LLUEVE AFUERA DEL CINE

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llueve afuera del cine

Por Paola Jauffred Gorostiza*

En un cine los rostros atónitos del público observan la pantalla. Las luces de la escena palpitan sobre sus cuerpos inmóviles que respiran pausadamente y que, de vez en cuando, se acomodan.

Uno de los espectadores parpadea. La mano de su madre se ha posado sobre la suya y aprieta débilmente. La mujer no dice nada, se revuelve en un estertor y deja escapar su última exhalación. Sólo entonces el espectador despega los ojos de la pantalla, sabe que su madre ha muerto. La mira y apenas la reconoce. Tiene una mueca crispada, un hilo de saliva le escurre por la boca y las pupilas se le han dilatado por completo. Aún así la anciana continúa mirando la pantalla, como si su interés en la película persistiera.

«Lo que realmente siento es que nunca conocerá el desenlace», comenta después fumando un cigarro en el lobby. El hombre de la tienda asiente con gesto solemne: «Así pasa, amigo, unos nacen otros mueren». Desde el baño de damas se escuchan los gritos de una mujer que está dando a luz.

«¿Qué le vamos a hacer?» concluye el hombre de la tienda, «¿Qué le vamos a hacer?» repite el espectador y pisa la colilla de su cigarro para atravesar de nuevo las cortinas de terciopelo que conducen a la sala.

Aún en penumbras conoce de memoria cada uno de los escalones que debe subir, sabe maquinalmente cómo llegar hasta su fila y en cuáles puntos debe tener cuidado con los pies ajenos. La película ya había comenzado cuando él nació, también en el baño de damas. En ese entonces su madre y él se sentaban atrás, pero la población del cine cambia y cambia con ella su geografía.

Así, gracias a su antigüedad, fueron avanzando y junto con ellos los más ancianos del cine. Por eso a nadie le extraña cuando muere alguien en las filas de adelante y a nadie le extraña tampoco que el espectador le cierre los ojos a su madre para que después dos hombres de limpieza la retiren por las puertas de emergencia.

«Lo siento mucho», le susurra la señora de la izquierda que se ha vuelto casi como de la familia. El espectador agradece con un movimiento de cabeza. Intenta concentrarse de nuevo en la película, retomar el hilo, pero de reojo la butaca vacía de su madre parece haberse agrandado.

Escucha sollozos a su alrededor y no se siente conmovido por lo que sucede en la película. De pronto los gestos, las frases, los movimientos de los personajes, le parecen falsos, orquestados. Nunca le había sucedido algo así, no sabe cómo explicárselo, piensa que quizá se deba al cansancio, así que resuelve dormir un poco.

Una carcajada general lo despierta. Ha perdido mucho de la historia y no entiende qué es lo gracioso. Sonríe solamente por estar a tono, pero tiene la boca seca y el viejo dolor en el cuello le ha vuelto. Se pone de pie, sale de nuevo.

Ya en el lobby un sándwich y un refresco lo hacen sentir mejor. El espectador, con la boca llena, supone que la mujer acostada en uno de los sillones con un bebé en el pecho, es la misma que hace unas horas estaba de parto. Cada vez son más en el cine; hay niños correteando por todas partes, apenas si pueden ser controlados por sus madres, muchas de ellas otra vez embarazadas. Tal vez llegue el día en que no quepan, piensa, o en que sean tantos los niños que sus gritos y chillidos simplemente imposibiliten ver la película.

Afuera cae una lenta llovizna sobre el vacío que rodea al cine. Las nubes están bajas, no hay horizonte. El espectador suspira, arroja la envoltura del sándwich en un cenicero y regresa a la oscuridad.

«Ya se perdió de mucho», susurra la buena señora de la izquierda. El espectador escucha atento un resumen de lo que ha pasado y otra vez hace un esfuerzo por retomar la trama. Cubriéndose el ojo derecho con la mano, recargando el codo sobre el brazo de la butaca, puede ignorar el lugar de su madre. Así, poco a poco, las cosas parecen regresar a la normalidad.

Entonces una luz lo ciega. «¿Está ocupado ese asiento?», pregunta la acomodadora sin dejar de apuntar su linterna hacia la cara del espectador que, aturdido, no sabe qué responder. Por fin es la mujer de la izquierda quien dice que no. «Entonces córranse por favor». Media fila se levanta provocando la protesta de los que están atrás.

Sentado en la butaca de su madre el espectador lucha por que sus vértebras, su espalda, se ajusten a la forma que ella dejó. Pero lo asalta la imagen de su propio rostro muerto, mirando a la pantalla sin parpadear.

«Como se le parece usted», le dice el anciano que está a su derecha, «a su madre me refiero, si es como si la estuviera viendo a la pobre». El espectador se levanta bruscamente, avanza atropellando pies.

«No puedo concentrarme en la película, mi madre murió ayer y ahora yo tengo que sentarme en su lugar, ¿me entiende?, en su lugar», protesta. La acomodadora lo mira con indiferencia. «Es una súplica señorita, ya llevo un día sin poder ver la película». La acomodadora arquea las cejas «¡¿Un día?! Me apena mucho, señor, pero no se puede hacer nada hasta que se desocupe otro lugar».

El espectador saca un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente. Pasea por el lobby sin saber qué hacer, tal vez esté enfermo porque siente escalofríos. Acaba por tumbarse en uno de los sillones y se pasa las manos sobre la cara. A su lado la mujer del bebé intenta arrullar al niño que se estremece por el llanto. «Nació anoche», dice al percatarse de la mirada del espectador, «ahora no puedo entrar hasta que se desocupe un asiento». El espectador no responde. Se levanta, se acerca a la puerta. Ha dejado de llover sobre el vacío, las nubes se han levantado y ya todo es oscuridad. Empuja ligeramente la puerta de salida, ya antes había tenido la fantasía de salir, de dejar el cine. El aire frío, húmedo, le revuelve el cabello. ¿Y si se fuera?, ¿y si simplemente se perdiera en la oscuridad?, ¿y si olvidara la película?

Como derrotado el espectador deja que se cierre la puerta. Suspira.

«No se desmoralice, amigo», le dice el de la tienda y le extiende un refresco por cuenta de la casa. Así, con su refresco en la mano, el espectador atraviesa de nuevo las cortinas de terciopelo.

«¿Qué ha pasado?», le susurra a la señora de la izquierda. «Luego te cuento», dice ella con los ojos fijos al frente. No es para menos, la escena es crucial. El espectador queda estático, una tragedia tremenda está a punto de suceder. Sobre su rostro, sobre la multitud de rostros que lo rodean, brincan y danzan las luces de la escena. Ahora todos gritan.

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*Paola Jauffred Gorostiza es escritora mexicana. Estudió Letras Inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y realizó un diplomado en la Escuela de escritores de la Sociedad General de Escritores Mexicanos (SOGEM). Fue miembro del Taller Literario impartido por el Maestro Rafael Ramírez Heredia. En 2007 ganó el Premio Internacional Benemérito de América, otorgado por la Universidad Autónoma «Benito Juárez» de Oaxaca. Ha publicado dos libros de cuentos: «Para escapar de Faustina» y «Los que no pueden despertar». Además ha participado con sus textos en diversas antologías de cuento.

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