
Por Julián Silva Puentes*
Para cuando Cronopio publique este escrito no será 7 de julio de 2025. No será esa fecha porque este día pasará en unas cuantas horas y permanecer detenido en un mismo momento es imposible. Permanecer en un momento del tiempo, un buen tiempo, es imposible. Mi pasado es tan rico que podría quedarme detenido en muchos momentos maravillosos. Momentos maravillosos a los que quisiera regresar.
Regresar en el tiempo no es posible, pero con el poder de tu imaginación puedes llegar incluso a recordar lo que sentiste en determinado momento. En diciembre 2 de 1993, Pablo Escobar fue ultimado a tiros en Medellín. Pablo Escobar es mundialmente conocido como lo es la Coca Cola. Pablo, a diferencia de la Coca Cola, no da a pensar en almuerzos familiares ni en fiestas de cumpleaños cuando eras niño. Trae muchos recuerdos como la Coca Cola, sí, pero todos son de miedo, destrucción y muerte.
Al principio de la década de los 90 los atentados con explosivos eran comunes en Colombia. Se les conocía como carrosbomba, porque justo eso hacían con los carros: los estacionaban en un lugar público con una bomba adentro para asesinar a mucha gente.
Cada mes como mínimo había una noticia relacionada con carrosbomba. Mi mamá llamaba de inmediato a casa de mi tía Marta, aquí en Bogotá, para preguntar por mi hermana.
«¿Marta, Catalina bien, están todos bien?», preguntaba mi mamá agarrando el teléfono con ambas manos.
«Ella está bien —respondía mi tía— todos estamos bien».
La respuesta siempre era la misma. Afortunadamente, nadie de mi familia murió en la época de la violencia de Pablo Escobar y sus amigos narcotraficantes. Hubo uno que otro secuestro, pero todo salió bien al final de cuentas. Nadie murió. Nadie de mi familia murió. No puedo decir lo mismo de la mayoría de los colombianos.
El 18 de agosto de 1989, un viernes en la noche, miraba la televisión con mi mamá. Recuerdo que se tapó la cara y empezó a llorar. Luis Carlos Galán, un hombre con bigote que sonreía mucho, fue asesinado en la plaza pública de Soacha mientras daba un discurso.
Luis Carlos Galán jugaba en la casa de mi abuela cuando mi mamá y mis tíos eran niños. Se llamaban «primo», «prima», porque mi bisabuela y su abuela eran hermanas. Ahora, ese hombre que algún día fue niño yacía en una sucia tarima junto a otro hombre, un concejal y el guardaespaldas de Galán. Yo era un niño en ese entonces. Tenía 9 años y miraba la televisión con mi mamá.
Tener 9 años en la década de los 80 en Colombia te da un sentido de violencia bien marcado. Creciste mirando películas de vaqueros y dibujos animados en la televisión. También lo hiciste con la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico en las noticias.
Gracias a que tienes buena memoria puedes recordar la noticia del asesinato del ministro de defensa Rodrigo Lara Bonilla el 30 de abril de 1984. Las imágenes de un carro con las puertas traseras abiertas y manchas de sangre en el asiento, junto con un libro, fueron los protagonistas de tus pesadillas esa noche. Al director del periódico El Espectador Guillermo Cano Isaza, también lo asesinaron a balazos en su carro el 17 de diciembre de 1986. ¿Recuerdas a Jaime Garzón? Era un hombre de gafas tipo «Andrés Caicedo», y dientes salidos. Tenía un noticiero de mofa en donde se burlaba de los políticos de Colombia. Se llamaba «Quack» y era muy divertido. Se disfrazaba del presidente del país de ese tiempo, Andrés Pastrana, para criticar el hecho de haberle cedido el Caguán al grupo guerrillero de las FARC, desde donde organizaban secuestros y tomas a pueblos dejados de la mano de Dios.
Jaime Garzón era tan divertido que se disfrazaba de embolador de zapatos sin dientes para burlarse de políticos que eran a su vez guerrilleros y narcotraficantes. No todos los políticos a quienes entrevistaba disfrazado de embolador de zapatos lo eran. La mayoría de ellos debía serlo, porque terminaron asesinándolo el 13 de agosto de 1999 cuando iba en su carro a grabar sus programas de comedia. La comedia que fue su vida hasta que lo ultimaron a balazos.
En 1989 a mi primo Rasputín lo asesinaron. No murió a balazos como Luis Carlos Galán, porque era tan sólo un niño de 8 años. Desapareció un viernes a medio día y lo encontraron el sábado en la mañana en el río Fonce, en las rejas de la electrificadora.
De toda la violencia de la que he sido parte de manera indirecta en mi vida, la muerte de mi primo es la que más impresión me dio. Estudiábamos en el mismo colegio y a veces iba a jugar a mi casa. Me pregunto qué clase de hombre hubiera sido el día de hoy.
Una de las tantas cosas que hace la muerte violenta, es dejar sin respuesta preguntas importantes como esa. La misma pregunta se puede hacer de Álvaro Gómez Hurtado, candidato presidencial en 1995. No era un niño de 8 años como mi primo Rasputín, pero fue también asesinado. En aquellos días no se necesitaban muchos motivos para asesinar a alguien. Supongo que no se necesita demasiado el día de hoy para que te asesinen.
Recuerdo una entrevista que le hicieron a Gómez Hurtado en la televisión. Le preguntaron sobre su pintura, puesto que era artista. Mi mamá se emocionó y me dijo «¡Mira, le gusta pintar como a ti!».
Álvaro Gómez Hurtado no hacía caricaturas como yo, porque su arte era al óleo. Recuerdo una pintura de caballos con el cielo rojo. Que Álvaro Gómez Hurtado fuera un artista de «closet» aparte de político, no evitó que le dieran muerte una fea mañana de noviembre de 1995 en Bogotá.
Recuerdo las noticias de ese medio día. Había regresado del colegio y almorzaba con mi madre y mi hermana. Unos días antes vimos el reportaje del «Álvaro artista». No decía nada para mí, Álvaro, me refiero a que no se diferenciaba de cualquier otro hombre en traje y corbata que desde Bogotá hablaba de acabar con la violencia en Colombia. En ese momento, en cuanto vimos la noticia y mostraron su carro ensangrentado, sentí como si lo hubiera conocido. En cierto sentido así lo fue: otra vida que resultaba extinta por un motivo que ya nadie recuerda.
En San Gil, durante la década de los 90, no era raro encontrar un muerto en el parque en la madrugada. Le llamaban «la Mano Negra», y se dedicaban a «limpiar» las ciudades de drogadictos y criminales. Los criminales que solía «limpiar» la Mano Negra, no eran los que en verdad robaban (roban) en Colombia. Los criminales que amanecían muertos a balazos eran raponeros de billeteras y fumadores de bazuco. Eran criminales sucios y malhablados. Los otros, los que te roban a ti y a tu familia a diario, esos no eran objeto de limpieza de la Mano Negra. Cuando estás bien vestido y hueles bien, ni la Mano Negra ni la blanca ni la de cualquier color del arcoíris te toca. En Colombia, si quieres ser criminal, debes estar bien vestido y oler bien para que nadie te haga daño.
Cuando se es un ciudadano privado como yo sin ninguna incidencia en la vida política de Colombia, adoptas el papel de «testigo de la catástrofe». Eres un testigo que medio alza la voz con estos escritos, porque le da miedo que lo conviertan en parte de la historia. De la historia de Violentia en Colombia.
El año pasado trabajaba para una entidad del distrito aquí en Bogotá. Por el objeto de mi contrato debía interactuar con los estratos más bajos de la ciudad. La ciudadanía no es muda ni manca aquí en Bogotá. Tiene boca de tiburón y garras de león. Uno de ellos, un «tiburón», me dijo: «lo tengo reseñado». Si lo recuerdo este 7 de julio, es porque me habló con tal serenidad y frialdad que le creí. Muchas fueron las veces cuando los borrachos me amenazaban con matarme de diversas formas. Como estaba con la policía no temía por mi vida. Además, tratándose de borrachos, asumía que al día siguiente me olvidarían. Yo hacía lo mismo.

Con el tipo de «lo tengo reseñado», no me pasó lo mismo. Fue la primera vez en cuatro años que me dio miedo de verdad. La manera en la que me habló, su calma y frialdad y el hecho de que me dijera tres veces lo mismo sin gritar, sin sonreír o fruncir el ceño, hizo que le creyera. No ayudaba a que estuviera en uno de los puntos neurálgicos del Tren de Aragua, aquí en Bogotá. «La persona que haga ese tipo de amenazas —pensé, debe estar dispuesta a matar a padre y madre por el motivo que sea». Yo le di un buen motivo para que quisiera lastimarme. Yo trabajaba con el distrito. Estaba limpio y olía bien.
* * *
Lucir limpio y oler bien no es indicativo de que seas un criminal a salvo de la Mano Negra. No es indicativo de que seas un criminal del todo. Me atrevería a decir que en Colombia existen todo tipo de criminales. Unos huelen mal y les faltan los dientes de adelante. Otros, unos pocos, conducen camionetas negras de alta gama con vidrios polarizados. Digo que son unos pocos debido a que la gente con dinero es, usualmente, muy poca. Lo es aquí en Colombia. Eso no quiere decir que haya pocos criminales en Colombia. Los hay en grandes cantidades.
Antes de que yo viniera al mundo y antes de 1948, Colombia era considerado un remanso de paz en medio de la Sudamérica tribulada. Es algo que cuesta creer, en especial si conoces un poco la historia de mi país. Yo conozco un poco de historias de mi país. Por ejemplo, sé que tuvimos dos intentos de independencia de España hasta que finalmente lo conseguimos en 1819. Sé también que de 1819 a 1886 Colombia vivió (aguantó) 6 guerras civiles nacionales empezando por la Guerra de los Supremos de 1839. En 1899 tuvimos la guerra de los 1000 días que duró más o menos tres años. Se perdieron miles de vidas y además perdimos a Panamá. En realidad no la perdimos. Panamá se independizó con ayuda del presidente de Estados Unidos Teddy Roosevelt. «I took Panamá!», dijo Teddy. Tuvo la razón, tuvo toda la razón hasta el día de hoy.
El siglo XIX fue particularmente sangriento para Colombia. El XX no fue tan sangriento hasta que sí lo fue. Y no sólo sí lo fue, sino que se convirtió en el ejemplo de lo que un país que se odia a sí mismo hace con su propia gente.
El asesinato del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán en 1948 dio inicio a lo que se conoció como «la violencia de Colombia». Se estima que entre 1948 y 1958, 300.000 personas murieron por las trifulcas bipartidistas. Entre 300.000 y 400.000 soldados norteamericanos murieron en la segunda guerra mundial. Colombia no participó en ninguna guerra mundial, pero en diez años masacró a tal número de personas como si lo hubiera hecho. Como si hubiera ido a la segunda guerra mundial.
Ninguna guerra es justificación para el asesinato en masa. Ningún asesinato individual debe ser justificado tampoco. En Colombia se mataba por pertenecer a un partido político y no al otro. Ambos partidos, el liberal y el conservador, cometieron y han cometido los mismos actos de negligencia respecto de la miseria de la gente en este país. Muerte por hambre. Muerte por no tener un pedazo de tierra que pueda llamar propio. Matar porque se es pobre y se tiene hambre es el denominador común en toda guerra civil. Colombia no es pobre en el sentido de la fertilidad de su tierra y aguas. Tenemos tanto de todo que ni siquiera matándonos sistemáticamente pasamos hambre. Tú, pobre diablo que me lees porque seguramente no tienes trabajo pero sí quién te mantenga, y además cuentas con mucho tiempo libre para perder conmigo, no pasas hambre en comparación con el porcentaje enorme de Colombia que sí lo hace. El que sí lo hace, es decir, el que sí pasa hambre, debe sobrevivir entre la criminalidad urbana y la criminalidad del campo.
En la ciudad, a falta de guerrilla y paramilitares que invadan a un pueblo en la noche, tenemos al Tren de Aragua que es tan malvado como la guerrilla y los paramilitares. Como las BACRIM (Bandas Criminales Emergentes), como el atracador de a pie armado con cuchillo y pistola. Como el «empresario» que le pagó a un niño de catorce años para que le disparara al candidato pre presidencial Miguel Uribe el pasado 7 de junio en medio de una multitud de gente como tú y como yo. De gente como tú y como yo que pudo resultar herida por una bala perdida. O lo que es peor: muerta por una bala perdida.
Si esto fuera una red social, le pediría a mis seguidores que escribieran en los comentarios qué tipo de violencia deben sortear en Colombia: ¿rural o urbana? Las respuestas se encontrarían por miles. ¿Cuántos colombianos hay en Colombia? ¿Millones? Estoy seguro de que cada uno de ellos tiene una historia espantosa qué contar. Violencia urbana o rural. Millones de historias de violencia congregadas en un mismo pedazo de tierra. Suena terrible cuando se dice en voz alta. Cuando se escribe en voz alta.
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Este escrito es el primero en años que empiezo y acabo en el mismo día. Lo terminé en cuestión de horas porque tengo cosas qué hacer, porque debo salir a ganar la plata del arriendo y de la comida. Afortunadamente no hago parte de los colombianos que se convierten en criminales porque tienen hambre. Tampoco soy un criminal porque tenga mucho dinero y quiera quitarle el poco dinero que tienen los pobres para someterlos. No soy lo uno ni lo otro. Soy un abogado freelance que debe su falta de hambre al litigio. No soy millonario, pero no paso hambre. No he pasado hambre jamás y eso me hace muy afortunado. Unos pocos miles de colombianos y yo somos muy afortunados.
POSTDATA: olvidé mencionar la bomba plantada por órdenes de Pablo Escobar en un avión de Avianca en 1989: 110 personas murieron. El atentado se planeó para asesinar al candidato presidencial César Gaviria. César Gaviria no viajó en aquel avión. Se convirtió en presidente de Colombia un tiempo después. Al día hoy sigue vivo. Es un expresidente de la república de Colombia.
Una semana antes de la bomba de Avianca, el cartel de Medellín plantó una bomba en el edificio del DAS y 63 personas murieron. 600 resultaron heridas. Sé que este es un POSTDATA demasiado largo, pero me pareció que dejar por fuera de esta «relación de Violentia en Colombia» dos actos de inhumanidad absolutamente cruel, impensable (antes de los hechos) e imperdonable, sería un padecimiento voluntario de la memoria de quien esto escribe.
En Colombia estar vivo es un milagro. Llegar a los 80 años sin intentos de asesinato o de secuestro o, como mínimo, haber sido amenazado de muerte, es un milagro.
Milagro o no milagro, debo terminar aquí. Estoy seguro de que en un par de horas recordaré más casos aterradores para contar, pero no puedo retomar este escrito. Tengo una cita con un cliente para llevarle su divorcio por acuerdo mutuo. Con la mitad de lo que cobre podré pagar el arriendo de agosto, cosa que no hará Cronopio por mí ni por cualquiera de ustedes. Me refiero a pagar mi arriendo del mes de agosto. Está bien. Preocúpense por el arriendo de ustedes que imagino les cuesta bastante en reunir como a mí. Llegar a final de mes puede llegar a ser un reto difícil de salvar. También lo es regresar a casa al final del día sin una historia de terror y muerte qué contar.
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* Julián Silva Puentes es abogado de la UNAB de Bucaramanga (Colombia). Vivió tres años en Australia, donde hizo un diploma «in Bussines». Tiene una novela publicada con la editorial independiente Zenu titulada «Pirotecnia pop», la cual presentó en la FILBO de Bogotá en 2011, 2013, 2017, la FILBO de Lima 2011 y la de Guadalajara 2013. Tiene cuatro cuentos publicados en la revista Número: «El reloj de cuerda» (2006), «Cadencias de un clima sario» (2008), «Feliz viaje señora Georg» (2009) y «El loco Santa» (2010). Fue finalista del Floreal Gorini Argentina con «Las tetas fugaces de Marielita Star» de Argentina (2015), y del Oval Magazine con «Gretchen’s pink pantis», el cual fue publicado en la revista el Malpensante en 2019 con el título «los calzones rosa de Gretchen». El cuento «mi alma por una confesión», fue publicado también por el Malpensante en 2018. La compilación de crónicas de viaje y cuentos titulado «Que me lleve el diablo si me voy de la luna», fue publicado por la editorial Zenu en 2018, cuya presentación en la Feria internacional del libro de Bogotá, se dio en los años 2018 y 2019. Se trata de una serie de artículos de opinión que escribió para la Revista Dossier y la editorial Zenu, cuando estaba en Australia, cuyo tema es la vida de los inmigrantes en AU, los trabajos que hacen para vivir, etc. En ese libro, a manera de bonus track, añadió el par de cuentos «Las tetas» y «Los calzones». La biblioteca digital «El libro total» de Colombia publicó, entre otros escritos, «Los calzones rosa de Gretchen» en formato de audiolibro. En la actualidad trabaja como abogado en Bogotá y prepara una novela que condensa los secretos de la creación del mundo, así como la manera de viajar en el tiempo. Es columnista de la revista Cronopio con «El salto» desde el año 2018.

Excelente , maravilloso, demasiado bueno, felicitaciones Julián.
Mi vida eres un duro, muy talentoso, perseverante, inteligente y juocioso sigue asi, DIOS te BENDIGA infinitamente, abrazos
Estoy buscando material para presentarle a Netflix. El autor habla de libros que ha escrito. Señor Julian, hablemos para ver si le interesaría buscar esta oportunidad
¡Vivimos en un continuum de barbarie! ¡Escritores como tú, artistas como tú crean una detención en la oscuridad y la invaden con su luz!
Esta vez me ganaron, porque soy el primero en dejar comentario. Señor Julián no lo mandaré al demonio. Lo dejaré en donde está ya que va por bien camino. No por el infierno ni el cielo, tan sólo por buen camino.
👍👍👍👍
Buenísimo Julian ! Cada vez me gustan más todos tus escritos! Y los leo todos! Me encantan !
Si tuviera 30 años menos tendría 15 años, pero aún así, si tuviera 30 años menos le propondría a este escritor que terminara de recorrer el mundo. Yo le pagaría el viaje, siempre y cuando me diera las regalías de sus libros. Así no venda nada.