DE EPITAFIOS, SEPULTUREROS Y ESPERANZAS
Por Juan Andrés Alzate Peláez.
No se cómo hacen los dioses para saber que están vivos, porque eso de no morir puede inducir la incertidumbre sobre la propia existencia. Es como el que nunca ha visto por ser ciego u oído por ser sordo, no sólo no sabe objetivamente qué es ver u oír, según el caso, sino que está en legítimo derecho de dudar que existan los sonidos o los colores. ¿Qué sentido tiene para un ciego la palabra «ahí» o «eso»; o qué para un dios, «morir»?
Pensando en esto de que he de morirme, sea porque asisto a muchos funerales, sea porque soy irremediablemente lúgubre y fatalista —como recuerda la Canción de la Vida Profunda de Barba Jacob—, se me vienen a la memoria un epitafio y una canción. Su elección es más deliberada que meditada, emotiva si se quiere, y hablaré de ellos por cuanto exponen dos sentimientos que enmarcan el proceso de la muerte: el dolor al comienzo y la aceptación después. Empecemos por el final, o sea por la inscripción lapidaria.













































