es lo que no sucede con las palabras, siempre alusivas (o de segundo grado). O como este abrazo de los atletas después de la victoria, que señala el gozo íntimo del deporte, por encima de las medallas, de las copas y de las prebendas. O esta foto del Cristo en las calles de Popayán derruida, que dice la desolación y el desamparo.
Son argumentos para designar la realidad. O para dar su testimonio. Porque se trata, siempre, de escudriñar el instante, para fijarlo, para que digan todos los significados, aun los más ocultos. Así se alcanza la dosis mínima de inmortalidad, sin la cual se hace imposible la existencia.
La eficacia del testimonio radica en su belleza. Aquí está la otra clave: la belleza, en la imagen y en la obra del hombre, no es ornamento sino vía necesaria. Sin esa calidad (inasible), el instante seguiría siendo perecedero, fugaz. Son bellas las fotos de Buitrago, y en su belleza radica su potencia: es la virtud que sustenta aquella visión universal.
Tan intenso el intento, que se llega a la paradoja de encontrar la belleza también en lo grotesco. Es la manera de dignificar toda situación humana. Hay una sustancia de ternura en el inválido que patea un balón. Qué ojo penetrante el de este fotógrafo para encontrar la ironía latente en cada situación del hombre. Las reinas de belleza tras una ventana, como en una jaula. Pero es una ironía templada por la ternura. Lo grotesco de la condición humana.
Es la gran soberanía de Ángel Gabriel Buitrago. Esos que atisban debajo de la mesa las piernas de las reinas están gafiando detrás del ojo de la cerradura.En fin, estas fotos nos meten en el mundo, del cual, en nuestra modorra, tratamos de huir.
(Abril 24 de 1984)
