JAMES BALDWIN: LA IMAGEN, UNA ESPERANZA CONTRA TODA ESPERANZA

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Por Mónica Flores Correa*

Era bajo y tenía ojos enormes. El padrastro le echaba en cara una supuesta fealdad.

El chico más feo que había visto en su vida, le aseguró una vez. El padrastro era pastor en una iglesia pentecostal de la comunidad negra en Harlem, el barrio negro neoyorquino. Su religión estaba basada en mucho castigo y poco consuelo. Su Dios, rígido, temible, intolerante; su Dios, el de ese hombre negro y el de sus feligreses, una versión del implacable master blanco.

Por esas dinámicas peculiares de las familias, James Baldwin de adolescente quiso ser pastor como el padrastro. Pese al mal trato, seguirle los pasos. Quizás para entenderle la violencia, el odio; quizás para entenderse él mismo, su búsqueda de sentido y de estructura. La presunta vocación no duró mucho. Le hizo descubrir, sin embargo, el poder de las palabras. Y su poder, el propio, su talento. La literatura quedó agradecida por aquel devaneo trunco. También el pensamiento crítico, incisivo, brillante, con el que luego analizaría la injusticia racial. «Hay algo salvaje en la belleza de las frases de Baldwin, en su tono ‘cool’, —señaló en una conferencia Darryl Pickney, escritor negro contemporáneo— algo también improbable en esta reunión de Henry James con la Biblia y con Harlem».

Baldwin diría más tarde que en la sumisión frente a un dios cruel, la religiosidad negra era otra arma eficaz de la opresión blanca. Comentaría esto, pero no se afincaría en la crítica. Posiblemente, por entender que pese a su virtud dudosa, esa religión era un refugio, daba algún tipo de esperanza a tanta alma destituida. Tal vez por comprender además que como su amigo Martin Luther King, había quien le daba buen uso a la religión. King, el pastor bautista fusionó la prédica cristiana con la filosofía de Mahatma Gandhi, dándole a su credo un cariz distinto, pacifista y combativo a la vez. La resignación ahí tuvo poca cabida.

LA INTELIGENCIA, EL SALVOCONDUCTO

No supo quién fue su padre. Y si lo supo, no lo dijo. Tal vez su identidad, su historia, esté en Ve y dilo en la Montaña, novela semiautobiográfica. En el relato, el padre de John Grimes, el personaje principal, es un joven a quien encarcelan por un robo que no hizo. Al salir de la prisión, donde los policías blancos lo maltratan [sic] brutalmente, se suicida. La novia a la que deja embarazada sin saberlo, se casa con un pastor protestante que desprecia y castiga al hijastro. Como en la realidad, el padrastro será para el protagonista la figura determinante. No así el padre biológico. El novelista nos da un retrato conmovedor de su integridad al rechazar mediante el suicidio que su dignidad sea avasallada.

A pesar de las cartas adversas, Baldwin supo desde chico, que contaba con un naipe ganador: su inteligencia. «Sabía que era negro, por supuesto, pero también sabía que era inteligente. No sabía cómo usaría mi mente pero entendía que era lo único que poseía y podía usar».

Sus maestros lo consideraron «dotado». A los nueve años escribió una obra de teatro; a los trece, publicó su primer artículo, una nota sobre Harlem en la revista de la escuela; y en la secundaria, fue coeditor con el futuro fotógrafo Richard Avedon de la revista The Magpie («La Urraca»). Ya con la decisión de ser escritor, obtuvo un par de becas. Gracias a una de ellas, a los veinticuatro años se mudó a Francia. Atrás quedaron los insultos de sus compatriotas, el racismo rampante que había encontrado en los trabajos. La distancia le ayudó a perfilar su identidad en forma decisiva. «Al otro lado del océano, entendí claramente de dónde venía. Soy el nieto de un esclavo y soy un escritor; debo hacerme cargo de ambas cosas».

Esta constatación y su condición de extranjero le hicieron consolidar su desarrollo personal en un ambiente tolerante o simplemente indiferente. En definitiva para él, propicio. Los lazos con Estados Unidos no se cortarían. En Nueva York estaban su madre y sus hermanos a quienes amaba y a quienes sostendría económicamente —el temible padrastro había muerto en 1943—. Y en la década del 50 comenzó la lucha por los derechos civiles, la que en los 60 alcanzaría el cenit con sus victorias y sus mártires.

Llámese destino: Baldwin sintió que estaba llamado a contar, a reflexionar sobre el origen de los acontecimientos que ocurrían en las calles, los pueblos, las ciudades. Su misión fue cuestionar el statu quo de la sociedad. Porque era negro, por cierto, pero volviendo a lo que sabía de sí mismo, porque era prodigiosamente inteligente y por sentirse obligado a poner su excepcionalidad al servicio de su gente.

Como señalaría en sus escritos, él, un negro pobre de Harlem, en sus palabras no mucho más que «un lustrador de zapatos», sin educación formal de college, homosexual en una época marcadamente prejuiciosa, estuvo allí «para escribir la historia». Para contar la historia como el Horacio de Hamlet. Diría así: «No fui el responsable de las colectas de dinero […] No fui responsable de la estrategia de armar grupos de oración, marchas, peticiones, campañas de registros de votantes. Al pasar vi a los sheriffs, los funcionarios, las tropas de represión; nunca me quedé mucho en un lugar. A veces esto me pesó moralmente, pero con el tiempo acepté que parte de mi responsabilidad como testigo, era moverme tan amplia y libremente como fuese posible, para escribir la historia y darla a conocer».

El activismo le valió cosas buenas y malas. Entre las buenas, el reconocimiento a su talento, incluso por los antagonistas. Entre las malas, un dossier en el FBI en el que se le sindicaba como «individuo peligroso», la homosexualidad parte del paquete que lo convertía en sospechoso.

No se amilanó frente al poder, fuese éste el de los políticos, el gobierno, los servicios de inteligencia, o el de los intelectuales que lo antagonizaron. En un ensayo de 1963, Baldwin cuestionó a William Faulkner, premio Nobel y representante de la intelectualidad sureña por abogar por un proceso gradual para alcanzar la igualdad racial. Posiciones como las de Faulkner, afirmó, desvirtuaban la humanidad de los negros y relativizaban la historia violenta de los supremacistas del sur. En síntesis, la postura de Faulkner, dijo, revelaba una falla moral.

LA HISTORIA INACABADA

En toda historia y especialmente en la de las conquistas sociales, hay avances, hay retrocesos, hay parálisis. En 2024 se conmemoró el centenario del nacimiento de Baldwin. Y en noviembre de ese mismo año, Estados Unidos eligió presidente a Donald Trump, quien coincidentemente asumió el tercer lunes de enero, fecha en que se conmemora a Martin Luther King. Una suerte de ironía cósmica.

Entre las primera medidas de ese día, Trump anunció el cierre por decreto de la secretaría de Diversity, Equity and Inclusion (Diversidad, Equidad e Inclusión). Mas allá de alguna característica polémica de la oficina, su mera existencia implicó una voluntad de equidad. Que su abolición se hallase en las decisiones del primer día de gobierno, prefiguró ominosamente la política de esa administración. Anunció de alguna manera, un gobierno a la John Wayne.

Resulta difícil no asociar al millonario Trump y a muchos de sus seguidores con la América blanca, auto centrada, consciente sólo en su propia épica excluyente. Esa América a la que se refería Baldwin al criticar a uno de sus más puros —y viejos— estereotipos, el vaquero John Wayne, la estrella hollywoodiense de rifle rápido. «John Wayne representaba algo del ideal americano que cuando llegué a la edad de 12 años, me di cuenta de que no tenía nada que ver conmigo», escribió. Y también: «(…) un hombre negro que viese el mundo como John Wayne, no sería considerado un patriota excéntrico sino un maníaco delirante».

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Los tres amigos de Baldwin fueron asesinados. Medgar Evers, el primero y más joven, luego Malcom X y Martin Luther King en este orden. Baldwin escribía un libro sobre ellos, Remember this House («Recuerda esta Casa»), cuando en 1987 murió de cáncer, en Saint Paul de Vence, sur de Francia. La historia con no más de treinta páginas escritas, quedó incompleta. Ni proponiéndoselo, podría haber imaginado una metáfora más explícita. Como aquellos tres y su gesta inacabada, Baldwin, el encargado de contar la historia tampoco la completó, no pudo darle fin.

La llama sigue encendida pese a los retrocesos, la parálisis, al descorazonamiento. Los avances tienen precios altos. A veces productos de episodios terribles. En 2020, el asesinato de George Floyd desencadenó una serie de protestas que le dieron nueva relevancia, por ejemplo, a la organización Black Lives Matter. El crimen contra este hombre que murió asfixiado bajo la rodilla de un policía, conmovió a la opinión pública, sacudió las conciencias acerca del racismo aún inserto en la sociedad y encubierto en las instituciones.

La lista de injusticias persiste y es larga. Empieza con la palabra pobreza, tremenda en demasiados casos; sigue con educación, patéticamente insuficiente, y continúa pero no cierra, con ghetto, el confinamiento barrial.

Cuando ocurrió el asesinato de Floyd, yo leía una colección de ensayos de Baldwin. Esta coincidencia me ayudó a interpretar los hechos. Con un sentimiento de escándalo que no cesa, la humanidad de todos menoscabada en ese hecho brutal, pero también, quiero creer, con perspectiva, con alguna ecuanimidad. Pues la voz de Baldwin es una voz apasionada pero ecuánime. La voz de quien ayuda a pensar, de quien enseña.

El escritor es una presencia frecuente en mis lecturas. Según los acontecimientos, para enterarme qué dice Baldwin sobre hechos similares; o en otros casos, si no está en sus libros, para imaginar qué diría Baldwin. Su palabra resuena en las más diversas situaciones de segregación. Baldwin escribe sobre la injusticia con mayúscula.

En una de las tantas páginas a él dedicadas en el 2024, el New York Times publicó fotografías hechas al escritor. Una me conmovió. Tomada en New Orleans en 1963, la foto muestra a Baldwin bailando; sigue a Doris Jean Castle, también activista de los derechos civiles, también bailando en primer plano, aunque la figura de la mujer no aparece completa. Ambos tienen los brazos extendidos como alas, como si volasen. Baldwin tiene los ojos semicerrados, la cabeza inclinada hacia un lado y una sonrisa. Se lo ve perfectamente en paz. El maestro profeta, como alguien lo llamó, el guerrero incansable, perfectamente en paz. ¿Será la imagen una esperanza contra toda esperanza de los tiempos por venir? Quién sabe…

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*Mónica Flores Correa es escritora. Entre sus trabajos, figuran las colecciones de cuentos Agosto (Artepoética Press, 2010) y Dos (Artepoética Press, 2013), así como el guión del documental «Burnt Oranges/Naranjos», dirigido por Silvia Malagrino, artista residente en Chicago. «Burnt Oranges» recibió el primer premio del festival ReelHeart de Toronto, Canadá, en 2005, y también los premios «Cine Golden Eagle» y «Aurora» de Estados Unidos. Con Malagrino también ha realizado otras colaboraciones para exhibiciones y filmes, ambas trabajaron en el proyecto de un libro de arte con texto de la autora. Flores Correa trabajó como periodista para publicaciones en Argentina, su país de origen. Por esta labor, obtuvo la beca Nieman para periodistas de la Universidad de Harvard. También fue corresponsal en Nueva York para diario Página 12 de Buenos Aires, en los años 90. Actualmente, enseña español y literatura en el Instituto Cervantes de Nueva York. Y escribe una novela, tentativamente titulada «Reunión». A las traducciones de carácter académico, suma ahora el cuento «Los Muertos», un favorito de ella, cumpliendo así con su devota afición por James Joyce. Satisfacción a la que se agrega haber hecho este trabajo junto con Cristóbal Williams, su marido.

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