Editorial 105

Decían los antiguos griegos que la política no es otra cosa que ejercer la ciudadanía. Hacer política debería ser tener el poder de cambiar lo que hace injusto un sistema, pero muchas veces se le confunde con hacer trabajos de fachada (de infraestructura), y con eso se conforman y se quedan tan contentos tanto los políticos como muchos votantes de hoy en día. Por sistema entiéndase un orden normativo. Para el efecto las instituciones, como el Estado, son sistemas normativos. Buscar el bien común, el cambio hacia lo justo, es la tarea permanente a la que debemos aspirar los ciudadanos.

Cuando vemos cómo el fascismo, la banalización de la violencia, y el odio más visceral están alcanzando una naturalización tan vertiginosa y peligrosa, tanto en las redes sociales como en los discursos de quienes tienen el deber de encaminar las naciones por la vía del bien común, uno se pregunta si esta «primavera totalitaria» en la que está entrando el mundo actual no es consecuencia de la desidia ante esos elementos injustos de las estructuras con que nos venimos organizando como sociedades occidentales desde la revolución industrial.

Son peligrosos estos discursos porque se venden bajo la especie de una superioridad moral frente a un mundo que (desde su punto de vista) está mal. Como si antes todo hubiera sido bueno, santo, puro y justo ahora (qué casualidad) lo hemos echado a perder… pero ellos tienen el remedio que nos venden después de esparcir miedo. Hay que sospechar, y mucho, de los que vienen a «hacer grande de nuevo», a «rescatar», a «restaurar»… Sólo vienen a ser reaccionarios y a aferrarse al poder.

La empatía se está convirtiendo en pecado, porque eso de pensar en la humanidad del otro no es rentable para los autodenominados dueños de la libertad. No podemos dejar que gente sin corazón crea que tiene el derecho de decirle a los hombres qué es lo bueno. No podemos dejar que siglos de tradición de pensamiento se vayan al garete porque pensar ya no es rentable.

Los editores.