¿ENFRENTARON POETAS Y ESCRITORES EN CASTILLA EL PODER DEL REY?

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enfrentaron poetas

Por John Jaime Estrada González*

Alfonso X desarrolló un programa de gobierno concebido más para hacer un imperio que para fortalecerse exclusivamente en Castilla y León. Todos los historiadores contemporáneos no cejan de advertir en la trayectoria de los alfonsíes, lo que despierta hoy los nacionalismos chovinistas que se agrupan de manera beligerante en las autonomías. Volver sobre la Edad Media de la península produce muchos frutos para los debates acalorados entre el poder central de Madrid y la voluntad de las autonomías constitucionales. Hoy nadie niega lo que Julián Marías dijera a mediados del siglo XX, «Castilla se hizo España». Una sentencia muy corta de la cual ha corrido mucha tinta contenciosa.

La cuestión tiene mucho que ver con otra concepción bien beligerante que se sigue agitando, ¡y de qué manera!, en los círculos instaurados por las redes sociales y que sostienen que España ya lo era desde la época visigoda. Las cosas así dejan el claro sabor de una justa derrota y expulsión de los musulmanes conceptualizada como «la reconquista española». La cuestión de los judíos siempre había sido un asunto de los reyes visigodos, quienes les impusieron enormes cargas y los redujeron a las pocas posibilidades de practicar sus rituales religiosos y sabáticos.

Los estudiosos de la Edad Media española llevan todas sus explicaciones y conjeturas hasta el cenit de los Austria donde el mundo conocido supo qué era España. Ese desarrollo, visto como algo ya trazado, fue también el comienzo de los agudos debates políticos entre las autonomías y sus derechos rayanos en el independentismo. La prensa y, de nuevo, las redes sociales, viven de exacerbarlos y cada vez el panorama se ve amenazante. Haciendo justicia, no es solo hoy una cuestión española, también está en otros países de Europa y por supuesto, Asia.

Lo que nos interesa de todos estos debates es la vuelta constante sobre el Medioevo y la formación del reino de Castilla. En un estudio, Richard Fletcher mostraba con sorpresa cómo, de haber sido Castilla un reino, inicialmente pequeño, pasó a ser el más poderoso de Europa y además el primero en establecer una lengua oficial (el sueño de algunos gobernantes hoy) vernácula, como el español. Si ajustamos más esa generalización, también los historiadores de diversa tesitura proyectan en el reino de Castilla el nacimiento del Estado moderno. ¿Equivocados? No parece, todo si oteamos lo que fue la centralización del poder de la Corona española en el siglo XVI. La firmeza del Estado naciente se puede ejemplificar muy claramente en aquellos años y, con mucha razón, se suelen citar el control de las armas, el juego, el comercio y los órganos de poder en manos de lo que se llamó los arbitristas.

Volviendo al siglo XIII, fue evidente que tal fortalecimiento del rey de Castilla no cayó muy bien entre la nobleza; fueron muchas las acciones violentas que evidencian ese malestar de los nobles para quienes era más que una amenaza. La cuestión que nos interesa ahora relacionar es la de la condición nobiliaria y la producción literaria. En ese nicho podemos establecer relaciones directas. En primer lugar, es bien sabido que la producción de obras literarias pasaba por las manos de los nobles; en todos los sentidos eran ellos los que disponían de la base material, el dinero, la publicación y la copia. También los que daban el apoyo al poeta o escritor y con ello se puede afirmar que vivían de los que se les donaba; es de anotar que también hubo nobles poetas y escritores que por cierto pagaron muy caro el haberse opuesto a otros. En segundo lugar, no fueron las obras literarias las que manifestaron resistencia u oposición a la creciente Corona de Castilla, fue más bien todo lo contrario, se puso incondicionalmente al servicio del poder centralizado. En tercer lugar, fue el uso del castellano lo que desechó de una vez el latín en el mundo literario, esto fortaleció su oficialidad como la lengua de Castilla. Habrá que esperar hasta la coincidencia (los historiadores efectualistas no admiten coincidencias) de 1492, cuando Nebrija le entregó a la reina Isabel de Castilla la gramática castellana. La famosa frase que según dicen le expresó el humanista: «la lengua es compañera del imperio» con seguridad no estaba profetizando como muchos lo han querido imponer.

El «rey sabio» fue quien echó a andar el castellano y sus intenciones se podrían juzgar por sus ejecutorias, mas que por sus fracasos. Tanto la General Historia, cuanto la legislación de Las siete Partidas, permitieron que el castellano llegara a Navarra, Aragón (aunque esto hoy no les guste) y cruzara los Pirineos. Sin necesidad de entrar en estos avatares, lo que tuvimos fue una evidencia palmaria de la relación entre cultura escrita y el desarrollo económico y político de un reino. Por eso los letrados tuvieron que ver mucho con el apaciguamiento de las luchas intestinas que venían afectando el ejercicio de la monarquía ya atestiguados en el final del «rey sabio». El poderío de los reyes católicos fue también sustanciado por poetas, escritores y cronistas.

Los críticos modernos, pero no solo ellos, también un puñado de lectores contemporáneos, acostumbrados a descansar en el autor para toda suerte de conjeturas, lo han transformado en un rebelde y «una voz que clama en el desierto». Algún periodista hace poco se mostró bastante molesto con este hecho y frente al triunfo electoral de un candidato argentino, no hizo más que reprochar que sea una pena que hoy en día «todos los escritores sean de izquierda». Ese lamento es en sentido traslaticio, el que asumen con carácter retroactivo al echar un vistazo a la historia; pues bien, hubo una larga época en la historia en la que todos los escritores alababan el poder, se arregostaban en él o por lo menos, no escribían nada que pudiera llamarse «una literatura de denuncia o en contra de la monarquía».

En el más conocido texto de la literatura medieval castellana, Poema de Mio Cid, en el cual Hegel vio al héroe romántico por excelencia, muchos estudiosos actuales se apoyan para mostrar que allí subyace ya el enfrentamiento entre ciertos sectores de la naciente burguesía con el rey. El resultado de sus planteamientos hace del mio Cid el héroe que enfrenta al monarca, ya de por sí injusto y despótico. ¿Hay en la obra un espíritu revolucionario contra la institución de la monarquía? No. Lo que aparece es mucho mejor otro conflicto entre dos tipos de nobleza, la nueva y la vieja, que le hace trampa al rey en contra del nuevo noble Ruíz Díaz de Bivar, mio Cid. El rey es quien se da cuenta de que todo ha sido una trama malévola de los enemigos de mio Cid y al final termina engrandecido como hombre justo y severo con los traidores. La institución monárquica gana, se reifica.

Particularmente le he prestado mucha atención a los críticos del Libro de buen amor; allí sí que he podido cotejar un amplio sector de los críticos que plantean a su posible autor, Juan Ruiz, como un revolucionario de la época. En los versos del poeta lo que de verdad se encuentra es su espíritu conservador, cuando digo espíritu me refiero a todo su caudal anímico entregado a sostener los fundamentos de la Iglesia y la autoridad omnímoda del Papa. En las manos del poeta sus versos reaccionan en la época en que se discutían en las universidades y capítulos catedralicios, los fundamentos de la iglesia. Todos esos fermentos los elaboró el personaje del arcipreste para demostrar con humor y alegría que «no hay salvación por fuera de la Iglesia»; sobra decir que para él Iglesia eran el Papa, los obispos, cardenales y sacerdotes, «los ordenados in sacris».

El esfuerzo constante de imponer las ideas contemporáneas sobre la literatura y el autor es muy seductor y termina sustituyéndolos por lo que un crítico famoso hoy en día diga. El paso necesario para conseguir una buena intelección de este problema lo podemos alcanzar si estudiamos también el proceso histórico de los críticos y por consiguiente de su crítica. Estos casi siempre se suelen apoyar en lo que otros han dicho, no hay nada de malo en ello; la cuestión está en que se apuntalan las teorías contemporáneas de «la muerte del autor» o «la recepción» o «el momento vital de la lectura» y el resultado es el abandono del texto y la época en que fue más o menos escrito. «Es lo que el texto le diga a uno», la cuestión es ¿quién es ese uno?, ¿el mismo uno somos todos?

También resulta inútil hacer el intento de muchos filólogos que buscan encontrar en las obras medievales la intención originaria del autor. Si nos atenemos a las palabras de un texto medieval, lo único que queda de ese pasado es el desenvolvimiento histórico de la lengua que no puede fijar las palabras sin el tiempo, la historicidad del hombre, del lenguaje. Bajo esa premisa al explicar un evento del pasado o un texto literario se desconoce entre quienes (una ínfima minoría de alfabetizados) circulaban los textos. De igual manera hasta dónde podrían llegar los textos; es bueno aclarar que no existía como tal el concepto de literatura, tal como empezó a conceptualizarse en el siglo XVIII.

Los pocos, muy pocos, que escribían en la Edad Media tenían en esa práctica un instrumento de poder y éste estaba entre quienes tenían el dominio económico y político. Todo lo que escribían estaba al servicio de su práctica dominante, incluso es muy mencionado por los historiadores el caso del Colegio de San Bartolomé en Salamanca (siglo XV) que solo admitía anualmente 15 estudiantes que tuvieran prueba de sangre vieja (purus sanguis) y con esto el creciente malestar causado por los prejuicios y aprensiones a lo largo de los llamados «siglos más brillantes» de España. ¿Es un comienzo del racismo entre quienes se habían educado contra los que ahora podían costearse la educación? Claro, muy distinto del racismo de nuestros días que parece más una proyección de miedos e incapacidades de quienes lo practican.

Si tenemos en cuenta los costes tan elevados de un libro en la Castilla medieval y en toda Europa, además el reducido grupo de lectores, lo más razonable es deducir de ese hecho ínfimo que los textos literarios no eran los medios más eficaces para promover revueltas o rebeliones contra las pocas instituciones de gobierno, mucho más contra el poder del rey. El número de consumidores de textos literarios, para usar un criterio de mercadeo, era ínfimo. Además, en un marco exiguo como aquel, era exponerse a la ira regia, de la que tantas desgracias surgieron.

Los cercanos al rey ejercían una vigilancia eficaz en todo lo que se escribía porque era también la mejor forma de protegerse. Los intelectuales en Castilla actuaban más, para utilizar un término en boga, por consenso. La mayoría de ellos había estudiado leyes porque esto preparaba también en las llamadas artes del discurso. Quien quiera dar una mirada a la literatura castellana de los siglos XIII, XIV y XV verá que está plagada de latinajos legales, lo que se ha denominado la intertextualidad jurídica de la literatura medieval castellana; lo que revela evidentemente una mentalidad colaboracionista antes que rebelde. Moralmente, las debilidades de los príncipes y reyes era su lado humano y tienden a justificarlo mucho más con el criterio de que todos somos débiles y propensos al pecado. Para nadie era algo misterioso que el juez verdadero de los hombres de Iglesia y la monarquía era Dios; a Él los monarcas sí le temían.

El siglo XV vio la poesía y los poetas encumbrados en cantidad y calidad; es verdad que en ellos abundan las sátiras al rey por sus flaquezas y «muchos pecados», pero jamás llegan a cuestionar y mucho menos a dudar de que la monarquía se mantenga; al contrario, la desean mejor, purificada de vicios y malas costumbres de monarcas y clérigos. Las famosas composiciones de Mingo Revulgo, Coplas de la Panadera e incluso la más agresiva, Coplas de Provincial, fueron sin duda escritas por estudiosos que dominaban los usos retóricos y las figuras literarias en boga; si las analizamos, son más ataques personales, odios entre los mismos allegados a palacio. El uso del poder en manos del rey no se cuestionaba, no hubo una práctica específica en la literatura castellana que insinuara alguna forma de «republicanismo» como sí sucedió por ejemplo en Italia.

Los siglos XIV y XV en Europa vieron las más agudas divisiones en la conducción de la iglesia; el cúmulo de relatos las hacen increíbles porque son precisamente realidades que parecen ficción por impensables en esas figuras representantes de Dios. La cuestión es que en Castilla el rey se dedicó a dirigir la Iglesia castellana como si fuera el Papa: nombró obispos, los depuso, trasladó prelados, creó sedes episcopales, mandó a recoger colectas extras y se dedicó a imponer la liturgia lateranense en contra de la mozárabe, tan arraigada en Toledo. El rey no se aprovechó del desprestigio del papado para atacarlo, más bien fue Papa y rey.

Muchas cosas cambiaron en los siglos siguientes, Don Quijote en el siglo XVII pudo mirar hacia atrás y ver como los hidalgos, asegurados por su sangre, su herencia y la legitimidad de su poder militar, ya no contaban para nada. El Estado era ya una realidad que conduciría a la llamada Modernidad.

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*John Jaime Estrada. Nacido en Medellín, Colombia. Graduado en filosofía en la Universidad Javeriana, Bogotá. Estudios de teología y literatura en la misma universidad. Maestría en literatura medieval en The Graduate Center (City University of New York, CUNY). Es PhD. en literatura medieval castellana en la misma institución. Actualmente es profesor asistente de español y literatura en Medgar Evers College y Hunter College (CUNY). Columnista de la revista literaria Revista Cronopio. Miembro honorario del CESCLAM–GSP, Medellín. Miembro del comité de la revista Hybrido e investigador de filosofía y literatura medieval. Su disertación doctoral abordó el periodo histórico de las relaciones entre el islam, judaísmo y cristianismo en Castilla durante los siglos XI–XIV. Investigador personal de tales interrelaciones a través de la literatura medieval castellana, en particular en la obra el «Libro de buen amor». Es autor de la tetralogía «De la antigüedad a la Edad Media».

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