El sentimiento de pertenencia a un grupo es quizás uno de los más fuertes de nuestra especie. Acaso a él se le indilga ser la raíz de la religión (junto con el miedo a la muerte). Basta ver las pasiones que mueven los eventos deportivos, los nacionalismos, y, desde luego, las inseguridades humanas. Aún en nuestros días hay quienes se abrogan una supuesta superioridad sólo porque los jugadores de su equipo han actuado mejor que otros. El asunto no se queda en las palabras, lo más oscuro y reaccionario de muchos hombres sale a flote. Baste ver cuántas mofas a la virilidad de los contrincantes se oyen en un partido de fútbol, eso por no decir cuánta homofobia se destila en los estadios, o qué trato reciben las comentaristas deportivas. Pero, ¿por qué nos importa tanto «no ser como los otros» sino ser igual a nuestros iguales? Disquisiciones biológicas aparte, ha de ser porque aún no muchos no abandonan la infancia, no aceptan que la realidad es inestable, y nada calma más esos sentimientos y ayuda a negar la propia ignorancia que el escondite en la masificación.
Ser una especie social es algo esencial nuestro, pero es algo que podemos y debemos usar a nuestro favor. Por actuar como masa, hemos elegido a los peores gobernantes, hemos tomado muy malas decisiones (el que no lo crea, que vaya al Brexit y vea) y seguimos creyendo, a pesar de las evidencias, que la masa piensa, que sus decisiones son per se sabias. Justo eso es lo que no es la democracia, el gobierno de la sinrazón colectiva. Ahí fue donde nos desviamos. Ahí, justo ahí donde le dimos la espalda a nuestros antepasados culturales por adherirnos al parecer común según el cual pesan más las emociones que las razones.
Los editores.
