
Por Neus Bonet Farran*
Traducción al español para Revista Cronopio por la autora
El presente texto es una traducción de la primera parte del capítulo II de la novela «Postals del paradís», de Neus Bonet Farran, publicada por Editorial l’Albí.
* * *
El desayuno del hotel era en un bufé generoso, servido sobre manteles blancos de hilo en mesas que formaban una U en el amplio restaurante de la terraza. Julia admiró la elegancia del diseño y se arrepintió de no haberse bajado la cámara. Aun siendo una naturaleza muerta, el bufé evocaba una coreografía de sensaciones que incitaba a pecar.
Como en tantas otras ocasiones, Julia reprimió el deseo que aquella exuberancia de colores y formas le despertaba y escogió la opción más frugal. Llenó un vaso con jugo de papaya recién hecho, puso una rebanada de pan en la tostadora y se sirvió un café, solo y sin azúcar. No se dejaría tentar. No estaba dispuesta a echar por tierra todo el esfuerzo que había empleado durante años en controlar el peso y modelar el cuerpo. Ligereza, Ejercicio, Insistencia: LEI las llamaba. Las tres virtudes que a fuerza de practicar la animaban a ahuyentar el pecado de la gula. De todos los siete pecados capitales, era éste el segundo según el orden que le habían enseñado las monjas, el que más temía. En realidad, era el único que le importaba porque los que no confesaba estaban tan escondidos que era como si no existieran. «LEI» repetía cuando veía la barriga y el estómago de su padre ganar volumen en cada foto que le enviaba. Puedes cuidarte, pero no puedes cambiar la genética, sentenciaba su dietista. Y ella estaba dispuesta a demostrar el error de aquel aforismo. De su madre, solo podía adivinar cómo a través de los años la grasa iba acabado, desdibujando la suavidad de los contornos de su cuerpo —muslo culo brazo pecho barriga caderas—.
—Permiso. —Un camarero de chaqueta y pantalones blancos le sonreía y se ofrecía a llevarle la bandeja del desayuno.
Se sentó en a la mesa al cobijo de la luz, que a pesar de lo temprano ya resultaba cegadora, y echó una ojeada a su alrededor. Los pocos clientes que ocupaban el comedor estaban volcados, en actitud reverente, sobre sus platos, y solo el tris ocasional de una taza o un bisbiseo intermitente salpicaba el silencio. Julia sorbió el zumo de papaya, se dejó acariciar por el sabor dulce de la fruta y despertó con el amargor del café. Calmó el hambre con un par de mordiscos a la tostada. Se inclinó sigilosamente hacia atrás, estiró las piernas sobre la silla que tenía delante y cruzó las manos tan lejos como los brazos alcanzaban, hasta que sintió la tirantez de los músculos. Soltó de golpe toda la presión con la que había tensado el cuerpo y bostezó. Mientras apuraba el café, repasó la lista de servicios del hotel que había leído en el folleto de la habitación. Piscina cubierta y gimnasio, recordó. La doble agenda de los cuatro días y medio que tenía por delante aconsejaba la piscina a primera hora de la mañana. Era el estímulo que necesitaba para enfrentarse a las sesiones fotográficas, a Miguel y a lo que fuera que le deparara la búsqueda de Juan Morera. Y si hago doce largos todos los días, quizás, y solo quizás, podré disfrutar de un buen almuerzo, susurró Julia, mente adentro, con una sonrisa burlona y la mirada puesta en el bufé.
Esta vez, aceptó el taxi que le ofrecía el portero. La embajada de España quedaba relativamente cerca —le había comentado el conserje—, pero no podía arriesgarse. Tenía dos horas escasas antes de encontrarse con Miguel y no quería llegar tarde ni tener que dar explicaciones. Lo de la embajada, aun siendo un trámite, tenía su lógica. Confiaba en que pudiesen informarle sobre el tiempo que Juan había vivido en la isla, a qué se había dedicado y si existía algún familiar. La posibilidad de que todavía estuviera vivo era, además de improbable, inquietante.
La joven de mechas rubias, ojos oscuros, labios rojo coral, dos dedos de maquillaje y uñas largas con esmalte a juego con los labios que estaba sentada detrás del mostrador de recepción, examinó el pasaporte y le ofreció el registro de visitas para que firmara. Descolgó el teléfono y con voz suave, casi imperceptible, comunicó a quien fuera que hubiera contestado que la Señora Julia Miró Borrell deseaba recabar información sobre los exilados de la Guerra Civil Española. Mientras esperaba, Julia observó los carteles promocionales de España. Cinco fotografías en papel satinado y sin marco colgaban de una pared entre los anuncios de la sección consular de la embajada. Cinco invitaciones que pretendían estimular la imaginación y despertar la curiosidad para visitar la diversidad cultural del país. Fotografías que habían perdido el aura de tan reproducidas, si es que alguna vez la habían tenido. Se sentó en un banco de plástico azul y espió a la recepcionista que deslizaba los dedos a toda velocidad sobre el teclado del ordenador. Las uñas de su madre también eran largas, de color rojo sangre, brillantes. Y no como las suyas. Mordidas, desiguales, con una capa transparente y amarga que la protegía de sí misma. Miró disimuladamente las manos que tenía sobre la falda; «de artista», le habían dicho en alguna ocasión. Pero ella no conseguía ver más que las puntas que le recordaban a diez muñones de dedos amputados. Retiró las manos de la falda y las metió en los bolsillos, como hacía de pequeña cuando las monjas le pedían que se las enseñara. No sabía si aquel día su madre también llevaba las uñas pintadas. Nunca antes se lo había preguntado. Pero lo más seguro es que estarían perfectas, igual que el peinado, aquel rubio especial que le preparaban en la peluquería. Intentó recordar el color natural del cabello de su madre cuando un timbre sordo y una luz parpadeante al teléfono detuvieron en seco el teclear de la recepcionista. «El Licenciado Don Álvarez del Castillo la recibirá ahora», dijo y con expresión de contrariedad cerró la ventana que tenía abierta en el ordenador. Julia la siguió por un pasillo estrecho de paredes ocres y puertas cerradas. La última, la de la placa de metal con letras negras: «Archivo. Licenciado Don Pablo Álvarez del Castillo. Director», fue donde la recepcionista y llamó discretamente.
Un hombre delgado, de unos cincuenta años, piel clara, bigote fino y americana de hilo beis era el único ocupante de aquel despacho. Dos de las cuatro paredes gris plomo con desconchones estaban cubiertas por archivadores metálicos y estanterías repletas de carpetas. A través de una ventana estrecha se deslizaba un hilo de sol y se entreveía un pedazo de jardín. El ruido de las aspas de un ventilador que colgaba del techo cortaba el silencio y el polvo.
—Señora Miró. Mucho gusto.
Don Pablo le tendía la mano. Se había levantado de la silla que hacía juego con la mesa de madera deslustrada. Un marco de plata y un conjunto de tintero, secador, abrecartas, bandeja con pluma estilográfica y bolígrafo, además de un pequeño archivador, todo de bronce, formaban una pequeña isla en el centro del tablero.
—¿Cómo puedo ayudarla?
El acento de don Pablo era como el timbre de su voz y como su apretón de manos: neutro. Como si la ausencia de matices no fuera más que un daño colateral de la voracidad con que la legión de pececillos de plata, ácaros, piojos y otro tipo de bichos debían zamparse los legajos del archivo.
—Necesito información sobre un exiliado español republicano.
Segura, marcando cada sílaba, cerrando las vocales, empujando la ele final hacia adelante hasta que la punta de la lengua tocara los alveolos de los dientes. Ningún deje de catalán. Su español, indefinido, pero más cerca de Castilla que el del archivero.
Don Pablo abrió el primer cajón a la derecha del escritorio.
—¿De quién se trata?
Un papel y un bolígrafo en la mano.
—Juan Morera Solé, —deletreó el último, —de Tarragona. Llegó el siete de noviembre de mil novecientos treinta y nueve desde Burdeos en el Flandre.
La letra de Don Pablo trazaba renglones comprimidos con pequeñas florituras en las mayúsculas sobre la hoja de papel.
—¿Y el motivo de su solicitud?
Mirándola directamente a los ojos, interrogándola.
—Un reportaje sobre antiguos miembros de un Centro de Cultura Popular de Tarragona que celebra el centenario de su fundación.

Sinceridad en la mirada. La misma con que, de pequeña, excusaba la ausencia de su padre por motivos de trabajo y achacaba la muerte de la madre a un accidente. O cuando fingía interés por todo lo que David le explicaba. Aunque tenía que reconocer que, en aquel momento, al Licenciado Don Pablo Álvarez del Castillo era de todos a quien menos mentía. Una verdad a medias. Porque, cuando menos, el carné que había encontrado en el baúl a nombre de Juan y la libreta con poemas que había escrito en las clases nocturnas del Ateneo de Tarragona, lo hacían merecedor de un homenaje, aunque fuera colectivo, en recuerdo de aquellos que un día habían soñado con un mundo mejor.
—¿Y cómo puedo ponerme en contacto con usted?
Las preguntas comprimidas, como la letra.
Don Pablo arrancó una hoja de un bloc de notas y anotó el nombre del hotel y el número del móvil. De un cajón sacó una carpeta donde guardó el papel con los datos de Julia y la información sobre Juan Morera Solé. En la tapa pegó una tarjeta en la que escribió algo que Julia no consiguió leer y la depositó en una bandeja de metacrilato.
—Precisamente —dijo el archivero con un aire menos formal— en dos mil diez, hace justo cuatro años, se celebró una exposición sobre los exiliados republicanos con todos los datos que se habían recopilado hasta la fecha.
A Julia le pareció percibir una señal de complicidad en aquel comentario y se arrepintió de haber mentido. Pero, aun así, era mejor no fiarse demasiado y seguir las pistas de las cartas. No des nada por sentado, le decía la abuela cuando ella le hablaba con emoción de proyectos y promesas.
El archivero se había levantado y le tendía la mano por encima de la mesa. En el mismo instante que Julia se disponía a estrechársela, la pulsera de oro de la abuela que le colgaba de la muñeca se enganchó en las aristas del marco de la foto. Una mujer de ojos oscuros, cabello rubio, recogido en un moño estilo italiano, y labios rosa fucsia se la quedó mirando.
—Mi señora.
El tono de Don Pablo era cálido. Casi reverente.
—Es muy guapa.
Pura cortesía. Si hubiera sido una presentación formal habría dicho mucho gusto.
—Es hija de español.
Como si su ascendencia paterna explicara lo de muy guapa.
Don Pablo restituyó el honor de su esposa colocando el marco en su lugar habitual y acompañó a Julia hasta la puerta. «Estaremos en contacto» dijo con una mano en el pomo y la otra rígida a lo largo del cuerpo. La sensación de buena sintonía que Julia había tenido hacía un momento se desvaneció.
La recepcionista continuaba abstraída delante de la pantalla. Al ver a Julia, pasó una mano por debajo de la mesa, se oyó el zumbido de la puerta, «Buenos días» y de nuevo el teclear de los dedos.
Cuando llegó a la calle, faltaban diez minutos para las once. No tenía tiempo para regresar al hotel a pie ni en metro. Se disponía a lanzarse en busca de un taxi, cuando un concho se detuvo delante de la reja de la embajada. Dejó pasar al hombre que se acababa de bajar y se metió dentro. «Puede que vaya apechurrao», le había advertido el conserje. Le tocó sentarse delante, al lado de una mujer con un niño en la falda al que arreaba un manotazo cada vez que la criatura cogía la empuñadura del cambio de marchas. Apechurrao, nunca una palabra había expresado tan bien la realidad.
Cuando llegó al hotel, Miguel mantenía una conversación animada con el conserje.
—Fui a dar una vuelta —dijo Julia sin que nadie le preguntara. —Voy a buscar la cámara.
—No cargues mucho. Vamos en moto.
Miguel le mostraba dos cascos.
Julia retuvo un estufido hasta que las puertas del ascensor se cerraron detrás de ella. Miguel la desconcertaba. Tendría que ingeniárselas para pararle los pies, sobre todo ahora que hacía buenas migas con el conserje. El vestíbulo del hotel era la frontera que los separaba. Más allá era intrusión. Y, según parecía, a Miguel no le costaba mucho traspasar los límites. Por si no fuera suficiente, le esperaban ochenta kilómetros montada en una moto ruidosa y vieja que no debía pasar de los ciento veinticinco centímetros cúbicos.
—¿Encontró lo que buscaba? —preguntó el conserje cuando Julia regresó al vestíbulo. Estaba solo.
La respuesta de Julia fue una ligera inclinación de cabeza y una sonrisa. Había dicho lo que buscaba sin mencionar la embajada. Amabilidad y discreción, dos cualidades indispensables para un trabajo desde donde se veía todo, se sabía todo; y lo que se escondía, se intuía. Julia captó un guiño de complicidad en la mirada de aquel hombre de ojos tan negros como su piel y tan avispados como el cuerpo. Se mantenía ágil a pesar de los años y las largas horas de trabajo. ¿Tenía sesenta? ¿Más? Le costaba echarle una edad. Como también le era difícil adivinar qué pensaba. Miguel le hacía señas desde el otro lado de la puerta.
—Fellito es un viejo conocido de mi abuelo —dijo mientras apagaba el cigarrillo con la suela del zapato. —¿Quién? —El conserje. —¿Se llama Fellito? —Sí, Rafael Fello, Fellito. Era botones en el hotel Jaragua, el de Trujillo. —¿Era de Trujillo el Jaragua? —En los años cincuenta, sí. —No lo sabía. —Muchos dominicanos tampoco. —¿Quién iba? —Diplomáticos, famosos y, por supuesto, caliés. —¿Qué son caliés? —Delatores, espías. —¿Y cómo es que tu abuelo y Fellito se conocían? —Porque mi abuelo también andaba por el Jaragua. —¿Era espía? —Era trompetista en una orquesta que tocaba en el hotel. Si fue espía, no me lo dijo nunca. —¿Y no te gustaría saber si además de tocar la trompeta también espiaba? —No especialmente. Es su vida. —¿No crees en el derecho de conocer los secretos de la propia familia? —Tampoco es necesario saberlo todo. —O sea, prefieres ignorar parte de tu historia. —Depende. —¿Tienes miedo de que te puedan hacer daño? —Por esto son secretos. —Pero no deberían existir entre la gente que dice que se quiere. —Tampoco debería existir el helado de pistacho. —¿Qué tiene que ver el helado de pistacho con los secretos de familia y el Jaragua? —Solo quería decirte que, si te interesa aquella época, Fellito, Rafael, es tu hombre. —¿Y por qué tenía que interesarme el pasado? —¿No viniste a hacer un reportaje? —Sí. —Nada de clichés, dijiste, todo auténtico. —Sigo sin ver la relación con el helado de pistacho. —Te ofrezco posibles fuentes de información. Nada más. —Gracias. —Solo si te interesa. —¿De verdad no te gusta el pistacho? —No lo he probado nunca. —¿Entonces cómo sabes que no te gusta? —Era por decir alguna cosa. —¡Ah! —Pero hay cosas que sin probar ya sabes si te gustarán o no. Y, a ti, ¿te gusta el helado de pistacho? —Es mi preferido —mintió Julia.
Miguel se había detenido delante de un roble a pocos metros del hotel.
—¿Preparada? —preguntó ofreciéndole uno de los cascos.
Bajo el árbol, la Yamaha Stryker brillaba como un enorme escarabajo chuleta holgazaneando al abrigo del sol.
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*Neus Bonet Farran es licenciada en filología inglesa por la Universidad de Barcelona y tiene un doctorado en lingüística de la Universidad de Illinois (EUA). Aparte de artículos académicos relacionados con la lingüística, ha publicado relatos breves. «Postals del paradís» es su primera novela.
