EL ABUELO

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el abuelo

Por Rocío Vallejo-Alegre*

En memoria de mi padre
Eduardo Vallejo Resines (1936–2024)

«Nadie puede hacer más por los niños
que lo que hacen los abuelos.
Los abuelos espolvorean
polvo de estrellas sobre la vida
de los niños pequeños»
(Alex Haley).

El 22 de agosto de 2024, por la tarde, mi hermano se acercó a mí y me comentó que el sacerdote, que celebraría la misa de mi padre en su velorio, le había preguntado los nombres con los que se le conocía. Nunca había pensado en esto. Mi hermano empezó a mencionar algunos…

«Señor Vallejo», lo llamaba mi hermano y mi sobrino de cariño. Era el nombre con que muchos lo identificaban, sobre todo en el ámbito laboral. Tanto nuestros amigos, como la familia política normalmente le llamaban simplemente «Señor», a la antigua usanza, mostrando respeto. Y siguiendo con esta línea de antiguas tradiciones, mi esposo solía llamarlo «Don Eduardo». Con un pequeño deje de modernidad, algunos lo conocieron como «Don Tato», usando el apodo de mi hermano. Para mis primos, siempre fue «el Tío» y para algunas primas fue «el primo favorito». Para sus amigos, «Eduardo»; y desde luego no podría faltar el famoso diminutivo tan arraigado en nuestra cultura: «Eduardito» como lo llamaban algunas tías a pesar de que hacía años que ya no usaba pantalones cortos. Obviamente, «Lalo» estaba en el repertorio, sobre nombre común para los Eduardos, el cual nunca fue de su agrado. Mi madre, cuando quería mortificarlo lo llamaba «Lalito», obviamente guaseándole. En el hospital fue común escuchar a enfermeras y terapeutas llamarlo «Lalo». Nunca comentó nada al respecto. Sin embargo, a mí se me hacía un nudo en el estómago, sabía que no le gustaba ese nombre para nada. Él no se los tomaba a mal, respondiéndoles amigablemente. Yo le llamaba «padrastro» bromeando con él, costumbre heredada de mi madre que solía llamarme «hijastra». Frecuentemente me refería a él como «un viejo sabio en la familia», por su especial filosofía de enfrentar los percances que todos tenemos en la vida. Sin importar si fuera grande o pequeño, siempre me decía: «no nos queda otra más que seguir adelante», y con la brevedad que esta frase es dicha él levantaba la cabeza y siempre seguía adelante. Qué difícil ha resultado emular su ejemplo.

No obstante, el sobrenombre que adoro es «el abuelo», como mi sobrina y mis hijos lo identificaban. Mi padre, estaba tan orgulloso de ser abuelo. Adoraba a sus nietos. Y aunque las nietas pelearan por un lugar favorito, él siempre decía que quería a los cuatro por igual. Recuerdo una noche en el hospital cómo enfáticamente dijo: «a los cuatro, a los cuatro los quiero igual». No tuve que explicarme nada más, sabía que se refería a sus adorados nietos. Muchas veces llegué a reclamarle: «un poco de atención a la hija no estaría de más», pero ante los nietos nunca pude competir. Y siendo muy sincera, estaba tan orgullosa de que mi padre los quisiera tanto y ¡ellos a él! que mis reclamos eran más por darle la lata que cualquier otra cosa. No sé, quizás esta pasión de ser abuelo sea debido a mi bisabuelo Santiago, del cual mi padre estaba tan orgulloso y había dejado un increíble recuerdo en su corazón. Solía contarnos muchas historias de cuando era pequeño y lo visitaba. Le tenía un gran cariño, era un recuerdo que atesoraba de su infancia. Quién diría, que con el paso de los años se volvería como su abuelo Santiago y grabaría su presencia en el corazón de sus nietos.

El abuelo, siempre decía que había sido «embotellado de origen y descorchado en México». Siguiendo la tradición del mundo vinícola, donde al mencionar embotellado de origen en la etiqueta se indica que la elaboración del vino, desde la vendimia hasta el embotellado, se realizó en la misma propiedad. En su caso, él había sido concebido (embotellado) en España y nacido (descorchado) en México. Era un medio del cual se valía para unir esos dos países que adoró hasta lo más profundo de su ser: España y México, México y España. Se consideraba orgullosamente nieto de Villaventín, pequeñito pueblo español en el municipio de Burgos, que vio nacer a su padre. Como muestra de este gran orgullo, en 1957 ofreció al pueblo de Villaventín, en la misa de festejo de las bodas de oro de sus abuelos paternos, la imagen de la Virgen «Nuestra Señora Guadalupe del Tepeyac». Una talla en madera policromada obra del maestro imaginero mexicano Don José Mario Hernández Lozano (1902–1984), oriundo de San Miguel de Allende, Guanajuato. Fue su forma de expresar que al igual que los nietos de Villaventín están en México, nuestra Virgen de Guadalupe está en Villaventín. Genial manera de sellar ese amor entre su presente y su pasado, entre su querido México y su adorada España.

Tenía pasión por la historia, conocía las diferentes culturas prehispánicas, podría ofrecer cátedras sobre ellas. A mi hermano y a mí nos llevó a conocer numerosas ruinas y hasta coleccionó pequeñas piezas arqueológicas, eran todo un tesoro para él. Sus conocimientos históricos de México y de España eran sorprendentes. Desde sus monarcas, sus caudillos, sus héroes y sus peones, hasta guerras, tratados, acuerdos, leyendas y qué decir de las calles, ya fuesen de la ciudad de México o de Madrid, conocía los nombres actuales y los antiguos. Impresionante la gran memoria que tenía. Nombres, fechas, eventos y rostros, siempre los recordaba. Hablar con él era como consultar una enciclopedia. Toda mi vida lo consulté tanto para mis estudios, como para mis trabajos y hasta para la cocina. Si alguna vez no tenía la respuesta, investigaría todo al respecto y me daría toda una lección del tema. Era un autodidacta, había suspendió sus estudios a los doce años, así que podrán imaginar el gran compromiso que tuvo consigo mismo para instruirse. Así era él, tenía pasión por aprender, por conocer… y por enseñarnos. No tienen idea cómo devoraba los libros y cómo podía hablar tanto de las obras, como de sus autores. Visitar un museo con él a veces era un poco vergonzoso, pues explicaba más que el guía y numerosas veces ¡hasta lo corregía! Era fascinante esa memoria prodigiosa que tenía. Hoy en día, no saben cuántos libros tengo que él me regaló y mi hija goza de toda una colección, pues siempre buscó inculcar la lectura en sus nietos.

Otra forma de aprender que le fascinaba era viajar. Por su trabajo tuvo la suerte de conocer numerosos países compartiendo esta oportunidad con mi madre y nosotros. Realmente nos brindó grandes experiencias que nos permitieron ser lo que mi hermano y yo somos hoy en día. Y siguiendo esta línea buscó brindar esas mismas experiencias a sus nietos, logrando llevar a los cuatro a su adorada España en tres diferentes viajes en los que les mostró sus encantos, su gastronomía y sus bellos parajes. Su sentido de orientación y su constante deseo de aprender lo convertían en un excelente guía de turistas hasta en lugares en donde nunca había estado antes. No olvidaré cómo nos enseñó Rochester y los alrededores de Geneseo, cuando recién nos vinimos a vivir a Estados Unidos. Como los viejos marineros siguiendo el sol se orientaba…

Tres eran sus vicios: trabajar, comer, y ver el fútbol. Cualquiera que lo conociera sabía que estas tres cosas eran su talón de Aquiles.

Como les comentaba, interrumpió sus estudios a los 12 años y a esa edad empezó a trabajar en el negocio de su padre «Casa Vallejo Martínez». Esta decisión fue uno de tantos ejemplos de su carácter indomable. Su padre le preguntó qué quería estudiar en aquel entonces, él le respondió que quería una carrera llamada «Arte y Publicidad». Su padre le dijo que escogiera otra cosa, que esa no era una profesión seria. Él respondió, estudio eso o nada. Podrán imaginar la respuesta de mi abuelo, mi padre dejó la escuela y empezó a trabajar. Desde abajo, como es debido, inició barriendo la bodega y poco a poco se ganó un lugar y el respeto de su padre.

Casa Vallejo–Martínez, o «el negocio», como le llamaba mi padre, fue el centro de su vida laboral. Al fallecer mi abuelo, mi padre tomó las riendas. Mi hermano y yo llegamos a trabajar con él. Es más, mi hermano tomó la dirección del negocio y mi padre orgullosamente agregó al logo de Casa Vallejo–Martínez tres estrellas, como las que se utilizan en algunos escudos de los uniformes de fútbol evocando las copas mundiales ganadas. Fue la forma de conmemorar de mi padre que el negocio que empezó mi abuelo, y qué él continúo, había llegado orgullosamente a las manos de mi hermano. Como verán, nunca dejó su deseo de ser publicista, y aprovechó cualquier oportunidad en el negocio para hacerlo realidad: empezando por su logo hasta cualquier panfleto informativo. Gozaba diseñar, dibujar, pintar… tenía todo un don artístico.

Las horas que trabajó no fueron nada sencillas y solo descansaba los domingos. Sin embargo, se las ingenió para estar presente en casa, aunque fue ampliamente criticado por las horas que trabajaba. Mi madre y él se organizaron de tal manera que fuimos de esas familias a la antigua, y por un gran periodo de nuestra infancia tuvimos la suerte de comer juntos a diario. Su único día de asueto era el domingo, aunque muchas veces también tenía que trabajar. Solía llegar a casa a altas horas de la noche. Esto nunca le impidió ayudarnos con nuestros deberes. Si mi madre no había podido ayudarnos con algo, sobre todo de carácter artístico, después de cenar, sin importar la hora, ponía manos a la obra y al día siguiente, al despertarnos, nos sorprendía. Aún tengo mis cuadernos de biología de cuando cursaba secundaria, llenos de sus dibujos. La profesora quería que todo los ilustráramos y mi padre hizo realidad sus sueños…

Durante mucho tiempo no contó con una semana de vacaciones, así que aprovechamos los días feriados de Semana Santa. El miércoles trabajaba hasta tarde, pero mi madre, mi hermano y yo estábamos esperando para que pasara a recogernos. Mi madre hacía unas tortas de pollo asado, con aguacate, tomate, frijolitos y chile chipotle. ¡Eran deliciosas! cenábamos en el auto y llevaba un gran termo de café para mi padre. No importaba la hora, llegado del trabajo salíamos al bello puerto de Acapulco y la luna nos seguía todo nuestro viaje. Mi madre nos cantaría aquella vieja canción: «cuando la luna se pone regrandota como una pelotota y alumbra el callejón…»

Podría contar un sinfín de historias alrededor de las horas que trabajó mi padre y los sacrificios que hizo; sin embargo, lo que más huella me dejó fue su ética y su responsabilidad. Él valor de su palabra, era oro puro. Si mi padre te decía algo, sabías que contabas con ello. Era sumamente recto y seguía las normas, a veces hasta el extremo. Estaba pendiente de todo y conocía a todos sus empleados. Fue uno de esos patrones a la antigua que creaba fuertes lazos con sus empleados. Tradición que mi hermano continuaría. Casa Vallejo–Martínez sucumbió ante la globalización. Tanto mi padre, como mi hermano siguieron en contacto con varios de aquellos colegas con los que trabajaron hombro con hombro. Si bien mis hijos nunca trabajaron con él, los dos desarrollaron un sentido de responsabilidad, una ética y un profesionalismo que enorgullecía a su abuelo hasta el tuétano.

Cuando mi padre se retiró dejando a mi hermano a cargo del negocio, fue la perfecta oportunidad para él de ser artista y empezó a pintar acrílico. No sé cuántos cuadros habrá pintado, pero son recuerdos fabulosos de él. A la fecha mis amigos me mencionan pinturas que mi padre les regaló. Mi hermano, mi hija y yo tenemos cuadros de él en nuestras casas. En fin, tenemos pedacitos de su obra por todas partes y lo mantenemos muy presente en nuestra vida diaria. Nunca fue un artista de nombre, ni mucho menos. Además de las piezas que regaló, donó una gran cantidad para decorar un asilo de abuelitos y también logró hacer una exposición en Geneseo para recaudar fondos para ayudar a Haití. Sin embargo, un día dijo, ya no más. Estaba impactado por las cosas que se pueden hacer hoy día con la tecnología y no sentía que lo que él hacía era de esa calidad. Perdió la inspiración completamente y guardó los pinceles.

Si bien al comienzo de su retiro mi padre se dio la oportunidad de ser artista, también tomó una nueva responsabilidad que se convirtió en su prioridad, y ésta fue el cuidado de nuestra madre. Existen un sinfín de enfermedades horribles en este mundo, pero a mi juicio el alzhéimer es una de las peores. Mi madre la sufrió a muy temprana edad y sobrevivió 14 años gracias a los cuidados increíbles de mi padre. Su médico solía decirme: tu madre sigue viva gracias a los cuidados de tu padre, ha roto el promedio estándar de vida para pacientes con esta dolencia. Efectivamente, mi padre cuidaba por completo de ella y cuando no pudo mantenerla en casa, siguió pendiente de ella mañana, tarde y noche en el hospital. Cuidaba de sus alimentos, le preparaba sopas y salsas para combinar con la comida insípida que todos conocemos de los hospitales. Le preparaba sus postres favoritos, los domingos le llevaba el desayuno preparado por él con jugo de naranja recién hecho. Estaba pendiente de su ropa, de su aseo personal, tratamientos, terapias, paseos y distracciones. Equipó una silla de ruedas con techo para poderla sacar a pasear sin que el sol la mortificara, en fin, atenderla y cuidarla fue su mundo. Durante 14 años que mi padre vio ir desapareciendo poco a poco a mi madre, tragada por el alzhéimer, ni un segundo dejó de velar por ella. Fue todo un ejemplo a seguir y la envidia de muchísimos otros pacientes olvidados en aquella sala Isabel la Católica, del Sanatorio Español.

Existe un refrán que dice que «lo comido y lo bailado nadie te lo quita». Bueno, mi padre no fue muy bailarín, he de confesar. Aunque recuerdo bailar con él en la boda de mi amiga Blanca hasta tener que quitarme los zapatos porque no podía más. También recuerdo bailar con él en mi boda. Sin embargo, comer, eso sí que fue uno de los placeres que disfrutó intensamente. Siempre fue un hombre muy rutinario. Su desayuno en casa y a la 1:00 p.m. el señor Vallejo no recibía ninguna cita en su oficina. A las 2:00 en punto salía a comer, lloviera o relampagueara. No esperaba a nadie. Sus horarios de comida eran muy estrictos. Nunca comía entre comidas y hacía muy bien las tres comidas. Tenían que haber comido con él, para poder saber lo mucho que disfrutaba hacerlo. Le encantaba probar nuevas cosas y platillos exóticos. Siempre y cuando el dulce y lo salado no se mezclaran. El dulce, y era un goloso, era para terminar una buena comida. Desarrolló el paladar gastronómico de mis hijos y se volvió una fuerte tradición buscar lugares novedosos de alta cocina para llevar al abuelo cuando nos visitaba. Él nos había enseñado exactamente eso en nuestras visitas a México y a España. A tal grado, que no ordenábamos cuando comíamos. Él decidía el restaurante y los platillos que deseaba que conociéramos. Hoy Marimar, especializada en el área de hospitalidad, es un vivo retrato de su abuelo. Cada vez que nos lleva a comer a un nuevo restaurante ella decide qué ordenamos, lo pedimos al centro y todos lo disfrutamos. Y qué decir de Migue, ¡cómo saborea la comida! Para mis hijos comer no es una necesidad, es todo un placer que el abuelo les enseñó a disfrutar. Mi hermano no canta nada mal las rancheras y además de disfrutar la comida, le encanta la cocina como a mi padre. Mis sobrinos heredaron estos dones, en contraste con mis hijos que no salieron muy amantes del arte culinario, solo de sus resultados.

Tristemente la enfermedad de mi padre le robo este vicio. No saben qué difícil fue verlo perder el apetito. Fue lo más absurdo que puedo imaginar en mi vida. Fue incomprensible para todos nosotros que el pobre tuviera que esforzarse y torturarse para poder pasar un bocado. Todos buscamos cocinar platillos que le atrajeran, sin éxito alguno. Las gelatinas de yogurt con mermelada de frutillas de mi sobrina fueron de las pocas cosas que aceptaba con cierto agrado. No era precisamente por la gelatina, las aceptaba porque eran de su nieta. Sin embargo, se veía el esfuerzo que hacía para comerla.

El fútbol, pasión de nuestra cultura, era un vicio para mi padre en sus dos países. En México, el Veracruz era su equipo cuando yo era pequeña, incluso nos llevó al estadio a verlo. Malísimos los pobres, se perdieron en segunda división. Mi hermano tenía pasión por el Cruz Azul y con los éxitos no obtenidos por el Veracruz, mi padre terminó siguiendo al Cruz Azul. Sin embargo, su pasión era el Real Madrid. Nunca vi a nadie más enojado cuando jugaban mal y más orgulloso cuando jugaban bien. Igual que el mundo se enfrenta cuando el Barcelona y el Real Madrid juegan, así crecimos mi hermano y yo, con mi madre a favor del Barcelona y mi padre a favor del Real Madrid. La pasión de mi padre triunfó, mis hijos crecieron orgullosamente seguidores del Real Madrid, ese era el equipo del abuelo.

Dos años quedaron grabados en nuestra memoria por la felicidad que el abuelo sintió. El 2010, cuando España ganó por primera vez el mundial de fútbol, y el año 2012, cuando el equipo de fútbol mexicano logró el oro en las olimpiadas. En ambas ocasiones no podrán imaginar lo orgulloso que estaba de que sus dos países hubiesen triunfado.

De los tres vicios de mi padre, el fútbol fue el más fiel y lo acompaño hasta sus últimos días. Mi hermano y mi sobrino estaban pendientes de todos los partidos, especialmente de la copa Europa para que los pudiera ver. Imaginen cuál era su pasión que yo, que no tengo su memoria y que nunca he seguido el fútbol, tengo grabados nombres de algunos de sus jugadores favoritos, empezando por Di Stéfano y su estatua al balón de fútbol dándole las gracias, y terminando con Mbappé como una de las últimas grandes adquisiciones del Real Madrid.

Cualquiera que conoció a mi padre en su juventud recordará su personalidad indomable, de fuerte temperamento y de un estricto apabullante. No necesitaba hablar, bastaba que me miraba para que yo sintiera un dolor de estómago y sabía que algo había hecho mal, aunque no supiera qué. Como les comenté, las reglas se seguían estrictamente en todos aspectos. En casa cuando los adultos hablaban, los niños callaban. La puntualidad era una obsesión, llegando a todos los lugares media o una hora antes, haciéndonos temblar a todos por llegar tarde. Su decisión era irrevocable, no se cuestionaba. Los años no pasan en valde, no olvidaré la paciencia que desarrolló. Era sorprendente si alguien llegaba tarde ya no se mortificaba, podía comer a diferentes horas con tal de convivir con su familia, buscaba adaptarse a los estilos de todos y sencillamente disfrutar la compañía. Ya no vivía obsesionado con las reglas y si algo no salía bien, no importaba. Mi hermano un día me dijo: «Parece mentira que este hombre tan refunfuñón, estricto, enojón se haya convertido en este viejito tan dulce». Definitivamente, mi hermano, resumió perfectamente en esa frase el cambio que mi padre vivió a través de los años.

Una característica increíble de mi padre es que logró romper la barrera de la distancia. Sí, lo que ningún científico ha logrado hasta la fecha, mi padre lo logró. Como todos saben, la distancia mata lentamente la mayoría de las relaciones, incluso tenemos el refrán: «Amor de lejos es de pendejos». La falta de convivir el día con día, de compartir, de sufrir o disfrutar los pequeños detalles nos van alejando, nos van haciendo extraños. La distancia es dolorosa, tanto para el que se va, como para él que se queda. Después de fallecido mi padre hablaba de esto con mi prima Isa, la sobrina más pequeña de mi padre que vive en España. Sorprendentemente me dijo «existen excepciones, el Tío nos lo enseñó». «Cuando hay cariño, no importa el tiempo o la distancia». Nunca lo había pensado, ¡qué don tuvo mi padre para romper la distancia entre México y España, entre México y Estados Unidos! Logró que el cariño se mantuviera, conquistando nuestros corazones, haciéndose presente en la distancia. Isa me dice «tuvimos un buen maestro, tenemos que seguir sus pasos». Espero estar a su altura y lograrlo, porque sé que eso lo haría muy feliz.

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* María del Rocío Vallejo Alegre nació en México. Hija de inmigrantes y refugiados españoles, Vallejo creció en la ambigüedad que le otorga la pertenencia a dos tierras: España y México. El destino, integrar una tercera tierra, Estados Unidos, que le permita afianzar sus raíces y redescubrir su pasión: la enseñanza. Trabajó durante doce años como docente en la Universidad del Estado de Nueva York, en el campus de Geneseo. Recibiendo en el 2017 Chancellor’s Award for Excellence in Adjunct. En 2021 participó en la creación de la organización sin fines de lucro llamada «Cultures Learning TOGETHER» (Culturas aprendiendo JUNTAS) https://www.cultureslearningtogether.org/ donde sigue participando en la actualidad.

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