
Por Gustavo Arango*
Con Sócrates pasa como con muchas cosas buenas: la gente las usa para disimular tendencias contrarias. El atormentado presume de sus meditaciones y de su mindfulness, el superficial se las da de espiritual, el que carece de compasión presume de ser cristiano, el que nunca ha pensado se mueve por el mundo como si fuera Sócrates.
Es fácil repetir algunas frases que asociamos con Sócrates («solo sé que nada sé», «conócete a ti mismo»), para sentir que somos filósofos, que vamos por la vida en busca de la verdad, y que si estuviéramos en una situación similar a la suya beberíamos la cicuta como quien bebe un tinto de verano.
Esta es la premisa de la que parte Agnes Callard, en Open Socrates: The Case for a Philosophical Life (W. W. Norton & Company), un libro recién salido del horno en el que nos explica la urgencia en nuestro tiempo de entender el legado de Sócrates, más allá de la admiración superficial y del simulacro de imitarlo.
Callard, por sí misma, es todo un personaje, y entre los encantos de su libro está su tono personal. Nació en Budapest e inmigró con su familia a los Estados Unidos cuando era niña. Se ha pasado la vida leyendo, y a los 30 años fue diagnosticada con autismo. A sus 49 años es profesora asociada de la Universidad de Chicago y vive con su exesposo (un colega de la universidad), su segundo esposo (a quien conoció siendo un estudiante graduado) y sus tres hijos, dos del primer matrimonio y uno del segundo. Ha escrito libros sobre ética, el significado profundo del concepto de «aspiración», y se conoce a Sócrates al derecho y al revés. Uno de los méritos de su libro es que sirve como una introducción general a la filosofía de ese hombre remoto que escribió poco, pero que dejó una huella imborrable en la historia del pensamiento.
Callard empieza por decir que la razón por la que no nos sentimos inclinados a reconocer la existencia de una ética socrática radica en que esa ética nos deja mal parados. Casi nadie la aplica. A diferencia de las tres perspectivas éticas que predominan en Occidente: la kantiana (basada en el respeto por la humanidad), la utilitaria (que procura el bien mayor para la mayor cantidad de personas) y la aristotélica (que se basa en la idea de lo que una persona decente haría). La ética socrática es casi impracticable, supone asumir la vida de manera filosófica, cuestionándonos de manera constante.
«Las preguntas más interesantes», dice Callard, «y las más esquivas, son aquellas a las que debemos dar respuesta en cada momento de nuestras vidas, mientras dure la vida». Preguntas como: ¿Soy una persona justa, en relación con las personas cercanas a mí?, ¿tengo empatía hacia ellos?, ¿soy amable, amoroso, útil?, pueden ser respondidas favorablemente y con ligereza; lo difícil empieza cuando uno intenta responderlas con genuina sinceridad.
Callard empieza con una reflexión sobre los dos tipos de mandatos que gobiernan nuestras vidas, los que provienen de nuestro cuerpo o de nosotros mismos como individuos (la salud, la riqueza, el miedo a la muerte) y los que provienen de las personas con quienes nos afiliamos. Los mandatos son respuestas aprendidas o impulsivas a la pregunta «¿Qué debo hacer?» El problema es que esos mandatos pueden ser contradictorios. «Mi cuerpo puede decirme que puedo hacer algo en un momento, pero después llenarme de arrepentimientos y dolores por haberle obedecido». Explora también el tema de la venganza: «La venganza aparece cuando el amor deriva hacia el odio», e identifica tres tipos (o sabores) de venganza: cuando es una reacción a lo que alguien ha hecho, cuando es una reacción a lo que es posible que haga («prevenge») o cuando es una reacción a lo que la persona es. Así empieza a acercarse a la ética socrática: «No hay una buena manera de ser malos»; la empatía misma puede tener un lado oscuro, cuando permite sentir y disfrutar el sufrimiento ajeno; porque para Sócrates es claro que «nadie merece ser lastimado». La propuesta de Callard es clara y difícil: «¿Y si en lugar de vivir de mandatos vivimos del entendimiento de lo que hacemos?» Una vida semejante empieza con la formulación de muchas preguntas.
Dice la autora que, por andar obedeciendo mandatos, por lo general no sabemos cómo responder a la pregunta: ¿Cómo debo vivir? Prueba de ello es la condición de pesadilla que tienen las utopías. Puestos a imaginar las condiciones ideales de la vida se pone en evidencia nuestra incapacidad. La actitud inquisitiva que propone Sócrates se ve entorpecida por la paradoja de que nadie es capaz de considerar falsas sus creencias. Es difícil, casi imposible, que podamos reconocer que estamos equivocados en el momento del error (después, cuando miramos hacia atrás, es más fácil), y también es difícil establecer si nuestra conclusión ha llegado a la verdad. En conclusión, es imposible que una sola persona busque por sí misma la verdad y evite la falsedad. Por eso, la búsqueda filosófica requiere la intervención de otra persona: «Si el alma ha de conocerse a sí misma, debe mirar en otra alma».
Para ilustrar esa idea, Callard recurre a la etimología de la palabra pupila, que significa muñeca diminuta, porque cuando nos miramos en los ojos de otro nuestra imagen se refleja como si fuera una figura muy pequeña. Y agrega: «Nadie puede conocerse a sí mismo sin la ayuda de otro, así como el ojo no se puede ver a sí mismo si no es en otro ojo».
Una vez establecido que la búsqueda de la verdad no es una labor individual, sino una búsqueda a través del diálogo con los otros, la autora se dedica a explorar las implicaciones de esa conclusión en los que identifica como los tres grandes temas sócraticos: la política, el amor y la muerte.

Al reflexionar sobre la política, Callard señala la insuficiencia del concepto de igualdad. La igualdad no se proclama ni se nombra, se practica. No buscamos ser iguales, buscamos que nuestro valor sea reconocido por el otro. No aspiramos a ser iguales, sino a ser escuchados, a ser incluidos. La mayor dignidad se encuentra en dar, en que se nos permita dirigir a los otros. «La forma más elevada del respeto se encuentra en ser vistos en los términos de nuestra capacidad para ayudar a otros a encontrar respuestas a la pregunta sobre cómo vivir». Aquí también señala una dañina tergiversación del concepto de diálogo que prospera en nuestro tiempo: la idea de que toda conversación debe terminar con un vencedor.
Al considerar el amor, Sócrates identifica dos requisitos fundamentales: la permanencia y la orientación hacia el bien. Todos buscamos que la persona a quien entregamos nuestro amor no nos deje por buscar a otro, que no pierda el interés o que nos abandone en nuestros momentos de necesidad. «Si siempre estás buscando a alguien mejor que yo, incluso si no llegas a encontrarlo, lo que tienes en relación conmigo no es amor». El amor es, más bien, un compromiso dinámico entre el aprecio racional y la estabilidad del vínculo. Más que una caída (to fall in love), es un ascenso: «un ascenso aspiracional en busca del conocimiento». Sócrates no quiere ser amado por lo que es, sino por estar descontento con quien es y por querer ser mejor.
En los tiempos del poliamor, la exploración de Callard la lleva a concluir que el amor socrático no puede ser exclusivo. Dice que la conexión íntima, la apertura mutua y la vulnerabilidad interpersonal, son los rasgos genuinos del amor, y que Sócrates no distingue entre tener varios amantes y tener varios amigos. «El rasgo más radical de Sócrates no es su sabiduría oculta y casi divina, sino la desnuda vulnerabilidad que desplegaba en su trato con los otros, como fuentes de respuestas a sus preguntas».
Al reflexionar sobre la muerte, más allá de la idea que se tenga de lo que hay o no hay después de ella, Callard identifica dos tipos de temores: el FOMO (fear of missing out, o miedo a ser excluidos) y el FONA (fear of never arriving, o miedo a nunca llegar). El primer temor se asocia a un simple temor a dejar de ser, a quedar por fuera del mundo y sus asuntos. Es lo que alienta la esperanza de seguir viva que abriga cualquier persona, por muy vieja que sea, y hasta la esperanza misma de la vida después de la vida. El segundo temor está asociado a la imposibilidad de alcanzar alguna meta o culminar algún propósito; también, a la sensación de que nuestros esfuerzos hayan sido vanos. Para Callard, la actitud socrática supone el segundo tipo de temor; como lo ilustra con el hecho que, pocos días antes de morir, Sócrates haya pensado que quizá su llamado estaba en la poesía, y que en el último momento emprendiera la escritura de una versión poética de las fábulas de Esopo. Pero, más allá del temor, lo esencial en el ejemplo socrático es la presencia de los otros. Lo que ayudó a Sócrates a enfrentar la muerte no fue su convicción sobre la inmortalidad del alma, sino la indagación que emprendió con sus amigos sobre si de verdad lo era.
Para Callard, una vida filosófica es aquella que no evita plantearse preguntas como estas: ¿Es inmortal el alma? ¿Qué es pensar? ¿Cómo puede al amor ser al mismo tiempo racional y apegado? ¿Dónde y cómo practicamos la igualdad? El rol de un amigo, o de un amante, es el de poner a prueba nuestras afirmaciones, ser fiel a los acuerdos y persistir en la búsqueda de la verdad. Por mucho que nos asuste y nos decepcione esa alternativa, es mucho mejor que la opción contraria de pasar de largo por la vida rumiando lugares comunes, fingiendo que somos y que sabemos.
Al final de este libro fascinante, Callard se encuentra con una contradicción que muy probablemente dará lugar a un libro futuro: el hecho de que su defensa del diálogo entre contradicción con la idea de un libro, pues el libro no dialoga ni puede enfrascarse en una conversación. Por lo pronto, queda claro que, si queremos darle a nuestra vida valor y dignidad, es preciso que empecemos a tener conversaciones de verdad.
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* Gustavo Arango es profesor de español y literatura latinoamericana de la Universidad del Estado de Nueva York (SUNY), en Oneonta y fue editor del suplemento literario del diario El Universal de Cartagena. Ganó el Premio B Bicentenario de Novela 2010, en México, con El origen del mundo (México 2010, Colombia, 2011) y el Premio Internacional Marcio Veloz Maggiolo (Nueva York, 2002), por La risa del muerto, a la mejor novela en español escrita en los Estados Unidos. Recibió en Colombia el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en 1982, y fue el autor homenajeado por la New York Hispanic/Latino Book Fair, en el marco del Mes de la Herencia Hispana, en octubre de 2013. Ha sido finalista del Premio Herralde de Novela 2007 (por El origen del mundo) y 2014 (por Morir en Sri Lanka).
