Por Silvia María Ramos*
Gonzalo Arango Arias (Colombia, 1931-1976) fue un escritor, poeta, periodista, prosista y dramaturgo colombiano. Considerado el fundador y líder del nadaísmo, movimiento artístico y literario de vanguardia surgido en Colombia en 1958 que buscaba romper con la cultura, la moral y la tradición del país. Aunque en su Primer Manifiesto nadaísta Gonzalo Arango afirma que el nadaísmo no sigue modelos europeos, lo cierto es que el Nadaísmo se nutrió en corrientes como el existencialismo, el surrealismo, el dadaísmo, así como en la Generación Beat y en la obra del filósofo antioqueño Fernando González Ochoa.
La vida de Gonzalo Arango estuvo marcada por los contrastes y las contradicciones que pasan de un abierto ateísmo a un intimismo espiritual. Siendo el menor de doce hermanos, creció en un contexto de violencia política bipartidista y de fuerte influencia de la Iglesia católica que censuraba y controlaba la educación y la cultura. Este contexto socio político fue determinante en el desarrollo de un profundo deseo de libertad y de revolución, lo que queda claramente reflejado en el ideario del Nadaísmo.
Exiliado de su ciudad natal, se establece en Cali en 1957 donde comenzó su etapa más creativa y rebelde. En 1958 publica el Primer Manifiesto Nadaísta, de espíritu crítico y provocador donde proclama su desprecio por la sociedad burguesa, el arte convencional y la religión.
Una de las características que llaman más la atención al observar la vida de Gonzalo Arango es la presencia de ciertas contradicciones como la que se aprecia entre su ateísmo y su innegable relación con la espiritualidad. En el primer manifiesto sobre el Nadaísmo, Arango habla de «una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia contra los estados pasivos del espíritu y la cultura». Desde una concepción del arte-mundo antropocéntrica, el Nadaísmo habla de «destruir el Orden universal» proponiendo una nueva concepción del arte y la belleza y aunque uno de sus propósitos es romper con la tradición religiosa de la época, Gonzalo Arango usa a menudo para hablar del Nadaísmo expresiones como «purificación del espíritu», «castidad del arte» «poesía y pecado original», o la afirmación de que en «el artista hay satanismo», marcándose la fuerte influencia del lenguaje religioso católico en sus definiciones de arte, poesía y artista.
Eduardo Escobar, uno de los cofundadores del movimiento nadaísta junto a Gonzalo Arango y gran amigo de éste, escribe en 1976 para el número siete de la revista colombiana GACETA a propósito de su muerte:
«El Nadaísmo de Gonzalo Arango se caracteriza como división del alma, oscilación: entre el humanismo y la crueldad, entre la razón y la locura, entre la pasión guerrera y las visiones de la paz, el nihilismo y la fe, la fe en la poesía y el repudio de las palabras, entre la acción y el éxtasis». Y es cierto que al leer a Arango uno tiene la impresión de estar ante un hombre que vive una intensa lucha interna para sostenerse en esa oscilación de opuestos que tratan de coexistir en su pensamiento y en su visión del mundo. Su amigo Eduardo Escobar así lo dice: «con semejante pasión por encontrarse con la duda…» y «se sabe por anticipado que la muerte no puede ser vencida, pero hay que enfrentarla con orgullo monstruoso, con infinito deseo de vencer (…) Al final hay que desarmar a la muerte imitándola». Creo que estas palabras resumen mucho de lo que el Nadaísmo fue o pretendió ser: una gran motivación – en oposición al reino de los cielos-, de fundar el «Reino del hombre» como un nuevo paraíso, en un intento de rebelarse ante el destino inevitable de la muerte. En aquellas palabras de Eduardo Escobar aparece reflejado ese gran acto de rebelión que fue el Nadaísmo. Un acto de rebelión que, pareciera en última instancia, dirigido contra el destino inapelable de la muerte, una «Insurrección del espíritu».
En este punto me llegan a la memoria las consideraciones que sobre el arte hiciera el poeta, dramaturgo, ensayista y actor Antonín Artaud (Marsella, 1896-1948). En su Teatro de la Crueldad recurría a la escenificación cargada de violencia como una vía para destrozar la falsa realidad. Su teatro había sido creado para restablecer una concepción de la vida apasionada y convulsiva. Esta violencia era identificada como una especie de pureza moral, que «no temía pagar a la vida el precio que fuera necesario». Como dijeran los nadaístas medio siglo más tarde: «Y no llegar es también el cumplimiento de un destino». Artaud a través del teatro reflejaba su visión nihilista del universo. Necesitaba el «rechazo de formas e incitar al caos». Su filosofía hablaba de que los sueños, pensamientos e ideas delirantes no son menos reales que lo de «fuera» del mundo. Artaud, heredero del dadaísmo, forma parte posteriormente del movimiento surrealista. Su visión anti burguesa de la vida y del arte impregna toda su propuesta artística. Arte y vida se identifican mediante la ruptura de las convenciones tradicionales. «Se imponen El inconsciente y su verdad pura sin los condicionantes mentirosos de la razón». Es innegable la correspondencia de estos postulados con los que defendieran los nadaístas.

El nadaísmo nace como un grito de protesta en rebelión contra el «Orden universal establecido y la naturaleza y su creador». Afirma que es posible otro orden y que el hombre y su espíritu creador son los hacedores de este orden nuevo frente al orden de la creación divina. Sitúa al hombre como objeto central del arte verdadero y el inconsciente aparece como «almacén del espíritu» cobrando un papel relevante frente a la razón. Hay una búsqueda de la sinrazón, lo absurdo, lo inverosímil a través de la expresión artística. Los nadaístas quieren desvirtuar la realidad y esto me lleva a pensar en el dramaturgo, poeta y novelista español Ramón María del Valle Inclán y en su esperpento, que aunque llegara desde otro contexto histórico y desde la corriente modernista, también fue denuncia y crítica social, en este caso de «una España decadente en la que no encuentran lugar ni el arte ni el genio», es también desidealización y ruptura con lo clásico, distancia del sentimentalismo y de lo religioso y una nueva observación y conciencia de la realidad. Como dice el personaje de Max Estrella en Luces de bohemia: «Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento».
En relación a la poesía, el Nadaísmo la define como «un ejercicio del espíritu creador que se origina en el campo de la subjetividad pura, ligado a un acto solitario del ser». Para el Nadaísmo, «la poesía es en esencia una aspiración de belleza solitaria y el acto más inútil del espíritu creador que se agota en sí mismo». Incluso habla de la poesía como «un vicio corruptor del espíritu moderno»,(…) «O sea belleza pura-nata como un pecado original». Ser poeta para el Nadaísmo en palabras de Gonzalo Arango, «significa aceptar esa pasión culpable y a la vez redentora derivada de la alegría que produce la destrucción del orden universal». Y aquí cabe preguntarse, ¿por qué tanto empeño en destruir el «Orden universal»? En esa destrucción según el Nadaísmo «se purifica el espíritu de todas sus resignaciones, conformismos divinos y revelados que traen el mensaje de la perdición y la esclavitud del espíritu».
Esta revolución espiritual hunde sus raíces además en la «renegación de la herencia hispánica». Gonzalo Arango pensaba que la sociedad colombiana de su época seguía anclada espiritualmente a la Edad Media y el hombre colombiano vivía ahogándose en el mito de la Hispanidad: «Un pueblo es joven en razón de sus ideas y de su evolución espiritual. Todo eso que reconocemos como la herencia de la Hispanidad pesa como un lastre impidiendo una evolución de la cultura».
En 1970, Gonzalo Arango se adentra en una etapa más espiritual y mística. En la isla de Providencia vive una experiencia religiosa que lo acerca al cristianismo. Allí escribe Providencia (1978), su última obra publicada. Sobre el final de su vida cuestionó sus propias creencias, lo que fue visto por algunos como una traición. Muere en 1976 en un trágico accidente. Su obra refleja su búsqueda constante de libertad, conocimiento y trascendencia. Su legado sigue vigente, reivindicado por varias generaciones de lectores y escritores.
BIBLIOGRAFÍA
-Arango, Gonzalo. Primer Manifiesto Nadaísta. https://www.gonzaloarango.com.
-Escobar, Eduardo (1976). Gonzalo Arango y el Nadaísmo: historia de una pasión. Gaceta, No 7.
-Servera Baño, José. Ramón del Valle-Inclán. Ediciones Jucar, 1983.
-Artaud, Antonin. El teatro y su doble. Edhasa, 2006.
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*Silvia María Ramos es Psicóloga de la Universidad Ramón Llull de Barcelona y Máster en Teoría Psicoanalítica de la Universidad Complutense de Madrid. Nacida en Huelva, Andalucía, España, publica su primer libro de poemas en 2018, Poemas de la medianoche, (Ed. Libros del Mississippi). Desarrolla su actividad como poeta en los círculos literarios de Madrid participando activamente en las míticas tertulias literarias del Café Gijón y la Tertulia Literaria Hispanoamericana Rafael Montesinos, así como en numerosos recitales, presentaciones y festivales de poesía en Madrid, Barcelona, Toledo, Sevilla y Huelva. En 2023 publica su segundo poemario Ceniza y luz (Polibea, 2023). Su poesía ha sido difundida en diarios, antologías y revistas literarias en España, Italia, Suecia, Reino Unido y Marruecos. Ha participado como autora en las ferias del libro de Madrid y Sevilla. Su poesía ha sido difundida en radio en el prestigioso programa de literatura de Radio Nacional de España «La estación azul». Parte de su poesía se ha traducido al italiano y al árabe.


Gracias, Laura. Me alegro mucho de que te haya gustado.
Maravillosa Silvia