ELOGIO DE JOSÉ JUAN TABLADA: LOS VERSOS DEL PRECURSOR A LOS 80 AÑOS DE SU MUERTE

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elogio de jose juan tablada

Por Juan Velasco*

En 1919, en plena dictadura de Juan Vicente Gómez y en una de las ciudades de más cerrado ambiente cultural de toda Latinoamérica (Caracas), un autor semidesconocido, viajero incansable y gran admirador del Japón, inicia una de las aventuras poéticas más atrevidas de su tiempo: Un día…, (Poemas Sintéticos).

De muy corta tirada, aquel pequeño libro de brevísimos versos y dibujos, más pareció a ojos de los críticos un simulacro tímido de alguien que intentara iniciarse en la poesía. Casi nadie lo entendió, y muy pocos vieron en él lo que en realidad era, uno de los aportes más singulares a la Vanguardia de la época que partía del principio fundamental del haikú japonés: la reducción del verso a su esencia más pura. Con este libro de José Juan Tablada no sólo se inicia una de las facetas más desconcertantes y lúdicas de nuestra poesía (los dibujos que acompañan a cada haikú pueden decorarse), sino que introduce por primera vez y de una manera consciente esta forma poética (el haikú) a la lengua española. Ya sólo por este hecho, merecería ser recordado; su contribución es substancial sólo por ese libro al convertirse éste en uno de los precursores del género en la tradición literaria escrita en castellano. Pero, ¿quién es este olvidado poeta, crítico de arte, librero, descubridor de talentos (José Clemente Orozco), y organizador de exposiciones?

José Juan Tablada nace en México D.F. el 3 de abril de 1871. Asociado a esa sucesión de rupturas que es la historia de la literatura del siglo XX, su obra revela a uno de los más lúcidos representantes del espíritu de la Vanguardia y a uno de los más destacados renovadores de la «debacle» en la que se sumió el Modernismo en la segunda década del siglo. Considerado el más cercano al «alma enferma y hosca de Huysmans», Tablada atraía la atención de todo el mundo por su beligerancia antiburguesa, y en múltiples ocasiones, aclaraba el poeta, que burgués es «todo el que no pensaba con nosotros en asuntos estéticos».

Fascinante y atrevido en su escritura y en su vida, su personalidad polifacética le llevó allí donde se sucedían las principales manifestaciones del arte moderno. A través de sus ensayos se involucró en el arte japonés, el futurismo, el cubismo, la teoría de la relatividad de Einstein, la música moderna —Edgar Varese puso música a su poema «La croix du sud»—, el psicoanálisis y el ocultismo.

Los viajes, tanto geográficos como intelectuales, marcaron su obra. Dos ciudades representan las dos rupturas fundamentales de su poesía: París y Nueva York —que equivale a decir Modernismo y Vanguardia—, y entre ambas una constante, una pasión, que no abandonará el resto de su vida: Japón.

De su primera ruptura son testigos los años que van de 1888 a 1905. En estos años, un grupo de jóvenes de todo el continente latinoamericano se afana por encontrar una voz poética propia. Rubén Darío, catalizador de esas inquietudes dispersas desde 1888, les sugiere un nombre: «Modernismo». La irrupción brutal de ese movimiento, el cambio que supuso respecto de los parámetros de su tiempo se puede medir por la reacción que registró el intelectual José Deleito y Piñuela en uno de sus artículos en el que, en su afán de reprimirlo, definió este movimiento como: «Erotismo y obscenidades, delirios sangrientos y aterradoras quimeras, el satanismo o culto sistemático al mal, la delectación morbosa con lo horripilante o corrompido; todo en los decadentes implica una anestesia moral, una emotividad desenfrenada, una exaltación neurótica y un desorden mental fronterizo de la locura».

El ímpetu dado por los jóvenes modernistas a la búsqueda de una nueva expresión poética renueva no sólo la técnica formal sino su caudal temático. En su fase inicial, esta búsqueda lleva a resultados sorprendentes; uno de ellos es el japonesismo exquisito de Julián del Casal (murió a la temprana edad de treinta años), especialmente el de sus poemas «Kakemono» (1892) y «Sourimono» (1893). Heredero destacado de la corriente iniciada por el cubano, la temprana fascinación de Tablada por el Oriente fue recibida con gran satisfacción en los cenáculos modernistas. Son muy reseñables sus colaboraciones para la Revista Moderna, y la publicación de El florilegio en 1899.

Su vida es especialmente dinámica para un poeta de su tiempo. La generosidad del millonario Jesús Luján —que le sufraga los gastos de un viaje a Japón— le permite explorar aún más esta vena, y da como fruto una nueva edición de El florilegio en 1904. Paradójicamente, los versos escritos en Japón apenas se diferencian de los primeros, escritos en México. En su descargo cabe decir que este período de la poesía de Tablada, en palabras de Urbina, «introdujo entre nosotros el ‘nuevo estremecimiento’ de Baudelaire».

Entre 1904 y 1918 (fecha esta última de su libro Al sol y bajo la luna, prologado por Leopoldo Lugones) le sobreviene una etapa de transición marcada por extraños avatares biográficos. Oscuras razones, ligadas al cultivo de ‘paraísos artificiales’, echan a perder su proyectado matrimonio con Evangelina Sierra y, tras un intento de cura en una casa de salud, Tablada entra a trabajar como comisionista de vinos. Carlos Díaz Dufoo, en Revista Azul, ya el 15 de septiembre de 1895 señalaba que «nuestro exquisito artista José Juan Tablada atraviesa hoy por dolorosa y aguda crisis: es un envenenado de Baudelaire, un iniciado en los misterios de esa vida de las drogas estimulantes de la imaginación; el éter, la morfina, el hashis, esos emboscados pérfidos de los sentidos, han hecho de él presa y lo desgarran sin piedad». Ya en esos años vivía en una lujosa casa en Coyoacán, donde coleccionaba objetos de arte y se hacía servir por criados orientales.

En 1914, todo se desmorona de nuevo cuando, perseguido por el régimen político que sucede a la caída del general Victoriano Huerta, huye a Galveston (Texas) y se instala en Nueva York. Cabe recordar que durante ese periodo convulso de guerra civil en la que desembocó la Revolución Mexicana, millones de mexicanos tuvieron que emigrar a Estados Unidos. En esa ciudad llegaría a fundar una ‘Librería de los Latinos’.

En materia poética también se avecinan nuevos cambios. López Velarde intuye la urgencia de una renovación que cada vez se hace más necesaria: «quien sea incapaz de tomarse el pulso a sí mismo, no pasará hoy de borrajear prosas de pamplina y versos de cáscara», y añade: «hemos perdido la inteligencia del lenguaje usual, y el Diccionario susurra». Así mientras los imitadores de Martí, Darío, y Casal, se empeñaban en disolver la primera oleada modernista en un puñado de vana retórica, el argentino Leopoldo Lugones iniciará la segunda revolución modernista, que hará estallar el movimiento desde dentro. La publicación de Lunario sentimental (1909) lleva las conquistas anteriores hasta los mismos límites y anticipa el vértigo, la zozobra y la desesperación del hombre moderno, fuera ya de las melancólicas evocaciones de «tritones y sirenas». En este contexto, la publicación en 1919 de Un día…, (Poemas sintéticos), viene a completar la trayectoria iniciada por la vanguardia latinoamericana y trae nuevas semillas al camino de transformación que habría de emprender la poesía del siglo XX.

Hay que recordar lo que supuso esa forma de expresión para la literatura escrita en castellano. A través de la brevedad del verso y una intensidad desconcertante, Tablada ahonda en las posibilidades de expresión del haikú japonés adaptado a los ritmos de la lengua española. En realidad, tras la aparente sencillez del bestiario de los «poemas sintéticos», lo que se proyecta es el milagro de un orden universal depurado en las enseñanzas de la filosofía Zen. La exaltación de la impermanencia desemboca en la revelación primordial; lo único que nos queda por registrar es el estallido del instante presente.

A través de imágenes fugaces, el ‘aquí y ahora’ es el único vínculo con lo primordial y éste se manifiesta sobre todo en la naturaleza. En «el caballo del diablo», por ejemplo, el fino trazo poético de Tablada imita la fugacidad y el fulgor del instante que se manifiesta en el movimiento del insecto:

«Caballo del diablo:
clavo de vidrio
con alas de talco».

Y en «la araña», ¿quién acertó a descubrir la misteriosa unidad de la luz con la oscuridad, de la luna y la araña, fundidas en una fantástica imagen de admiración mutua?

«Recorriendo su tela
esta luna clarísima
tiene la araña en vela».

En 1920 esta etapa de exploración desemboca en un nuevo volumen de versos: Li-Po y otros poemas. Libro singular y hermoso, en este poemario se recogen y amplían los juegos y experimentos de Calligrammes de Apollinaire. Tablada combina dibujo y palabra, línea y fascinación verbal, y rinde homenaje al famoso poeta chino Li-Po (701–762) que, según la leyenda, murió en un lago cuando intentaba atrapar la luna que se reflejaba en sus aguas. Prototipo del bohemio amante de los placeres mundanos, el verso se vuelca sobre todo lo que representa el lado lúdico de la realidad, la representación plástica de los objetos y la percepción intuitiva (y poética) del alma que los habita. Asimismo, este libro rompe con la estética predominante y se sumerge radicalmente en las artes plásticas, el cine y la poesía visual. «Su poesía se mueve en la superficie, en lo que ve y lo que toca, y con una habilidad magistral hace de las cosas sencillas artificios sorprendentes», comentó en alguna ocasión Héctor Valdés respecto a los caligramas de José Juan Tablada.

En 1922, en Nueva York, Tablada perfecciona su dominio del haikú con la publicación de El jarro de flores (Disociaciones líricas). En el prólogo hace una declaración expresa de las razones que le llevaron a acercarse a esta género: «Los ‘Poemas Sintéticos’, así como estas ‘Disociaciones Líricas’, no son sino poemas al modo de los ‘hokku’ o ‘haikai’ japoneses, que me complace haber introducido a la lírica castellana, aunque no fuese sino como reacción contra la zarrapastrosa retórica, que sólo ante el ojo de vidrio de Clemencia Isaura puede hacer pasar como poetas a los bembudos generales de Haití».

Involucrado en esta cruzada contra la zarrapastrosa retórica, tanto en sus «poemas sintéticos» como en sus «disociaciones líricas», el chispazo de iluminación de su expresión verbal y plástica le lleva más allá de lo que otros autores han conseguido al imitar este género en lengua castellana. De hecho, en su aproximación a la naturaleza y en el ímpetu por una búsqueda auténtica de la realidad se acerca, más que ningún otro poeta de este periodo, a la experiencia del ‘satori’ japonés. Ese ‘despertar’ a la realidad a través del mundo natural le acerca a lo que le rodea, a lo que se aprecia a través de la no–mente (el Zen y el haiku son profundamente antiacadémicos), a lo que visualmente nos muestra el misterio profundo de la realidad presente y auténtica.

Tablada destaca, asimismo, por su defensa del arte prehispánico y por su influencia en el arte mexicano moderno, especialmente en Clemente Orozco y Diego Rivera. En 1924 publicó su novela La resurrección de los ídolos, en 1928 lanza una nueva colección de ‘poemas mexicanos’, La feria; y en 1937 saca su libro de memorias, La feria de la vida. Preparaba Intersecciones, cuando muere en Nueva York, el 2 de agosto de 1945.

Como señala Octavio Paz, «gracias a su admirable espíritu de aventura, es uno de los padres de la poesía contemporánea en lengua castellana». A los ochenta años de su muerte, vemos que la influencia sobre los poetas posteriores a 1900 fue notable. Unido por amistad y mutua admiración a Leopoldo Lugones, así como a algunas de las personalidades más relevantes de su tiempo, por su lucidez y su sentido renovador de la belleza, José Juan Tablada es una de las más notables presencias de la poesía moderna en castellano. Como dijo Lugones, «sus versos están varios años adelante del sentimiento poético de todos, son versos del precursor». Su trayectoria, desde su revolucionaria incursión en el Modernismo hasta convertirse en una de las personalidades más interesantes de la Vanguardia, le convierte en uno de los poetas mexicanos más vitales, más actuales. Su práctica del haikú inspirará a Torres Bodet, Gorostiza, Villaurrutia y al propio Paz. Como señala éste, «no son muchos poemas pero casi todos son sorprendentes. Haikú y poesía ideográfica, humor y lirismo, el mundo natural y la ciudad, las mujeres y los viajes, los animales y las plantas, Buda y los insectos. Su poesía no ha perdido nada de su frescura, nada de su novedad».

Sería importante recuperar a José Juan Tablada para este principio del siglo XXI, que tanto se parece al anterior por sus problemas, por su curiosidad innovadora, por su fascinación e incorporación de las artes plásticas y visuales a la poesía. Creo conveniente añadir, como detalle final al presente homenaje, esta versión alternativa al poema «Coquillage» que publiqué hace dos décadas en la antología La Obra Poética de José Juan Tablada: «Un día (Poemas Sintéticos)», «Lí-Pó y otros poemas», y «El jarro de flores». Este bello poema apareció manuscrito en el ejemplar de El jarro de flores propiedad del autor y, para mi gusto, estaba mejorado respecto al original:

«Femenina y carnal la ola
Partiendo su blancura me mostró
La caracola
Que a Verlaine turbó».

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*Juan Velasco Moreno es Doctor en Filología Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid, y Doctor en Filología Inglesa, por la University of California, Los Ángeles (UCLA). Profesor desde hace más de veinte años en Santa Clara University, la institución universitaria más antigua de California. Es docente en el programa de Filología Inglesa y en los campos de literatura latinoamericana y chicana. Producto de su labor como investigador y conferenciante es responsable de la edición de Cartones de Madrid, de Alfonso Reyes (Madrid, Hiperión, 1988) y de la obra poética de José Juan Tablada, Tres libros: Un día (Poemas Sintéticos), Lí-Pó y otros poemas, y El jarro de flores (Madrid, Hiperión, 2000). En 2002 preparó la antología Under the Fifth Sun: Latino Literature from California (Berkeley, Heyday Books), y Las fronteras móviles: tradición, modernidad y la búsqueda de «lo mexicano» en la literatura chicana contemporánea (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2003). Es también el autor de la novela Enamorado, (Madrid, Ediciones Miraguano, 2000), y de Call Me When I Am Gone, un DVD con su poesía y fotografías del artista David Pace. De 2011 es La masacre de los soñadores (Madrid, Editorial Polibea), una colección de poemas sobre California y el Oeste americano. Su últimas obras hasta la fecha, son Collective Identity and Cultural Resistance in Contemporary Chicana/o Autobiography (Palgrave Mcmillan, 2016) y 1988:NY-LA (Polibea, 2021), una colección de ensayos autobiográficos cortos que son una meditación sobre el concepto de América.

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