
(Un ensayo con casi nada)
Por Memo Ánjel*
«Cada cual suministra de a poco su disfraz».
(Adolfo Bioy Casares. Diario de la guerra del cerdo)
EL ASUNTO DE LA NADA
La nada implica carecer de ubicación, origen y cualquier posibilidad de existencia. A la nada se regresa destruyendo todo aquello que significa una presencia, un rastro, cualquier hilo suelto que vague por ahí en el espacio. Y el espacio debe ser destruido también para que no haya posibilidad de que algo pueda tener un sitio. Por ley de Newton, el espacio es el que hace posible al objeto. Sin espacio, nada cabe y así nada puede ser. Por esto, la nada violentada es el origen de todo, como explican las creaciones ex nihilo. Y D’s hizo el mundo de la nada, es decir, destruyó la nada y apareció el caos y el vacío y luego aparecieron los espacios ordenados y después los objetos (los que supuestamente no sienten), los sujetos, una mujer y un hombre, etc. Estaría, entonces, en la mente del destructor de la nada también destruir lo creado para que la nada vuelva a existir. Es un asunto de volver al principio, o de entropía si se quiere. Pero pensar que esto lo puede hacer D’s, es posible porque lo pensamos nosotros. A D’s le asignamos nuestra manera de pensar y lo situamos en nuestros referentes de razón. Feuerbach decía que lo que le asignamos al exterior en palabras y conceptos es posible porque ya, eso que decimos y analizamos, está en nosotros en términos de germen. O sea que expresamos el mundo no desde lo que sucede a fuera sino a partir de nosotros mismos. Para filósofos como Bertrand Russell, el mundo existe como lo entendemos porque así nos vemos en ese mundo. El mundo podría ser otra cosa, pero nuestras neuronas lo han limitado a ser lo que es y no ofrecen otra alternativa. Y esas neuronas actúan para la poesía y la prosa, la ciencia, la filosofía, la pintura y cualquier forma de pensamiento amplio o instrumental que deseemos expresar. Si perdiéramos nuestras neuronas, el mundo que nos hemos creado desaparecería. Ya no habría fotones de luz para ver, ni vibraciones para oír, ni efectos de dureza y temperatura para ejercer el tacto, ni entendimiento de reacciones químicas para ejercer el olfato y el gusto. Claro que quedaría la memoria y allí, en esa incertidumbre de imaginarios y asuntos ciertos, el mundo tardaría mucho en disolverse, o no se disolvería, sino que estaría fragmentado. Esto es lo que le da fundamentos a la vida eterna, que sería nuestra memoria continuada y circular por siempre del mundo que cada uno vivió, de los paraísos y los infiernos creados, y de lo que fue y se dejó de hacer, como dicen los cabalistas.
Negar la presencia del mundo es un asunto irracional (iría contra nuestro orden prescrito de las cosas y sus espacios), pues ya lo hemos creado y ordenado debidamente para entenderlo. Lo hemos nombrado bellamente para que podamos acceder a él sin dolor, buscando más y viendo más. En este sentido, sea cierto o no el mundo que nombramos, tendríamos posibilidad de ser más y mejor en este espacio de palabras y definiciones que ha brotado de la relación sentidos y cerebro. Pero, como teoriza Feuerbach, ¿qué sucede cuando hablamos de orden y bondad, de belleza y tranquilidad asignando estas palabras a la exterioridad y no las vivimos en nuestra interioridad? Que es una frustración, un dolor, una imposibilidad nacida de lo posible. Es un daño que nos hacemos. Es contradictorio que nombremos y definamos la perfección y no la introyectemos. En otras palabras, creamos el orden hacia fuera y nosotros seguimos en desorden. Nos oponemos a lo nombrado por nosotros mismos, colocamos frente a nosotros nuestra invención y no la vivimos a pesar de ser creación nuestra. ¿Mentimos entonces? ¿Seguimos al borde de la nada pegados a conceptos ilusorios que nos impiden caer de nuevo en el vacío, pero cayendo en él?
AL BORDE DE LA NADA
Fernando González dice en Viaje a Pie que hemos sido educados en la generalidad, es decir, en la mera apariencia. En nuestros espacios, como en un enorme sancocho (lo que los españoles llaman una olla podrida), flotan toda clase de asuntos, unos crudos y otros muy cocidos, los más a medio cocer, unidos por una sustancia común con enormes ojos de grasa. Nuestro mundo, quizás alimentado por la lujuria tropical de las selvas en las que se mezclan plantas, pantanos y animales, o por las enormes cadenas montañosas donde los caminos se pierden, o por el enfrentamiento de un mar huracanado con otro de aguas pacíficas, es un enorme remolino donde hay más espejismos que asuntos ciertos. Así que de alguna forma vagamos por la contradicción y ciertos seres que se carcomen la estructura de nuestro espacio obligándonos a caminar por una cuerda floja. Somos, entonces, más propicios a la nada que a la creación y llegará un momento en que los hombres gordos de Fernando González (que ya se habrán comido todo), se coman a sí mismos y al fin quede nada, como en ese cuento macabro de Virgilio Piñeros, el cubano, llamado Carne.
Así que cuando Gonzalo Arango, nacido en Andes (un pueblo de mucho mercado, negocios y hombres gordos), funda el Nadaísmo, no usa esta palabra por lo sonora y publicitaria sino como un preámbulo a esa nada que nos absorbe cada día. Ninguna especie está más amenazada que nosotros. Y no por el clima o por las distintas bacterias nacidas de la basura y las babas, sino por la mentira. Es que nombramos el mundo como no es, exageramos lo inexistente y después nos emborrachamos para que eso que dijimos cobre tintes de verosimilitud. Y si bien se dice que los borrachos dicen la verdad, lo cierto es que debido a la borrachera no se les entiende lo que dicen.
De un mundo mentido, en confusión permanente, cada tanto aparecen críticos que, enloquecidos por la indigestión de asuntos vividos y malas palabras oídas, gritan. Pero su locura no es una enfermedad mental sino la necesidad de protestar contra lo que hiere la inteligencia. ¿Hasta dónde está preparada la razón para resistir los asedios permanentes de la sinrazón? Tomas Carrasquilla, José Restrepo Jaramillo, Alfonso Castro, Fernando González, Gonzalo Arango, Fernando Vallejo, han denunciado las desmesuras que nos rodean y hacen parte de lo cotidiano, que no son realismo mágico sino propensión a la nada, pues en lugar de construir humanidad destruyen lo humano. De estos escritores se ha dicho que son unos resentidos, usando mal la palabra: el resentido es quien ha perdido algo y está frente a él como testigo de eso que no podrá volver a recuperar. Para el tema que se trata, estos escritores no perdieron nada porque nada se ha construido. Lo que habitamos ha sido tomado de otros lugares, lo mal que pensamos de otros pensadores (ellos no tienen la culpa porque por lo general esas ideas provienen de quienes están ya muertos y no pueden protestar por el mal uso que hacemos de sus conceptos), lo que hacemos lo acomodamos a saberes que hemos amoldado a nuestros intereses, etc. O sea que se habita una sociedad del deseo y en el deseo todo es delirio, ya que lo deseado es una deformación de la realidad, un estar al borde de la nada y en permanente síndrome de Lampedusa: oyendo eso que nos gusta oír (por lo común canciones acerca de lo que querríamos ser y tener) y destruyendo las evidencias del error. Aquí nadie comete errores porque no hay realidad. Y si pasa algo, la culpa es de otro, del afuera y nunca del adentro, protegido por una enorme coraza de esquizofrenia. Tanto deseo insatisfecho, tanto por hacer sin querer hacerlo, tanto narcisismo y masturbación, tanto amor al sadismo y al masoquismo, tanto delirio debido a la bulla y a los climas imprevistos, tanto auto–odio y miedo a ser, tantas ganas de riqueza para hacer disparos al aire y decirles putas a las mujeres, han provocado un estado de caos que, al no ordenarse, vuelve a su estado primero: la nada. Y algún día esteremos allí (contradiciendo a Newton), a pesar de que ya se ha dicho cómo detenerse. Si vemos el error, sabremos como corregirlo. Pero hasta ahora no vemos. Hablamos y no oímos. U oímos y entendemos que el asunto no es con nosotros. El miedo es una larva que lo primero que toca y tapa son los oídos y los ojos. Y daña la función retráctil de la lengua, obligando a soltarla. Claro que en la mayoría esa lengua se parte en dos, la parte de la mentira más larga que la de la verdad.

GONZALOARANGO
Gonzalo Arango pegó el apellido al nombre, para de esta manera ser palabra. O sea que se negó el origen en un sitio, en una familia, en una sociedad, para situarse en el mundo del principio y verlo como una aparición. Y como uno de esos colonizadores que frente a la selva sacó el machete, comenzó a tumbar bejucos y a cortarles la cabeza a las culebras. Claro que esto no fue bien visto. La selva es poderosa, sus enredos cubren áreas de cientos de kilómetros; mantiene sus ciénagas y pantanos en buen estado, produce arenas movedizas y las ranas venenosas y zancudos andan libres por todas partes. El monte por tumbar es mucho y ese monte se cuida a sí mismo y persiste en ser él: monte.
Pegar el apellido al nombre, volverse palabra, esa es la función de un poeta. Y la poesía no es un juego de rimas y menos de versos despechados sino una tarea de descubrimiento. En las palabras del poeta vemos lo no visto, el inicio del camino, la presunción de que algo hay ahí que facilita o impide el movimiento. Y en eso que ve el poeta, como un profeta alucinado, está lo bueno y lo malo. El poeta no es un cortesano ni un ser servil, es alguien que ejerce la libertad haciendo camino (como decía Machado). Haciendo camino, porque los caminos no están hechos y para hacerlos hay que tumbar matojos, quitar piedras, espantar animales ponzoñosos, cubrir zanjas, señalar peligros. El camino es una reflexión (Fernando González), un encuentro (Martin Buber) y muchos desencuentros. La esperanza no funciona al hacer camino, la clave es el ojo, el sentido común, el hecho que se provoca al relacionarlos con las cosas (Wittgenstein), la diferencia entre el tú y el eso. El poeta es un caminante que anota en una libreta (como el navegante en la bitácora, como W. G. Sebald en Los anillos de Saturno) los hechos que provoca y esos que se provocan y lo ponen en estado de alerta o de felicidad. En el caso de Gonzalo Arango, en guardia, porque en estas tierras los poetas no son productivos, ni siquiera como vendedores ambulantes, y hay que prontuariarlos para que cojan uno de los tantos oficios que legitima la moral de los hombres gordos (hoy más flacos y chiquitos).
MEDELLÍN A SOLAS CONTIGO
Por los días de Medellín a solas contigo, cuando gonzaloarango (sin mayúsculas) y ya sin apellido miraba nuestra ciudad desde el cerro de El Salvador, el poeta (nuestro poeta maldito) es invadido por la revelación: la ciudad que mira, las montañas que alcanza a ver en la lejanía, el olor de la naturaleza, las muchachas que le hacen hervir la sangre, esconden un extraño, tenebroso y absurdo mundo underground. En la paz de la tarde repta una mano negra, se encienden chimeneas agresivas, pelean fracasos sexuales, se vomitan ganas de dinero como sea, hay un circo de ancianas y niñas putas y retenes del ejército que andan a la cacería de vagos y marihuaneros, de resentidos que hablan mal de gobierno y de violadores a consecuencia de tanto bailar a la sonora. En esa Medellín a solas contigo, donde la naturaleza copula con el cielo, pero cómo decirlo si aquí la copulación es pecado y mejor se permite matar, a fin de cuentos somos guapos y cuchilleros, respetuosos de las buenas costumbres y buenos rezanderos, oímos a Carlos Gardel y a Floreal Ruiz. De Gardel se dice que tiene bonitos los dientes y de Floreal que canta como hombre decente, pues se lava las manos después de orinar.
Estas tierras tan bellas (como las que se ven en las fotos que envían en los e–mails y que misteriosamente excluyen a los habitantes) van hacia la nada. Y quienes las habitan, poetiza Gonzalo, se han encargado de que nadie tenga que agradecer y cuando no se agradece es porque no hay nada o lo poco que queda ya está a punto de desmoronarse. Es gente que trabaja, se emborracha y se mata, pero no entiende la poesía ni crea música, silencia a sus escritores y exila o encarcela a los que escriben grafitis pidiendo que se acabe la hipocresía, los hombres de sombrero que pavean y las mujeres con cara de vaca que cuidan de las buenas costumbres destruyendo honras y pegándole a las sirvientas.
GONZALOARANGO JUNTO
Gonzaloarango se pegó el apellido al nombre no para asustar al papá ni poner en aprietos a la mamá sino para quitarse de encima ese complejo de tener que legitimar que no se es un hijo de puta o que uno de los apellidos da plata o crédito o es propio de gente blanca y no de negros. Y al quitarse el apellido se redujo a palabra que pregonó la irreverencia (perderle el miedo al pasado), el asalto a los cementerios con memorias falsas, el amor en los ascensores y en la silla eléctrica, el sexo y el saxofón (al estilo Charlie Parker). Con razón lo enviaron al patio tercero de la cárcel de La ladera, para que fuera carne fresca entre los presos más peligrosos. Allí presumieron los señores ciudadanos (a los que siempre se les debe el siempre no agradecer), que le darían un navajazo y el poeta se callaría de una vez y después, en la morgue, estudiarían su cerebro de ser hablantinoso y perverso. Pero los malos leían a Gonzalo Arango y en ese patio tercero, famoso en Sucesos Sensacionales (periódico de crímenes), en vez de violarlo y luego cogerlo a chuzones, el poeta engordó y fumó marihuana punto rojo, de esa que las mujeres de los presos entraban de contrabando entre sus partes vergonzosas y ansiadas. Fumó marihuana con olor a sexo, eso no le había sucedido nunca en la vida, ni siquiera cuando se reunían en el salón de té Versalles para imaginar qué haría un hombre como Henry Miller en una calle como Junín, siempre llena de muchachas exhibiendo la posibilidad del pecado. O Salomé, la gata de Fernando González, moviéndose lenta y con la cola levantada.
Cerca de la nada, en ese patio tercero de La ladera, habitado por criminales que hacían leer a otros los comentarios de las páginas judiciales de El Colombiano, El Correo y el Diario (querían oír las distintas versiones sobre sus crímenes), Gonzalo Arango logró salvarse del crimen que querían cometer con él a través de terceros. Pero los terceros se torcieron, no se sabe si por que la Virgen del Carmen los separó de la senda de un nuevo crimen o porque a los poetas no los matan los de abajo sino los de arriba, que tienen las orejas peludas y mala la digestión. Lo cierto es que no lo mataron y el plan falló. Increíble que esto pasara en una ciudad donde los administradores son famosos porque le siguen la pista hasta al último centavo, las empresas crecen contaminando cada espacio (la moral, la calidad, la mentalidad gerencial) y los negocios les dan trabajo a los hijos vagos o mermados de las familias ricas.
De Paganini, el gran violinista, se dijo que hizo un pacto con el diablo para que su música entrara en lo más profundo del sentimiento de las gentes. De Gonzalo Arango no se puede decir esto, aunque intentó pactar con el diablo. Pero el diablo no pacta con los que se burlan de él. Hasta en esto se cumplió el estar cerca de la nada: es que en Medellín ya ni el diablo existe.
Gonzaloarango junto, creó el Nadaísmo como posibilidad de entender una geografía que va hacia atrás, que se encoge, que está llena de edificios y taxistas que no cumplen la cuota, de negocios turbios abundantes en apuestas y gente peligrosa porque confunde una palabra con una trompada, a la que no le cabe una mentira más y los deseos son neuróticos. Es que en un espacio tan pequeño y lleno de tantos asuntos contradictorios (entre ellos el miedo atroz a reconocerse y la verticalización desmesurada, puro confinamiento intensivo) no se puede esperar más que una involución. Y esa involución lleva a la nada, al inicio del caos, no en vano ya se tiene un hueco al que ir para comprar de todo y perder la identidad queriendo ser otro. Cosas así las profetizó Gonzalo Arango, que al tenerlo claro terminó siendo feliz lejos de este pandemonio en la isla de San Andrés [y Providencia] al lado de Angelita. Claro que hablo de un San Andrés previo a la nada en que se ha convertido hoy en día esa isla donde no se descansa, sino que se compra. A Gonzalo lo persiguió la nada, como a todos nosotros.
LA OBRANEGRA
Don Jorge Amado, en Tocaia Grande (emboscada grande), dice que las ciudades latinoamericanas, tienen inicio en una masacre. O sea que en lugar de una piedra fundante acreditan unos muertos como origen. Los españoles fundaron ciudades matando indios, los colonos fundaron ciudades matando indios, los colonizadores fundaron ciudades matando indios y ahora matan a unos y desplazan a otros para para crear gentrificaciones. La constante de la sangre y los gritos, del miedo y los alucinamientos es un referente entre nosotros, que bebemos para olvidar y hacemos negocios para desaparecer, ojalá a Miami. ¿Qué ha sido de los grandes empresarios? Se los comió el estar viviendo de la renta. ¿Qué ha sido de los grandes intelectuales? Se los comió el confinamiento al silencio. ¿Qué ha sido de la gente decente? Se la está comiendo la economía de mercados. ¿Qué ha sido de nuestra ciudad? Se la está comiendo el hacinamiento. En estas tierras el final es deshonesto y el acelere lleva a la nada.
Y así, la construcción de la nada se adelanta con promesas de políticos, turismo de perversión, intereses de constructores que se lamen por cualquier espacio libre, buscadores de extranjeros para cobrar el arriendo en dólares y desaparición de las industrias a cambio de centros comerciales, restaurantes fusión y prostitución infantil, con ONGs que mantienen el problema vivo, a fin de cuentas viven del problema. Y es claro que esto que se hace es una obra negra (no en negro), un camino a los infiernos (con Dante), una predisposición al desorden, lo que, en gonzaloarango es un previo a lo que va a pasar. Solo le quedó faltando la informática, para completar la profecía.
Esta tarea de destruir la totalidad es imposible en un hombre solo, eso lo entendió el Gonzalo, entonces citó cómplices (los que se llamaron nadaístas), devoraron los libros de Fernando González Ochoa (de alguna manera él les dio la bendición), escribieron improperios y a toda la gente de bien se le paró el pelo, cosa que no pasó con los camajanes, las prostitutas de esquina, los estudiantes de la Universidad de Antioquia y los obreros (católicos) que leían sobre el asunto de trabajar y no ser explotados, de crear sindicatos para no rogar y ser buenos hinchas del Deportivo Independiente Medellín.
La Obra Negra, otros ensayistas de esta revista hablarán de ella, se puede traducir como Opus Nigrum, esos finales de lo que cuece el huevo filosofal, que son la escoria y el óxido. Y bueno, la sociedad salió a vomitar y a darse golpes en el pecho, aunque no muy duro, rezando para que al gonzaloarango le pasara algo. Y le pasó, se enamoró de una muchachita inglesa y se sacrificó con un libro titulado El fuego en el altar. Después se murió, pero la ciudad siguió con su Obra Negra, es decir, continuó siendo incurable.
(Escrito en Medellín, donde después de las lluvias hace un calor insoportable, como pasa en la selva y en El Caribe).
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* Memo Ánjel (José Guillermo Ánjel R.), Ph.D. en Filosofía, Comunicador social–periodista, profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín–Colombia) y escritor. Libros traducidos al alemán: Das meschuggene Jahr, Das Fenster zum Meer, Geschichten vom Fenstersims. En la actualidad se está traduciendo Mindeles Liebe.
