
Por Leo Castillo*
Desconfío de esas personas que nos apabullan con tan empalagoso y promulgado amor por los animales. Algo en mí sarcásticamente detona una atronadora carcajada para decirme que no hay tal, que las jodidas amas de casa que lloran a moco tendido por la pérdida de su mascota melodramatizan, sobreactúan en esto como en lo atinente a su falsa fidelidad por sus esposos, ¡como si no supiera yo que lo que en el matrimonio se cocina entre las cuatro paredes de su presidio convencional no es sino la viabilidad de una empresa! Eso es un hogar, y no me lo callo: una microempresa. Y la mujer lleva el libro de cuentas. De manera que tú, Juan de los Palotes, deja ya de echar tantas cábalas y de moler suspicacias. El asunto es esencialmente económico, y si no eres rentable, pues no quedan sino dos opciones a tu yugo: sostener cachos, o ver subastado al mejor postor el destino de tus sueños. Pero como de cachones revienta el mundo, espero que no te habrás de sentir particularmente señalado por el infortunio, ni resbalar en ninguna vulgar y poco viril susceptibilidad. Acepta que tu mujer se vaya con otro mientras tú, con tus desmirriados recursos, tratas de pegar con la primera que te muerda el anzuelo. Cualquiera, te digo, no peques de pretencioso, que el que mucho escoge se queda con nada por remiso. Pero quizá lo mejor que te cuadre sea desandar el camino y hacer caso al precavido san Pablo, que en su elevada sabiduría prescribe a los suyos el estricto celibato. Pues fíjate cuánto les rinde su celibato a sacerdotes, cardenales y papas. Mira nada más la vida de regalo que se gastan. Ni trabajan, para que veas, ni le aguantan monsergas a mortal ninguna. Sacrifícate también tú como ese padre del cristianismo en aras de la salvación del mundo o de cualquier otra ventolera que te sople.
Pero no es esta otra perogrullada lo que me quita aquí mi codiciado ocio. Lo que deseo desenmascarar es la hipócrita presunción de amor a las mascotas, como ya dije. Nada de cierto hay en esas cartas de lectores tan frecuentes en nuestros diarios, ni en las jeremiadas que atiborran nuestros correos con gazmoñerías acerca de los ciertamente indefensos animalitos sometidos a una absurda existencia en el ámbito de esa desdichada institución burguesa, la familia. En sus envíos las berracas se duelen hasta el exasperante berrido del famoso abandono de perritos y gatitos. ¡Hipócritas! Digo que no son otra cosa que farsantes, y para demostrarlo, te contaré una historia.
Vivo en uno de estos mal llamados apartaestudios que rentan en los barrios estrato 3 de nuestras ciudades tercermundistas (estrato 3 acá es el equivalente, ya sabes, a zonas deprimidas en los países desarrollados). Durante la noche, mi alma se resquebraja ante la misma escena. Un bello gato blanco como la luna se aposta ante mi puerta, tratando de entrar a mi desvelado recogimiento. Esto sucede entre las 21 y las 5 horas locales (ya habrás advertido que debo ser escritor, si no algo peor, un maldito ocioso que, sin oficio probo en nuestras sociedades consumistas, desperdicia horas, días, semanas enteras, meses, años, como quema cigarrillos baratos, fuma marihuana o bebe licores de fabricación y venta ilícita, aunque no más deshonestos que los inalcanzables elíxires que los putos especuladores promocionan en sus ostentosos estancos, como si una pea fuera menos respetable que otra por el solo sello de rentas del trago. ¡Bah!).
Decía que se me rompe el corazón cada que ese dulce ejemplar felino se aposta allí, ante mi puerta, la que comunica con el patio, y con su fino hociquillo da en hozar, tratando de removerlo, el anjeo que me protege de esas otras mal queridas mascotas, inseparables del pobre, a las que nadie adopta ni profesa el menor cariño ni manifiesta alguna empatía: los zancudos. ¿Por qué desea entrar este gato a mi habitación, y de quién coños es? Lo ignoro. Mas hay algo de lo que sí estoy positivamente seguro. Su dueña duerme… ¡Oh!, claro, tal vez deba decir dueño. Pero esto es indiferente, y puesto que los hombres no lloramos habitualmente más por mascotas que las mujeres, se me excusará la precisión de género.
El asunto es que su dueña, plácidamente, sueña a pierna suelta al lado de su desgraciado esposo. La maldita está soñando con otro, con un destino al lado de un hombre con más agallas que el fracasado que le ha tocado en suerte. Y su gato la trae sin el menor cuidado. Esto es problema mío, que seré escritor o algo por el estilo, y tengo el deber de preocuparme por lo que a mis semejantes les importa un pito.
Así que todas las noches la huérfana maravilla blanca viene y se echa allí mientras tecleo. Tú y yo sabemos que el gato es un animal de hábitos nocturnos, como los puñeteros escritores. Pero la dueña, maldita la noción que de esto tiene, nada en absoluto se le da que el animalito se precipite en esta profunda soledad cósmica para la que no ha venido al mundo. Porque, a diferencia de los escritores, el felino es un ser al que le gustan los animales humanos, amén de sus propios semejantes. Vive a placer con nosotros, y casi nunca nos abandona, actitud que no comparte con nuestras esposas. Es apenas justo que la dueña de este ejemplar, como las de tantos miles, tantos millones (solamente en Nueva York hay doce millones cuatrocientos setenta mil doscientos doce gatos, uno y medio por cada gringo en esta ciudad, según el resumen semanal en español del N. Y. York Times), es apenas justo que las amas de casa sacrifiquen cada noche unas cuantas horas de sueño a fin de no desamparar en el insomnio tenaz de esta especie a sus solas mascotas durante la larga noche del abandono familiar. A estas señoras descaradas que no trabajan (por algo soportan un marido), ¿qué tanto les puede costar este piadoso «sacrificio»? Pero no. No señor. La soledad de estas criaturas, según ellas, no está presupuestada en los guarismos de la economía doméstica, así que es deber suyo.
De manera que la buena señora duerme, ya dije, a pierna suelta, mientras yo guerreo con las ineptas palabras intentando hacer entender a mis semejantes que no son, ni en sueños, tan delicados ni atentos como fingen serlo en esas hipócritas reuniones en que se jactan de su amor por las mascotas.
«¡Gatito!», llamo a la maravilla blanca detrás del anjeo. «¡Miau!», me responde. A veces fantaseo que es al revés. Que «¡miau!», le digo, y que «¡gatito!», me responde.
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* Leo Castillo es un reconocido escritor y cronista colombiano. Ha publicado los libros: Convite (Cuentos), Ediciones Luna y Sol, Barranquilla, 1992 Historia de un hombrecito que vendía palabras (Fábula ilustrada), Ib., Barranquilla, 1993. El otro huésped (Poesía), Editorial Antillas, Barranquilla, 1998. Al alimón Caribe (Cuentos), Cartagena de Indias, 1998. De la acera y sus aceros (Poesía), Ediciones Instituto Distrital de Cultura, Barranquilla, 2007. Labor de taracea (Novela, 2013). Tu vuelo tornasolado (Poesía, 2014). Los malditos amantes (Poesía, publicado por Sanatorio, Perú, 2014). Instrucciones para complicarme la vida (Poesía, 2015). Documental sobre Leo Castillo: https://www.youtube.com/watch?v=Ec_H6WMsU-c Colaborador de El Magazín El Espectador; El Heraldo y otros diarios del Caribe colombiano. Colaborador revistas Actual, Vía cuarenta (Barranquilla); Viceversa Magazine, Revista Baquiana (USA); copioso material en sitios Web.
