FILOMENO HERNÁNDEZ

Filomeno Hernéndez nació en Suaza, Huila, en 1952. Inició sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Neiva. En 1978 viajó a Barcelona y percibió el espíritu de Gaudí. Entre 1980 y 1981 estudió grabado en la Stamperia d’Arte di Gerardo Lo Russo. En 1981 se radicó en Suiza donde asistió a cursos de francés y literatura hispanoamericana en la Universidad de Friburgo. Entre 1996 y 2002 vivió en Colombia y luego se radicó en Friburgo, Suiza.
Importantes críticos, curadores, poetas y escritores han plasmado su percepción de la obra de este gran artista colombiano…
Corrado Maltese lo considera el «pintor de los sueños y de la exuberante imaginación literaria»; Jorge Eliécer Pardo dice: «Sus paisajes son producto de la observación de la angustia del hombre contemporáneo cuyo futuro se halla en el risco del abismo, en la antesala de la hecatombe; para Jotamario «Es el arcado sexual develado en el laboratorio de un brujo atómico, tentándonos con la ostra roja del saber, las guerras intestinas de la paloma, todo un apocalipsis, en cámara lenta, en fin, el surrealismo, en traje de metafísico disparate»; para Fernando Guinard es el «manantial inagotable de mundos paralelos que producen placeres, despiertan y excitan los sentidos».
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INSÓLITO MAESTRO DE LA VIDA Y EL ARTE
Por Fernando Guinard
Filomeno Hernández es un desplazado de un país sin dignidad que durante los últimos periodos de adversidad de las escuelas de arte influidas por verborreas extrañas y espíritus modistas se taparon los ojos y creyeron aniquilar a los creadores silenciosos que inventan sus propias percepciones significativas. Lo conocí en Bogotá, en 1987, en la Casa-Taller de Ligia García, que en paz descansa. Tenía arrendado un apartamento donde dibujaba sus figuras extrañas, fantásticas y eróticas.
Participó en el proyecto del libro El Espíritu Erótico, que presentamos, con el poeta Jotamario y el Monje Loco, en septiembre de 1990, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, con el apoyo de Gloria Zea y Eduardo Serrano. El libro mostró el espíritu erótico de los pintores y poetas colombianos, al lado de poetas de otras geografías y otras épocas.
Participaron, entre otros, Débora Arango, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Fernando Botero, Jim Amaral, Omar Rayo, David Manzur, Hernando Tejada, Leonel Góngora, Ángel Loochkartt, Augusto Rendón, Carlos Granada, Gastón Bettelli, Darío Morales, Luis Caballero, Saturnino Ramírez, Álvaro Barrios, Umberto Giangrandi, Pedro Alcántara Herrán, Mario Gordillo, Ismael Olabarrieta, Oscar Muñoz, Jorge Posada, Gilberto Cerón, Carlos Eduardo Serrano, Eduardo Esparza y Filomeno Hernández.
En agosto de 1991 lo acompañé en una exposición que realizó en una galería bogotana, curada por León Tovar Varela, un simpático e inquieto muchacho que en la actualidad es un importante galerista en la ciudad de Nueva York. Después no volví a saber de Filomeno. ¿Dónde andaría? ¿Qué sería de su vida? Creí que ya se había desaparecido de este mundo.
Pero un día, se comunicó con el Museo Arte Erótico Americano MaReA, y me contó que se había enterado de la existencia del proyectoproceso en Colombia gracias a Cronopios, el diario virtual que comunica a todos los desplazados de Colombia y que dirigió hasta su muerte el escritor y periodista, Ignacio Ramírez. El bello Filomeno y su obra se instalan en el mundo de la imaginación que rompe con la obviedad y la transforma en una expresión significante de un soñador de embrujos.
Y ahora salta al ruedo con su cuadrilla de pinturas, dibujos, esculturas y temas, impresos en un espléndido libro en el cual importantes escritores y poetas de diferentes geografías y épocas plasman las profundidades de su proceso creativo y el manantial inagotable de su imaginación.
Manifiestan sus conjeturas, con intensidad y significancia, basados en las imágenes de mundos paralelos, imágenes que producen placeres y que despiertan, ejercitan y excitan los sentidos, máquinas de coser que hilan recuerdos, dibujadas, pintadas y talladas en las más bellas maderas cuyas texturas incitan a las caricias y son extraídas de las selvas de Wifredo Lam, con formas extrañas y bellas como las de Gaudí, imágenes de su infancia y adolescencia cuando los gallos poetas despertaban a los dormidos para habitar paraísos de mitologías propias, máquinas que parecen insectos, tan bellas como la sonrisa de una amante satisfecha, frutas que alimentan egos y volcanes que vomitan raudales de color para volar un infierno, realidades a las que les tuerce el pescuezo para convertirlas en objetos de placer estético.
Bogotá, Colombia, 2012.
FILOMENO HERNÁNDEZ, DE LA MULA AL JET
Por Jotamario Arbeláez
Toda esa chatarra del inconsciente transformada con sus límpidos y espinosos trazos en caviar para el ojo, las pesadillas de los desérticos San Antonios completadas a soplete por demonios atójenos de nuestro siglo, toda una sexualidad erizada de espanto puesta a secar en las cuerdas de horizontes sin porvenir, monstruos alados de ternura, prospectos de pensamiento salvaje lanzándose por los abismos del absurdo, moléculas, humor a costa del desprendimiento visceral, sastrería de tejidos humanos con la elegancia de un alejandrino, historias de castillos feéricos rescatados de los altos hangares de la memoria, el arcano sexual develado en el laboratorio de un brujo atómico tentándonos con la ostra roja del saber, las guerras intestinas de la paloma, todo un apocalipsis en cámara lenta, en fin, el surrealismo en traje de metafísico disparate.
Con ocasión del homenaje de los poetas Juan Manuel Roca, Antonio Correa, Norberto Gimelfarb y Jotamario, realizado en 1987.
Bogotá, Colombia.
CARTA DE JOTAMARIO ARBELÁEZ A JORGE ELIÉCER PARDO
Por Jotamario Arbeláez
Gracias, Jorge Eliécer, por el bello registro que haces de la reciente muestra del gran Filomeno, sin duda uno de los más grandes pintores que ha tenido (y seguirá teniendo) Colombia en su historia, y con cuya amistad nos honramos. Quienes ya estábamos cautivados con sus máquinas de coser, en especial yo, que trabajo con una ante mis ojos para recoser los recuerdos de la casa de las agujas, nos sorprendimos con sus atronadores paisajes de serenos apocalipsis. Un día no lejano Filomeno será reconocido como el más original y el grande. Ya estoy alistando mi copa para el gran brindis.
Tomado del blog de Jorge Eliécer Pardo.
Bogotá, Colombia, 2010.
FILOMENO HERNÁNDEZ
Por Alba Lucía Ángel
Agresivo en su expresión pictórica. Huellas de Lam, de Ernst, de Matta, de los expresionistas alemanes. Huellas de lucha, de búsqueda, de un querer porque sí, porque el grito es muy hondo y hay que seguir la brega. La historia de Filomeno es la historia del hombre, con su verdad a cuestas. Su verdad de pintor.
De artista. De un gran necesitado del espíritu, de la belleza amarga, de la crudeza cotidiana que rutila en las formas y colores de un apagado eco de esperanzas, donde él construye sus sueños, sus fantasmas, sus agresores y sus mitos. Donde transcurre horas y horas en lucha con su imagen que se le escapa en los pinceles y que grita por él su entrega silenciosa. Pintando al mundo y andando sus caminos le auguro ruta buena y pulso firme.
Pereira, Colombia, 1977.
CONSECUENCIA E INVENTIVA
Por Arcangelo Leonardi
De la observación de las obras expuestas se puede ver el modelo de identidad del lenguaje de Filomeno, analizando la explotación de los valores humanos como consecuencia inventiva que consiste en dar forma, en dimensiones imprevistas, a hombres y cosas en una temática que se remonta al surrealismo: traduce en formas el misterio del pensamiento de los hombres poniéndolos en el límite entre lo real y lo cómico.
Las imágenes que invaden la mente de Filomeno conmueven por su aspecto dramático representadas por alusiones grotescas, por fantasmas, por máquinas electrónicas o maniquíes, bien con referencia al mundo de lo efímero, o bien ligados a situaciones específicas de la realidad.
Motivaciones que a través de la grafía generan un naturalismo simbólico como si proviniera de un horrible sueño, de un mundo en el cual la civilización depende de la supervivencia ilusoria.
De hecho afronta los varios momentos del ser con la descripción de acontecimientos que atormentan los sentidos y engloban al hombre en circunstancias extrañas. Se nota la manipulación gráfica ligada a la tradición del arte colombiano, como causa y no como el resultado compositivo, en cuanto, al desarrollar el tema de la opresión, Filomeno interviene expresando la alienación de la vida social, en todos los escenarios provocatorios donde el hombre aparece sofocado, anulado del dominio de la existencia, por otro ser dominante.
La descripción del hombre y de las cosas se desarrolla casi siempre en forma oval de tal forma que la crueldad, el sufrimiento, la inseguridad, la prepotencia, se representan en la dinámica del símbolo y en la absurda ambigüedad en que aparece exaltada la naturaleza.
Roma, Italia, 1980.
LA ILÓGICA SURREALISTA
Por Vinicio Saviantoni
Decir hoy, de un artista, que él obra según los cánones del «surrealismo», no es exacto, porque desde sus orígenes este movimiento se declaró ajeno a las «lógicas» y a los «sistemas»; las tomó, las tradujo y superó de otras tendencias como el expresionismo, el dadaísmo y el abstraccionismo por citar sólo algunas. Y, por que actualmente su práctica resulta todavía más «contaminada» o, mejor dicho, precisada y colorida, por las contemporáneas tendencias de la figuración. A diferencia de otras escuelas, el surrealismo resulta extremamente variado en las interpretaciones personales que abarca, además del artístico, el campo literario: de los poetas Breton y Rimbaud a artistas como Delvaux, Redon, Ernst, hasta Savinio y a los más cercanos como Crippa y Baj, para citar sólo algunos.
Para Filomeno, artista colombiano recién llegado a Roma, el «surrealismo» es casi un pretexto para declarar (con el grosor, la finura y la hilatura de su lápiz) todo un mundo personal de temáticas y de mundos expresivos. Así, en su obra (un conjunto muy orgánico de dibujos en blanco y negro), la violencia y el consumismo, la eficiencia y la decadencia de la civilización, el derrumbe de ciertos ideales y mitos ahora superados, la injusticia y laceración de las conciencias y la productividad se mezclan con los análisis formales y modales de los velos y de la luz, representados a través de combinaciones de líneas irracionales que transforman la masa plástica en figuras en las que la contradicción entre la exquisitez formal y «el pensamiento irritante» se hace manifiesto.
Este modo de trabajar, que es sobre todo la exteriorización de un «proceso psíquico» (como lo definió Bretón), toma y deja las hipótesis más extrañas, toca, en Filomeno el campo de la fantasía («hecha esclava», como fue escrito en el Manifiesto surrealista de 1924, por el artista al cual se ha confiado «la más grande libertad») pero tiene, al mismo tiempo, referencias analógicas y no sólo virtuales, con la realidad.
Es aquí el momento más expresivo de la imagen filomeniana, una reorganización de las hipótesis para golpear más rudamente, con el sarcasmo de lo «grotesco», en el signo de una disgregación moral y social demasiado avanzada.
El artista carga así su obra de signos violentos: ametralladoras, tubos, cascos, son agrupados en su «pesadez» de poder, que luego se descompone, oprimida aquí, no por las clases minoritarias, sino por el progreso mismo de la historia, por la acumulación de instrumentos (de producción, de consumo y de muerte) que este poder ha creado. Nos viene a la mente la expresión de Grosz y de Dix, revisada, obviamente, a través de la competencia del arte contemporáneo, pero sobre todo a través del surrealismo de la fantasía, es decir, de las exigencias artísticas personales. Estos dibujos, por lo tanto, no están realísticamente afectados por el virtuosismo dialéctico, sino igualmente «dilatados» en la simbología, casi espectacular, de tubos conductivos y de masas de plástico, destruidas por el uso exagerado y que resultan inservibles.
Y quizás en este caso, los críticos que han visto este tipo de arte dentro del espíritu marxista de «transformar el mundo» han acertado. También en Filomeno la realización de una obra no es un fin en sí mismo; aun si ésta testimonia una capacidad de síntesis estéticamente válida, ella crea una relación con la conciencia civil del hombre y su voluntad de denuncia.
Filomeno demuestra con su obra claridad de propósitos y técnicas aún en la aparente simplicidad de lo construido, densa de valores plásticos y de contenido. Un discurso aparte necesitaría hacerse sobre su ascendencia autóctona del arte colombiano (aunque a primera vista su trabajo puede parecer desvinculado de la tradición).
En efecto, lo «surreal» está presente en todas las obras en piedra, en oro y en cerámica del arte mesoamericano; igualmente se debería hablar de las analogías, aunque menos evidentes, de su obra con las actuales tendencias de Méndez y de Zamora, pero esto será posible en otra ocasión, probablemente cuando el artista trabaje con el color y la materia pictórica.
Roma, Italia, 1980.
CANTO AL CORAZÓN DE LA MADERA
Por Ignacio Ramírez
La exposición es deslumbrante: hay dibujos y pinturas, bronces y maderas. Obras de comienzos de los noventa y también muy recientes, como si el artista hubiese determinado reaparecer en su país con el testimonio de la metamorfosis del tránsito espiritual que ha decidido instalarse de nuevo en el anonimato de la aldea tras la extensa y vital experiencia de compartir en el viejo mundo la cotidianidad de los artistas reconocidos. En las paredes cuelgan sus sueños de ciudades imaginarias cuyos paisajes corresponden a espejos de la fantasía que vibra en su genio creador; territorios donde la línea, el color; la sutileza, la profundidad, el manejo de los grafitos, los acrílicos y los óleos sobre las más variadas superficies: madera, lienzo, acetato, fibra poliéster, etc., se amalgaman dentro de tal armonía y equilibrio, que producen auténtica admiración y gozo en el ánimo del observador, no importa si es profano o erudito, porque la magia del arte reside en el secreto de su capacidad de suscitación emotiva.
Las urbes fantásticas de Filomeno sólo son comparables con las ciudades invisibles que Italo Calvino nos enseñó a habitar, pero, por supuesto, tienen el sello tangible que diferencia a la palabra de la imagen y sustentan su fundación para observadores lúdicos, en el inconfundible sello filoménico claramente identificable para los iniciados y fácilmente accesible para cualquier iluminado de aquellos que van a las exposiciones con la misma fruición de quien emprende un viaje. Periplo visual de territorios vivos para naturalezas muertas, majestad de las manos que dibujan con perfección y asombro las máquinas de coser que parecen a la vez aparatos para no errar en el momento de hilvanar la poesía, pájaros, insectos, caracoles, calabazos, alas, partituras, nubes, grietas, cosas que vuelan sin nombre, líneas que danzan en el viento de la estética.
El arte puro capaz de superar al más potente alucinógeno, con la única diferencia que éste quedará para toda la vida en el alma del espectador, sin crear adicciones diferentes al asombro frente a la desmesura de la imaginación.
Bogotá, Colombia, 1998.
EL DESTINO DEL ÁRBOL
Por Ignacio Ramírez
Pero hay algo rotundo que marca la conquista de un nuevo continente en el universo pictórico de Filomeno Hernández: sus más recientes esculturas en madera. Son sublimes instrumentos musicales nunca antes vistos ni imaginados, con una sola cuerda o con sutiles elementos metálicos que hacen de sus estilizadas normas un objeto para la perplejidad. ¿Tendrán sonido alguno? ¿Integrarán orquestas? ¿Repercutirán allá dentro de la mente de su creador? Sí, sin duda lo que no sabe Filomeno es que la gente que las ve, puede abstraerse y dejarlas vibrar a imagen y semejanza de sus necesidades plásticas y musicales, de sueño de vigilia, de volumen de espacio, porque son monumentos volátiles, maravillas del cuerpo antes oculto de la naturaleza. La crítica pugnaz que su inventor incluye en todas sus facetas, les hace semejanza a armas de guerra, pero su identidad, su fundamento, su forma de aparatos musicales, sólo les permite disparos para despertar a los conformistas y hacerles abrir los ojos a la diferencia. El arte es eso: sentir la piel, oír el canto del poema que viene del corazón de la madera.
Y ahí, de nuevo, la autenticidad y el simbolismo: Filomeno ha trabajado estas esculturas en un pequeño taller que apenas comienza a levantar en su hermosa casita de La Jagua. Ha recogido troncos abandonados de árboles nativos y con procedimientos que no nos recuerdan arte alguno visto en nuestro país ni en ningún otro lugar de este planeta, los ha esculpido de tal modo, que al verlos concluidos se descubre el alto destino de la madera cuando ésta se convierte en objeto fantástico, cuando los creadores los devuelven a la humanidad convertidos en obras de arte, para que los reconozcan, los cuiden y les agradezcan su presencia en el orden de la naturaleza.
Bogotá, Colombia, 1998.
LA PINTURA DE FILOMENO
Por Mario Camelo
Acercarse a la pintura de Filomeno Hernández, -y es la inquietud- genera desasosiego y picazón por todo el cuerpo, es como sentirse invadido por una nación de hormigas implacables; algo que se vuelca desde la pintura y cae entre las manos, tremendo. Todo se realiza desde el sueño (trinchera sin igual del imaginario) y se vuelve línea, volumen, espacio con la misma maravilla con que el plátano organiza su arquitectura milenaria. También la pintura es el ojo abierto y con dedos, de lo imaginado. Entonces nos percatamos de la vastedad de la poesía propuesta, de su arduidad y riesgo.
Comencemos por las construcciones que se nos presentan: macizas, con densidades que devuelven al ojo su flecha con una violencia igual a su velocidad de partida. Repentinamente, huecos de cangrejo o diseños de termitas conducen al caminante a los enigmas del laberinto. Laberinto como obraje, o ese otro más incontable, el del espacio que se avecina acompañado de rojo y de hinchazón. Pareciera que aquí vivimos y hacemos nuestro fuego mientras usamos el tiempo. ¿Quién garantiza este tiempo y decide las horas del fuego? Cada nube es un animal al acecho, bestia que se forma con los cabellos de nuestro espanto: generales en trance de confirmación con orejas de caballitos de mar detenidos en la melaza de su muerte; iguanas y otros bestiajes donde el espacio pictórico eriza el aire, lo detiene entre las espinas mientras el agua acosa su aliento persiguiéndolo enloquecida. No hay pausa para la inocencia. Tampoco la palabra realiza su labor conciliadora, desenvuelve su música para aplacar la lava o los tambores.
Por donde ha expuesto Filomeno Hernández: España, Italia, Alemania, Suiza, Bélgica, su pintura provoca sorpresa y malestar. Hay quienes han dicho a secas, que les causa agonía. Algunos críticos han decidido ver en su obra la continuidad del surrealismo o por lo menos su severa impregnación. El ojo europeo pareciera pensar en el caos y las nupcias únicamente desde los ojos de Picasso y Chagall. Pero Picasso sabía que algunos pueblos africanos piensan el caos inicial como aliento suspendido, y el fin de los tiempos como la confusión total de los rostros y los espíritus. Para otros críticos, se trataría de un hijo tardío de Matta y Lam. Hasta ahí llega la crítica o más bien la observación.
Uno concluye, algo derrotado, en presencia de pobreza y racionalismo, la cortedad de lo sensible, o el pánico que obliga cerrar la boca cuando de repente, la casa no es la casa sino el cuadro donde se animan los años y las labores, sin espejuelos de contraste ni delicias de bambalinas.
El discurso de agresión, de poder y dominación, de exterminio e implacabilidad que habita esta pintura, pasa silenciado o a medias murmurado entre vergüenza y horror. Demasiado para las acomodadas conciencias del viejo continente donde aún sobresalta la plumilla de Goya y el Bosco.
Esta complicidad del miedo ha permitido, creo, el lenguaje rotundo y enervante del complicado y fascinante mundo de Filomeno Hernández. Gracias al Polyester, tintas, ácidos y acrílicos en transparencia llegamos hasta las tripas de las más pavorosas bestias, o al cerebro acuoso y pestilente de esos seres cargados de insignias y números, que no son cabalísticos. Todo sirve a su pintura: acetatos, pasteles, lacas, minas grasas y de plomo, las famosas cartulinas fabriano de Italia, óleos y hasta fotografías de acontecimientos deshonrosos y subversivos como la reciente invasión a la isla de Granada, sirven y se subliman en la alquimia del cuadro.
Detrás de todo ello —quiera verse o no— el oficiante indio lee en entrañas de seres imaginarios, o en nuestras mismas vísceras, los signos de metástasis de nuestro propio mal, las vecinas presencias que nos aniquilan, sin instante de tregua o de ternura. El oficiante conoce la profecía: «Dispersados serán por el mundo las mujeres que cantan, y los hombres que cantan y todos los que cantan. Será asesinado el encantador del agua, devastada la ciudad donde vive el hombre, en brea hirviente ahogarán al despertador de la estrella de la mañana, soga tendrán, tendrán fuego para los príncipes legítimos». Está dicho en el Chilám Balám de Chumayel.
Sin embargo, nada ataja al pintor-chamán. Éste sólo se detiene en cada huesito, en cada coagulo procurando limpiar los ojos entre conjuros desconocidos, limpiar la lengua, las manos que sirvan para destruir las mismas monstruosidades que la pintura propone. Todo se desarrolla secretamente, de manera pura, transparente para que los caracoles abunden y el nácar extienda su gracia multiforme.
Friburgo, Suiza, 1984.
DE LA CASA ENCANTADA DE FILOMENO
Por Amadeo González Triviño
Y voy rememorando poco a poco, esas palabras y esas formas, y encuentro en el Filomeno de entonces, que no es distante del hombre de siempre, al ser silencioso que en medio de una paz que va más allá de cualquier pensamiento, va pintando sus paisajes urbanos, como una ensoñación de la angustia y de la vida, donde se lucha y se batalla para encontrar y alcanzar en su interior, ese saber y conocer, ese poder precisar que un color, un trazo, una experiencia, hacen parte de todo un conjunto, que como toda su obra, son un canto armónico a la sinfonía de la vida, a la sinfonía del silencio, a la fraternidad de los ausentes y de todos aquellos que pudieran ser y no son, o que termina siendo el lenguaje perfecto de una comunicación que va calando en lo más profundo, como una advertencia, como un grito ahogado que quiere empotrarse en cada uno de nosotros, cuando somos pregoneros de algo que no nos atrevíamos a decir, pero que en el fondo, por medio de la obra, nos identificamos y nos encontramos de lleno, con nuestro pensamiento, con nuestra idea, con nuestra esperanza.
En la Casa Encantada que FILOMENO habitaba sus trazos surgían como de un encantamiento del cual el árbol de totumo fue testigo y compartió la experiencia del artista cuando los pequeños frutos, eran moldeados con lías que los ataban para crear calabazas que el capricho de la naturaleza le negaba. Y todos sabíamos que allí había floración de arte, de trazos mágicos y de colores espectaculares que eran capaces de robarle el encanto a los atardeceres.
Garzón, Huila, Colombia, 2008.
EL ETERNO RETORNO DE FILOMENO HERNÁNDEZ
Por Amadeo González Triviño
Un día Filomeno seguirá su camino, seguirá buscando la ruta del conquistador que llegó, triunfó y siguió buscando el triunfo espiritual. Único triunfo que no se vende, ni se trueca por las dádivas generosas que nos regala la vida.
La satisfacción del espíritu y sus mujeres, conjuntamente con sus cuadros, hacen de Filomeno, ese caminante que nos deslumbra, que nos convence, que, frente a la realidad de su mundo exterior, nos hace comprender que es mejor seguir aquí, así, viajando sin cesar, sin triangular alturas ni distancias, como dice el poeta, para navegar por las sórdidas entrañas de una región desconocida en el alma de los seres.
La historia de Filomeno es la historia del hombre con su verdad a cuestas —nos repite Alba Lucía Ángel—, y quienes estamos cerca de él, nos alegramos de contarlo entre los nuestros, pues dentro de su apacible humanidad, se esconde la rebeldía contra lo injusto, contra aquello que socava la esencia misma de la vida, contra el infortunio del ser, en una sociedad que lo devora todo, todo, hasta la misma vida… Este eterno retorno del artista, nos invita a recrearnos con su obra, con esos cuadros que nos crean «espacios para coser la memoria», y tantas otras formas de una profundidad inaprehensible, que constituyen toda una filosofía diaria por la cual discurrimos sin cesar en nuestra lucha por sobrevivir.
Garzón, Huila, Colombia, 1997.
AL FILO FANTÁSTICO DE MENO
Por Isaías Peña Gutiérrez
Meno es el hermano menor; Filo el mayor. Ambos nacieron en Suaza. El uno dibuja y el otro inventa.
Éste traza, aquél colorea. Filo es el borde de la realidad. Meno es su centro. Su diferencia es la misma que hay entre Suaza y Suiza; un fonema abierto que se traga al cerrado, o mejor, una bocaza que se alimenta de los medios puros. El mismo terror del «Expreso de Oriente», que se enmarcó él solo, o esa lejanía metálica de los desechos industriales. Es probable que Suaza sea lo mismo que Suiza, y una treta de Filo nos lo haya quitado de la memoria.
Así como aquellas máquinas de coser se fueron convirtiendo en animales robotizados, o esas manzanas adquirieron la redondez de lo lúbrico o la dimensión del amor, o ese autómata consiguió una sonrisa a pesar de la cremallera de su boca, o las frutas rompieron en crestas del siglo XXI, o las hélices se deshicieron en colores flotantes. Todo cambiado, todo transformado.
Ya no el surrealismo azul o el realismo mágico, sino la punzada arbitraria por la futurista del realismo fantástico. Como en los acuarios de pájaros-peces mecanizados, arbitrarios pioneros de una nueva raza.
De allá viene Filo y Meno, de Europa y de América, y para acá corre Filomeno con sus números, tijeras, cables, anillos, alambres y sustos al rojo vivo. Con texturas lunares o viscerales, o de nostálgicas cortinas florecidas. Con una línea y un trazo que ya son propiedad de su sinrazón.
Con unos volúmenes figurados o desfigurados o configurados. Sobre esa piel arrancada del petróleo, fiel testigo de su mundo industrializado, que atrapada por el grafito, el pastel y sus colores, nos atrae con una lógica oculta, al filo de lo fantástico.
Bogotá, Colombia, 1988.
LA DESMESURA DEL GOCE ESTÉTICO
Por Héctor Sánchez
La vertiginosa alucinación pictórica de Filomeno Hernández me lleva a imaginarlo en los nacientes días del cristianismo, escéptico e imperturbable, metido en una túnica hasta los pies y escondiendo bajo ésta una buena gama de colores para ir añadiendo al austero pez que instaurará el símbolo de aquella fe, su atroz encrucijada, con nuevos signos y detalles. Desde este punto de vista no resulta extraño que, veinte siglos más tarde, frente a la generosa esquizofrenia de nuestro tiempo, el coletazo de su pez cautivo, prosiga el duelo a vida y muerte.
Existe un mezquino prejuicio que tiende a ahogar, por el origen regional, la voluntad de apertura hacia el mundo de quien lo intenta, y cuando se le reconoce, es con la parda indigencia del convencionalismo. Y la verdad es que no se entiende bien esto, pues el mundo no es más que una gran provincia. Las que son universales, son las ideas y todos los que las expresan. Filomeno no tiene que ofrecer disculpas por pertenecer a esta casta excepcional que así lo cree, del mismo modo que nunca ha renunciado a la turbadora fascinación de sus criaturas, a favor de lo bonito.
En los orígenes de la pintura de Filomeno existe, como en su epígono el Bosco, el ensueño crítico, el goce estético por la desmesura, el alma de un niño metida en la piel de un incendiario. Y todo para confesarnos la inocencia de sus actos, como alguna vez se le revelara a Rousseau el «buen salvaje». Tiene, como los buenos artistas, candor para hacernos creer que se trata de un juego, y llevarnos a través de sus divagaciones, hasta el callejón sin salida de la clásica turbación.
Conociendo, como conozco a Filomeno, pareciera que es otra mano la que actúa, mientras él ha ido a comprar la leche y el pan. Su genio y su mano parecen hechos para la flor, pero el alma humana, la suya y la nuestra, siguen siendo un sorprendente laberinto, hecho de sombras y transfiguraciones. Puesto que la materia de sus cuadros no escapa a una visión crítica de nuestro tiempo, debemos confesarnos sus tristes modelos; una fauna acongojada y sin ilusión, entre los dientes del gran monstruo que se engulló esta civilización. Por ahora, navegamos sus primeros círculos, y sólo por Dante sabemos lo que nos espera, pero quienes hemos interiorizado la obra de Filomeno no estamos tan seguros de ello, y sin dramatizar, podemos asegurar, que no sabemos bien lo que nos espera.
Lo que sí sabemos es que ya nada detendrá sus ríos de pintura, el éxito de sus exposiciones fuera de Colombia, la hermosa tragedia del artista que brilla por su obra, y es capaz de compartirla, sin el pecado de la vanidad.
Bogotá, Colombia, 1990.
«Su voz es un silencio
encendido de pinceles
que gritan figuras repletas de realidad:
hirientes perversas irreverentes
repletas de pueblo enfurecido».
(Misael García)
EL POETA DEL COLOR
Por Miguel de León
El excelente oficio de Filomeno se refleja en la precisión de sus estructuras, en su atmósfera cargada de soledad y en su orden poético, que nos salva de la angustia existencial que rodea sus dibujos. Un dibujo cargado de detalles, de una exuberante imaginación y de una composición precisa, que lleva al acetato para construir esas máquinas prodigiosas que parecen devorarnos.
Sólo nos salva de ello, la poesía que nos recuerda la infancia campesina del autor en su amado valle de Suaza y que tanto lo ha marcado.
Ahora, ha trasladado esas máquinas «soñadas y soñadoras» a un espacio tridimensional. En su escultura, Filomeno juega con esos objetos de nuestra cotidianeidad, no para transformarlos en otros objetos, sino para entregarles nuevos significados, que nos abren otras posibilidades de conocer la vida, Posibilidades que nos da este artista discreto, reservado, sencillo, de voz suave que ha llevado su vida y su obra al lugar que él siempre quiso.
Neiva, Huila, Colombia, 1997.
REALIDAD Y FICCIÓN
Por Felipe Vargas Maza
La obra de Filomeno Hernández nos coloca indiscutiblemente frente al artista que expresa la riqueza, la sensibilidad aguda, la fantasía y la desbordante manera de transmitir un mundo extraño, quizás mítico que brota del misterio de una imaginación que nos recuerda el cuento mágico, misterioso, fuera de lo común e incluso de ficción, pero que nos regresa a la vez a la realidad. Pájaros, esferas alargadas y recuerdos de un desarrollo mecanizado cuyos detalles, delicadamente dibujados, como bordados de tejidos lisos o ligeramente rugosos, se introducen y destacan para darle carácter, exuberancia y pesadilla a cada obra. Sus máquinas de «coser ideas», como el mismo Filomeno Hernández suele llamarlas calmada y serenamente, nos hacen pensar en la industria que produce mecánicamente cientos de objetos pero que, a través de su imaginación, adoptan formas y epidermis de órganos o vísceras que se destacan por sí mismas, por su voluntad de expresión y de mensaje. Sus cuadros son un ejemplo complejo, quizás intrincado y tortuoso, de querer forzar el pensamiento, lo que va más allá de la imaginación, lo que se mezcla indefinidamente entre el sueño y la pesadilla y queda dibujado y tratado pulcramente sobre el papel. La suavidad de los colores, anaranjado de inminente ocaso, ocre de metales y óxido, azul diluido, marrón sombreado o negro de ceniza y humo, afirman la coreografía de un escenario delirante y casi sobrenatural y surrealista. Sus figuras dominan el espacio que ocupan y nos conducen, involuntariamente, a un estado de atrayente reflexión, de interpretación y de comprensión. En Filomeno Hernández encontramos al artista discreto, reservado, sencillo, taciturno pero humano, que lleva en su vida de pintor y de infatigable luchador de anécdotas, de encuentros y de escenarios sorprendentes, experiencia de riqueza literaria como de profundo sentido filosófico. Todas sus facetas hierven en su mente de dibujante, gravitan alrededor de pensamientos que él sólo sabe transportar al espacio de un cuadro que si bien está limitado por su marco, es extenso y profundo en cuanto a su sentido. En este artista encontramos al soñador que quiere ir más allá de lo puramente real, a la persona que maneja admirablemente, tanto su técnica del acrílico y el grafito como su misteriosa inclinación de pintar los sueños.
Ginebra, Suiza, 1994.
FILOMENO HERNÁNDEZ, UN CONQUISTADOR
Por Benhur Sánchez Suárez
Esos paisajes extraños, poblados de seres desintegrados que nos miran desde su mundo abisal; esos seres que usted ve, fantásticos pero a la vez tan cercanos, tan profundamente humanos, son los que pueblan el mundo imaginario de Filomeno Hernández. Extraños sí, en medio de tanto pinturerismo nacional pretendidamente innovador, que irrumpe en la retina del espectador para incitarlo a una profunda reflexión. Es el trópico, es la fantasía de un realismo mágico que nos envuelve con fortaleza porque expresa la dura realidad latinoamericana a través de la ruptura de la imagen.
Filomeno Hernández, huilense (Suaza, 1952), actualmente reside en Friburgo (Suiza), ha recorrido un arduo camino con sus imágenes y sueños para apropiarse de ese mundo, entre onírico y real, entre la expresión decantada de un arte hábilmente descubierto y conquistado por el artista y las formas inventadas que contrastan con la realidad. Su técnica, amorosamente descubierta y aprendida, hace de su obra un hecho singular: sobre un soporte de poliéster, con una gama de tonalidades esfumadas, suaves y un dibujo acentuado con base en lápiz negro, a la manera de los grandes maestros del arte universal, Filomeno va dejando su huella, su personalidad estética, con seres imaginarios surgidos del acto creador de descomponer la realidad para luego reconstruirla como un rompecabezas.
Bogotá, Colombia, 1988.
MAGIA Y REALIDAD EN FILOMENO HERNÁNDEZ
Por Jorge Montoya Toro
Filomeno Hernández no es un pintor comarcano, así haya nacido en el Huila. Es, en definitiva, un valor de la plástica internacional, pues su pintura se ha paseado airosa por diversos continentes y está impregnada de esa vitalidad renovadora que, partiendo del surrealismo y tendencias afines de la primera posguerra, se alimenta de la inconformidad, rebeldía e ímpetu indagador del arte de nuestra época. En efecto, observando detenidamente estos cuadros no hallamos una definición precisa para su obra, ya que afloran en ella manifestaciones de la más variada índole de la plástica contemporánea.
Sin que implique lo anterior que se trate de un artista desubicado, porque lo cierto es que sus cuadros resumen toda la problemática humana y la técnica pictórica que aspira a recoger integrados, admirablemente, realidades y sueños. Los diferentes elementos que aparecen en las creaciones de Filomeno Hernández, dicen, claramente, el sentido ecuménico de su obra y las ambiciones que anhela congregar en torno a colores, formas y conceptos estéticos. Vale decir que el mensaje de este creador de belleza corre parejo con la dinámica de nuestro tiempo y con ese secreto anhelo de transmitir concretamente la realidad y la magia. Porque, indudablemente estos dos valores pueden plasmarse en un cuadro y decir su verdad, que generalmente es una afirmación de belleza que no a todos es dado captar.
La obra de Filomeno Hernández debe ser mirada y admirada con una gran amplitud de criterio y con el deseo de encontrar, en lo cotidiano, lo maravilloso del mundo.
Medellín, Colombia, 1988
LA TRASCENDENCIA DE UN PINTOR
Por Jorge Eliécer Pardo
La importancia de Filomeno Hernández radica, fundamentalmente, en su temática y en su técnica.
Los temas no son anecdóticos, ni corresponden al decorado que llena las salas de exposiciones y las galerías. La temática de Hernández es el resultado de quien observa el mundo desde sus problemáticas, desde la desintegración. Sus paisajes son, entonces, producto de la observación de la angustia del hombre contemporáneo cuyo futuro se halla en el risco del abismo, en la antesala de la hecatombe. No se requiere un discurso estético e intelectual para entender, para ver estos episodios de explosión sensitiva en los grafitos de Hernández. No es la pintura catalogada como «bonita» como «llamativa», no, es la pintura que cuestiona a quien la observa y que lo hace reflexionar sobre el sentido de ser hombre en una sociedad caotizada. No hay rostros definidos, ni hay el monstruosismo que tantos pintores utilizan para crear el discurso en el espectador. La ruptura de los esquemas es otro elemento primordial en su temática. El amor, el odio, la política y la muerte se hallan entremezclados, como la vida, en cada uno de los cuadros de Filomeno Hernández. Los bodegones y los acuarios, que tanto gustan a los consumidores del arte fácil, están presentados desde la óptica del desarraigo y la felonía.
Las incontrolables máquinas que cosen y descosen el mundo surgen por muchas de sus obras haciendo con sus alargadas agujas y sus puntiagudas cabezas la burla y la ironía de quienes se acercan a la era de los robots y las computadoras. Y más allá, en la esquina o en el centro del discurso pictórico, se hallan las cifras, los números que marcan un hecho, un siglo, un aniversario, un secreto… la placa maldita de los hombres que van con dígitos desequilibrando el universo estético. El hombre, así, está retratado no desde la exterioridad sino desde el corazón, desde las vísceras de sus protagonistas. Porque poseemos ese otro paisaje interior que trata de ser explicado por el psicoanálisis pero que es reflejado en los cuadros de Hernández.
No hay que temerle a la podredumbre del alma o del espíritu o la belleza, porque encontrarla en los azules, los ocres o los negros que Filomeno atrapa, es reconocernos con ese otro rostro que se desdibuja más allá de la piel. Guerreros, dictadores, animales, energías, máquinas y naturaleza viva que se extingue. Son sus personajes. Son sus obsesiones. Y se niega a que sean otros, no importa el rechazo, no importa el silencio de los colombianos. Porque se niega al idealismo fácil, al romanticismo barato, al paisaje bucólico sin sentido. ¿Dónde se halla el discurso que deambula por sus grafitos, por sus óleos? Está en la persona que solitariamente puede encontrarse retratada en el interior de una sensación que muchas veces se convierte en sensualidad.
El erotismo es otro de sus temas. La mujer utilizada, masificada, sexualizada pero jamás amada.
La problemática se hace evidente pero inevitable.
Este pintor sin tiempo, sin escuelas ni maestros logra la integración del arte en sus temas y formas. Hay una belleza que llena la respiración… la belleza a la que no estamos acostumbrados, la que no nos da la televisión ni la publicidad. Es el equilibrio de lo que vemos y sentimos. El gusto por saber que detrás de cada cuadro estamos nosotros con la otra cara que no por deforme deja de ser hermosa.
Bogotá, Colombia, 1988.
EL CAMALEÓN DE LA CREATIVIDAD SEGÚN FILOMENO HERNÁNDEZ
Por Gustavo Reyes
Cuando dibuja hila, cuando pinta arde, cuando esculpe acaricia: tres idiomas distintos y un solo creador verdadero, eso es Filomeno Hernández en su más reciente exposición en el espacio Jaime Ruiz Montes, al norte de Bogotá. El título de la exhibición, inaugurada el 6 de junio, «Una expresión, tres técnicas», define acertadamente la muestra y cumple su papel de abrebocas para lo que ofrece el menú al comensal.
Cinco esculturas y veinticinco dibujos y óleos, de mediano formato en su mayoría, unos ya conocidos y otros, algunos de los mejores, trabajos recientes, nos conducen al inclasificable mundo del pintor de Suaza, de nuevo en Colombia.
En estos, como en todos los cuadros de Filomeno Hernández, nunca hay la pretensión de representar o contar nada, ni siquiera en sus paisajes. Se trataría más bien de comunicarnos mediante su propio alfabeto lo que solamente con él puede decirnos: lo que le empuja a ser el artista que es. Como ocurre con la mayoría de los mortales, el setenta por ciento de lo que le sucede está en su cerebro, solo que a diferencia de la mayoría, él no tiene la menor intención de ir a buscar en el exterior, puesto que ese porcentaje es tan rico y fascinante que no cesa de poblarse sugiriéndole formas y vocablos, materiales y expresiones de diversa índole.
El arte, entendido como una comunicación estético emocional, tiene en este caso un camino para cada lenguaje: el dibujo es filigrana, la pintura color, la escultura sugestión. En este último caso es bueno señalar cómo, mientras otros artistas incursionan en las tres dimensiones simplemente inflando sus cuadros, Hernández encuentra en la tridimensionalidad una obligación distinta, que se sujeta a las leyes y dictados de la escultura, que es más que simplemente pintura trasvasada.
Las cinco piezas incluidas en la exposición son voluptuosamente biomórficas y lúdicas, y la única obra vertical es abierta e inesperadamente traviesa. Excepto la mayor en bronce, las demás han sido concebidas en madera. Como pulidas esferas de mercurio que se deforman en su camino hacia la forma, esas masas compactas remiten a una arqueología desconocida, vestigios que el viento del tiempo ha bruñido y excavado a su capricho. ¿O son algo más íntimo? Sólida, la escultura de Hernández no posee el misterio de sus dibujos, pero sí su ambición plástica, que persigue una particular idea estética.
En ella la masa está integrada al imprescindible espacio interior, porque se trata de jugar a atrapar el vacío. Coincide el Hernández escultor con Hepworth y Moore en la necesidad de que materia y forma se relacionen en íntima elegancia.
Maravilloso dibujante, Hernández combina el poliéster y el grafito para mostrar lo más exquisito de su arte e imaginación. En ellos, en esos dibujos que parecen imposibles, hay líneas del grueso de un cabello, semillas barrocas, -sí, por extraño que suene, barrocas, semillas-; números gravitando en filas vacías, discos de lava helada semienterrados, máquinas de coser propias de un Archimboldo moderno, frutas como planetas desorientados, clavijas que podrían ser cactus electrónicos, música capturada en bolsas instrumentales, cuchillos floridos y flores bala; es una especie de surrealismo flamenco en el que la imaginación trabaja horas extras. Hasta donde se vislumbra, en esta muestra hay solo un elemento constante en las tres técnicas, la sensualidad. Aun en el caso de la pintura, cuyas formas antediluvianas remiten a mundos en los que arde el corazón del planeta, la tierra tiembla y los árboles se han hartado de serlo, la sensualidad, no buscada, por supuesto, está en los mismos contornos flamígeros de sus óleos, en los que priman azules, naranjas y rojos -de un inesperado aliento dieciochesco- que, finalmente, acaban imponiéndole su dramatismo a esos paisajes donde la idea de la vida no incluye en absoluto los seres vivos.
Bogotá, Colombia, 2012.
MANIQUÍES SIN ISMOS
Por Corrado Maltese
El mensaje de Filomeno Hernández es unidad de formas ejemplares y de asociaciones.
La relación que existe entre el blanco del papel y las líneas del grafito, o mejor de los velos del grafito, que lo moldean, es la misma que reúne en los cuerpos, los espacios y las sombras.
De la luz y el espacio nacen la dulzura y la monstruosidad, y se funden en el signo y la fantasía.
Filomeno demuestra que las formas de la imaginación están hechas de un número indefinido de puntos, como las formas de lo real donde el ser no es sino un problema de modelo frente al no ser, de la misma manera que lo lleno frente a lo vacío. De esta manera, las figuras de Filomeno emergen como sorprendentes «maniquíes» postclásicos y postmetafísicos. Se forman indiferentemente de piel, de carne y de tendones, pero también de tornillos, láminas y barras de acero.
La pesadilla, el dolor, el desgarramiento, la guerra y los fantasmas de muerte dominan; ellos son el resultado de esta desconcertante premisa que el signo cónico expresa a maravilla: todo se transforma en todo de la misma manera que la discreción continua se transforma en continuidad discreta.
Roma, Italia, 1981.
EL VOCABULARIO ICONOGRÁFICO DE FILOMENO
Por Ruth Brogini-Würsch
Cuando la utopía y el arte se encuentran, resulta inevitablemente una provocación. En cada acción verdaderamente artística se encuentra una parte de utopía radical. Esta no solamente pone en pregunta lo que está establecido, ella hace alusión igualmente a la situación social vivida al instante y en el lugar donde ocurre esta acción.
Ella tiene una proyección hacía el futuro. Semejante acción artística, tan cerca de nosotros, puede a veces irritar, desestabilizar, hasta asustar.
Como por el pasado, el vocabulario icnográfico de Filomeno se compone de imágenes impregnadas de angustia. Más sin embargo, siempre se encuentra algo más, en una tensión contradictoria, los símbolos de la vida y de la esperanza. Es el reflejo de la ambivalencia desestabilizante que Filomeno percibe en las perspectivas de porvenir utópicas de nuestro tiempo. Estas visiones se alejan poco a poco de la confianza en la razón humana cuyo fundamento debería ser un compromiso por un sistema de sociedad más justo. L’utopía ha sido esclavizada. Ella es esclava de la racionalidad instrumental.
Ella es, en consecuencia realizable. Es lo que se puede sentir observando el cuadro de la máscara de la mecanización. La utopía de la cual habla Aldous Huxley en el «Brave New World» es un sueño que se ha vuelto posible. ¿Y el principio de la esperanza? Deseamos que él sea tan realizable en lo que concierne las perspectivas de porvenir de nuestra sociedad.
Berna, Suiza, 1991.
LAMENTOS CAPTADOS A FILOMENO
Por Jacques Sterchi
«La máquina siempre me ha fascinado. Llegó de la ciudad a la campiña con sus formas nuevas y su agresividad desplazante. Pero también llegaron las las máquinas de coser y los instrumentos musicales que acompañaban a las familias en sus ratos de trabajo y placer.
Y llegaron máquinas para serruchar maderas y contar historias de lamentos para ser plasmadas por el espíritu de un dibujante que las enaltece por la magia del trazo plagado de luces y sombras entre dobleces y resortes orgánicos que gritan». Sus formas, si para algunos son surrealistas, para Filomeno son tan solo líneas y colores para exteriorizar recuerdos de infancias idas con su toque de barroquismo. Como dice Filomeno: «Son figuras de la vida orgánica que se desarrollan en los resortes mecánicos de la existencia, no es pintura abstracta, es figuración del alma.»
Fribourg, Suiza.
FILOMENO HERNÁNDEZ, EL POETA PRECISO
Por Benoit Junot
De Suiza Filomeno extrae la precisión maquinista de sus estructuras, la atmósfera angustiante de la soledad y su orden imperturbable. Esta combinación puede provocar una obra monstruosa e implacable. Filomeno escapa a ese destino por la poesía y la pureza. Sus estructuras evocan lo sobrenatural sin alcanzar la violencia de un Giger pero muy próximo a él en la precisión magistral del dibujo. La poética de Filomeno es próxima a la de Miró, su purismo evoca a Redon y Ozenfant. Sus dibujos son las imágenes quemadas en su retina de campesino colombiano y de misterios de cielos del sur.
Ese mundo mágico y misterioso es cristalizado en la transparencia del poliéster, con una habilidad y un refinamiento poco común. Su obra hereda del surrealismo el lenguaje, pero su naturaleza es más compleja porque va más allá de las convenciones simbolistas de los surrealistas, utilizando el espacio pictórico para evocar, no solamente las angustias de nuestro tiempo, sino también sus esperanzas y su poética.
Bogotá, Colombia, 1989.
