
Por Pablo Di Marco*
Ilustraciones de Estefanía Montoya Echeverri**
Una gota rasgó la puerta vidriada de la librería. Al instante otra más. Y cuando segundos después la tormenta se derrumbó sobre Buenos Aires, Alejandra percibió que el nudo que le retorcía el estómago empezaba de a poco a deshacerse. Miró a Carlos, que también se había puesto a contemplar la lluvia.
La aterraba saber que en minutos debía presentar su primer libro, decir unas palabras ante el público y recitar alguno de sus poemas. ¿Cuánto hacía que no dormía ni comía como era debido? Por lo menos tres o cuatro días. Y eso que Carlos venía haciendo todo lo posible por tranquilizarla y darle ánimos.
Calma, Ale. No te preocupes, te vas a sentir como en casa. Y encima va a venir poca gente: apenas los clientes de siempre de la librería y algún que otro compañero tuyo de la facultad. Yo hago una presentación cortita, vos decís buenas tardes, gracias a todos por venir, leés un par de poemas, y ya está. Después nos tomamos un vinito, y a otra cosa, mariposa.
Sí, a otra cosa mariposa, pensó Alejandra cuando un trueno hizo vibrar el piso —ya el agua amenazaba inundar el cordón de la vereda—. Como si recitar tres poemas en voz alta sin tartamudear fuese fácil, como si las expectativas de los demás no pesasen toneladas. Pero, por suerte, con la tormenta no vendría nadie, y la presentación de su primer libro de poemas sería un bienvenido fracaso.
—Oíme, Ale… —¿Quién le hablaba? Carlos, quién iba a ser. Si en Norte solo estaban ellos dos—. Espero que esa sonrisa de alivio no se deba a lo que yo creo.
Ella se limitó a tomarlo de la cintura. Y así quedaron, abrazados ante la puerta vidriada, atentos a los remolinos de agua que ocultaban el otro lado de la calle.
Carlos se preguntó de qué valió pasarse media tarde desplazando los estantes cargados de libros, comprar los vinos, subir del depósito las treinta sillas.
—Solo yo puedo ser tan paspado de ofrecerle mi librería a la única escritora que se alegra de que nadie asista a la presentación de su libro. Y lo peor es… Mejor me callo.
—¿Qué es lo peor, Capitán?
—Lo peor es que te sigo queriendo.
Alejandra sonrió. Carlos, el único capaz de librarla de tanta grisura, de tanta pena. Ella descansó la cabeza en su hombro, y dijo:
—No se enoje. Dígame: ¿qué hora es?
—Cinco en punto.
—Estamos en hora. Por ahí alguien viene.
—Olvidate, Ale. No va a venir nadie. Solo un refugiado de la guerra saldría a la calle en una tarde como esta.
Y bastó decir aquello para que una sombra cobrara vida entre los remolinos de agua de la vereda. Y la puerta se abrió, y entró Mario chorreando lluvia.
—¿Qué hace acá este pibe? —dijo Carlos—. Esperá un poco, marinero. Quedate quieto, me vas a mojar todos los libros.
El aspecto de Mario enterneció a Alejandra. La tormenta había desaliñado a su siempre prolijo compañero de Letras. Con el jopo ahora cayéndole desarmado sobre la frente, y la camisa y el saco reducidos a un harapo mojado, lo encontró por primera vez un tanto atractivo.
—Oíme, nene —dijo Carlos, pendiente del charco que se formaba bajo las suelas de Mario—. En qué viniste, ¿en bote? ¿Por qué mejor no te sacás los zapatos?
—Porque tengo un océano adentro de cada uno. Si me los saco, nos ahogamos todos.
Carlos contuvo sus ganas de devolverlo de un patadón a la calle, respiró hondo y se fue a la cocina en busca de una toalla.
—Gracias por venir —dijo ella—. No debiste salir a la calle con semejante temporal.
Mario tiró sus zapatos junto a la puerta, y al echarse el jopo hacia atrás empapó medio estante de literatura francesa. Pese a tener el ánimo atornillado en el último subsuelo, se alegró de estar junto a Alejandra. ¿Algún día te vas a dar cuenta de cuánto me gustás?
—No te preocupes, Ale. Estoy desde la mañana en el centro, dando vueltas de cafetín en cafetín.
—¿Desde la mañana? —preguntó ella mientras secaba las tapas de los libros con el puño de su montgomery—. ¿Por qué?
—No tenía a donde ir.
—¿Y por qué?
—Es que… mamá me echó.
Alejandra detuvo el secado apenas Carlos volvió con una toalla:
—Escuchame bien, marinero: si pretendés permanecer en mi librería, secate como si recién hubieses salido de la ducha.
Diez minutos más tarde, Carlos apagó todas las luces, excepto la de la cocinita del fondo. Y después se sentaron en tres de las sillas reservadas para los invitados que ya no vendrían.
A Alejandra le gustó esa imagen: Carlos, Mario y ella en el fondo de una librería en penumbras, en plena tarde de tormenta. Imaginó que no existían ni sus padres, ni la casa que compartía con ellos en Avellaneda, ni la universidad cargada de profesores y exámenes. Ni siquiera existían sus recurrentes espantos y terrores. Todo había desaparecido bajo el temporal. A excepción de ellos, refugiados en lo hondo de una cueva protegida por libros, discos y botellas de vino. ¿Acaso preciso algo más? Bien podría pasar acá adentro el resto de mi vida. Pero de pronto recordó que a Mario lo habían echado de la casa, y cayó en la cuenta de que hacía varios días que él faltaba a la facultad. ¿La habría abandonado? ¿Sería por eso que lo había echado la madre? Estaba a punto de preguntarle, pero un relámpago lo alumbró todo, y el temblor de un trueno derribó un par de libros de lo alto de un anaquel.
—No creo que el ventanal del frente resista otro trueno como ese —dijo Carlos.
Y justo cuando parecía que la lluvia se volvía todavía más intensa, los tres se sorprendieron al descubrir, detenida en la puerta de entrada, una silueta rojiza. Que sea un tipo cualquiera refugiándose de la tormenta, pensó Alejandra, no sea cosa que empiece a venir gente.
No, no era un tipo cualquiera. Cuando la puerta se abrió, quien entró fue una chica pelirroja envuelta en el piloto más rojo jamás visto.
—¿Quién es? —preguntó Carlos.
—Guadalupe —dijo Alejandra, con un entusiasmo que sorprendió a los dos hombres—. Le dicen Lupe, estudia filosofía en nuestra universidad.
Tras cerrar el paraguas, Guadalupe colgó el piloto del picaporte, se sacudió los rulos, y caminó hacia ellos como una jovencísima Rita Hayworth dispuesta a conquistar Hollywood.

—¡Hola, chicos! —dijo con la mirada clavada en Mario—. ¡Qué aburrimiento este lugar! ¿Qué pasa que no vino nadie?
—No sé —dijo Mario, preguntándose por qué la Colorada estaba casi seca, mientras él seguía hecho un trapo recién salido del balde—. En una de esas tiene que ver con que Buenos Aires se está inundando. ¿Vos qué pensás, Lupe?
La chica le sonrió como si hubiese escuchado el más galante de los piropos, y después le tendió la mano a Carlos:
—Usted es el dueño de la librería, ¿no es así? Encantada de conocerlo, mi nombre es Guadalupe Tabaré Santa Ana. La poeta me habló maravillas de usted.
Alejandra se mordió el labio: nunca en la vida había hablado sobre Carlos con Guadalupe. Apenas había intercambiado con ella más que algún saludo. Sin embargo, la tenía presente. ¿Cómo no hacerlo, si Lupe era la chica más atractiva de toda la facultad? Ahora Carlos le tendía la mano esforzándose por no espiarle los pechos marcados bajo el pulóver rojo. Carlos y Lupe. Dos seductores seriales, dos locomotoras viniendo de frente, el choque sería digno de ser escrito.
—Todos los Tabaré que conocí son de Uruguay —dijo él, sin soltarle la mano—. Imagino que no serás la excepción.
—Le aseguro que yo soy la excepción a todo —dijo ella observándolo tan fijo que a Carlos le costó sostenerle la mirada—. Pero tiene usted razón: soy de Montevideo, y estudio filosofía en la misma facultad que los chicos.
A Mario no le asombró que Carlos siguiera prendido de la mano de Lupe: era obvio que la Colorada tenía el don de seducir a cualquiera, desde un adolescente a un viejo pirata varias décadas mayor. Lo que sí lo asombró fue el modo en que Alejandra se la comía con los ojos.
Carlos al fin le soltó la mano, separó una silla y la invitó a sentarse junto a ellos. Cuando Alejandra terminó de agradecerle por haberse venido pese a la lluvia, Lupe sacó de su cartera un papelito doblado en cuatro:
Alejandra Pizarnik presenta
el poemario más esperado de 1955:
La tierra más ajena
Sábado 4 de mayo, 17 horas
Librería Norte, Suipacha 258
—Estaba pegado en la cartelera de la facultad. Y una vez, en un descanso entre clases, Mario me habló de vos. Me aseguró que vas a ser la mayor poeta del Río de la Plata.
—Me salió bastante lindo el afiche, ¿no creen? —preguntó Carlos—. De todos modos, voy a hacer una corrección: Alejandra ya es, a pesar de ella, la mayor poeta del Río de la Plata.
A pesar de ella, pensó Alejandra mordiéndose otra vez el labio. Carlos agregó:
—¿En qué piensa nuestra poetisa favorita?
—En cuán llamativo es que el «poemario más esperado de 1955» tenga una tirada de doscientos libros.
—Háganme caso, chicos —dijo Carlos arrojándole a Mario y a Lupe un par de ejemplares—. Pídanle ya mismo que se los dedique. Les aseguro que, cuando alcancen mi venerable edad, estos libros firmados valdrán fortunas.
Le extendieron sus libros, y a regañadientes Alejandra sacó una lapicera de su montgomery.
—Oiga, Capitán —dijo Mario—: ¿Qué va a hacer con esos tintos, ahora que nos quedamos sin presentación?
Carlos abrió un cajoncito oculto bajo la mesa y le revoleó a Mario un sacacorchos.
—¡Ábrame ya mismo un par de botellas, grumete!
—¡A la orden! —acató Mario haciendo la venia.
—Y ustedes, marineras, me traen ya mismo cuatro vasos, que yo me encargo de los tangos.
Una hora después, Carlos —con La tierra más ajena en una mano, y una botella de vino en la otra— recitaba poemas subido a la mesa–galeón, mientras los tripulantes arengaban desde el llano al grito de «¡Una poesía más! ¡Una poesía más!»
Carlos revoleó el libro directo al techo, estrelló la botella contra el piso, y señalando la sección de literatura inglesa pegó un grito que resonó peor que el trueno:
—¡Y ahora me traen a Dylan Thomas, mierda!
Con su gesto fiero, barba tupida y bandana anudada a la frente, Carlos de veras parecía el desquiciado capitán de un barco pirata, y el estruendo de lluvia y relámpagos de la calle no hacía más que potenciar la escena.
Alejandra alzó su vaso y gritó:
—¡A Vallejo! ¡Que mejor le traigan a Vallejo, Capitán!
—¡Grumete! —le gritó el Capitán a Mario, que ya comenzaba a preocuparse por la condición etílica de Carlos—. ¡Primero me abre otra botella! Y después alza velas y me trae de la mazmorra al tal Vallejo, bien agarrado de las pelotas.
Segundos más tarde, Mario le entregó al imaginario poeta, y Carlos murmuró con malicia:
—Conque acá lo tengo, Vallejo. Acá al fin lo tengo. Se lo ve un tanto desmejorado, tal vez la vida de mar no sea lo suyo.
—¡Oblíguelo a recitar un verso, Capitán! —gritó Alejandra, vaso en alto.
—O lo arroja por la borda —remató Lupe, dando saltitos—. Verso o muerte. ¡Verso o muerte!
—¿Ha oído usted a mis marineras, Vallejito? Si pretende salvar su miserable vida, recíteme ya mismo Poemas humanos de punta a punta, carajo. O todavía mejor. —Carlos se adelantó hasta el borde de la mesa—. Me recita de principio a fin ‘España, aparta de mí ese cáliz’ si pretende que no lo arroje a los tiburones, maldito bastardo.
―¡Este cáliz! ―corrigió Alejandra.
Y Carlos trastabilló, y si no se rompió la cara contra el piso fue porque lo atajó valerosamente el grumete Mario.
Los tres marineros debieron esforzarse para acomodar a un inconsciente Carlos en la silla, y justo en ese instante el parlante soltó el último acorde de Troilo. El disco dejó de girar, y no se oyeron más que los ronquidos del vencido Capitán entre el repiquetear de la lluvia que de poco se venía volviendo garúa.
—Parece que estaba fuerte el vino —dijo Lupe—. ¿Y ahora qué hacemos?
Alejandra les pidió que la ayudaran a ordenar un poco las cosas, ustedes después vayan, yo me voy a quedar hasta que despierte. Es lo mínimo que puedo hacer después de todo lo que hizo para la presentación de mi libro.

—Me parece que yo también estoy bastante borrachín —dijo Mario mientras recogía con dificultad los pedazos de vidrio de la botella.
Un rato más tarde, Alejandra despidió a sus compañeros y volvió al fondo de la librería. Reemplazó a Troilo por Count Basie, libró de su ridícula bandana a Carlos —que balbuceó un «Gracias, grumete» y siguió durmiendo—, y levantó del suelo los ejemplares desperdigados de su librito. Los apiló sobre la mesa y se sentó ante ellos.
El poemario más esperado de 1955, pensó con expresión hueca, mi ópera prima.
Al fin había logrado publicar su primer libro, y al fin había quedado atrás la temida presentación. Más vacía que aliviada, se preguntó qué vendría después. Esperar a que Carlos despertara, tomar el colectivo para volver a casa de los viejos, el lunes la facultad, y el martes la facultad, y el miércoles la facultad. Y el año que viene, si tengo suerte, publicar mi segundo libro. Y por supuesto, presentarlo.
¿Por qué?
¿Para qué?
Todo aquello le revolvió el estómago. Lamentó no tener su diario consigo, por ahí me haría bien escribir un poco. Tal vez… tal vez deba empezar psicoanálisis, se dijo estrujando el borde de uno de sus libros. ¿Cómo se llamaba ese psicólogo que me recomendaron? O tal vez deba dejar de perder el tiempo en la facultad y conseguir un trabajo, ganar mi plata y escapar de acá. Pero, ¿escapar adónde? Y… ¿qué es «acá»? ¿La facultad? ¿Buenos Aires? ¿Yo misma? Por ahí lo mejor que puedo hacer es morirme, morirme de una vez por todas.
La asustó aquel pensamiento, casi siempre la asustaban sus pensamientos. Y entonces recordó a Mario, y se insultó por lo bajo mientras se daba un golpecito en la frente con la punta del índice. Olvidé preguntarle de qué se trataba eso de que la madre lo echó. Siempre la misma estúpida distraída. Debí haber sacado el tema, seguro que Carlos le ofrecía dormir acá en la librería.
¿Dónde pasaría Mario la noche, pobre?
Oyó que alguien golpeaba a la puerta. A lo mejor un cliente. La tormenta se había disipado, y la ciudad volvía de a poco a la normalidad. Alejandra fue a abrir.
—La librería reabre el lunes por la mañana, señor.
Al cerrar, distinguió el paraguas de Lupe apoyado contra una estantería. Lo levantó con suavidad, acarició el mango de cuero. La alegró aquel olvido: ahora tendría una excusa para acercarse a ella durante el primer descanso entre clases del lunes.
Volvió al fondo de la librería recordando la sorpresiva entrada de Lupe. Rojo, todo en ella era rojo: el paraguas, el piloto, el pulóver. Hasta su pelo y sus labios eran rojos. Imaginó su corpiño también rojo. Y su mano acariciándolo, rasgándolo. Se preguntó qué era exactamente lo que Lupe despertaba en ella. ¿Envidia? ¿Admiración? ¿O tan solo deseo?
Todo junto, se dijo cuando Carlos la asustó con un fuerte ronquido. Se acercó a él y lo reacomodó en la silla. Sí: admiración, envidia, y deseo, todo junto y bien revuelto. Como fuera, pensar en Lupe la alejaba de su soporífera existencia de melancolía, desgano y tedio.
Revolvió los bolsillos de su montgomery, sacó una hoja repleta de garabatos de poemas, y escribió: «Las tenazas del tedio». Volvió a guardar la hoja. Qué bien que Lupe haya venido. Tantas veces me la crucé en los pasillos y escaleras de la facultad sin animarme a decirle media palabra. Ahora estará caminando con Mario por Lavalle. Soy una desbolada, no debí haberles dicho que se fueran, debí haberles pedido que se quedaran hasta que Carlos despertase, para así poder irnos los tres juntos. Y le volvió la imagen de Mario y Lupe caminando juntos —muy juntos— por Lavalle. Ella lo estaría seduciendo. Y él, que encima estaba medio borracho, no podría resistirse.
¿Quién puede resistírsele a Lupe?, se preguntó volviendo a acariciar el cuero del paraguas. Mario la acompañaría hasta la puerta de su edificio, y ella lo invitaría a subir.
Se mordió el labio. Hasta el dolor.
Los imaginó abrazados, besándose. Y entonces la poeta lamentó una vez más no tener su diario consigo. Sintió un retorcijón en el estómago, y se hundió en unos celos de muerte.
* * *
El presente texto hace parte de la novela «Cuando éramos tres —una novela sobre Alejandra Pizarnik— », publicada por Clú Editores en 2025.
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*Pablo Di Marco es corrector literario y autor de las novelas «Las horas derramadas», «Tríptico del desamparo», y «Cuando éramos tres». Autor del libro de entrevistas «Un café en Buenos Aires, conversaciones con escritores, lectores y libreros». Corresponsal en Argentina de la revista Libros&Letras de Bogotá.
**Estefanía Montoya Echeverri es Maestra en artes visuales con enfoque en técnicas gráficas. El trabajo de EME se enmarca en la percepción creativa de esos sucesos que acontecen en la cotidianidad del sujeto, entremezclando lo figurativo con la libre forma del trazo, alcanzando formas subjetivas con tintes objetivos. Durante los últimos años, EME ha realizado trabajos gráficos basados en el dibujo sobre superficies alternativas, tomando como insumo principal la tinta y el contorno delgado de una línea, de esta manera, su obra se transforma en la unión de texturas y formas poli-cromáticas que expresan la fuerza creativa y perceptiva de una mirada ajena a lo común. Ha participado en diferentes colectivos artísticos de la ciudad de Medellín enfocados a la experimentación de las posibilidades artísticas en la gestión, producción y formación. Actualmente participa en procesos de medios escritos digitales e impresos como ilustradora. Instagram: @eme_artdesing

Luego de una relectura de este texto, me reafirmo en lo realista y cotidiano del relato, mas en las circunstancias atmósfericas, que hoy or hoy son la constante en el mundo entero, el clima totalmente descontrolado y en épocas no acostumbradas, por otro lado, es lógico que siendo el autor del sur del continente, emplee palabras que solo las entendemos por el contexto, como Bandana, deasbolade o incluso garúa que no es muy clara. En cuanto a las ilustrtaciones, muy bien interpretadas esas tormentas , y más aún ese espectro de la mujer integrada al libro, todo evoca lo leído, de manera muy sencilla, diáfana, transparente, más traslúcida, buen abrebocas de la novela…..
El escrito , muy real, podría suceder en nuestra Colombia, la escena la podríamos reproducir de cualquier lanzamiento de un libro, y en particular relaciono algunos apartes de libros escritos por nuestro escritor Juan Diego Mejía , que encajan en el relato aunque de manera diferente . EN fin de valorar lo cercano de lo narrado , nada de exageraciones o ilusiones, todo repito muy real y próximo
Felicitaciones para Estefanía, sus ilustraciones demuestran autenticidad y proyección, resaltando su forma de expresarse. Ya leeré con despacio este escrito y daré mis conceptos.