
Por Gustavo Arango*
De Calder Willingham tuve noticias a través de un libro de entrevistas con Gore Vidal, donde de manera reiterada dirigía la atención a los méritos de este olvidado escritor del sur de los Estados Unidos. Mencionaba dos cosas que me atraen: la calidad de la prosa y su habilidad para escribir sobre el deseo y los misteriosos recovecos donde suele regodearse.
Una de mis peculiaridades como lector es la de huirle como a la peste a las modas literarias y preferir lo oculto, lo insuficientemente valorado, lo recóndito, lo olvidado. Por eso resultaba inevitable que un elogio del semioculto Vidal me pusiera tras la pista de ese autor del que nunca había tenido noticias.
No fue fácil conseguir los libros de Willingham. No se consiguen en versión electrónica. Los pocos ejemplares disponibles de sus novelas son escasos y costosos. Es casi imposible obtener una copia de Eternal Fire (su obra maestra) por menos de cien dólares. Pero con paciencia de cazador me ha sido posible reunir poco a poco la mayoría de sus libros. Si están pensando qué regalarme de cumpleaños, gustoso les diré los que me faltan.
El primero que llegó a mis manos trajo además la grata sorpresa de que fue llevado al cine, en 1991, con actuaciones de Laura Dern y Robert Duvall (tengo pendiente ver esa película). Su título, Rambling Rose, requiere una explicación. Podría traducirse como «Rosa la errabunda», porque el verbo «to ramble» en principio se refería al vagabundeo sin rumbo. Pero en tiempos recientes la palabra también puede referirse al hablar profuso y desordenado, lo que también caracteriza a la protagonista de la novela.
La ventaja de empezar a leer a Willingham con este libro radica en que es su obra más autobiográfica y nos revela el ambiente (el sur de los Estados Unidos) y la época (la Gran Depresión de la década de 1930) en que este autor singular abrió los ojos al mundo. El narrador es un hombre maduro, autor de novelas y ocasional galeote de Hollywood, que evoca el momento en que llegó a su casa una mujer de inocencia perversa que lo inició en los misterios de la sexualidad.
Según lo hace saber el narrador, todos los personajes —salvo la protagonista— son retratos fieles de la realidad. Ahí está su padre (noble e inescrutable), su madre (una mujer adelantada a todos los tiempos), y unos hermanos cuyo papel es más o menos secundario. La excusa de que Rose sea un personaje de ficción parece más bien una manera de proteger a la persona real.
Empecé a leer Rambling Rose con la idea de que avanzaría un capítulo cada noche, pero me resultó tan fascinante que la terminé en menos de una semana. Vidal tenía razón. La prosa de Willingham es fluida, inteligente, ingeniosa, divertida. Su humor está nutrido por Mark Twain. Su exploración de la borrosa frontera entre el bien y el mal lo emparenta con Flannery O’Connor. El autor establece con el lector una complicidad que pocas veces se encuentra, al punto de ponerle cascaritas para después reconvenirlo por su falta de atención. En cuanto a la exploración del deseo, diré solamente que la escena nocturna en el cuarto del chico está contada de manera magistral y que a los fanáticos de la corrección política les pondría los pelos de punta.

Con Gore Vidal también coincido en que, si uno encuentra un autor que le gusta, hay que leer todas sus obras. He emprendido Eternal Fire y confieso que por momentos me asusta como me asustó Wise Blood de Flannery O’Connor. Cuenta la historia de un pequeño pueblecito de Georgia cuya tranquilidad se ve trastornada por el arribo de un personaje desaforado. Su exploración del tema del mal como un riesgo cotidiano nos obliga a ver el mundo sin ingenuidad.
También he empezado a leer Reach to the Stars, la historia de un hotel de paso cerca de Los Ángeles, donde muchas estrellas de cine en decadencia van a pasar sus últimos años. La novela está inspirada por la propia experiencia del autor como botones de hotel. Aquí Willingham mezcla las aventuras más o menos realistas y picarescas de los habitantes del hotel junto con retazos de ciencia ficción que quizá escribió en aquella época.
Mi primer balance general de su obra me ha revelado que a Willingham le gustan los espacios cerrados donde se dedica a explorar, con gran ingenio, las luces y sombras de la naturaleza humana. End As a Man, su primera novela, explora las crueldades y secretos de una base militar. The Girl in Dogwood Cabin (cuyo título original era el más sugestivo To Eat a Peach, «Comerse un durazno»), tiene como escenario un campamento de verano. Podría decirse que los colombios somos en buena parte culpables del olvido en que ha caído Willingham, pues otra de sus novelas, Providence Island, tiene como escenario una isla inspirada en un miembro de nuestro dueto ultramarino, San Andrés y Providencia.
Calder Willingham nació en Atlanta, Georgia, el 23 de diciembre de 1922, y murió en Laconia, New Hampshire, el 19 de febrero de 1995. Además de escritor de novelas y cuentos fue guionista de cine. Escribió o participó en la escritura de los libretos de Caminos de Gloria (de Kubrick), El puente sobre el río Kwai, Espartaco, El graduado y la versión de su novela Rambling Rose.
Su reputación como autor fue moderada y la suerte no acompañó la difusión de sus obras. Cuando su novela Eternal Fire apareció publicada en 1963, la revista literaria de The New York Times estaba en huelga, y una obra maestra se quedó sin la reseña que la habría situado entre las grandes del siglo XX. Hay que agregar, sin embargo, que a Willingham la falta de atención no parecía importarle. Queda la sensación de que fue lo que Tom Sawyer habría sido si se hubiera dedicado a la literatura.
Según un crítico, «Calder Willingham fue uno de los pocos escritores norteamericanos dignos de sostenerle el abrigo a Dostovieski en una pelea callejera». Al margen de lo que esa apreciación pueda significar, hoy en día es casi imposible encontrar un autor digno de sostenerle el abrigo a Calder Willingham.
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* Gustavo Arango es profesor de español y literatura latinoamericana de la Universidad del Estado de Nueva York (SUNY), en Oneonta y fue editor del suplemento literario del diario El Universal de Cartagena. Ganó el Premio B Bicentenario de Novela 2010, en México, con El origen del mundo (México 2010, Colombia, 2011) y el Premio Internacional Marcio Veloz Maggiolo (Nueva York, 2002), por La risa del muerto, a la mejor novela en español escrita en los Estados Unidos. Recibió en Colombia el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en 1982, y fue el autor homenajeado por la New York Hispanic/Latino Book Fair, en el marco del Mes de la Herencia Hispana, en octubre de 2013. Ha sido finalista del Premio Herralde de Novela 2007 (por El origen del mundo) y 2014 (por Morir en Sri Lanka).

Hacía varias décadas que no oía el nombre de Calder Willingham. Escucharlo de nuevo me lleva de inmediato a la Cali de la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, cuando —por alguna razón: la biblioteca de un tío o la Librería Nacional— uno de sus libros cayó en mis manos.
No recuerdo el título, ni la trama. Recuerdo, eso sí, que todo sucedía en un pueblo del sur de los Estados Unidos, en un verano de esos calientes y plenos de humedad que viviría uno o dos años más tarde en New Iberia, Louisiana. El libro me gustó, pero a mis 15 o 16 años lo que más me impactó fue una escena de seducción con un nivel de erotismo que no he encontrado después en ningún otro libro.
Años más adelante leí una novela muy vendida en EE. UU., Peyton Place, que en términos literarios y eróticos no le llegaba ni a los talones a la novela de Willingham.
Nota bene: Gracias a ChatGPT encontré el título, muy apropiado: Eternal Fire.