UN ELOGIO MERECIDO PARA LA FELICIDAD HECHA HOMBRE

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un elogio merecido

Por Salvatore Laudicina*

Sólo existe una palabra posible para nombrar en Buenaventura a Jary Alberto Aragón González: felicidad.

Buscar otra palabra en el Diccionario de la Lengua Española o en los aposentos sabios de la vida es, literalmente, sumergirse en una labor titánica e innecesaria.

Pero la felicidad, simbolizada en el Primo hermano, como se le llama cariñosamente al músico tradicional, maestro de danza y poeta, dista mucho de ese ideal que habita en la memoria de quienes persiguen una existencia ajena al sufrimiento y el dolor.

De hecho, esa felicidad depende de las carencias y las ambiciones humanas para encontrarle sentido a su permanencia en este plano. Es así como cada mañana, encuentra una nueva razón para seguir en el mundo de los vivos y enseñarles a los hombres que el dinero es un papel y el poder, una enfermedad incurable del ego.

Cuando era niño, escuché decirle a un narrador oral que la felicidad encarnaba cada siglo en un hombre o una mujer afrodescendiente del Pacífico colombiano, porque esta región era un reino de gente resiliente. Gente capaz de atravesar la senda del destino con una sonrisa en los ojos y una caricia medicinal en los labios.

Según aquel hombre, la felicidad ama al Pacífico y por eso siempre regresa a personificarse para mitigar los infortunios e injusticias que han pernoctado aquí durante décadas.

Sin temor a herir susceptibilidades (soy consciente de mi osadía al escribir estas palabras que tal vez minimicen e, incluso, hagan a un lado a tantos hombres y mujeres que podrían ser los embajadores de esa felicidad en el territorio), me atrevo a decir que Jary Alberto es ese cuerpo elegido para sembrar esperanzas fértiles con las semillas de una risa honesta, una frase emblemática, una mirada única del mundo y un optimismo que brota de las entrañas para exiliar a la desazón que se pasea como turista por los corazones de muchos paisanos.

Cómo ponerlo en duda, cuando desde el preciso momento en que abre sus ojos, después de agradecerle a Dios y emperifollarse para construir país (desde una región que ha sido azotada durante décadas por el olvido del Estado colombiano) en la Fundación cultural Palenque El Primo Hermano, epicentro de educación, cultura e historia para los niños y las nuevas generaciones de Buenaventura, reafirma su propósito en esta tierra: alivianar las cargas de amigos, conocidos, desconocidos y curiosos.

Desde que sale de su casa, entabla un diálogo insonoro con el mar, y recita con mucha gracia los versos de su poema Se burlaron de mis zapatos: 

Muchos se burlan de mis zapatos,
mientras yo aprendí a burlarme del sistema,
ese sistema materialista basado en el consumismo
que te impone marcas, patrones y estilos
para hacer que tú te veas como
ellos quieren que tú te veas.

Muchos se burlan porque mis zapatos no son de marca,
y que por eso son de poco valor,
pues a ellos y a todos les cuento que estos tienen
el valor, la sapiencia, la cultura, la tradición,
el saber ancestral y el relevo generacional
de nuestras mujeres emprendedoras, luchadoras,
dedicadas, amorosas, que trabajan desde la creatividad
para sacar a su familia adelante.

En el camino, cuenta chistes, hace reír con sus dichos, baila con las frustraciones y cocina los afanes y los desasosiegos en el sartén preciado de sus reflexiones para alimentar a las aves que se posan en los techos de zinc.

Admira la belleza infinita del cielo azul y los manglares para recitar la frase que lo ha convertido en un personaje insignia de la cultura bonaverense: «Esto sí es bonito».

Mientras, camina las calles de su barrio, habla con el Creador y evoca las enseñanzas de su difunta madre. En ellos, encuentra la sapiencia necesaria para resistir y ser esa luz que alumbra el camino de los que ven, pero están ciegos en sus preocupaciones; de los que oyen, pero están sordos por causa de los rencores; los que aman, pero han perdido la capacidad de sentir para sobrevivir a la violencia absurda que devora ferozmente a esta ciudad.

Llora silente porque se entera de que alguien ha muerto, por causa de las balas perdidas en un ajuste de cuentas entre bandas delincuenciales, y piensa en la mirada del pequeño Malcolm Alí, su hijo, para recordar que, aunque todo parezca aciago, los ojos de un niño siempre serán el hogar predilecto de la fe.

«Allá va el Primo Hermano», «Vení y hacenos reír», gritan las platoneras al unísono todas las mañanas.

Aunque vaya de afán, siempre cruza la calle para saludarlas con un beso en la mejilla y convertir las palabras y las risas de aquellas guerreras en la recompensa de un hombre que se despierta antes de que el sol se asome para ganarse el pan con el sudor de la frente y los ojos henchidos de resiliencia.

De paso, abraza con calidez a la muerte para agradecerle por aquella vez en que lo mandó a la Clínica Santa Sofía, hace un par de años, por causa de una hipertensión severa. Eso lo ha hecho más humilde, más sabio y más consciente de que, tarde o temprano, partirá de este mundo y debe darse prisa con la misión que le fue encomendada.

Risueño, declama con fuerza un fragmento de su poema El 10 de abril volví a nacer:

Por milésimas de segundo,
y dejando todo atrás,
el domingo partí de este mundo,
casi, casi con el sello de no volverás.

Mi linda mujer gritaba: ¡Jary se desmayó!
Yo, que en el suelo estaba, decía no, no, no,
Pero la verdad no recuerdo en este instante qué pasó,
sólo recuerdo el grito que mi mujer ese día dio,
y fue tanto el estruendo, que de allá me regresó.

Mi vecina enfermera, vino a hacer su evaluación,
«¿Usted por qué está frío, si tiene alta la presión?»
Rápido llamó un taxi y se puso en diligencia,
allí mismo me llevaron, a la clínica por urgencias.

Entre versos y memorias, las huellas de esos zapatos que no son de marca, tatúan el cemento.

Cuenta los minutos que faltan para llegar a su escondite favorito. El lugar donde lo espera su sombrero típico, creado con hojas de palmas de coco, símbolo de su amor incondicional por la tierra que lo vio nacer y en la cual espera morir cuando el Padre Celestial lo estime conveniente y necesario.

Ya no le teme a la muerte, porque sabe que sólo muere el que no ama, el que no construye, el que no siembra y el que no sueña despierto.

Caminando a paso lento, se imagina en unos años con el cabello más blanco que la nieve, poblado de arrugas, habitando una ciudad en paz y montado en una canoa con sus nietos para narrarles los mitos y las leyendas del Pacífico colombiano.

Vuelve a encontrarse en la misma esquina, con una mujer entrada en años que le recuerda a su madre.

Llora tímidamente. La abraza y la besa como si el mundo se acabara en ese instante. Aprovecha para recitarle Huérfano soy y extrañando a mi madre voy, la poesía que le escribió a doña María Ángela Mosquera González, la mujer elegida para traerlo al mundo:

Aquel que tenga a su madre viva,
lo invito a que le dé hartos besos,
a que cuide sus pasos,
y la proteja con muchos abrazos,
a que cada instante, con sus acciones,
llene su existencia de bendiciones,
a disfrutarla, amarla, quererla y adorarla en VIDA,
a que no se canse de decirle que la quiere.

Yo, mientras tanto,
yo, que huérfano soy,
extrañaré su ausencia,
hasta el día de mi muerte,
y mientras ese día llega,
con lágrimas en los ojos
y el corazón herido
gritaré a viva voz:

                        FELIZ DÍA MAMÁAAAAA.

La algarabía de los niños al contemplar su delgada figura a la distancia, es la señal inequívoca de que ha llegado a su destino.

A medida que se acerca, imita los movimientos de un animal fantástico que sólo habita en los manglares y la selva mágica que sobrevive en esta modernidad obsesionada con el ideal de un desarrollo hecho de edificios, capitalismo y destrucción.

Abre la puerta.

Lo primero que hace es buscar con la mirada su sombrero. Está en una mesita ubicada en una esquina del espacio.

Los pequeños corren como liebres para apoderarse de los instrumentos típicos.

En aquel tumulto, Jary Alberto olfatea las fragancias de los nuevos músicos tradicionales que cautivarán oídos y corazones en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.

Se imagina sentado frente al televisor, aplaudiéndolos a la distancia, sintiendo el mismo orgullo que siente cuando Malcolm Alí toca el bombo y lo estremece todo a su paso.

De pronto, el más pequeño del grupo, quien casi nunca habla, asoma su voz:

«Maestro Jary, enséñenos a hacer un sombrero de hojas de palma de coco como el suyo», le dice.

Un silencio fulminante en el espacio.

«Sí, profe. La otra vez, dijo que nos iba a enseñar y se le olvidó», dicen los demás al unísono.

La música tendrá que esperar.

Ahora, hay que resolver el tema de las hojas.

A duras penas, lo que hay alcanza para hacer un sombrero.

«Como no tenemos muchas hojas, cada uno ayudará a hacerlo», les propone su maestro y amigo.

Los pequeños asienten con la cabeza.

Se sientan en el suelo y forman un círculo. Jary Alberto les enseña a doblar las hojas de palma de coco. Hecho esto, uno por uno comienza a imitarlo. Para amenizar el momento, el Primo hermano tatarea la primera estrofa de Velo que bonito, villancico tradicional del departamento de Chocó:

Velo que bonito lo vienen bajando, con ramos de flores lo van adorando.
Velo que bonito lo vienen bajando, con ramos de flores lo van adorando.
Ro, ri, ro, ra, san Antonio ya se va.

Dos minutos después, la conjunción de voces es un deleite.

Mientras cantan, el sombrero rota en el círculo y comienza a tomar forma.

Al ver tanto amor y unión, el egoísmo y la discordia no lograron sentarse para hacer de las suyas y salieron despavoridos.

En medio de aquella labor, la gratitud de Primo hermano a Dios y a sus raíces: «Esto sí es bonito».

Sin duda, lo es.

Es bonito concluir que Jary Alberto Aragón González es una poesía viva para la historia contemporánea de Buenaventura.

Es bonito entender que sólo se necesitan hojas de palmas de coco, un corazón noble, una mirada henchida de fe, la musicalidad del alma y un espíritu de niño para ser feliz.

Y eso tan bonito es la prueba irrebatible de que, en efecto, la felicidad encarna cada siglo en un hombre o una mujer afrodescendiente del Pacífico colombiano.

* * *

Página oficial de la Fundación Cultural Palenque El Primo Hermano:

https://www.facebook.com/profile.php?id=100063812599959

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*Salvatore Laudicina nace en Buenaventura (Valle del Cauca). Es Comunicador Social y Periodista de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Su amor por la literatura nace en la niñez. A la par con los juegos y travesuras, comienza a escribir sus primeros cuentos.

En su adolescencia, fortalece sus lazos con el arte de escribir en los ejercicios de redacción y escritura creativa que se realizaban en el salón de clases.

En sus días universitarios, participa en el concurso de literatura del departamento de idiomas de la institución, obteniendo premios y menciones en sus distintas ediciones.

Su cuento ‘La cabeza de Aristóteles (Después de leer y releer La mancha indeleble de Juan Bosch)’ forma parte de la Antología 2014 del taller RELATA del Ministerio de Cultura.

En 2016, publica su libro Las Muchachas Se Fueron. De Migraciones y Sentires: Sobre Poemas Afrocolombianos Que Cuentan Historias Y Construyen Sujeto Femenino, resultado de una investigación centrada en la poesía de Mary Grueso Romero para obtener su título profesional. Cabe destacar que el libro ha sido citado en ensayos universitarios de España y Brasil.

Su nombre forma parte del libro El país en una gota de agua (2016), publicado por la Universidad Javeriana de Bogotá y el Banco de La República.

Participa como miembro del equipo editorial y escritor en la Antología Vení, Te Leo (2021) de la Corporación Manos Visibles.

Ha sido colaborador de publicaciones impresas y digitales de Estados Unidos, Japón, Londres, México y Panamá.

Actualmente es coordinador editorial de la revista Eventos Magazine de Miami.

Redes sociales:

Facebook: Salvatore Laudicina

Twitter: @slaudicina

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