
Por Esteban Blandón*
«No sólo el instinto sexual, sino todos los instintos
han pasado y pasan por fases de su evolución
totalmente normales biológicamente,
pero que si persistiesen y no se superasen
por la ética, nos mantendrían atados
con cadenas de infinita pesadumbre a las cavernas
de la animalidad».
(G. Marañón)
La pena se la dejo al diablo que esconde su cola. Tampoco vayan a creer que nací con la vergüenza de ser mujer. Lo más seguro es que si fuera lesbiana, al agacharme se me verían los testículos como a la exalcaldesa. Pero no soy ese bicho raro con falda que semejan algunas mujeres, ni mucho menos una cabra sentimental que come flores.
Si este monólogo lo hubiera imaginado un hombre, habría empezado por decir:
—Si yo tuviera vagina, sería bien puta.
O, al contrario, no hubiera hecho otra cosa que hablar de carros, culos (viejas) y fútbol.
Pero claro, como se trata de un hombre, no pasa nada.
En cambio, si yo pienso en que tengo un pene, podría, aun en la imaginación, tocarme como si en verdad lo tuviera. Aun con todo el furor quemándome la entrepierna, debo guardar la compostura. Pero no se trata de una cuestión de machismo, no. Se trata de una cuestión social, cultural. Quizás por eso me resulte tan seductor ese juego de intercambio de sexo. Pero no va a ser él (el pene) quien piense por mí, soy yo la que va a pensar por él.
Cuando digo: Si yo tuviera pene, no estoy queriendo expresar con esto que quisiera ser un hombre; tampoco un hermafrodita, pero suponiendo que así fuera, y que además de pene tuviera mis tetas tal como las tiene mi madre, es decir, que en teoría todo mi cuerpo respondiera a los sentimientos y emociones de una mujer real y completa pero que además de eso tuviera su pedazo de carne sobresaliente y colgante, créanme, queridos lectores, que al igual que la dama del ingenio y la sabiduría Mae West, que no tenía pene y al parecer nunca lo necesitó, si me pusieran a elegir entre dos males, escogería siempre aquel que no he probado antes.
Ahora estoy por creer que el mal de los hombres no reside en ser hombres como tal, sino en aquello que llevan apretadito y esponjoso entre las piernas y que conocemos como pene y que, a más de uno, por no saber controlar sus estimulaciones, les ha convertido su vida en un verdadero desastre. Ahí sí como dijo la guerrillera del bolero Paquita la del Barrio: Más de uno es hombre porque la partera lo dijo.
Ya que quien me precedió en esta faena no se dignó hacerlo, yo me voy a encargar de contarles acerca del origen de la palabra pene y su función.
Pene: esta es una palabra con una larga historia, ya que, aunque evoluciona a partir del latín Penis, tiene su origen en el indoeuropeo pes. Penis no solo hace referencia al miembro viril masculino, sino también a los rabos y las colas, por lo que también dio lugar a la palabra pincel.
Anatomía: órgano eréctil que presenta el macho de los vertebrados, homólogo del clítoris femenino, en el que desembocan los conductos del tracto genitourinario. En algunos animales se retrae en la ingle, y solo se extiende durante la excreción y la cópula; en el ser humano no es retráctil. Está compuesto en su mayor parte por tejidos esponjosos llamados cuerpos cavernosos, que al saturarse de sangre producen la erección.
Testículo: glándula con forma de huevo que se encuentra dentro del escroto. Producen los espermatozoides y la hormona masculina llamada testosterona.
Algunos las tienen de adorno; otros las tienen muy bien puestas. Claro que esto de tenerlas bien puestas no solo ocurre con los hombres. Nosotras también las tenemos bien puestas; lo que sea que nos cuelgue… pero bolas al fin.
Clítoris: la palabra clítoris viene del griego kleitoris, y significa llave y es el órgano sexual femenino por excelencia. Es el único órgano cuya función es proporcionar placer. Se trata de una estructura encapuchada, formada por tejido eréctil, que actúa como una gran esponja que se llena de sangre con la excitación. En esta situación, responde como el pene y aumenta de tamaño.
Analizando detenidamente la forma del clítoris que los cirujanos construyen donde antes había un glande, se da uno cuenta que en ese pequeño detalle está la clave de la evolución. Detalle que algunos naturalistas han ignorado, digamos que no tanto por machismo como por ignorancia.
A una mujer no se le conoce sino auscultándola. En ese sentido, en lo único que estoy de acuerdo con el simiesco Darwin es con aquello de que las mujeres son hombres imperfectos. Atributos como la valía moral, nuestra inteligencia y hasta nuestra belleza física, son objeto de cambios una vez hemos empezado a cumplir con nuestra misión de dadoras de vida.
Una madre es un milagro de amor. Videntes dolorosas de la vida como les llamó el panfletario, aquel misógino recalcitrante para quien solo existía un Dios: su madre.
Yo no he podido nunca dudar de Dios, porque he visto su reflejo en los ojos de mi madre, nos dice siendo apenas un adolescente. Más adelante escribirá: Fue viendo llorar a mi madre, que yo negué a Dios; Dios se ahogó en esos dos lagos de dolores que fueron los ojos de mi madre.

No es una casualidad que este capítulo lo escriba precisamente en el mes de mayo.
¡La naturaleza creadora se impone!
¡Cómo pareciera que me niego a deshacerme de mi vagina! ¡Ese moño que tiene poder! ¿Acaso estaré celosa de aquellos hombres que hoy, como si se tratara de una moda, se someten a un cambio de sexo y exhiben su nueva forma genital como trofeo? Pues fíjense que no. La mayoría de ellos, en apariencia, siguen siendo hombres. Nada de traumas. La vida es corta. Libre. Como libre me siento para hacer con mi nueva vida (imaginaria) lo que se me venga en gana.
¿Que si tuviera pene con vagina sería lesbiana?
Bueno, este no es el caso; yo solo quiero creer que tengo un pene, no que soy un hombre. Lo que sí es seguro es que comería cuquita con el mismo placer con el que me comería un culo. ¡Porque harta verga si les quiero volear! ¡Los machos que me voy a comer, Dios mío!
A propósito de esto, permítanme que les cuente una anécdota y no precisamente de empoderamiento si no de abuso de poder.
Resulta que, por medio de una amiga, se me contactó para buscar un chico que realizara servicios masculinos de escort. ¡No se imaginan en qué consistía el trabajo para lo cual había sido contratado!
Se trataba de complacer el capricho de un hombre adinerado que tenía la costumbre de seducir sexualmente a sus empleados masculinos. Al parecer, el empresario en cuestión era un sujeto en extremo desagradable y el hombre (el empleado) al cual debía seducir el escort no había querido acceder a las pretensiones del empresario, por lo que decidió contratar los servicios de un chico joven y guapo con el que el aspirante al cargo pudiera interactuar sin inconvenientes. Una de las cosas que más disfrutaba, cuando seducía a los empleados, era hacer que se pusieran en cuatro y sodomizarlos. Para él no había acto más excitante que este de la humillación sexual. El aspirante al cargo era un hombre de cuarentaicinco años, casado y con hijos. El escort debía, además de penetrar al aspirante, hacerlo de tal forma que quedara registrado en una de las cámaras secretas dispuestas en la habitación.
A diferencia de una como mujer, que está diseñada para ser penetrada, un hombre, al que se le somete en contra de su voluntad y deseos, puesto que éstas no son sus verdaderas inclinaciones, puede resultar, además de humillante, traumático.
Para nadie es un secreto que muchos hombres que han sido violentados sexualmente por otros hombres en su infancia, los ha perseguido el fantasma de la homosexualidad hasta el punto de desbaratarles la vida. ¿Cómo podría un hombre que se ha sometido a semejante experiencia por un contrato laboral llevar una vida normal cuando experiencias de este tipo pueden resultar traumáticas por el resto de su vida?
Pero suponiendo que dicha experiencia deje menos secuelas en un hombre que en una mujer, la pureza de ese hombre se vería seriamente comprometida.
El cinismo, la fortaleza, la adaptabilidad del hombre ha sido puesta a prueba en este singular caso de abuso de poder. Y es que como dicen ellos mismos:
—Esto de dejarse dar por el culo, es pa’ machos.
Machos que han comprendido que una cosa es la evolución del hombre y otra cosa es su evolución sexual. ¿Quién puede sustraerse a la curiosidad de experimentar el placer que entra por el culo?
Pero créanlo lectores, que esto de querer tener pene no es nada fácil. Más fácil resulta quitárselo que ponérselo. Y no lo digo solo por cuestiones quirúrgico–estéticas. Lo digo porque física y emocionalmente, dicho cambio es menos frustrante.
Les cuento que yo también hice trabajo de campo y créanme que la mayoría de hombres que experimentan ese deseo de cambiarse de sexo lo hacen a una edad relativamente temprana como el que se llena su cuerpo de tatuajes aparentemente insignificantes o se hace una expansión en la oreja y de la cual con el paso de los años se arrepienten.
Hoy en día, parece más un capricho infantil que un verdadero trastorno de la personalidad. Y todo porque ser modelo web está de moda. Así que, si escuchan hablar por ahí de coños masculinos, créanme que no es una utopía. ¡Cómo se divierten mientras juegan a ser un hombre–vagina frente a la cámara del ordenador! ¡Qué lindos se ven ahora con su barbita, su pelvis y sus pantorrillas todas peluditas! Qué contraste entre ese bulto de carne que a todos les cuelga y esa pequeña y sutil protuberancia con una línea en el centro que semeja un incipiente glande.
Estos chicos de ahora son la prueba fehaciente del fin del patriarcado dándole vida a la vaginocracia. Con la mayoría de edad, además de obtener una licencia para poder cambiarse de sexo, quizás, en lo sucesivo, ese trámite que los habilita como ciudadanos, sirva también para cambiarse de nombre y hasta de apellido como si se tratara de un humanoide que recién está colonizando nuestro planeta. Sexualmente no somos lo que vemos sino lo que pensamos. En ese sentido, estoy de acuerdo con Henry Miller cuando dice: El cuerpo sigue a la mente. La cosa más sencilla para el cuerpo no siempre es fácil para la mente. Y cuando se vuelve especialmente difícil y embarazoso es en el momento en que los dos empiezan a seguir direcciones opuestas. Si lo consultáramos con un especialista en temas de la psique, nos dirá que un chico de estos que se cambia de sexo tarde o temprano experimentarán episodios de estrés asociados a sus decisiones, olvidando que esas mismas decisiones son producto de un cambio mental en donde el cuerpo, que es el que sufre la trasformación más visible, es el que menos injerencia tiene dentro del reacondicionamiento mental. ¡Reacondicionamiento mental! ¡Qué disparatado y utópico suena! Pero esa es una gran realidad. Tal vez no encontremos las palabras con las que podamos expresar tales decisiones, o creamos simplemente que dichas decisiones son producto de un estado mental débil, sin carácter, contradictorio, enfermo y suicida. ¿En qué ha dejado de creer nuestra juventud? O más bien, ¿en qué empiezan a creer? ¿Acaso sea esta una lección de lo por venir, del futuro de la mente, de la enorme capacidad de adaptabilidad del pensamiento? ¿Qué difícil resulta navegar por los océanos de la metafísica sin hallar un puerto seguro en donde anclar nuestra realidad? No es una casualidad que el desarrollo de la filosofía alcanzara su apogeo con los pensadores griegos en el llamado periodo metafísico. Sin ir muy lejos, quizás podamos decir con Platón aquello de aprender es recordar. Tal el caso de su andrógino. Así nos dirá en su Fedro:
El alma no puede volver a la estancia de donde ha partido, sino después de un destierro de diez mil años; porque no recobra sus alas antes, a menos que haya cultivado la filosofía con un corazón sincero o amado a los jóvenes con un amor filosófico… En efecto, el hombre debe comprender lo general; es decir, elevarse de la multiplicidad de las sensaciones a la unidad racional.

Y así queda saldada nuestra deuda con la ética, dándole vida a un pasado universal que se nos revela a través de la mente y que el pensador griego llamó el mundo de las ideas. ¿Cuál es tu idea de la vida? Quizás tus caprichos sean más importantes que complacer los deseos de un padre autoritario, machista, egolátrico y perverso. Aquella vieja frase de si tengo un hijo marica lo mato tiene más de ancho que de largo. ¿Por qué lidiar con los traumas de un hombre castrado mentalmente que se ha ganado el favor de una hembra para ocultar un pasado que lo avergüenza y que seguramente se niega a aceptar? La historia del sicario que asesinaba homosexuales no puede ser más diciente: Con cada marica que quiebro, siento que mato el homosexual que llevo dentro. El mundo está lleno de feminicidas que en su loco afán de asesinar la mujer que llevan dentro frustran los sueños de hombres que solo buscan la paz de su alma en la reasignación de su sexo. El placer sexual es tan solo uno en esa extensa lista de posibilidades que nos ofrece la naturaleza mientras encontramos la tan anhelada felicidad. La vida es un ratico; la felicidad lo es mucho más. Cuando somos felices somos siempre buenos. El estado mental perfecto, es la plena conciencia de nuestros actos y decisiones. Aprender a convivir con nuestras malas decisiones es tan solo un desafío al que se enfrenta nuestra mente, cada vez más preparada para los cambios. Cómo nos cuesta creer que ese cambio se dé de manera individual, autónoma, sin el consentimiento de otros menos preparados para la vida y sujetos a viejos preceptos morales que ni el mismo Dios que nos asiste termina por comprender. No hay más realidad que los seres individuales que la experiencia nos muestra como existentes, ha dicho el metafísico Aristóteles. Si la barca en la que navego por ese océano de metafísica no es mi lógica, quede yo sumergida para siempre con mi belleza submarina, surcando los mares con mi cuerpo anfibio mientras mi dulce e inaudible voz entona sus cantos de sirena.
Siempre que un hombre permanezca callado, estático cual una creación de Miguel Ángel, no digo que puede alcanzar la perfección, sino que esa representación estatuaria es la perfección misma. Sus formas y desarrollo muscular tienen la apariencia de un verdadero dios del Olimpo. En la antigüedad, como mujeres, difícilmente podríamos rivalizar en belleza con un efebo o un gladiador romano.
A lo largo de la historia de la literatura, muchas mujeres se han disfrazado de hombre, y no solo de la literatura sino incluso en la iglesia y algunas casas reales, no tanto para estar cerca de otras mujeres como para sentir en carne propia la farsa que constituyen muchos hombres. La engañaré, pero ¿un engaño agradable no vale más que una verdad aflictiva? Nos dice Gautier en su famosa obra Mademoiselle de Maupin. En ella, nos narra la vida de la señorita de Maupin quien, antes de sucumbir a los avances de los hombres, desea en realidad travestirse con la finalidad de explorar y descubrir sus propios secretos. Bajo el nombre de Theodore, este personaje recorre el mundo en busca de aventuras galantes.
Pero ¿por qué hago todas estas descripciones?
Debe ser porque siendo ya todo un hombre, habría querido conservar la belleza efébica que algunos alcanzan en su adolescencia. Esa edad de descubrimientos y dudas.
Por momentos pareciera hacerme creer que con pene y todo, esto de ser mujer es lo mejor que me ha podido pasar. Si invoco a algunas grandes representantes del llamado bello sexo, es porque sin duda ellas me hacen estar orgullosa de serlo, como lo están quienes se inventan todos esos retruécanos para sentirse valoradas. Anota Virginia Woolf, a propósito del cambio de sexo de su personaje Orlando en la novela del mismo nombre: ¡Quién pudiera escribir!: “Los trajes no son otra cosa que símbolos de algo escondido muy adentro; el amor es quitarse las enaguas”.
¡Dios, diosas, dioses! ¡Ellos, ellas, elles! ¡Todos, todas, todes! Esa tan discutida e no es más que un pronombre genérico. Todas las lenguas tienden a economizar, esto es, a resultar útiles, rápidas, eficaces, ya que son, ante todo, un instrumento para comunicarse con la mayor precisión posible y también, con la mayor eufonía.
Lo cierto es que la mujer, la verdadera mujer, esa que se siente Madre y Dios sobre todas las cosas, esa, sí ha sido berraca, lo ha sido sola, sin empoderamiento y sin feminismo. Es más, hasta esas mismas mujeres les tienen fobia a las lesbianas. Como la que les tiene nuestro panfletario mayor, quien así las describió a través de uno de sus personajes:
Cósima Doria, a quien yo llamo familiarmente Dorina, es más que una mujer inteligente, es una mujer intelectual. La mujer de tintero, el producto ridículo y fatal del estado mórbido actual de nuestra civilización; por todas partes pulula ese producto cruel de nuestra degeneración; ese anfibio amorfo y repugnante, que no se sabe si disgusta más por lo nulo o por lo pedante; la mujer de letras, la desertora de la familia, la que disuelve el hogar en nombre de la libertad, la enemiga de la maternidad, el marimacho ambiguo, que prefiere ahogarse en tinta, a verse encinta.
Otto Weininger, ese otro gran teórico de la sexualidad nos dice en su obra Sexo y carácter:
Las verdaderas mujeres no han tenido intervención alguna en la emancipación de la mujer… solo el hombre que en ellas se alberga es el que quiere emanciparse.

¿Empoderadas? ¿Me gustaría que me explicaran en qué consiste ese empoderamiento? ¿En haber clausurado la cuca para que nadie las penetre? Empoderado el obrero que no se cambia por nadie encima de una Yamaha 110; empoderado el bebé que llora como una Magdalena hambrienta todo el día sin que se le pueda reprender por nada del mundo; empoderado el sicario, la prostituta, la amante, el déspota político, el pastor cristiano que reconviene a sus súbditos en nombre de su palabra todopoderosa y dominatriz.
Orgullosa de mi vagina diré, como decía la Doña, que soy una mujer con corazón de hombre; aunque no dejo de creer, como Madonna, que en mi vida pasada debí haber sido un hombre… gay.
A pesar de eso, no voy a ser como aquel carpintero cuya única herramienta era un martillo y que a todas las cosas las trataba como clavos. Como los monos, fuimos también amaestradas; aceptamos bailar al compás de cualquier música.
En mi neurosis, bien podría sentirme un Napoleón tras abandonar su traje de dragoneante, un Salomón invocando la sabiduría de Jehová, un Rasputín después de una orgía en un convento ruso, o un Dolmancé eyaculando reformas tras el advenimiento de la república francesa.
Lo último que deseo es impresionar a mis amantes.
Seducirlas por la palabra es un acto más que encantador. No hay chicas malas que se vuelven buenas; solo hay chicas malas que son descubiertas, dijo la Mae. ¿Acaso seré yo una de esas chicas?
Cómo amo la inspiración de aquellas que, poseyendo todo el ingenio de los hombres, sacrificaron el amor a los hombres por el amor al arte. Arte que, en manos de Mae West, conservó todo el encanto de la sátira ilustrada.
Las chicas buenas van al cielo; las malas, a todas partes.
Cuando soy buena, soy muy buena; cuando soy mala, soy mejor…

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El presente texto hace parte del libro «Monólgos del pene», de Esteban Blandón, publicado en 2025 por el mismo autor (Esteban Editores Cultura Virtual S.A.). Instagram: @escritorcolombia
Los monólogos del pene, cuya idea original se gestó en el año 2019, son la reunión de cuatro relatos sobre literatura erótica. A caballo entre el humor negro y la confesión, el ensayo y la sátira ilustrada, el autor hace un recorrido por las diferentes manifestaciones y formas del placer sexual, en donde el pene es el protagonista.
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*Esteban Blandón. Escritor y periodista colombiano. Nació en Medellín, pero reside en Cali desde los diez años. Realizó estudios de comunicación social con énfasis en locución para radio y televisión. Se ha desempeñado como gestor cultural independiente por más de veinte años, lector de poesía y obras magistrales en voz alta; director de talleres de literatura para niños, jóvenes y adultos. Asimismo, ha dictado talleres sobre el manejo de la voz y cómo hablar en público. Apasionado lector de biografías y ensayos, ha cultivado la poesía filosófica con la misma pasión con la que cultiva la crítica psicológica. Los ensayistas franceses son sus maestros. Actualmente es el editor y promotor de sus propias obras, de las que cabe mencionar Las memorias del stripper (trilogía); Cuentos filosóficos para niños marcianos; y su última novela La maldición de Fausto (inédita). De su ingente labor como investigador, han quedado dos ensayos: Pensamientos de Vargas Vila. Biografía intelectual de un proscripto (aforismos). Y el ensayo Dialogando con Dostoievski, que sirve de prólogo a la obra El hombre del subterráneo del mencionado autor ruso, de próxima aparición.
