
Por Catalina Rincón-Bisbey*
La gira mundial No me quiero ir de aquí del álbum DTmF ha sido una de las más sonadas y esperadas de Bad Bunny. También ha sido controversial porque él decidió excluir a los Estados Unidos y centrarse en Europa y América Latina, especialmente Puerto Rico, epicentro de su residencia. Hace unos meses, cuando se le preguntó sobre el porqué iba a saltarse a los Estados Unidos, respondió que era innecesario incluir a este país en su gira porque ya lo había incluido en otras anteriores. En su respuesta, aclaró que no hubo una motivación política detrás de su decisión, argumento que se ha cuestionado por los BB lovers debido al carácter anticolonialista de su álbum. Recientemente declaró que gran parte de su decisión se debió a que ICE (Immigration and Customs Enforcement) pudiera estar en alguno de sus conciertos. Como se sabe, ICE ha sido el brazo ejecutor de los secuestros y las deportaciones masivas y arbitrarias de inmigrantes indocumentados (o documentados) del gobierno dictatorial de Trump. Pero, como cualquier gesto crítico del sistema que se hace dentro de una industria multimillonaria con el propósito de lucrar, es imposible no caer en lo que se critica. No por esto DTmF deja de ser uno de los mejores álbumes de Bad Bunny en términos musicales y culturales y el de más impacto político.
Como cualquier género musical marginal en proceso de legitimación cultural, es decir, de aceptación por parte del establecimiento de la cultura burguesa, de «buen gusto», el reguetón ha alcanzado algunos hitos como su comercialización mundial (sobre todo entre las clases pudientes y blancas), colaboraciones entre reguetoneros con cantantes de pop, la politización de sus letras (Calle 13 siendo paradigma de esto) y su entrada a la academia del Norte Global como objeto de estudio. De la misma forma, DTmF ha garantizado la legitimación de Bad Bunny como artista, precisamente por su experimentación con géneros musicales altamente valorados y por su carácter político anticolonial. Si le añadimos que su branding apela constantemente a la estética queer, se entiende aún más el que se haya convertido en un ícono de muchos progressives. Un Good Bunny de los Genzenialls y Genzs que, con su homenaje a la música caribeña, se ganó la buena voluntad de los escépticos del reguetón de generaciones sazonadas.
DTmF es una apología a Puerto Rico. Como tal, usa los géneros musicales tradicionales de la isla como la salsa, la bomba o la plena. Géneros que de una u otra manera son productos de resistencia a la colonización europea. Algunas de las letras del álbum también son un gesto de resistencia a la colonización estadounidense de la isla (LO QUE LE PASÓ A HAWAii) y de la diáspora que ha causado dicha colonización (NUEVAYoL). Las redes sociales se llenaron de Reels analizando las canciones y música de este álbum porque finalmente el ídolo de millones cantaba algo más sustancial que noches de perreo. El hijo malo se redimía y por fin cantaba la identidad boricua que no puede ser otra que la de la colonia. Pese a su homenaje musical y crítica política no faltaron los videos criticando la calidad de sus letras, arguyendo simplicidad y vulgaridad. Sin embargo, eso que muchos pseudointelectuales malentienden como low brow, es una de las características más importantes y creativas del reguetón y el trap, el lenguaje directo y lleno de referencias a la cultura urbana y mediatizada.
Ahora bien, si se piensa en la voluntad anticolonialista de Bad Bunny con DTmF como un gesto total, que incluye la creación (musical y lírica), distribución y promoción del álbum, no se puede ignorar una contradicción latente. Por un lado, su residencia ha beneficiado la industria turística de la isla significativamente, dejando el dinero de su gira en Puerto Rico y no en los EEUU. Simbólicamente, habla mucho de que uno de los cantantes más famosos de Occidente decida centrar su gira en un país del Sur Global y que haya atraído tanto turismo cantando en una lengua considerada de poco prestigio como el español. Pero, por otro lado, quienes tienen acceso a su gira, no son todos. No son los inmigrantes indocumentados que no pueden salir de los EEUU para ir a verlo en sus países de origen o Europa, no son la mayoría de los latinos asalariados en los EEUU porque no tienen los recursos ni para viajar ni para pagar los costos de las boletas de sus conciertos, ni el tiempo libre que puedan tomar de sus trabajos, sobre todo si son pagados por hora. Tampoco son la mayoría de los latinoamericanos en Latinoamérica porque los precios de las entradas de su gira son altísimos para el nivel de vida de la clase media de allá. De hecho, conseguir las entradas a su concierto por Ticket Master, la única compañía con los derechos para venderlos y por los que cobra un porcentaje exagerado de impuestos, se convirtió en una misión imposible para miles de usuarios que querían asistir y no pudieron porque las entradas se agotaron a las pocas horas de su salida. También, bancos como Banamex o Bancolombia hicieron una preventa de boletas para sus clientes haciendo mucho más difícil su adquisición para los demás mortales que no contaban con ese acceso exclusivo.
Y esas son las palabras que más resuenan en toda esta situación, acceso y exclusividad.
El gesto de excluir al país más excluyente del hemisferio occidental es casi poético para quienes experimentan el colonialismo de primera mano. Impulsar la economía de un país colonial en las dimensiones en las que ha sucedido con su residencia y cantando en español, no es un fenómeno que se vea todos los días. Proteger a los latinos con o sin ciudadanía de los arrestos de ICE es absolutamente loable y necesario en el contexto actual de las deportaciones masivas y sin precedentes del gobierno opresor y autoritario de Trump. Pero cuando Bad Bunny trata de jugarle el juego a Adidas, Spotify, Ticket Master, Banamex o Calvin Klein, no estamos presenciando el empoderamiento latino en una figura que representa las aspiraciones de una comunidad marginal. Estamos presenciando la perpetuación de la exclusividad que excluye a quien no tiene para los Adidas, ni para la membresía de Spotify, ni para las entradas del concierto. Irónicamente, quienes tal vez se sienten más representados por sus letras políticas porque son parte de la colonia son los que están más excluidos de todo esto. Mientras tanto, no sin el cinismo del capitalismo que todo lo coopta y consume y ofrece y demanda, ya vemos cómo la lucha anticolonial se ha sanitizado y reducido a capital simbólico de progres que en reels, stories y posts relatan la travesía de su experiencia asistiendo a uno de los conciertos de No me quiero ir de aquí que incluye pasajes de avión, estadía en hoteles, comidas en restaurantes, turismo local y, por su puesto, entrada al concierto. Todo muy woke.
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*Catalina Rincón-Bisbey tiene un pregrado en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia, una maestría en Estudios Hispanos y un doctorado en Literatura y Cultura Latinoamericanas de Tulane University. Es directora del departamento de lenguas y profesora de español, literatura y cultura en North Shore Country Day. También enseña en la maestría de estudios hispanos en Northeastern Illinois University. Ha publicado en revistas culturales como Contratiempo, El Beisman y Cronopio, así como en revistas literarias como Periódico de Libros y en revistas académicas como Chasqui y Catedral Tomada.
