LA RESPUESTA A TODO ES POSIBLE

0
629

la respuesta a todo es posible
(Algo sobre calores y desmesuras)

Por Memo Ánjel*

«Ti Noel dictaba órdenes al viento»
(Alejo Carpentier. El Reino de este mundo)

UN CUADRO DEL CARIBE

Que podría ser de Alejandro Obregón, que pintó cóndores (ave carroñera) y caimanes corriendo en medio de una tormenta, otros dirán que un mar, de colores incendiarios. Pero un cuadro no es lo que se ve sino la pregunta de cómo lo hicieron, con qué técnicas y materiales, buscando qué, denunciando qué. Así, la primera impresión o impacto deja de ser lo que creemos ver dentro del marco y se convierte en un rompecabezas que al irse resolviendo alegra más o asusta. La historia plasmada ahí (ese tiempo capturado) es una pistola con la que se juega a la ruleta rusa, como pasa con las otras variantes históricas, sean escritas, esculpidas, fotografiadas o filmadas. Es lo que pasa y lo escondido en lo que pasa. Lo real, que entendido o no, existe, es lo que exploramos, las certidumbres que encontramos y las fantasías con las que ajustamos para que lo encontrado parezca lógico o al menos verosímil. Así, la realidad es lo que entendemos de lo real. En términos cartesianos, lo que alcanzamos a saber (la ciencia, la filosofía). En otros términos, lo que creemos o necesitamos creer, que puede ser cualquier cosa con lo que estamos de acuerdo, ya por miedo, ya para mantener viva una esperanza. Ya para que la vida se dé sin más preguntas.

El Caribe es un mar en revoltijo. Por sus aguas navegaron galeones que no llegaron a su destino debido a los asaltos de piratas y corsarios, barcos negreros que trajeron esclavos con sus religiones ancestrales, ingleses que traficaron con ron y azúcar, franceses que hablaron de la Ilustración y llenaron los burdeles con polacas que hacían pasar por mujeres de Francia, norteamericanos (filibusteros) que crearon repúblicas bananeras, mulatos que negaron sus orígenes, frailes que dejaron a un lado la castidad y jugaron a las cartas con el diablo, vírgenes negras que escondían (y esconden) a diosas nigerianas, en fin, leer sobre el Caribe es una manera de desbordar la imaginación, de entrar en otros mundos y, como bien se lee en el libro de Germán Arciniegas (La biografía del Caribe), entrar en las semillas que se niegan y en otras que se inventan, como Cartagena.

Ahora, si se fuera a pintar un cuadro del Caribe, como bien dice Alejo Carpentier, no se puede hacer uso de las técnicas pictóricas europeas, con esas que copian paisajes y gentes, pero no alcanzan a leer lo que ahí sucede. Para ingresar en estas tierras de calores, indios casi exterminados, huracanes y piratas como Morgan (que bebía ron con pólvora), santeros que tratan de resucitar muertos, músicas que invaden el cuerpo y lo desmesuran, la realidad pactada por la razón no alcanza. Hay que entrar en lo real maravilloso, en lo no entendido pero que, como en Vagabundo toca con sordina (el libro de Knut Hansum), es posible que pase porque todavía no hay un inventario de lo que no pasa.

LA DESMESURA

Es lo que se sale de sus límites, pero también lo que se contrae y se mezcla en desorden, lo que es y no es en un mismo punto. Y si hablamos del Caribe, de sus calores que dilatan  y los huracanes que todo lo revuelven, de lo que es pasión que obnubila la razón, del conocimiento que asimila lo fantástico y lo desborda (La tejedora de coronas, de Germán Espinoza), la posibilidad de lo no visto y sentido está ahí, en los negros que buscan volverse dioses y los blancos que construyen y luego se destruyen, en los religiosos que creen en un dios o muchos y los ateos que a cualquier duda se inundan de ron; en las que tienen el poder de saber qué contienen las plantas para que haya salud y muerte, locura y mulatos de ojos verdes y azules. Y entre siembras y crías de ganado, amos que al final salen corriendo y mujeres que en el exilio pagan a los capuchinos para que su pie derecho se convierta en una reliquia (pasó con María Luisa, la mujer de Henri Christophe), dictadores que se pegan un tiro en la sien y se demoran en morirse, a más de una hermana de Napoleón Bonaparte (Paulina) que navega con el cadáver de su esposo, no por amor sino para que los marineros la inviten a estar viva, nace esto que es el realismo maravilloso, que poco tiene que ver con alegrías y bellezas, y lo que tiene adentro es simplemente lo asombroso, lo que contiene un cerebro calentado y una naturaleza lujuriosa, muy bien interpretada por Henri Rousseau, el aduanero.

Calor, ron, gallos descabezados, toros decapitados para que la sangre pegue piedras y dé rubor a las caras de las mujeres, pestes que se mueven como serpientes, personajes a los que un trapiche les muele un brazo pero con el otro se bastan para volar, construcción de torres de Babel y palacios desproporcionados que guardan en su interior peces disecados, cajitas de música que interpretan canciones alemanas, uniformes napoleónicos, muebles barrocos, dictadores que antes han sido cocineros y ya les saben la sazón a los franceses y españoles, en fin, en esto del realismo maravilloso (que después lo nombraron mágico para minimizar su entendimiento), lo más fácil para un hombre es volverse un animal, usar los tomos de la gran Enciclopedia francesa para sentarse en ella, saber que de todos los africanos los más peligrosos son los mandingas, dados a huir de las colonias, construir palenques, convertirse en cimarrones y tener ejércitos de orichas, dioses todos de la corte de Changó. Y que se rebelan contra los colonizadores y luego se dejan esclavizar por los rebeldes que, ya en el poder, asumen las condiciones de la colonia o las empeoran. Todo cambia para que nada cambie, como bien se entiende en El Gatopardo, la novela de Lampedusa. O en El Reino de este mundo, el texto de Alejo Carpentier, que es el único posible, pues en el otro reino, el del más allá, todo ya está establecido y se llega a él sin carnes ni sentidos, o sea, sin pasiones ni dolores.

EL REINO DE ESTE MUNDO

Es una novela de tambores. Tambores que gritan, lloran, asustan, despiertan dioses, dan cuenta de las pestes, las guerras, las rebeliones, la esclavitud, los saqueos, las pérdidas, las conformidades, los amores cifrados en satisfacer instintos, las libertades imaginarias y la historia de Haití, esa mitad de la isla La española que coloniza la Francia de los Luises y donde nació una lengua entre palabras africanas y francesas que es Creole, con una pronunciación rápida y difícil, pues corta las palabras. Y que se independiza (es el primer país que lo hace en América Latina) a medida que corre la filosofía de la Ilustración y la Revolución Francesa, que coloca a la diosa razón en el altar de Nôtre Dame permitiendo una mezcla de civilización y barbarie.

Alejo Carpentier, gran entendido en música clásica y en santería, que nace en Lausana, Suiza, en 1904 y muere en París en 1980, resulta siendo un hombre del Caribe. El mundo que siente es el de Cuba y Venezuela, el de los santeros y el de las historias con esperanzas fallidas (ese que solo contiene ilusiones y promesas). Y en este estar en los calores y el desorden, que es lo que produce su literatura, sigue los pasos de El señor presidente (de Miguel Ángel Asturias), pero no enfebrecido en la ficción sino encontrando en la historia de Haití la realidad que convive con imaginarios que miran, comen, aman y son un real continuo (siempre por descubrir), y escribe El reino de este mundo, texto corto pero amplio en todo tipo de desbordes y contenido en un solo hombre, Ti Noel, que es testigo y partícipe, que es un semidiós en la miseria y bello en lo que nombra, que crea ministerios vegetales y es él, permanente entre las ruinas, las de acá y las de más allá del mar, en las que los hombres no son blancos ni negros sino supervivientes a sí mismos.

El Reino de este mundo, es el inicio de El otoño del patriarca, de El gran Burundú Burundá, de Yo el supremo, del bestiario tropical liderado por Rafael Leonidas Trujillo. Es el realismo maravilloso contando lo que la historia no se atreve o maquilla para que lo primitivo no sirva de argumento a otros más salvajes, pero mejor vestidos, que llegan diciéndonos qué debemos hacer o cómo sentir. Y que, acalorados, enloquecen y son aplaudidos.  Y esto que narra Carpentier en un punto anclado de la tierra, en el que lo inverosímil es posible en las costas y la montaña, en las ciudades mal construidas y los palacios ridículos (habitados y amoblados por otras ridiculeces), aparece la simpleza que admite que los hechos sucedan y se hagan parte del vivir como las salamandras, atravesando el fuego y apenas parpadeando. Animales raros estos, con cara de desertor o de alguien que entra en una casa conocida y se da cuenta de que esta ya no tiene piso.

Lo real maravilloso (vuelto mágico para que sea una mentira), está aquí, en los países que dependemos del Caribe, no importa que nos subamos a lo alto de las montañas para no creerlo. Y en esta convivencia con lo asombroso, admitimos gobiernos desastrosos, gobernantes que no salen de sí mismos y entonces lo que ven está en el espejo frente al cual se visten, decisiones que ya se han tomado y vuelto a fracasar, máscaras de carnaval que esconden al que la lleva puesta, etc. Y en este delirar, lo real asombroso nos llena de colores y sonidos, de sabores y formas que cambian según las horas. Y como burros que buscan frescura debajo de un alar, dormimos parados, así lo que haya pasado sea terrible, risible, escandaloso o ya se haya olvidado porque para qué pensar en lo sucedido si ya sucedió y volverá a suceder, que en lo real maravilloso el tiempo está encerrado y entonces todo se repite, las preguntas no tienen respuesta ni importa que la tengan y la conciencia está adormecida, igual que las plantas de las ventanas cuando hace mucho calor o se las ha regado con el agua que usaron para trapear.

¿Pero lo real maravilloso se sucede solo en el Caribe? Para Alejo Carpentier, no. Se da también entre la servidumbre europea, en los delirios de la aristocracia, en la supremacía blanca, en los lugares donde se vive con Dios como un inquilino más, en los pensamientos políticos, en la filosofía que habla de ser como los bosques, en las clases medias apresuradas, etc. Solo que al otro lado del mar y en mares más fríos no se da libre sino con pretensiones de inteligencia. Ya se sabe, el carnaval de Venecia se dio con más fuerza en cada peste. Máscaras, apariencias, pelucas, gente tratando de hacer perfumes a partir de un cadáver sumergido en alcohol.

____________

* Memo Ánjel (José Guillermo Ánjel R.), Ph.D. en Filosofía, Comunicador social–periodista, profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín–Colombia) y escritor. Libros traducidos al alemán: Das meschuggene Jahr, Das Fenster zum Meer, Geschichten vom Fenstersims. En la actualidad se está traduciendo Mindeles Liebe.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.