
Por Jairo Roldán-Charria*
I
Veinticinco años después de mi encuentro con la perla misteriosa que cambiara para siempre mi visión del mundo —y del cual me propongo hablar en detalle en otra ocasión limitándome ahora a decir que ese encuentro me llevó a estudiar las implicaciones conceptuales de la mecánica cuántica de la mano de dos personas muy especiales e importantes para mí que llamaré la Profesora y el Amigo— volví a la cabaña, no con el ánimo de bucear en las aguas de esa parte de la isla y disfrutar de todas las sensaciones indescriptibles que siempre me invadían al hacerlo, sino para sumergirme en la lectura de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges y de los documentos que el Amigo me enviara con su interpretación bohriana[1] de la mecánica cuántica.












































