LA SANGRE EN EL OJO

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la sangre en el ojo

Por Tadeo Guardela Vásquez*
Ilustraciones de Sara Serna Loaiza**

Dedicado a mi amigo Carlos Alemán Pineda, por cómplice.
Y a Natali López Sierra, por haber escuchado.

«Todos nosotros hemos sido creados por la guerra,
retorcidos y envueltos por la guerra,
pero parece que lo olvidamos».
(Doris Lessing)

«Y matad cada uno a su hermano,
y a su amigo, y a su pariente».
(Éxodo 32:27)

«Hagas lo que hagas habrá quien celebre tu muerte».
(Jorge García Usta)

 

Esta historia ocurre en los Montes de María, más de treinta años antes de la masacre de El Salado, cuando la guerra todavía parecía un rumor.

Desde 2016 —año en que se firmaron los Acuerdos de Paz— comencé a escribir esta crónica con la intención de comprender el origen de una guerra que durante mucho tiempo pareció ajena y lejana. Pronto entendí que ese origen no estaba en los episodios finales ni en los momentos más visibles de la violencia, sino mucho antes: en lo cotidiano, en los silencios persistentes, en las historias que se callan por miedo o por vergüenza.

La sangre en el ojo no reconstruye los hechos de febrero del año 2000 ni describe la violencia extrema que ya ha sido ampliamente documentada. Se detiene en el tiempo previo, cuando la amenaza aún no era noticia, pero ya habitaba la vida diaria y comenzaba a volverse costumbre. La experiencia personal funciona aquí como un registro situado para observar cómo ese miedo se filtra en la memoria familiar y prepara el terreno para el horror.

Escribir esta crónica fue como andar descalzo sobre esquirlas: cada paso dolía, cada hallazgo abría nuevas heridas. Pero también fue una forma de conjurar el olvido y de mirar de frente aquello que durante años permaneció en sombras.

Aquí la tienen. Que cada lector decida si estas páginas son una ofrenda, una pregunta o una advertencia.

* * *

Entrada de el Carmen de Bolívar. Montes de María. Lunes 11 de abril de 2016. 7 a. m.

El verdadero centro de El Carmen de Bolívar está en la entrada. Es ahí donde confluye toda la vida del comercio. Llegué hasta ese punto, como despistado, como si la gente no tuviera miedo aún, como si la herida hubiera sanado y como si esa guerra no hubiera dejado, según apreciaciones de la oralidad y el chisme, ciento cincuenta muertos. Pregunté, sin más, dónde podía encontrar a los últimos integrantes de las familias que se mataron, los Méndez y los Fernández, aquellos que sembraron el terror en los Montes de María durante más de veinte años.

No hubo otra forma sino inquirir directamente a la gente. La reacción fue inmediata: los conductores de jeep que suben a la montaña se apartaron de mí; los mototaxistas de Zambrano y de Córdoba Tetón guardaron silencio; los vendedores de tinto de Tuchín se encogieron de hombros como diciendo, «a mí no me preguntes»; y los minoristas de Chepacorinas fruncieron el ceño.

—Ni idea —me dijo al fin un hombre que vendía porciones de yuca y chicharrón en papel de estraza.

En cambio, las vendedoras de minutos a celular, bajo la sombra de la bonga junto a la estación de gasolina, carcajearon.

—Vea, hombre, se va a meter en un lío. La gente, aunque sepa, no le va a decir.

Pasó un rato. Pedí varios tintos, comí una arepa de huevo, hablamos de las ventas de moncholos ahumados, de lo caro que está el queso, y del calor que ya no perdona ni a las sombras. Entonces, una de ellas, como quien hace un gesto de amistad, bajó la voz y me dijo con complicidad:

—El que le puede ayudar con pelos y señales, porque vivió esa época, es el decimero Eliécer Miranda. Él habla sin miedo. Habla hasta por los codos.

No esperé más. Un mototaxista me llevó a la casa del vate.

Eliécer es un hombre mediano y robusto. Me recibió con deferencia y, antes de que pasara una hora, ya había reunido a varios que conocieron bien la historia: Julio Cárdenas, reconocido artista de la piqueria; Arturo Meriño, un comerciante curtido en la plaza; y Hugo Chamorro, ingeniero agrónomo.

Todos, sin titubeos, mostraron sus ganas de hablar sobre el tema. Era como si alguien, por fin, les hubiera dado permiso para recordar. Sentados en la terraza de Míster Iguano, iniciamos la conversación.

***

La necesidad que estos hombres mostraron de contar la historia me alivió, ya que una semana antes, con ayuda del artesano Néstor Bayuelo, pude contactar a Rafael Méndez, sobreviviente de la saga sangrienta entre las dos familias.

El diálogo fue más o menos así.

MÉNDEZ: Mire. Es cierto, soy uno de los sobrinos de Ezequiel Méndez. Pero no quiero saber nada de esa historia. A nosotros se nos murió mucha gente.
GUARDELA: Pero me aseguraron que tiene mucho qué contar.
MÉNDEZ: La historia la saben mejor en El Carmen. Allá sí le pueden contar el rollo.
GUARDELA: Acá no quieren hablar y mucha gente lo ha olvidado. Néstor Bayuelo, me aseguró que usted sí sabe muchas cosas, Méndez.
MÉNDEZ: Eso no lo olvida nadie. Lo que pasa es que se callan. La verdad es que la culpa fue de los Frieri. Aunque nosotros reaccionamos a una agresión. Ya sabe, ellos siempre han aparecido como gente ilustre, pero las víctimas las pusimos nosotros.
GUARDELA: ¿Conoce a alguno de los sobrevivientes de los Fernández?
MÉNDEZ: Sí. A muchos. Algunos viven en Córdoba Tetón, por cierto, de donde somos nosotros. Todos deben acordarse de mí.
GUARDELA: Allá contacté a uno de nombre Rubén Fernández.
MÉNDEZ: A ese lo conozco, también conozco a su padre.
GUARDELA: Se trata del mismo al que estoy buscando. Sabe, podemos reunirnos. Los sobrevivientes de las dos familias. Usted puede venir y firmamos, entre todos, un acta de no agresión y de olvido. Hay que sanar las heridas. Las mujeres pueden acompañarnos. Será un acuerdo que haremos público. La idea es que, ustedes se atrevan también a firmar un documento de no agresión. Las familias llevan más de cincuenta años en eso.
Silencio…
MÉNDEZ: Vea, usted me quiere meter en un lío. Yo llego muy poco a El Carmen de Bolívar, y cuando lo hago no salgo. Yo a Córdoba Tetón no voy porque uno nunca sabe. ¿Entiende? A uno pueden estar viéndolo por los calados los ojos del aborrecimiento.
GUARDELA: Se supone que ha pasado mucho tiempo.
MÉNDEZ: Sí, pero las muertes no se olvidan. Usted no sabe qué es eso, veo.
GUARDELA: Ya los tiempos son otros. No pueden empezar una reyerta en una mesa de diálogos. Podríamos hacer algo con solemnidad, y tal.
MÉNDEZ: Eso cree usted. No. Yo prefiero que usted venga a Barranquilla. Acá hablamos largo. Por ahí a veces vienen periodistas dizque para la historia. Ahora con esto de la paz todos quieren revolver el fango de las aguas. Una jovencita trató de hacer un libro con esa historia, pero no volví a saber de ella.
GUARDELA: De acuerdo.
MÉNDEZ: Podríamos hablar el viernes. Buen día. Es fácil encontrarme.
GUARDELA: Deme una razón clara para no ir a Córdoba Tetón y sentarse a firmar la paz entre las familias.
MÉNDEZ: La verdad es que yo le pegué ocho tiros al papá de ese que usted menciona. No creo que quiera verme. ¡Jejeje!
… Silencio…

Al colgar me sentí golpeado por una embestida de candidez.

***

Eliécer Miranda, que había sido amigo tanto de los Méndez como de los Fernández en los años en que todo aconteció, habló con la autoridad de quien fue testigo de excepción y de quien perduró. Nací en 1941, dijo, cuando pasó eso yo tenía de 20 a 23 años.

Sus ojos se entrecerraban abriéndose paso entre los escombros de la memoria.

De pronto, su rostro se tensó, invadido por un gesto serio, casi solemne.
Comenzó a trazar círculos en el aire con las manos tanteando palabras entre el polvo del recuerdo.

Miró a los otros buscando en sus rostros la complicidad necesaria para continuar. No era solo precaución; era la carga de quien sabe que, al contar, algo se quiebra.

Las palabras de Eliécer fueron la chispa. Después de él, como si se hubiera roto un pacto de silencio no escrito, comenzaron a hablar los otros. Uno a uno, con pausas largas y miradas al suelo, fueron deshilando lo que sabían, lo que vieron, lo que oyeron decir. No siempre coincidían, pero en cada relato latía la misma herida.

Y entre todos fueron dibujando el mapa del desastre. Yo escuchaba, atrapado en ese tejido de voces, sintiendo cómo se condensaba una verdad más grande que cualquier versión individual.

No era solo la historia de una disputa entre dos familias. Era la historia de un pueblo que había aprendido a vivir con el miedo a flor de piel, con los recuerdos enterrados bajo capas de silencio. Pareciera que un dios oscuro se alimentara de cada palabra no dicha, de cada odio heredado, de cada dolor que aún no se atrevía a sanar.

Aquí está esa historia.

***

Parque central de El Carmen de Bolívar. Finales de agosto de 1963. A eso de las 10 a.m.

¡Que vivan los poderosos! ¡Que viva la gente poderosa!, gritó, enjuto y con mirada torva, Alejo Fernández en la esquina de la Alcaldía.

Rafael Frieri iba en su Cadillac negro y supo que el alarido era con él, lo miró con desprecio y avanzó en su auto con ira lenta.

Cuando pasó al lado de Alejo Fernández le dijo algo que nadie oyó, pero aseguraron que el gritador soltó una risotada mordaz y caminó como si no hubiera insultado a nadie.

Frieri hizo chirriar las llantas del Cadillac y se perdió en las calles.

Cualquiera puede odiarnos, y no hay que hacer nada para que alguien suene sus crótalos desde una esquina. Y uno sin darse cuenta.

No pasó un mes sin que el gritador hiciera lo mismo en tres oportunidades. Una, cuando Rafael Frieri salió del Banco del Comercio, pero Alejo Fernández se le escapó entre el tumulto de la calle. Otra, a la entrada del pueblo y esta vez Fernández iba en caballo. Frieri trató de bajar del auto, pero Fernández galopó hacia el barrio abajo. La siguiente fue saliendo del cabaret el GaviBar. Frieri estaba borracho y escuchó al gritador: ¡Que vivan los poderosos! ¡Que viva la gente poderosa!

¡Poderosa mi verga!, reventó Rafael Frieri, sacó del cinto su Smith & Wesson 38 Special largo y lo buscó entre la gente. Fue entonces cuando su fiel capataz, Ezequiel Méndez, lo atajó con suave firmeza.

La burla de Alejo Fernández a Rafael Frieri se supo de inmediato en todo el pueblo.

***

Rafael Frieri era bajo y regordete, lo imagino como una parodia de Alfred Hitchcock de repetida cizaña caribe y voz atronadora.

La cara redonda y su bigote al estilo de Javier Solís le daban por aquellos años un ímpetu remachado. Era famoso por hacer disparos sin motivo y por su tino con una Smith & Wesson que siempre cargaba en el cinto.

La gente de los bares y los cabarets de la región le cobraban más de lo que consumía porque luego de pagar la cuenta disparaba a las botellas de la barra, destrozaba muebles y adornos y espantaba a los clientes. Traía a prostitutas en vuelos especiales desde Bogotá y las metía sin invitación a las fiestas de sociedad de El Carmen de Bolívar y las señoras se veían obligadas a llamarlas «niñas» aunque sabían de quienes se trataba.

Su Cadillac fue uno de los primeros automóviles de lujo de la región. A todos se les atravesaba un nudo en la garganta cuando veían venir a ese auto de gran tamaño. Frieri lo aceleraba por las calles del pueblo y se lo tiraba a la gente.

Por eso, en el apacible ambiente rural le endilgaron a Rafael Frieri el apelativo de Sopla, por siempre ir a toda mecha. Destrozaba lo que encontrara a su paso: mesas de fritos, de feria o de artesanías, e incluso los cuchitriles que la gente construía para subsistir.

El demonio se le subía al cuerpo cada vez que su auto de alta gama tenía que sortear baches, charcos o tramos de polvo ardiente. Lo poseía sin piedad, como si en cada salto del Cadillac se desmoronara también su idea del mundo. En Bogotá, donde guardaba otro vehículo idéntico, las avenidas eran más dignas de su vanidad; y ni hablar de Roma, donde había vivido largos años y el asfalto parecía una alfombra extendida solo para él. Aquí, en cambio, la tierra le recordaba que ningún lujo lo salvaba del temblor de lo real.

Los lunes, luego de las juergas, los perjudicados por los daños hacían fila para recibir compensación. Sopla salía a la puerta arrastrando los ribetes de sus finas batas y con los bolsillos rebosantes de dinero. Desde joven mostró gusto por esos descuidos, tal derroche le otorgaba regocijo y era indicio de su buena vida. Mostraba a los pedigüeños su cara de implacable resaca y, sin objetar, pagaba a todos más de lo que le pedían. En ocasiones se aprovechaban de él y lo sabía, pero no le importaba.

Una Navidad, Ignacio Blanco, uno de sus choferes, atropelló sin querer a Jorge Palacio, un habitante del barrio abajo, con tanta desventura que tuvieron que amputarle el pie. Al principio la gente del pueblo lamentó la suerte de «El Mocho» Palacio. Pero Rafael se declaró responsable y empezó a darle dinero cada vez que Palacio lo visitaba acompañado de su prole extensa, pero el reclamo se volvió persistente y exigía sumas superiores. «El Mocho» Palacio se volvió su sombra, lo perseguía en todo el pueblo y le cobraba en donde lo viera haciéndole pasar vergüenza a Frieri.

A Palacio se le abrieron las agallas y aumentó su hostilidad, decía en todos lados, «Sopla es injusto y malvado y en cambio yo soy justo y bueno y miren, cómo me paga el destino». La frase tenía aburrido a Sopla.

Un día Palacio le envió con uno de los hijos una carta con un revólver pintado.

Sopla se molestó y lo buscó en su casa, lo hizo vestir y durante horas hicieron diligencias hasta que consiguió a alguien que le vendiera una casa en buena ubicación por 3 mil pesos y le entregó a Palacio otros 10 mil en un maletín. Lo obligó a firmar documentos y al día siguiente «El Mocho» Palacio se mudó con su prole a su nueva vivienda.

Sopla cerró el trato tomando whisky en el GaviBar. Ese día les repetía a sus amigotes que nunca se hicieran cargo de nadie, que hubiera sido mejor haberlo matado. «Así, con un pie menos, resulta ser una pensión vitalicia».

El suceso fue comentado en la región durante años y quienes al principio lamentaron la mala suerte de Palacio al final terminaron envidiándolo de mala leche, ya que aquellos 10 mil pesos y la casa de 3 mil, eran una fortuna en tiempos en los cuales una vaca costaba 300.

***

Rafael Frieri, fue el accionista mayoritario del Hipódromo de Techo. Viajó por todo el mundo buscando especímenes valiosos para la hípica. Controló apuestas y juegos en la capital. Estableció relaciones con gente extranjera que instalaron en América Latina diversos casinos y hoteles de renombre, al estilo Meyer Lansky. Luego decidió entrar en el más lucrativo negocio en esos momentos en el país: las esmeraldas.

En 1965 impuso de reina nacional de la belleza a Nubia Bustillo Gallo, oriunda del Carmen de Bolívar. Esta joven representó a Colombia en el certamen de Miss Universo de ese año y fue una de las quince finalistas. Frieri la apadrinó y financió el ajuar completo con vestidos tachonados con esmeraldas. Fue una genial forma de dar a conocer las esmeraldas de Colombia al mundo.

Le digo al poeta Eliécer Miranda que no exagere con lo de las esmeraldas y me corrigen los demás diciendo que es cierto: fueron más de 40 maletas las que llevó Nubia a Londres. Frieri en agradecimiento recompensó a los hermanos de Nubia Bustillo con negocios prósperos en El Carmen de Bolívar. A uno de ellos, a Jaime, lo puso de administrador en uno de los negocios de estirpe en la capital, negocio que le ayudó en sus relaciones con gente prestante y dignatarios.

Rafael Frieri también era un tahúr, pero con pocas habilidades. Fue famoso por perder grandes sumas. Jugaba con Juan «El Nene» Vega sin medir las consecuencias de enfrentar a un verdadero ilusionista del póker así que, en sólo dos o tres tandas, lo dejaba sin un centavo. Rafael Frieri cogía rabia y, según lo vio el poeta Miranda en más de una ocasión, quebró las luces que iluminaban el establecimiento de Vega a balazos. En una ocasión «El Nene» le ganó hasta las armas (una Beretta y la Smith & Wesson), así que se fue a casa y trajo dos maletines llenos de dinero y no se paró de la mesa hasta que recuperó lo perdido. Y fue que, sostiene el poeta, «El Nene» en medio de burlas y chanzas tuvo la consideración de dejarse ganar, pues le tenía respeto y cariño.

Para Rafael Frieri, cualquier otro con dinero en los Montes de María no pasaba de ser un afortunado sin estilo, un rico sin mundo. «Caimán de pueblo es babilla en la ciudad», solía decir con un respingo teatral, como si la frase lo blindara contra la ordinariez local. Se creía distinto, tallado a otra escala, formado en la elegancia de Roma y las noches largas de Bogotá.

Fue un dandi en tierra caliente, un señor de trajes livianos y frases altivas, que se bebió la vida como un brandy importado: con soberbia, sin diluir.

***

El padre de Rafael fue Salvador Frieri Ruggiero, un inmigrante italiano que llegó a la región de El Carmen de Bolívar en 1888. Había nacido en Padula, localidad de la provincia de Salerno, región de Campania.

Salvador Frieri Ruggiero llegó a Colombia en el mismo barco que un sirio libanés de nombre Elías Fernández, nombre que al ser pronunciado se acercaba mucho a la fonética del nombre original. La gente empezó a llamarle «El Turco Borolía» Fernández por lo gutural de su habla. Era sirio-libanés, pero su llegada al país la hizo con pasaporte expedido en Turquía, al igual que muchos otros a quienes también se les puso el apelativo.

Frieri y Fernández llegaron sin un centavo y empezaron a vender telas de casa en casa por los caminos y las veredas. Por esa época los Montes de María eran productores de café, así que tanto «El Turco» como Frieri Ruggiero, recibían sacos del producto en pago de baratijas. Se dice que obtuvieron tierras a cambio de entregar joyas y telas a indígenas.

Al parecer fueron muchos los incautos que le dieron a «guardar» dinero a Frieri Ruggiero, dinero que él invirtió en negocios y que luego devolvió sin pagar intereses. «El Turco Borolía» Fernández hizo lo mismo y en cosa de dos décadas ambos hicieron fortunas.

Salvador Frieri Ruggiero fue uno de los primeros en ver el potencial del tabaco para exportación, así que empezó el negocio con otros italianos en una de las empresas exportadoras más importantes del Caribe, Antonio Volpe y Cía.

Salvador Frieri Ruggiero se casó con Belinda Mazeo de Chalán, Sucre. Una mujer perteneciente a la sociedad e hija de italianos, así aumentó su riqueza. Tuvieron seis hijos: cinco mujeres y un varón. Cuatro de ellas se fueron a vivir a Italia y en El Carmen de Bolívar se quedaron Belinda y Rafael. Frieri Ruggiero luego de un tiempo trajo a su hermano Alesio Frieri Ruggiero de Italia y lo empleó como su colaborador quien también se inició en los negocios y se casó y tuvo una descendencia pujante.

Frieri Ruggiero llegó a tener 25.000 semovientes y 10 fincas con una extensión superior a las 20.000 hectáreas. Una de las tantas haciendas se llama Padula, en homenaje a su tierra.

Por su parte «El Turco Borolía» Fernández tuvo veintiún hijos con tres mujeres.

La amistad de los dos extranjeros duró largo tiempo. Entre ellos se prestaban dinero, hacían alianzas, apuestas y festejaban aniversarios.

Plinio Ferrer, viejo líder conservador laureanista que al momento de escribir esta crónica aún vive y que fue amigo de Sopla, cuenta que Frieri Ruggiero y «El Turco» Elías Fernández se trenzaban en eternos juegos de ajedrez.

Sospecho que, en el fondo, Frieri Ruggiero y El Turco se profesaban un odio callado, forjado como el de los adversarios que se reconocen en silencio. Aquel odio era tan obstinado que un dios caprichoso y sangriento encendió la guerra por puro divertimento, desplegando las fuerzas enfrentadas como piezas en un tablero de ajedrez. La batalla salió del juego y tomó las calles del pueblo, extendiéndose por todos los Montes de María y varias ciudades del Caribe durante cuatro décadas.

***

Rafael Frieri fue enviado a estudiar derecho a Bogotá, en la Pontificia Universidad Javeriana, donde fue condiscípulo y amigo de Misael Pastrana Borrero. Era un hombre de derecha, de ideología conservadora, influido por las ideas radicales a las que se hizo adepto en Europa y en algunos círculos de la capital.

Fue íntimo amigo de Álvaro Gómez Hurtado y vivió en la casa del expresidente Laureano Gómez cuando cursó estudios en Bogotá. En ese período conoció los modos del poder. A nadie sorprendió que Rafael fuera casi el heredero universal de los bienes de sus padres y que luego se casara con la cartagenera «Pupa» Gallo, de mucha riqueza y perteneciente a otra de las familias exportadoras de tabaco en la zona. Tuvieron dos hijos, Rafael y Salvador Vicente Frieri Gallo. Luego se divorciaron. Por los años 60 se casó nuevamente con una pariente de Carlos Lleras Restrepo, Patricia Restrepo, quien administró el Hotel del Caribe. Tuvieron dos hijos.

Por su parte «El Turco Borolía» Fernández, tuvo su primera familia con Gilma Puentes, de Chalán, y su segunda familia fue con Nicolasa Bobadilla, con ellas tuvo siete hijos.

La tercera familia fue con Josefa Puentes y su descendencia fue numerosa. Ocho mujeres: Jacinta, Arcia, Cristina, Belia, Olga, Magaly, Martha y Celina Fernández Puentes. Y seis hombres que fueron: Manuel «Manuelito» Fernández Puentes, Elías Fernández Puentes alias «Pichirilo», Alejo Fernández Puentes alias «El Burro», José Fernández Puentes, alias «El Diablo», Pedro Fernández Puentes y Orlando Fernández Puentes.

El mayor, Manuel «Manuelito» Fernández Puentes fue empresario y dueño del Teatro Santafé en esa época, tuvo un hijo natural de nombre Alejo Fernández. Celina Fernández Puentes, una de sus hijas, se casó con Heriberto Pérez Díaz, cuyos hijos fueron: Manuel Fernández Puentes, Pedro Fernández Puentes, Vicente Alias «El Cachaco» Fernández Puentes y Emiro Pérez Fernández.

Los integrantes de la familia Fernández Puentes y los de los Pérez Fernández, hijos de Celina Fernández Puentes y de Heriberto Pérez Díaz, con el tiempo se volvieron el terror de las poblaciones de los Montes de María.

Todos terminaron por conformar un clan familiar cerrado, casi blindado, que se dedicó a proteger sus negocios de los advenedizos y de las arbitrariedades de ciertos ricos de la región. Desarrollaron un instinto casi paranoico: tendían a interpretar gestos inocuos como ofensas personales, y a inflar el peso simbólico de cualquier palabra o acción ajena. Vivían a la defensiva, susceptibles, heridos de antemano. Para los Fernández, el mundo entero era un adversario enmascarado.

Al principio fue algo así como una burla perpetua que ejercían los Fernández sobre cualquiera, una «mamadera de gallo» en caterva. Luego arrojaban a cualquiera la sorna con colmillos, la burla abyecta, el saludo hipócrita, la descalificación.

Se trataba de la inconsciencia dichosa del irrespetuoso.

La crispación era tal que una expresión punzante, un saludo mal entendido, un gesto involuntario podía fácilmente convertirse en el preámbulo de una reyerta. No dudaban en dispararle a todo aquel que cruzara los lindes de sus tierras, defendían el honor de las mujeres o cualquier desaire con la ley de la sangre, que implicaba «sangrar» al ofensor por cualquier medio.

La ley de la sangre se la inculcó «El Turco» Borolías Fernández a sus hijos y a sus nietos. Siempre andaban borrachos, en gavilla hacían bromas agresivas a la gente, formaban reyertas en los billares, los muchachos de aquellas épocas les temían.

Se sabe que en varias ocasiones montaban a caballo completamente desnudos y con desparpajo. Las autoridades no hacían nada.

***

Ezequiel Méndez Baquero era capataz y amigo de Rafael Frieri, hijo de una familia oriunda del municipio de Córdoba, Bolívar. Ganadero, hombre buenmozo y respetado que tenía una mirada de paz de azul profundo. Era muy querido por Belinda, la madre de Rafael, quien fuera su madrina. Méndez administraba sus fincas, tenía un caballo blanco y algunos maridos se ponían celosos cuando él cabalgaba.

Tenía otros hermanos: Manuel «Mañe», Elviro y Eusebio. Y dos sobrinos muy queridos, pero peligrosos: Óscar Méndez y «Mañe» Méndez.

Los Méndez eran vecinos de Los Fernández quienes, según el poeta, no soportaban verlo cabalgar frente a su casa con aire de grandeza montando a caballo.

Alejo Fernández en cambio, era un hombre de ideas de izquierda, procastrista y odiaba a los curas. Sentía que estaba comprometido con la Revolución Cubana cuyo apogeo era innegable en aquellos días y hacía eco en muchos pobladores de la Sabana. Se rumoró que perteneció al MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y que después se vinculó por corto tiempo a la ANUC (Asociación Nacional de Usuarios Campesinos) que agremió en aquel entonces a los campesinos que hacían reclamos agrarios a los gobiernos.

Con los años ese movimiento fue cediendo a las fisuras ideológicas: unos abrazaron el maoísmo con la fe de quien encuentra en el campo la promesa de una revolución campesina pura; otros se alinearon al trotskismo, convencidos de que la historia debía torcerse desde la dialéctica internacional; algunos más caminaron con los marxistas-leninistas de línea ortodoxa, mientras una parte, no menor, se mantenía como independientes, intentando que la lucha no se diluyera entre manifiestos ajenos.

Las dos más representativas se hicieron célebres: la Línea Sincelejo, nacida y endurecida en la costa Caribe, que defendía la ocupación directa de tierras como acto de justicia y necesidad, y la Línea Armenia, más prudente, que apoyaba las invasiones solo como último recurso, cuando la legalidad ya no ofrecía caminos. Alejo Fernández quedó «justo en la mitad».

***

Por aquellos días Manuel «Manuelito» Fernández Puentes, hijo de «El Turco» Borolías Fernández, compró el Teatro Santafé. Los filmes en su mayoría eran mexicanos y producidos en los 50 y 60. Le fascinaban esos filmes de tiroteos y gavillas.

Fueron, sin temor a equivocarme, los promulgadores de los modos de ser. En ellos los hombres de los alrededores aprendieron a ser «machos» viendo a personajes encarnados por Jorge Negrete, Pedro Infante, Antonio Aguilar y Javier Solís. Y las mujeronas eran interpretadas por María Félix, Elsa Aguirre y Silvia Pinal.

Los modelos para seguir eran el bandidito, el ebrio, el pegador de mujeres, la puta complaciente, el irrespetuoso con todos, el «sin tierra» que busca una fortuna huidiza, el despojador, el rico que mete su ganado a las tierras ajenas para demostrar poder, el rico arruinado al que humillan, el pobre enriquecido que se venga, el cuatrero, la mujer que espera en silencio al mujeriego de pistola grande; el árbol que más le va a dar sombra. Es la mitología del macho-bala-perdida.

Los escenarios eran: el monte, el cruce de los caminos, las inmensas haciendas, el tálamo mullido y, obvio; las cantinas hirvientes de tequila y plomo.

Al fondo de las peleas hay vozarrones de mariachis, juapirreos, tiros al aire. El duelo entre machos es la única demostración del decoro.

Son películas en las cuales el hombre que no usa pistolas es un disminuido y un enclenque. El hombre debe ser macho de grandes pistolas que dice frases contundentes, monolíticas, atronadoras.

Eso sí, todos caminan como si tuvieran diez testículos. Ninguno de esos machos busca una muerte natural, a todos tienen que matarlos.

*** 

Parque de El Carmen de Bolívar. Noviembre 11 de 1963. Entre 5 y 5 y 30 de la tarde.

Al terminar la segunda tarde de corraleja el grupo de hombres cabalgó el pueblo haciendo alarde. Eran caballos de paso. La gente ­­se apartó para que descollaran. A los lados había mucho disfraz, mucho capuchón bamboleante con borrachos adentro, mucho «guapirreo».

Rafael Frieri esa tarde dio los toros para que fueran lidiados en la corraleja. La verdad, dicen, los hombres venían con garbo, todos vestidos y abigotados como Javier Solís. El único que llevaba el arma desenfundada era Rafael Frieri, el líder. Ezequiel Méndez, su capataz, iba a su lado en su caballo blanco.

Cuando el grupo pasó al frente de la Alcaldía, Rafael hizo tres tiros al aire. Los agentes que estaban de guardia se asomaron y al ver que era Frieri se volvieron a entrar aduciendo que la cosa no pasaría a mayores, así que (también) festejaron.

A los lados de la calle la gente observó las cabriolas de los caballos y lo muy machos que eran. Aplaudieron. Los que integraban el séquito eran unos diez o doce, todos cabalgaban.

Al fondo, en los altavoces de un negocio se escuchaba el merengue «A lo oscuro» de Ángel Viloria. La escena está intacta en la memoria de muchos.

Rafael Frieri estaba colorado por el calor y bebía grandes sorbos el whisky que le daban sus acólitos.

Un borracho se le atravesó a Frieri, le agarró la brida y gritó: ¡Que vivan los poderosos! ¡Que viva la gente poderosa!

El grito lo oyó todo el mundo. Esta vez Alejo Fernández lo hizo con aspaviento y con ojos iracundos. Para completar la burla hizo una reverencia tosca. Rafael Frieri se puso como un basilisco.

La escena ocurrió justo al frente de la casa cural. El padre José Arnedo salió en camisilla y le tocó verlo todo.

Rafael Frieri no se bajó del caballo, se acercó al cura que se había quedado con la boca abierta:

—Padre Arnedo, sea testigo de cómo resuelvo la mofa de este borracho miserable —gritó y le apuntó a Alejo con su descomunal Smith & Wesson 38 Special largo.

Fernández tragó en seco, pero sin apartarle la mirada.

El cura se llevó las manos a los oídos y cuando la canción de Ángel Viloria iba por la parte de «pa’ que respete, ay, a los hombres», Rafael le metió un balazo a Fernández en el muslo y este cayó al suelo berreando.

***

Otra versión de esta escena. En esta los hombres se asegura Frieri no le disparó a Alejo frente a la casa cural, que no fue el día del cierre de la corraleja, sino unos días después en ese noviembre. Este estaba en la casa de una de sus «queridas» en el pueblo. Celebraba junto a Ezequiel Méndez y otros amigos el cierre de corraleja.

A dicha casa se presentó Emiro Pérez Fernández con sigilo y sin mediar palabra llegó hasta el patio y en cuestión de instantes disparó a Rafael en las piernas. Ninguno de los amigos de este pudo hacer nada. Acto seguido Ezequiel hirió a Emiro.

En lo que coinciden las dos versiones es que ambos heridos fueron llevados por un piquete de policías al Hospital Montecarmelo de El Carmen de Bolívar.

La versión que más peso tiene en el pueblo es que Frieri sí hirió a Fernández frente a la casa cural, y que luego el grupo cabalgó con orgullo tres calles más arriba y dio una vuelta hasta llegar al Teatro Santafé. Allí sólo desmontaron Rafael y Ezequiel. Los acólitos se quedaron en los caballos expectantes. Rafael llevaba en una mano su revólver y en la otra la botella. Abrevó de ella mirando al aire con indiferencia.

Subieron las escalinatas. Al llegar al segundo piso se escucharon los tiros. Los esperaba Emiro Fernández, hermano de Alejo. Emiro logró darle un tiro a Rafael en una pierna, pero Ezequiel, el capataz, le dio un disparo en la canilla derecha a Emiro y lo inmovilizó. Fueron sólo tres heridas, pero se oyeron más de veinte disparos en el pueblo. Todos fueron llevados al hospital Monte Carmelo donde fueron atendidos por el único médico que estaba de turno. El poeta Miranda corrió hasta la puerta y sostiene que al primero que auxiliaron fue a Rafael, incluso los policías lo salvaguardaron.

Asegura el poeta que a la puerta del hospital llegaron familiares de los dos bandos y que todos estaban armados. La policía mintió diciendo que a Rafael Frieri se lo habían llevado para Cartagena, así que los Fernández salieron hacia la Santa: el monumento a la Virgen del Carmen en la entrada del pueblo. Pero lo que hizo el séquito de Rafael Frieri fue llevarlo hasta la ciudad de Corozal por otra vía. Allí lo esperó una avioneta que lo llevó a Cartagena, donde fue operado.

El poeta Miranda dice que tenía 23 años y que recuerda con claridad que pudo ver, en los ojos de todos, la corpulencia de la ira.

Se sabe que luego de eso Rafael Frieri le regaló a Ezequiel Méndez una elegante y empavonada Colt Python 357 con 8 pulgadas de cañón en agradecimiento por haberle salvado la vida. Era inmensa. Ezequiel nunca mostró la Colt, pero todos decían que era el revólver más hermoso de los Montes de María.

Desde ese momento se le escuchó decir a «El Turco Borolías», por todos lados y con su acento gutural:

—Turco matar a Ezequiel Méndez, turco matar a Ezequiel Méndez.

Quienes lo oyeron pensaron que se trataba de un resentimiento que pronto se olvidaría, pues estaban absolutamente seguros de que «El Turco» no podría pelearse jamás con los Frieri. Sin embargo, para todos lo que pasó inadvertido fue el hecho de que las dos familias demoraron un año entero en juntar el odio.

***

Justo en este momento algo se quebró. Los Montes de María ya no volvieron a ser los mismos. De eso ya han pasado cerca de 50 años.

El odio es semilla natural del alma, pero no brota solo porque sí. Se instala, como una sombra tras la experiencia. Es decir, no nacemos odiando, sino que es una respuesta aprendida, una coraza emocional construida para protegernos.

Lo que llamamos odio podría ser, en verdad, el eco de una herida que no aprendimos a nombrar.

La violencia, entonces, no solo destruye cuerpos, sino que inaugura modos de mirar. El niño que fue testigo de una traición, el joven que vio cómo mataban a su padre, la mujer que escuchó en la madrugada cómo se llevaban a su hermano: cada una de esas pavuras funda un modo de habitar el mundo.

Toda violencia es patología del lenguaje.

Cuando el lenguaje deja de alojar al otro, cuando la mirada se aparta del otro y uno se refiere a él con escupitajos y maldiciones; nuestra lengua se vuelve monólogo de certezas. Nace entonces una enfermedad, una dolencia: una sintaxis anómala que ya no sabe escuchar. El lenguaje se quiebra como un espejo viejo, ya no refleja al otro, sino apenas el eco sordo de uno mismo.

La imposibilidad de diálogo no es solo un silencio, sino la negación radical del otro como legítimo portador de sentido. Así se gesta una patología del lenguaje: no por falta de palabras, sino por la renuncia a reconocerlas en el rostro ajeno.

Entonces a esa palabra que está enferma le crece una costra de orgullo, se vuelve incapaz de alojar la voz ajena.

Nace así una dolencia secreta —una fiebre sin fiebre—, donde no falta el habla, sino el alma que la escuche. Es la negación del otro lo que envenena la lengua.

¿Cuándo aprendí a desconfiar? ¿En qué momento mi mirada se llenó de sospecha y rabia?

Algo hay roto en todos nosotros. Tal vez fue una noche, con el primer muerto visto en la vida.

Tal vez fue una palabra, un grito, o un silencio deliberado por parte de la madre, el padre, o los hermanos mayores. No lo sabes.

Desde entonces, todo empieza a mirarse distinto, como si cada rostro pudiera esconder una amenaza. Como si cada gesto pudiera transformarse en una imprudencia peligrosa.

El odio no siempre es furia. A veces es retraimiento, frialdad, o solo una ausencia.

Pero, en todos los casos, es la respuesta a una herida.

Esa respuesta puede ser dada en herencia. Así ocurre con el racismo y otros ungüentos hostiles.

Cuando el odio deja de ser un acto defensivo se convierte entonces en un mandato familiar, en una herencia cultural. Una especie de demonio, la manifestación colectiva de un sinnúmero inimaginable de heridas mal cicatrizadas; una fuerza que se transmite de boca en boca.

Es una fuerza que habita los odios viejos, los silencios espinosos entre vecinos, los pactos rotos por la tierra y por el honor. Se sienta en las cocinas mientras se planea la venganza, se esconde detrás del ojo del cañón, ríe cuando alguien dice «eso no se queda así». No habla en voz alta, pero susurra en cada sangre caliente que pide justicia por mano propia.

En los años de la violencia partidista, esa fuerza cabalgaba en la brisa. En los ochenta, se disfrazó de patrón, de comandante, de teniente, de bandolero. En los noventa aprendió a usar radio y teléfono, a moverse entre listas negras y mapas de operaciones. En el nuevo siglo, ya no necesitaba nombres: bastaba con el rencor heredado.

Se esconde entre los palcos de las corralejas, disfrutando del derramamiento de sangre como quien celebra una vieja deuda saldada. Azuza al toro, empuja al joven, sopla sobre la herida abierta del país.

Y mientras haya sangre sin justicia, tierras sin duelo, tumbas sin nombre y fiestas con violencia, esa fuerza seguirá ahí en nuestros predios, mirando desde las sombras, riendo bajito, acariciando la mecha antes del estallido.

***

Corraleja de Gambotico. El Carmen de Bolívar. 11 de noviembre de 1964. 4:00 p. m.

«El Turco» Borolías Fernández presidió un palco de la corraleja, pues ofreció los toros de la tarde e impuso una condición: que no dieran garrocha a sus animales, así que apoyado en el palco miraba la muchedumbre de «patos» en la arena espantosa con aire retador.

Toda corraleja debe ser de madera. Es un círculo que pretende calcar el circo romano. Debe resistir el embate de miles de cuerpos bailando sobre varios pisos de tablados. Eso sí, debe estar repleta de caos.

Desde temprano suena la banda, se agitan los gritos, huele a licor y miedo.

En las graderías, los de siempre: sombreros blancos, risas amplias, trago en mano. Desde arriba se ve mejor el espectáculo, se goza más el peligro ajeno.

Abajo, en la arena, están los otros. Muchachos flacos, sin oficio fijo ni mañana cierta, con el cuerpo ofrecido al toro como único acto de rebeldía. Corren, esquivan, provocan, vuelan por el aire. No hay reglas, solo la fama fugaz o la cornada. A veces ganan unos pesos. A veces no se levantan.

Y al centro de todo, el toro: bestia sagrada que es lanzada al ruedo para que reparta justicia a su manera.

Las corralejas no son solo una fiesta brava. Son un retrato feroz de quien mira y quien sangra. Una metáfora laboriosa de un país encerrado en su propio ruedo, girando en círculos de violencia disfrazada de celebración. Aquí la historia no se narra: se repite.

Todos en ese pueblo tenían en la memoria el tiroteo del Teatro Santafé. Muchos se lo advirtieron al inspector de policía y al alcalde, pero nadie hizo nada. Al fin y al cabo, los tiroteos ocurrían con frecuencia (algunos borrachos que, por diversión, disparaban sobre un pretil y a botellas vacías, o por fregar al fondo de la noche) y alegaban diciendo que no iba a pasar nada serio.

Yo digo que acaso, de modo inconsciente, el pueblo entero quería ver muerto. Esa tarde todos portaban sus armas, menos Ezequiel Méndez.

Soltaron al primer toro de nombre «La Estaca», un barcino con cuernos gigantes. De inmediato Óscar Méndez, sobrino de Ezequiel Méndez, se lanzó a la arena con su caballo y le ensartó al toro hasta el tope la garrocha.

En el palco «El Turco» Fernández, Manuelito Fernández y Alejo Fernández empezaron a gritar madrazos. Parecían poseídos.

Del otro lado del palco estaba Ezequiel, quien al ver la herida en el toro trató de calmar los ánimos y gritó desde su puesto a su sobrino que dejara de puyar al animal.

Abajo todos los Fernández, los más jóvenes, le cayeron a Óscar Méndez.

El escándalo de la gente y la música de la banda ahogaron su grito. En la tierra mugrienta de la corraleja, los Fernández le quitaron la garrocha a Óscar y le golpearon con ella dos veces en la espalda, este cayó del caballo, gateó en la tierra y los Fernández lo levantaron a patadas. Sorteó las agresiones.

Entonces la gente dejó de prestarle atención al barcino y a los manteros, sino que se concentró en la pelotera que habían formado.

En ese momento Ezequiel, el capataz, entró a la arena a aplacar la gresca que ya había iniciado. Óscar, golpeado, montó su caballo y salió por la puerta de los potros dejando solo en mitad de la corraleja a su tío.

Ezequiel insistía en ese momento en que no hubiera pelea. Se movía de un lado a otro y gritaba. Los Fernández entendieron lo contrario: que lo que estaba haciendo era incitarlos a la trifulca. Así que todos gritaron casi en coro: «¡Miren a este!»

Entonces le dieron a Ezequiel con la garrocha y al caer le dieron patadas en el rostro y las costillas.

Emiro Fernández le clavó en el muslo derecho la punta de la garrocha. Luego le dio con la madera en el pecho con tanta fuerza que la resonancia del golpe se extendió en la plaza.

Mientras Ezequiel —el vaquero buenmozo de mirada pacífica— se retorcía de dolor en la mugrienta arena de la corraleja, «El Pichirilo» le lanzó un salivazo, y Elías y «Pello» Pérez le echaron tierra en la cara.

La gente se silenció, igual las bandas de música. El toro barcino se quedó parado mirando el tumulto de la pelea como presintiendo la muerte. Al fondo se escuchó el chillido de «El Turco Borolías» mentando la madre y diciendo lo que pudo haber sido una maldición en su idioma materno.

Alguien le trajo su caballo a Ezequiel. Como pudo, se agarró a él y huyó.

Afuera, Ezequiel montó al animal y no pudo ver entre el gentío a sus sobrinos Óscar Méndez y «Mañe» Méndez. Así que cabalgó, retorciéndose por el dolor, las seis o siete cuadras de la corraleja hasta su casa (vecina de la de Los Fernández). Las mujeres gritaron porque Ezequiel entró hasta la sala con todo y caballo. Bajó de la montura y sacó la Colt Python 357 de la caja biselada y volvió a montar. Los sobrinos regresaron a pie por una de las calles paralelas. Cuando entraron a la casa ya Ezequiel se había ido, así que se devolvieron para la corraleja.

Ezequiel tardó algunos minutos en regresar al centro de la arena y descargó el revólver al aire. Ninguno de los Fernández estaba. La gente empezó a bajar de los palcos.

En esos momentos Rafael Frieri se encontraba en casa de su amante, cuando un grupo de hombres llegó a avisarle de la pelea. Frieri llegó a la entrada de la corraleja con el revólver en la mano, la camisa por fuera y desabotonada. Buscaba infructuosamente a cualquiera de los Fernández, pero no vio a nadie. Desde uno de los palcos, «El Turco» Borolías Fernández vio a Frieri desesperado y se burló.

Abajo, como pudo, Ezequiel Méndez salió de la corraleja. Para muchos, ya iba con las entrañas desprendidas en ese momento.

Todos vieron que Frieri gritó a su amigo que lo esperara para que se fueran juntos, pero Ezequiel no lo escuchó y continuó cabalgando con la mirada perdida.

Rafael corrió ahogándose detrás de él. En ese momento sus sobrinos, Óscar Méndez y «Mañe» Méndez, regresaban a la corraleja y no pudieron verlo.

Ezequiel alcanzó a llegar a su terraza y, al bajar del caballo, «El Pichirilo» le disparó con una carabina desde el techo de los Fernández.

Ezequiel Méndez Baquero cayó en la tierra llena de lavazas.

Los otros Fernández se acercaron al herido y se oyó otro tiro. Esta vez el tiro fue para el jamelgo blanco que se desplomó, al lado de Ezequiel. Se volvieron a escuchar varios tiros. Con las cabezas en la tierra, hombre y caballo se miraron aterrados.

Acto seguido le dieron patadas a Ezequiel en las costillas. Este trató de decir algo, pero lo que se escuchó fue un ronquido y una baba oscura le salió por la nariz.

Con rapidez «El Pichirilo» le quitó el freno al caballo y le dio con el hierro en el rostro, tantas veces que le desprendió la piel. El hierro quedó incrustado en la mandíbula. Los otros Fernández le hablaban, le hacían reclamos de ofensas y viejos desaires no olvidados, reclamos amargos, desdichados.

Ezequiel ya no escuchaba.

Lo miraban ya no con furia sino con misericordia y congoja. Lo despojaron de la Colt Python 357 que no pudo esgrimir.

En ese momento llegaron a la escena Óscar y Mañe Méndez, pero ya era tarde y fueron sometidos por los Fernández, quienes les apuntaron con carabinas. Al ver al tío muerto se les quitó la valentía y se llenaron de pavor.

Rafael Frieri llegó trémulo y con el arma en la mano, pero los Fernández ya habían abandonado rápido la escena. Les hizo varios disparos, pero ya iban lejos. Los sobrinos se echaron a llorar.

A Ezequiel Méndez lo enterraron tres días después.

Medio pueblo fue al sepelio. Cuando le tiraron la primera palada al ataúd, alguien gritó, ¡Te enterramos hoy, pero espera en esta tierra a un montón de cobardes! Un tiro surcó el aire caluroso de la tarde.

***

Un mes después de la muerte de Ezequiel —el hombre buenmozo de mirada pacífica y querido por todos—, el calor se volvió pesado y recurrente. El luto calaba las calles. El Carmen de Bolívar cambió.

La gente ya no se saludaba igual, y a Rafael Frieri, que antes era tratado como un señor honorable, le decían sin rodeos:

—¿Hasta cuándo, Rafael? Ya está bueno. ¡Ya es hora! La deuda es de sangre, Rafael.

En el mercado público, en el banco, en la fila para el cine, en el club, en los entierros y hasta en las verbenas, sonaban esos mismos ecos. La muerte había quedado sin justicia, y eso era algo que ni los vivos ni los muertos podían permitir.

***

Claro, el odio es odio, tanto si lo provoca un niño grosero como un ejército; la ira es ira, tanto si la inspira un cónyuge como un tirano. El pueblo de El Carmen de Bolívar necesitaba venganza.

Frieri hizo algunas llamadas a sus contactos. Sólo dos o tres días bastaron para que desde Bogotá llegara un avión lleno de armas hasta el aeródromo de El Carmen de Bolívar. Cajas de madera marcadas sin nombre, llenas de rifles, pistolas, revólveres y munición.

El poeta Eliécer recuerda:
—Yo mismo cargué esas cajas. Nunca olvidaré el olor de la madera mezclado con el del metal nuevo.
Era la primera vez que veía una pistola Colt.45, y le pareció bella, como una escultura de muerte.

Eliécer asegura que vio balas calibre 45 y armas cortas y largas, muchas eran Mini Uzi. Todo era como un juego.

***

Los Méndez vengaron a menos de dos meses la muerte de Ezequiel.

Mataron, entre cinco, a Manuelito Fernández a la entrada de su cine. La función de las 8 p. m. había terminado. Un corrido mexicano aún sonaba cuando cinco hombres bajaron de un carro. Manuelito Fernández, todavía con la sonrisa puesta por el lleno total de la noche, no alcanzó a guardar la taquilla. Lo sorprendieron en la entrada.

Se escuchó un grito antes de disparar: «¡Por Ezequiel!»

El cuerpo quedó entre el cartel y un charco de sangre.

Nunca se encontró el revólver de Ezequiel, dicen que lo buscaron hasta en el hueco del proyeccionista.

Algunos dicen que uno de los Méndez lo usó esa noche, como si el arma supiera buscar venganza sola.

***

Los adolescentes dejaron los balones por los fusiles. Las gaitas y tambores por fierros. Las familias Méndez y Fernández se armaron en espejo, como si jugaran un ajedrez sangriento. Morir dejó de ser un evento pasmoso y se volvió rutina. Mataban en las veredas, en los billares, en las tiendas. Algunos caían con el cigarro en la boca. Otros con un bidón de gasolina en las manos. Desde los más viejos integrantes hasta los más jóvenes, incluso hasta amigos de la infancia, entraron en el mundo oscuro de la venganza entre ambas familias.

Y todos sus integrantes adolescentes fueron armados por sus mayores.

Entonces se dio en todo el territorio una serie de asesinatos de ambos lados. Muchos fueron sorprendidos y asesinados mientras departían en un billar, otros llevando cántaros en un jeep por un camino veredal, algunos vadeando arroyos, caminando trochas, cargando gasolina en una estación, preguntando una dirección en una tienda, comprando en un abasto. Fueron asesinados con ensañamiento y sin que nadie pudiera meterse.

Entonces los gobiernos nacional y departamental mandaron a apaciguar el orden público al F2 y a un buen número de policías. Lo que empeoró la situación fue que estos agentes sacaron provecho de la confrontación brindando protección a quienes pagaran. Así las cosas, ambas familias fueron perseguidas.

Vestían de civil, pero eran fácilmente identificables por las botas de policía que usaban y por las promesas de paz. El F2 no trajo calma, trajo negocios. Vendían protección como quien vende pescado en la plaza: al mejor postor.

Organizaban redadas como juegos de guerra. Caían en las casas a medianoche, golpeaban sin preguntar.

Torturaban adolescentes buscando información.

***

Durante los 70 y los 80, los Méndez dejaron de ser una familia y se volvieron una estructura. Se aliaron con otras familias: los Cohen y los Meza. Enfrentaban a los cuatreros como quien paga una deuda vieja. Los camiones cargaban arroz de día y armas de noche. Las veredas eran campos minados de lealtades rotas.

La ideología era solo un pretexto: el verdadero combustible era el odio hereditario que caminaba por el pueblo como un fantasma.

Todos estos agentes negociaban con Los Méndez o con Los Fernández. Organizaban redadas atropelladas y sin talento alguno en las cuales no se sabía cuáles eran los flancos. Sin embargo, eran estos agentes del orden quienes salían peor librados, pues resultaban asesinados por algunos de los suyos o por los integrantes de la familia a la que perseguían. Entonces los agentes empezaron a torturar a los más jóvenes para que dieran información y todo esto fue el acabose.

La gente empezó a acostarse temprano. No había paz en el territorio. Durante los años 70 y en los 80 hasta mediados de los 90. Los Méndez usaron las armas que les dio Frieri. Entonces se vincularon a incipientes estructuras de paramilitares aliándose con otras familias como los Cohen y los Meza quienes eran perseguidos y extorsionados por la guerrilla de las FARC.

Por su parte «Mañito» Méndez, uno de los menores, estuvo involucrado en varios asesinatos de policías, y fue muerto temprano. Este hombre se vinculó como guardaespaldas a otro clan familiar: el de los Valdeblánquez. Estos, en plena bonanza marimbera en la costa Caribe, emprendieron una guerra contra Los Cárdenas, otra familia de La Guajira y todo por un lío de faldas. En esta guerra se inmiscuyeron todas las autoridades civiles y militares.

En los Montes de María se cuentan muchas historias de la aberración con la que cometían los asesinatos ambas familias. Los más sanguinarios al parecer fueron los Fernández quienes orinaban a los cadáveres de los Méndez o, en la más terrible de los escarnios, ponían a los caballos para que les orinaran la boca.

***

Mi tío Lucho Vásquez siempre empezaba igual: decía que a «Pichirilo» Fernández lo mataron en un restaurante a la salida de San Cayetano, pero que ese día ya estaba todo decidido desde hacía años. No lo decía ni con rabia, ni con dramatismo; al contrario, con la afligida certeza de quien ha visto cómo la guerra se toma su tiempo. «Eso no fue una emboscada», repetía. «Eso fue como una especie de trámite».

En el restaurante había un radio sonando. Tío Luis no estuvo ahí, pero conocía a las dos familias, a los Méndez y a los Fernández, y conocía también la manera en que esas muertes se iban preparando en silencio. Ató cabos después escuchar comentarios. Lo supo por la gente del pueblo, por primos lejanos, por versiones que coincidían en lo esencial y se desordenaban en los detalles. A él le importaba poco la hora exacta; lo que recordaba —y lo que hacía recordar— era la normalidad.

«Pichirilo» estaba sentado de espaldas a la puerta, comiendo pescado frito, hablando con el dueño del local, de cosas pequeñas. Luis decía que esa era la parte más dura de la historia: que por un momento todo parecía en calma, como si la guerra hubiera pasado de largo. «Confiarse no siempre es valentía», decía. «A veces es cansancio. Cansancio de estar metido en ese remolino que nunca te deja dormir bien una noche. Siempre demostró ser un guapo. Creo que hasta a eso lo obligan a uno; a demostrar valentía. Ser valiente todo el tiempo cansa».

Los Méndez entraron sin alboroto. Se sentaron. Pidieron cerveza. Acaso en San Cayetano, el silencio no es sorpresa: es reconocimiento. Algunos dicen que Pichirilo pudo verlos entrar al local. Otros, que no quiso mirar. Tío lucho siempre dudaba en esa parte. «Uno sabe», decía. «El cuerpo sabe antes que la cabeza».

Cuando Pichirilo se levantó para pagar, uno de ellos dijo su nombre. No fue un grito. Fue apenas una voz baja, suficiente.

Mi tío marca ese instante como quien subraya una línea: ahí, decía, se entiende que no hay pueblos neutrales, que la guerra no se va, solo cambia de mesa.

La detonación no fue estridente. Después, nada. El dueño del restaurante miró hacia el piso. La radio siguió sonando. Los Méndez salieron caminando. El plato quedó a medio comer.

Afuera, San Cayetano continuó cumpliendo con su medio día ondulado en la carretera, como continúan los pueblos cuando ya han aprendido a no mirar.

Desde ese día la guerra no necesitaba monte ni noche. Podía sentarse a comer, esperar a que alguien se levantara, y seguir su camino.

***

Casa de Yaneth Pulgar Méndez, última descendiente de Los Méndez. El Carmen de Bolívar. Miércoles 13 de abril de 2016.

Soy sobrina de Ezequiel Méndez. Vi cómo lo dejaron, pero también vi cómo quedaron aquellos que lo mataron. Todo se paga en este mundo. Ellos murieron de mala manera. Todo lo que uno hace se le devuelve a uno. Desde que enterramos a mi tío toda la familia Méndez Baquero empezó a buscar el revólver que le robaron los Fernández. Eso fue como buscar lo más sagrado y no debió ser, porque lo que hubo entonces fue una mortandad impresionante.

A uno de los Fernández, no recuerdo quién, lo encontraron colgado de un árbol de ceiba, con la lengua morada afuera y los pantalones abajo. Dijeron que fue suicidio, pero nadie se creyó ese cuento.

Al menor lo mataron en una trocha que va para La Cansona, cerca de El Carmen. Lo arrastraron hasta que quedó muerto y le vaciaron el pecho. Le echaron ácido de baterías en la cara.

A otro lo acuchillaron en el cuello en plena plaza de mercado.

Uno fue pillado durmiendo en un chinchorro, lo amarraron de manos y pies, le metieron una bolsa en la cabeza y lo dejaron sin aire. Cuando lo hallaron ya no era él: estaba inflado, con la piel abierta por los gases.

Ahora son ellos quienes lloran a sus muertos. Ahora son ellos los desaparecidos. Ahora son ellos a quienes mis tíos picotearon con hachas y cuyos pedacitos fueron echados como abono en los potreros.
Y cuyos ojos fueron echados en las cañadas, para que los peces se los comieran y no pudieran encontrarles ni la mirada.

A cada cuerpo que tiroteaban, enseguida mis tíos le buscaban esa pistola que le regaló Rafael Frieri.

Ezequiel tuvo amores con una de las hijas de «El Turco» Borolías Fernández a escondidas. Por eso odiaban todos a mi tío. Con ella tuvo a un hijo antes de que lo mataran, se llamó Farud Méndez Fernández. Este al crecer fue engañado por sus tíos Fernández. Nunca le dijeron quién fue su padre, pues ellos lo habían matado en esas corralejas. Dicen que esa guerra se extendió por varias ciudades y que dejó a cientos de muertos. Como unos cien, me dijeron mis otros tíos. Y es que por lo menos yo tuve un tío que llegó a tener unos 20 hijos. Todos ellos, ya grandecitos, se metieron en esa guerra.

Cualquiera de ellos podía coger un jeep e irse para San Juan Nepomuceno, para El Guamo, o para San Jacinto y buscar a alguien que se le pareciera a los Fernández y dispararle desde lejos.

Para muchos allí empezó la desgracia de los Montes de María y fue una violencia que se mantiene hasta hoy. Cada mes moría alguien. También caían personas que no pertenecían a ninguna de las familias como un primo mío llamado Julio Amador y un muchachito de 16 años al que hicieron picadillo, solo para sacarle la información y encontrar a mi tío Eusebio. Otras personas estaban en el lugar equivocado. Muchos fueron confundidos sólo por el aspecto.

A una de mis primas le sacaron las uñas. Fue una gente del F2. Creían que toda la familia sabía en dónde estaban los hombres. Pero eran muchos.

También murieron policías porque los Fernández empezaron a pagarle a la policía y al F2 para que los ayudaran a encontrar a mis tíos y primos. Pero morían ya que ninguno de mi familia se dejaba. Si alguno caminaba y veía que transitaba uno de los Fernández por una calle no tenía reparos para sacar el arma y dispararle. No importaba a quién se llevaban en su ira maluca.

Cuando creció Farud, el abuelo «El Turco» Elías Fernández lo obligó a acompañarlo a matar a su tío Eusebio, pero antes de irse fue avisado por su propia madre, Guada: No mates a nadie, hijo, ese problema es de «El Turco», y, ¿sabes una cosa?: no te confíes en ellos, ellos están esperando para cascarte; ellos fueron los que mataron a tu papá, así que ya sabes qué hacer…

Justo cuando estaban viajando en una loma le pidieron el arma, pero era para hacer la emboscada. Farud se defendió de su abuelo y de dos de sus tíos. Los hirió a todos. De ahí se fue a El Banco, Magdalena, de donde no regresó. Farud tuvo el triste destino de llevar en sus venas las dos sangres malditas de esas estirpes.

De todas formas, los Fernández terminaron matando al tío Eusebio. Desde ese momento todo fue tragedia. Hasta mujeres y niños cayeron en los tiroteos. La gente de todos los Montes de María se tenía que acostar a las 9 de la noche pues siempre se escuchaban al fondo las rabietas de los tiros.

Mis tíos se daban plomo con la policía, con los Fernández y con muchos otros. Mucho después se volvieron paramilitares. Recuerdo cómo mataron a Eusebio, quien desde los 15 años empezó a matar policías porque lo maltrataron en más de una vez. Lo mataron en una cuneta cuando tenía no más que 23 años. Me tocó irlo a buscar, porque nadie podía. Recuerdo que lo encontré con otros tres difuntos, dentro de ellos un amigo mío que era conductor de jeep que viajaba a las montañas y que no tenía nada que ver con las venganzas. Me tocó limpiarles los gusanos de encima.

Uno cree que vengarse es como cerrar una herida, pero lo que hace es abrir otras nuevas. Más hondas. Más silenciosas. Porque el muerto que uno pierde lo llora con el cuerpo completo, pero el muerto que uno ayuda a matar se queda llorando por dentro, sin que nadie lo vea.

A veces me pregunto si mi tío Ezequiel descansó de verdad con tanta sangre que vino después. Porque yo lo sigo soñando, entero como era, pero bañado en lodo y con los ojos abiertos. Como si tampoco él estuviera en paz.

La verdad es que la muerte no repara nada. No devuelve a nadie. Sólo deja un vacío con forma de nombre. Y en este pueblo ya no caben tantos vacíos.

Vi a muchachos que yo conocí de niños, que jugaron en el patio de mi casa, que comieron bollo con queso en la hamaca de mi abuela, morir como si no valieran ni una lágrima. Los amarraron. Los torturaron. Algunos no sabían ni besar todavía, y ya les habían arrancado las uñas con alicates. Uno, llamado Junior, gritó el nombre de su madre hasta que le cortaron la lengua. A otro le metieron una escoba por el recto porque decían que era sapo. No puedo justificar eso. Por mucho que odie a los Fernández. Por mucho que me duela lo de mi tío. Nadie debería morir así. Menos si no ha llegado a cumplir los dieciocho. Menos si lo que tenía en los bolsillos eran canicas, no balas.

La venganza no nos hizo más fuertes. Nos hizo más solos. Y en el fondo, aunque nunca lo diga en voz alta, a veces creo que era como un espíritu o un demonio que caminaba al lado de ellos.

Como una peste que se disfraza de justicia y que se mete en las venas de uno. Y que cuando uno viene a ver, ya lo tiene hablando, durmiendo y comiendo lleno de odio.

Y el amor, ¿dónde queda? Ahora sólo sé que los muertos pesan más cuando uno los ayuda a morir.
Y que los sueños se llenan de gritos que no son los de uno.

A veces me siento en el portal a mirar el camino. Imagino que un día de estos va a pasar por ahí un niño en bicicleta, silbando una canción que yo no conozco. Que va a tirar su mochila en la sombra del palo de mango y va a decir que no quiere pelear con nadie. Que no le interesa saber si es Méndez o si es Fernández, que sólo quiere jugar fútbol, dormir sin miedo y comerse un raspao sin pensar en muertos.

Ojalá un día podamos enterrar los machetes, las hachas, los revólveres. Ojalá las historias de esta guerra se queden sólo en los cuentos que contemos bajito, como quien habla de un mal sueño que no quiere que se repita.

Pero para eso hace falta que alguien pare. Que alguien diga basta. Que alguien, en vez de apretar el gatillo, cierre los ojos y respire hondo. Porque el odio es una cadena. Y yo no quiero que mis nietos, si los llego a tener, nazcan con la garganta llena de esa misma rabia con la que yo crecí.

***

Algunos de los Fernández terminaron engrosando las filas de la guerrilla, algunos de los primos se mataron entre ellos por celos o por desconfianza, otros se convirtieron en cuatreros expertos.

El abigeato y el cuatrerismo entró en apogeo. Pobreza, desigualdad, falta de oportunidades, ausencia de empleo, llevaron a muchas personas a ver el robo de ganado como una forma de subsistencia o de obtener ingresos rápidos. Las zonas rurales eran propicias para este delito.

Como había ausencia del Estado, y el F2 recibía coimas a diestra y siniestra, el negocio creció creando pánico entre la gente que no tenía vínculos con este tipo de organizaciones.

Así que se vieron en la necesidad de ir paulatinamente en búsqueda del apoyo de estos grupos para defenderse del robo de ganados.

Asimismo, el valor del ganado se había convertido en un importante capital lo que lo convirtió en un objetivo atractivo.

Los Fernández trataron en un primer momento de controlar los mercados ilegales en las ciudades de la costa. Eso facilitó la comercialización de los animales robados, incentivando el delito. Pero con la creciente aparición de la bonanza marimbera, la cosa cambió.

La presencia limitada de las instituciones estatales en zonas rurales generó un ambiente de impunidad que favoreció la comisión de todo tipo de delitos.

Lo anterior unido a la corrupción, a una legislación insuficiente, y, sobre todo, a una tradición de apropiación de lo ajeno con impunidad y violencia propició la aparición de los clanes familiares unidos a la delincuencia.

En algunas comunidades, históricamente pudo haber existido una cierta tolerancia o incluso una tradición de apropiación ilegal de terrenos, ocasionados por las anteriores expropiaciones de tierras a lo largo de la costa. No obstante, también hubo una lucha por el rescate de tierras expropiadas para defender macroproyectos junto a un modelo económico con ganadería extensiva, latifundio y concentración de tenencia de la tierra, pero con altos niveles de pobreza. En estas circunstancias de violencia, empobrecimiento, inversión económica y ubicación geoestratégica, crecieron ya varias generaciones de costeños.

Esa incipiente estructura delictiva de los Méndez estaba aún viva en 1997 y fue el apoyo en muchos de los actos de guerra que ejercían sobre las poblaciones consideradas simpatizantes de la guerrilla. El 23 de marzo de ese año, 50 paramilitares incursionaron en vehículos al corregimiento El Salado, reunieron a la población en la plaza principal y allí sacaron una lista y empezaron a matar gente. Dentro de las víctimas estaba la líder comunitaria Doris Mariela Torres, luego asesinaron a José Esteban Domínguez y a su hijo porque intentaron interceder por ella, asimismo dieron muerte a Néstor Arrieta y desaparecieron a Álvaro Pérez, el presidente de la junta de acción comunal. Arrasaron la tienda de dicha profesora y quemaron un supermercado. Se supo que sólo dos de los victimarios estaban encapuchados.

La masacre desplazó a 7.000 habitantes, de los cuales retornaron tres meses después 4.000 personas.

El desarrollo de la investigación penal por la masacre derivó en la captura de José y Eduardo Méndez, el 27 de julio de 1998, bajo la acusación de ser los autores intelectuales de la masacre, los cuales permanecieron en prisión hasta el 4 de enero de 2000, luego de que fueran absueltos [1].

La guerrilla de las FARC sindicó a Los Méndez como responsables de la incursión y acto seguido atacaron a una de sus propiedades, matando a sus empleados, quemando su vivienda y robando su ganado. Entonces vendría la retaliación de los Méndez, se involucraron de lleno en una de las más cruentas masacres de la población civil en la historia de Colombia.

El Salado sólo va a quedar para dar ahuyama, aseguraron en cada rincón de El Carmen de Bolívar para que llegara a oídos de los habitantes de El Salado. Decían también que todas las mujeres tenían que quedar viudas. La libertad de los Méndez se dio el 4 de enero de 2000 y la ocurrencia de la masacre fue el 16 de febrero. Pero luego, en febrero del año 2000, justo cuando ellos salieron de prisión, cuando se perpetró la conocida masacre de El Salado, según informes de Memoria Histórica y el expediente penal No 721 del año 2000, se permitió atribuir responsabilidad a los Méndez como victimarios.

Actuaron en dicha masacre como los guías de uno de los grupos de hombres armados que atacó a la población indefensa. Dicho grupo estaba bajo el mando de Edgar Córdoba Trujillo, alias «Cinco Siete», comandante paramilitar del Magdalena que operaba bajo las órdenes de alias «Jorge 40». Estos guías eran Luis Teherán y Dilio José Romero. Hoy cumplen pena en la Cárcel Modelo de Barraquilla.

Estos son familiares ya lejanos de aquellos que en los 60 iniciaron esta saga sangrienta, pero estaban hermanados en los asesinatos y en el sentido gregario que otorga la venganza. Al parecer, pertenecer a un grupo armado establece mayor vínculo y lealtad que la misma comunidad de origen.

Una de las acciones cometidas por los paramilitares durante su incursión a El Salado mientras eran guiados por estos integrantes del clan de los Méndez, fue el de la muerte de la niña Helen Margarita Arrieta, de siete años. Este crimen es considerado como uno de los más horribles cometidos en la historia de nuestra guerra. La niña fue condenada morir de hambre y sed durante los tres días del asedio.

***

Viernes 8 de abril de 2016. Segunda llamada a Rafael Méndez en Barranquilla. 5:00 p. m.

En esta otra ocasión la voz de Rafael Méndez parecía salir de un doble fondo que él tuviera en su garganta.

MÉNDEZ: Mire, no es mentira. Yo cambié de opinión. No quiero saber nada de eso. Hablé con mis hijos y me dijeron: Papá, es mejor dejar las cosas así, es mejor que las cosas se sanen solas. De pronto esa gente se vaya a turbar de nuevo y nos vaya a tocar a nosotros intervenir.
GUARDELA: Estimado Rafael, Los Fernández dijeron que sí firmarían el acuerdo. Su tía Janeth dijo que no había problema. La señora Olga Fernández y los hijos están dispuestos. Vamos a hacer una reunión con todos. El texto lo tengo listo. Viajo en unos días.
MÉNDEZ: No, para nada. Yo me planto. Ahora ni que usted venga hasta Barranquilla. Nadie se aguanta una furia con papelitos. Déjese de tanta pendejada.
 …Silencio…
IVETH: ¿Aló? Habla Iveth. La mujer de Rafael.
GUARDELA: Buenas. ¿Puedo hablar con el señor Rafael?
IVETH: Le cuento que si lo llama los viernes y los sábados siempre estará borracho y revuelto. Acordándose de esos tiempos. Él tiene siempre sus guardados.
…Silencio…
Se escucha al fondo escándalo, un picó, un remoto crepitar de goce.
GUARDELA: Pero ¿cuándo puedo hablar con él?
Iveth: Pregunta el señor que ¿cuándo puede hablar contigo, ve?
MÉNDEZ: Nunca, señor Guardela. Nunca. Lo que pasa es que yo no soy sapo. Yo no echo a nadie al agua. Esa es la verdad. A mí no me gusta hablar mierda. Todo lo que se ha escrito sobre esa guerra es pura mierda. Usted perdone, pero dejemos las cosas así.
…Silencio…
Clic.

***

Bogotá, 24 de agosto de 2016.

Veo las noticias. En La Habana, el Gobierno colombiano y las FARC firman un acuerdo definitivo de paz. Las imágenes muestran al presidente Juan Manuel Santos y a Rodrigo Londoño, Timochenko, estrechándose la mano ante las cámaras. El gesto cierra formalmente más de medio siglo de guerra y abre un periodo incierto.

Fue un instante mínimo. Tres segundos, quizá menos. Un gesto ensayado para la historia: dos manos que se buscan, se aprietan y se sueltan. Las manos de quienes habían sido enemigos. Por encima de ellas, enmarcando el acto, aparecen otras manos: más viejas, llenas de lunares. Son las del presidente cubano Raúl Castro, sosteniendo el apretón como quien vigila que no se rompa.

Mientras miro esas manos —limpias, visibles, transmitidas en directo— recuerdo otras manos. Una historia vieja brotó de golpe, como un crujido en mi memoria. Me la contó la señora Emperatriz, ––los vecinos le llamaban «señora Empera»––, dueña de una tienda en la avenida Cristanto Luque, en Cartagena, por allá en el año 2000. Es una historia que habla de otras manos, unas que no salieron en televisión ni sellaron acuerdos: manos extraviadas en el tiempo.

Emperatriz era de Chengue, Sucre, en los Montes de María. Era muy delgada; tenía el rostro serio, afilado.

—Pasó hace muchos años —me dijo—. Yo vi eso en el 89, o antes, o después.

—¿Dónde? —.

—Fue por un camino de la vereda El Reparo, en Flor del Monte, en Ovejas (Sucre). Mataron a un hombre a machetazos…y en el mismo sitio lo enterraron de pie. No lo enterraron completo… porque le dejaron las manos afuera a propósito.

—¿Las manos?

—Sí. Las dejaron por fuera de la tierra, atadas, como dos palomitas —dijo Empera, juntándose las muñecas—. Era para que todo el que pasara entendiera. Para que nadie se volviera sapo.

Emperatriz reflexionó unos instantes y agregó: ––Ahí estuvieron durante meses, a un lado del camino para que la gente las viera. Pasaban en burro, en bicicleta, en mula o a pie. Nadie sabía por aquel entonces quieres eran los guerrilleros ni quienes los paramilitares. Esas manitas se fueron secando y se pusieron como dos gajos de plátanos pasos. Quienes pasaban continuaban su trayecto, calladitos. Todos sabíamos que ahí había un difunto. Todos. Nadie hizo nada. Era un mensaje de amenaza.

Recuerdo cómo Emperatriz siguió mirando el aire para decir con amargura: —Al final esas manos se secaron, como toda esa tierra.

Pese a lo cruento del suceso, creo que hubo algo que no se secó, fue la valía de esa persona; persistió en el silencio y la memoria colectiva. Imagino que esas manos fueron posteriormente deshechas en pasmosa gusanera y barro, pero al borde del camino, quedó una evidencia mínima y obstinada, porque todos los habitantes de esas tierras sabían que ahí había un muerto.

Ahora, mientras las imágenes pasan por la pantalla del televisor y miro las manos que se estrechan en señal de paz, aparecen las otras: las manitos atadas, a ras de tierra. Ambas imágenes se superponen.

He perdido la pista de la señora Emperatriz, pero nunca olvido esa historia. Hoy pienso en ese muerto sin nombre, reducido a advertencia. En esas manos extintas utilizadas para dar lección y meter miedo, para gobernar el silencio incluso después de la muerte.

Que yo sepa, no hubo reporte. No hubo titular. Ninguna cámara enfocó sus manos atadas a ras de suelo. Emperatriz nunca mencionó un nombre. No fue olvido: fue una forma de resguardo.

* * *

El 27 de agosto de 2024, en un recodo silencioso de los Montes de María, entre los corregimientos de San Rafael y Flor del Monte, en Ovejas (Sucre), emergió de la tierra un cuerpo que llevaba décadas esperando ser encontrado. No fue casualidad: fueron las voces persistentes de los vecinos —esa memoria que nunca se resigna— las que señalaron el punto exacto donde, a comienzos de los años noventa, alguien había sido sepultado sin testigos ni palabras.

La Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) recuperó los restos: pertenecían a un civil, un comerciante, arrancado de su rutina y de su familia por la violencia del conflicto armado. Tampoco fue un hallazgo aislado, sino la consecuencia de una búsqueda humanitaria paciente, parte del Sistema Integral para la Paz, que se abre paso entre silencios viejos y duelos detenidos.

La prensa nacional registró la noticia; pero en el terreno, para quienes siempre supieron, ese día fue algo distinto: la confirmación de que allí, en ese pedazo de camino que todos miraban de reojo, alguien había sido enterrado.

* * *

Hacer trampa es contagioso, pues se desvanece el juicio ético y se actúa en caterva. Así también es el asesinato. Por eso veo una profunda relación entre el origen de todo este gran odio que he contado y el gran martirio de los Montes de María ocasionado por la guerra entre paramilitares, guerrilla y fuerzas del Estado a lo largo de décadas. Ese fermento surgió de la vida cotidiana de los pueblos y se extendió pudriéndolo todo: desde la sombra de los patios humildes hasta el alma de quienes tomaron decisiones, desde el elemental reclamo de un gesto hasta un complejo litigio, desde un llamado en las esquinas hasta una arenga política.

Los involucrados en esta saga sangrienta vieron en el otro (en el vecino y en el franco parroquiano) al enemigo mismo.

Percibo que todo lleva el fardo monstruoso de la intolerancia y el desprecio radical. Lo digo porque pregunté por el hecho de que algunas víctimas de El Salado fueron decapitadas y que luego (según informes) los paramilitares jugaron al fútbol con sus cabezas, y en seguida, un hombre en el restaurante Míster Iguano me imprecó, sin la más mínima alteración en su rostro: De seguro fue que, en medio de la cosa, la punta de una bota tropezó con una cabeza y entonces todo el mundo dijo que jugaron al fútbol con ella, así se oyó por los noticieros y así es como se tergiversa todo, fíjese.

Descubro entonces que la ira sigue intacta.

Creo, como muchos, que toda la Historia que se ha contado hasta hoy es la del hombre consciente, despierto y que falta relatar la del hombre inconsciente, sonámbulo. Ese que se deja llevar por una mano oscura, ese que es movido por los hilos de la ira, el odio y la venganza (hilos invisibles y a la vez numerosos como un ovillo) y que son, a la larga, el motor de las eras.

En algún cajón hay un revólver. Empavonado, negro. Llama la atención su apacible brillo, pero tiene un cañón calibre 38 que es igual de orgulloso a todos los hombres que lo usaron. Fue elaborado en Estados Unidos en los años 60. Fue pensado para algo muy exacto: el matar. ¿Será que alguien está jugando con esa pompa de muerte en este momento? ¿A cuántos habrá quitado la vida? Es más que un montón de hierro, es una estructura maciza que cambia destinos y hace sufrir. Es, sin dudas imperecedero, como el odio mismo.

Mientras termino estas líneas, ¿quién atesora su gatillo? O, si se deshizo, ¿en qué quedaron sus cascajos? ¿Dónde está su tronera impetuosa?

Sé que quienes lo llegaron a tener en las manos, tienen que simular que están usándolo. Ese lujo de muerte atrae con su enigma a los seres humanos. Por siempre, toda mano siente que cuando se pliega y ajusta a un arma, entiende que hace mucho que la buscaba. Toda arma tendrá una mano que la espera. Toda empuñadura. El percutor de ese revólver será siempre obediente. Es el revólver que se le quitó a Ezequiel y jamás pudo ser encontrado, según algunos.

CODA

Termino estas cuartillas el 6 de diciembre de 2024, el mismo día en que un juez obligó a un senador —«afro de derecha», como muchos le llaman con amarga sorna— a pedir perdón a las Madres de Soacha por profanar su duelo. No fue una coincidencia. Ese mismo diciembre, en otro extremo del continente, el presidente de Argentina aparecía en pantalla junto a un tecnócrata millonario blandiendo una motosierra como si fuera un trofeo. Ese zumbido grotesco, que muchos aplauden, es el mismo que ha retumbado durante años en los parajes de este país, abriendo cuerpos, tumbando selvas, partiendo en dos la esperanza. Hay fechas que se contestan entre sí como heridas. Hay ecos de dolor que viajan por el continente sin visa ni frontera. Algunas heridas insisten en no cerrarse porque no se han escrito, porque no se han llorado lo suficiente, porque aún hay quien celebra el estruendo de la motosierra como si fuera el canto de un himno.

Cierro, con la indulgencia del lector, recordando las palabras de nuestro último gran filósofo, Estanislao Zuleta: «para mí una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos. De reconocerlos y de contenerlos. De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos. Que sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz».

NOTA

[1] Expediente penal No 241 de 1999, citado por Memoria Histórica.

Nota del autor: Alma Guillermoprieto dijo hace dos años que las crónicas larguísimas ya tuvieron su hora, que era momento de acortar el aliento, de narrar sin tanta extensión. Se refería al imperio del algoritmo. Hoy estoy aquí, llevándole la contraria, culminando esta historia que no cabe en pocas páginas. No puedo resumir el torrente de sangre, tampoco el silencio de los Montes de María. No puedo pedir a los muertos que hablen rápido. Todavía creo en los lectores que se quedan, en los que entienden que una crónica puede ser es una forma de duelo. Una crónica no se mide en páginas, sino en las huellas que dejaron los años en el alma, hasta que la historia estuvo madura para ser contada. Aquí está este larguero, porque el dolor necesita espacio para respirar y porque cada palabra que surge me devuelve, aunque sea un poco, la voz de los que se fueron y de los que se callaron. Pienso, como pocos, que el algoritmo te ofrece un espejo instantáneo; la escritura lenta, un pozo para buscar tu propia verdad.

____________

* Juan Carlos Guardela Vásquez (San Juan Nepomuceno, Bolívar) es periodista, cronista, poeta y realizador colombiano. Estudió Derecho, Filosofía y Letras y es comunicador social. Tiene una maestría en Comunicación de Pontificia Universidad Javeriana. Ha sido profesor universitario en varias universidades del país, fue cronista de Soho y es colaborador habitual de varios periódicos y revistas. Fue periodista de El Universal y El Periódico de Cartagena. Dirigió documentales para TeleCaribe y del Ministerio de Cultura. Ganador de varias becas y premios nacionales de periodismo y literatura. Fue finalista del Premio Iberoamericano de la Fundación Gabo. Autor de El edén vencido, Lo que va a sanar espanta y Sitio de brujo. Figura en antologías como Lo mejor del periodismo de América Latina, Fondo de Cultura Económica 2006, con prólogo de Tomás Eloy Martínez y Crónicas del comercio en Cartagena, con prólogo Juan Gossaín de Villegas Editores. 2023. Publica en el blog La tierra del cangrejo del diario El Universal.
Blog: La tierra del cangrejo: https://blogs.eluniversal.com.co/la-tierra-del-cangrejo-0

**Sara Serna Loaiza es estudiante de arquitectura en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, ilustradora y diseñadora gráfica por afición. Como lectora, se inclina hacia el realismo mágico latinoamericano, la fantasía heroica y la novela psicológica rusa. Como creativa, tiene por hábito buscar patrones, composiciones y referencias en la realidad tanto como en la ficción. En ilustraciones ajenas y fotografías tan casuales como maestras publicadas en redes. En las pequeñas exposiciones y galerías que el transeúnte, si es curioso y observador, puede encontrarse al recorrer las calles de su ciudad, y en esas escenas coincidentes, accidentales, y perfectas, en las que la cotidianidad encuentra el ángulo, la iluminación, el balance correcto de composición, que encuadrados por el ojo fisgón adecuado, capturan un cuadro cinematográfico espontáneo bastante impresionante.

Es la administradora del perfil de Instagram de la revista ( @revista.cronopio ) y también aporta sus ilustraciones para algunos artículos de la misma.

2 COMENTARIOS

  1. Una gran crónica, conocía sobre el conflicto en los Montes de María y la masacre del Salado, pero no sabía que tenía origen en una pelea entre dos familias y décadas de odios y muertes acumuladas. Por momentos me sentí leyendo «Cien Años de Soledad» como el asesinato de Prudencio Aguilar y como la violencia empezó a marcar el destino de las familias y del país. Es una historia que vale la pena contar, admiro su persistencia y hasta el riesgo que corrió para lograr obtener los testimonios, muy loable eso de buscar la paz luego de tantas generaciones.

    En todo caso una lectura muy interesante y amena, un gran texto, me atrapó.

    Gracias profe.

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