
Por Consuelo Hernández*
Cuando pienso en el surrealismo me deslizo por un paisaje personal y revisito los museos de Salvador Dalí y Joan Miró, el Museo de Louvre, la retrospectiva de Wilfredo Lam en Nueva York y desando clases de pregrado en los setenta, cuando leí Manifiesto del surrealismo que aparecía como prefacio en El pez soluble. Voy a Caracas al curso de vanguardismo, y me deslumbra la poesía de Vicente Huidobro, su encarnizada crítica al futurismo, y adhesión y simultáneo distanciamiento del surrealismo. Salto a la definición de imagen de Baltazar Gracián o Lautréamont, tan similar a la que tomó primero Reverdy y después André Breton. Vuelo a New York University a la clase sobre Modernismo brasileño de Wilson Matins, para aterrizar en la Galería Nacional de Arte en Washington, siguiendo esta procesión que desde mi subconsciente agita memorias soterradas.












































