
Por Paola María Vicenzi*
—Despedir a un colaborador de tantos años nos provoca sentimientos encontrados —dijo el presidente de la compañía, de pie tras el atril, y consultó sus papeles—. Martínez fue un ejemplo de rectitud y buen desempeño, de compañerismo y de responsabilidad. Un empleado al que vamos a extrañar, y sin embarg…
Héctor apretó la mano de Amparo y miró a sus hijos, buscando sus sonrisas de orgullo. Pero Tomy estaba pendiente de su celular, y Cata se observaba las uñas.
—Treinta y ocho años nos ha dado este hombre, este hombre que hoy nos deja y comienza a disfrutar de una nueva etapa de su vida. —El presidente hizo una pausa para que el público aplaudiera, y el público no defraudó.
Héctor sintió los ojos húmedos y se resistió, se había prometido no llorar.
La ceremonia se llevaba a cabo en el salón del tercer piso, el de los grandes eventos. Y es que, a renglón seguido, la empresa anunciaría su fusión con un importante laboratorio de especialidades medicinales. Ya no se dedicarían solo a la cosmética. Mayor proyección internacional, crecimiento corporativo, nuevos horizontes. Por eso, en primera fila, el ministro de producción y un par de funcionarios del gobierno porteño. Por eso las cámaras de televisión y el lunch previo.
—…tiempo de volcarse a los placeres de la vida, Martínez, tiempo de disfrutar…
Héctor pensó que por fin se dedicaría a sus pasiones: la música y el dibujo. Amparo le había averiguado que en el Pasaje Dardo Rocha daban buenos talleres, quizá hubiera uno de guitarra o de piano, los instrumentos que tenía ganas de aprender. Con respecto al dibujo, le interesaba la historieta. Y aunque en Internet se ofrecían cursos, no quería entusiasmarse. Le faltaba preguntar por aranceles: la economía familiar iba a resentirse frente a su nuevo estatus de jubilado.
—Lo espera el descanso merecido, una época plena y sin lugar a dudas fructífera, rodeado de sus afectos. Lo cierto es que…
Héctor ocultó su emoción con una tos forzada, y se acomodó los anteojos.
Giró la cabeza y se encontró con la sonrisa falsa de Yañez, el jefe de Recursos Humanos. Ese desgraciado que le hizo perder todos los actos escolares y las reuniones de padres. Haga como quiera, Martínez. Pero si llega tarde, el presentismo se le descuenta. No es por usted, querido. Si por mí fuera, ningún problema. Es para no sentar el precedente, ¿sabe? Políticas de la empresa.
Políticas de la empresa. Yañez y los otros jefes, cuando les convenía, hacían un gesto con la cabeza señalando un supuesto «arriba» y decían, simplemente, políticas de la empresa. Ahí morían los ruegos y los reclamos. Después de todo, ¿con quién enojarse?
En la infancia de Héctor, su papá tenía una fiambrería con tres empleados. Él respondía ante ellos, ponía la cara. Igual que la mamá de Amparo, que había sido dueña de una casa de artículos de limpieza; o don Tito, el verdulero, o Rogelia, la farmacéutica.
En cambio, a Héctor nunca le quedaba claro quién era la empresa, la compañía, quién era «arriba», quién era el que siempre le decía que no. ¿Quién? ¿La sociedad anónima? Anónima, qué chiste. Seguro que no era anónima al momento de repartirse las ganancias.
—Somos una gran familia, claro —continuaba el presidente, desmintiendo los pensamientos de Héctor—. Cada uno, codo a codo con el otro, preocupándose por su bienestar y sus necesidades.
¿Sus necesidades? No, la verdad que no. Sus necesidades habían sido estar con Cata el día que, a sus nueve años, debutó en el campeonato de danza artística, y ver el gol de chilena con el que Tomy se ganó el puesto de titular en el equipo del secundario. Un gol del que aún hoy todos hablaban y que a Héctor se le atravesaba en la garganta. Pero la empresa, la compañía, «arriba», se lo había impedido. No hacía falta ser muy tajante: bastaba con la sutileza de quitar ítems del recibo mensual.
Sintió un retorcijón. Amparo le había dicho que no probara esos bocaditos, que él no estaba acostumbrado al pescado crudo. Que lo parió. Aparte de la descompostura, tendría que aguantarse el «Yo te avisé, sí serás cabezón».
Héctor miró a los muchachos de su sector. A ellos sí los iba a extrañar. Las discusiones de política, las cargadas por el Pincha o por el Lobo, las facturas de los viernes y los asados de fin de año. A ellos sí. Los iba a extrañar como había extrañado a su mujer y a sus hijos durante sus eternas jornadas de diez horas, cinco días a la semana, treinta y ocho años.
Tragó saliva. Las lágrimas seguían acechando.
—…y les pedimos, frente a esta nueva era de desafíos, paciencia y colaboración. Poner el hombro, que es lo que corresponde en toda buena familia.
Un rumor recorrió la sala atenta a los eufemismos. ¿Recorte de sueldos?, ¿despidos? ¿Acaso era cierto lo que se venía comentando acerca de la fusión? Al parecer, para muchos en lugar de pan traería hambre bajo el brazo.
El presidente carraspeó y regresó a Martínez, el tema seguro.
—En fin, no se hable más. Caballero, acérquese a recibir esta placa que la compañía ha preparado en su homenaje.
Amparo lo codeó y, con paso lento, Héctor emprendió su camino al escenario. Le costó subir. La artritis en las rodillas no le daba tregua.
—Tomate un antiinflamatorio, viejo —le había dicho su mujer antes de salir.
—¿Sos loca? Mirá si me da cagadera. Sabés lo mal que me hacen.
—¿Y qué? Por una vez cagalos vos a ellos.
—¡Amparo, fijate que sos…!
—No podés andar así, te voy a sacar turno con el chino de la otra cuadra, que hace acupuntura.
—Primero averiguá cuánto cobra. Y vení, ayudame con el nudo de la corbata que me está costando.
Tenía razón Amparo. Sí, Amparo siempre tenía razón. Debería haberse tomado algo.
El presidente le extendió la mano, le palmeó la espalda y le entregó una plaqueta. Una plaqueta de bronce. Entonces no era joda, no. Cuando la secretaria del jefe de Recursos Humanos le había pedido que eligiera, Héctor creyó que era una broma.
—Dice Yañez que qué prefiere, si el reloj o la placa.
—¿Cómo que qué prefiero?
—No se dan más las dos cosas. Por los costos, ¿vio?
—¿En serio? Si hasta el año pasad…
—Sí, Martínez, ya sé. Y usted también sabe: políticas de la empresa. —Puso los ojos en blanco—. Entre nosotros, le adelanto que el reloj es de plata, todavía quedaron de una partida vieja. La placa no, es de bronce; porque se manda a hacer ahora, y no quieren gastar.
—¿De bronce?
—Sí, qué quiere que le diga… Si me pregunta, yo me quedaría con el reloj, que aunque sea se puede vender o empeñar.
—La placa, mejor la placa —dijo Héctor, convencido de que la secretaria se seguía haciendo la graciosa.
—Como diga, Martínez. —Se encogió de hombros—. Qué rata esta gente, y eso que la juntan en pala… Cuando me toque a mí, la dichosa placa va a ser de cartulina.
En el escenario, Héctor se quedó leyendo su nombre y las dos fechas: la del día en que ingresó y la de su último día.
¿Qué tenía en común él con ese hombre fuerte y lleno de energía, ese que había dado sus mejores años a cambio de un estándar de vida decoroso y una placa de bronce? ¿En qué se parecía aquel joven impetuoso a este hombre a punto de volver a una mujer y a unos hijos que apenas conocía? Porque, en treinta y ocho años, quién no es otro.
El presidente le dio un abrazo flojo y volvió a palmearle la espalda.
—Martínez… —dijo en un cantito.
Héctor iba a acercarse a su oído para decirle que él se llamaba Héctor, porque nunca le gustó que le dijeran por el apellido; pero el presidente le guiñó un ojo, regresó al atril y a sus papeles.
—Además, señoras y señores, ustedes saben, hoy nos convoca un anuncio que marca un antes y un después.
Héctor bajó los escalones con dificultad. Miró una vez más a los muchachos de su sector, a Yáñez, y se reunió con Amparo y sus hijos a un costado del salón.
Mientras volvían a casa en el remís que, en un acto de arrojo, la compañía les había pagado, pensó que ojalá la artritis le permitiera aprender a tocar la guitarra. Y ya no guardó las lágrimas.

LA VENDA DE LA JUSTICIA
Leonardo se sienta en el sillón frente a la ventana con un vaso de whisky. Las cortinas de voile bailan al ritmo del viento en esta nochecita tibia de marzo. Su mujer y su hijo duermen. Julia, del único modo posible: bajo un manto narcótico. Y cómo culparla. Yo haría lo mismo, si pudiera. Y ojalá pudiera, se dice. Pero no. Él tiene que resolver, proveer, solucionar. Para eso soy juez, ¿o no, viejo?, mira el retrato encima del aparador. Aun en la penumbra, reconoce las sonrisas anchas de Ángela y Nicola, a su lado, sosteniendo el diploma. Aun en la penumbra, sí, porque esa foto la ha estudiado de memoria. El orgullo de sus padres y el propio. Lo logré, papá. Lo logré, mamá. Gracias a ustedes, gracias a mí. Gracias. Y para qué.
Bebe un sorbo, hace chocar el hielo contra los bordes del vaso. El bip acompasado proveniente de la habitación de Martín se impone al silencio. La enfermera se retiró hace un rato, antes de la cena. Roxi. Por fin una piba como la gente, cumplidora, responsable, y que lo quiere. Que lo quiere de verdad, se nota. La semana pasada le trajo de regalo un juego de cartas y prometió prepararle una torta casera para su cumple número seis. Si es que llega, piensa Leonardo, y ese pensamiento le abre un cráter de dolor en la mente o en el pecho. ¿Es la cabeza o la emoción? No sabe, no sabe con qué decidir. Vuelve la vista a la foto con sus padres.
Nicola Maturano, un tano laburador, pico y pala, la espalda doblada todo el día para que el hijo pudiera estudiar. Y Ángela, ama de casa, arrimando siempre unos pesos con la costura. Honestos a más no poder. Igual que él. En un micromundo teñido de codicia y corrupción, lo que refuerza el mérito.
Apoya una mano sobre el expediente que descansa en la mesa ratona. Una mano que tiembla, que duda. Qué va a cambiar, ¿de veras va a cambiar algo? Se trata apenas de correr un poco la venda.
—¿Qué hacemos, Leo? —Julia le clavó las uñas en el brazo en cuanto el médico finalizó su explicación. Él instintivamente llevó la vista a las garras de su mujer y después la miró a los ojos.
—No sé.
—¡¿No sé?! Es una oportunidad, una oportunidad, ¿entendés?
Claro que entendía, claro que entendió, claro que entiende. Aunque a veces no alcanza con entender, Julita, no. Hay que animarse a dar el primer paso por la cuerda floja. Debajo está el abismo. Si no cae en él, es probable que la misma cuerda floja termine por ahorcarlo.
—Encima Roxi me dijo que no sabe si va a poder seguir mucho más, en la empresa le pagan dos mangos. —Acababan de subirse al auto en el estacionamiento de la clínica—. Prestame atención cuando te hablo, Leo.
—Te estoy prestando atención, Julia.
—¿Qué hacemos si Roxi se va, eh? ¿Qué hacemos?
—No sé.
—Todo «no sé», todo «no sé». Vos sí que la hacés fácil. —Él la miró—. ¿No le podemos pagar un extra?
—Para qué me preguntás, conocés de sobra la respuesta.
—Ah, muy bien. Entonces no hacemos nada. —Se masajeó el pecho.
—Calmate, Julia, por favor. ¿Tenés el puff?
Ella lo sacó de la cartera y se hizo dos aplicaciones.
—Son muchas cosas, Leo. Necesitamos retener a Roxi, necesitamos acceder al tratamiento. Hablá con la prepaga, amenázalos, qué sé yo. No me pongás esa cara, Leo. Yo también estoy cansada.
—¿Qué cara? Sabés que fui un millón de veces con el bodoque de la historia clínica.
—Los dos fuimos. Y alguna cosa conseguimos, ¿o no?
—Esto es distinto, Julia, el médico lo dijo bien clarito. Un tratamiento experimental no van a cubrirlo. Acá no hay obra social ni prepaga que valga.
—Hijos de remil puta, apenas se hacen cargo de una partecita de los costos. ¿Y ahora esto…? No, Leo, yo no me resigno.
—Ah, ¿y yo sí? No seas injusta, Julia. Por favor.
—¿Injusta?
—Me revienta que me quieras hacer sentir así, como si no estuviéramos del mismo lado. —Golpeó el volante con un puño—. Pensemos, pensemos un poco, tranquilos.
—La verdad es que te admiro. —Torció la boca.
—Lo único que falta, que te pongas cínica. —Inhaló profundo y exhaló con lentitud—. No es solo el tratamiento, es instalarnos en Alemania por lo menos un año. Alquilar algo, comer, vivir. Y después, si resulta, la cirugía. Otra ponchada de plata.
—¿Y cuál es la opción, Leo? —chilló—. Vos sabés perfectamente. El médico lo dijo sin vueltas.
—Por favor, tranquilizate, hacete otro puff. Con un ataque de nervios no vamos a resolver nada.
—Dejame en paz, Leo, no seás negador. «Estos chicos no tienen una sobrevida de más de doce, trece años».
—Ya lo sé, carajo. Ya lo sé.
Julia se tapó la cara con las dos manos y se largó a llorar. Leonardo comprendió que cinco años de agotamiento y privaciones le caían encima. La abrazó, le besó el pelo y puso en marcha el auto.
Se para, se sirve otro whisky, vuelve al sillón. Presentar una solución sin que exista la chance de tomarla es el colmo de las bromas de Dios. Dios, mejor no ir por ese lado. Muerde un hielo. Ni vendiendo el departamento y el auto les alcanza. Ahorros no hay. La enfermedad genética de nombre impronunciable había liquidado, con su irrupción, los pocos dólares que el juez probo atesoraba. Y hace años apenas si se mantienen sobre la línea de flotación. Julia no pudo volver a trabajar tiempo completo, ya no compra ropa, no sale con amigas ni va a la peluquería. Tampoco se queja. Leonardo se muerde los labios y piensa. Piensa lo que no quiere pensar.
La sobrevida de su hijo, su propia sobrevida en caso de actuar. O de dejar de actuar. Al fin y al cabo, lo que le han pedido es un acto de omisión. Uno que iniciará una larga cadena. La bola de nieve. No es ingenuo. Pero qué le hace una mancha más al tigre ulceroso de la justicia, lleno de gusanos. A lo mejor basta con volver a calzarse bien la venda a la hora de mirarse en el espejo. No debe ser tan difícil, bebe de un trago lo que queda en el vaso. Si lo fuera, no lo harían tantos.
__________
* Paola Vicenzi nació en Buenos Aires en 1972. Es escritora y correctora de textos. Su camino literario comenzó con la publicación del libro «En su propio vuelo», narraciones breves vinculadas a su experiencia como madre de trillizos. En 2017 obtuvo el Premio MGE de Editorial Random House por la autobiografía «La otra vida de papá», y en 2018 fue reconocida con el Primer Premio de la Revista Literaria Guka por el microrrelato «Monstruo». En 2019 publicó la novela «Recién ahora», que aborda el tema de la infertilidad. En 2020, la serie de relatos «Cuarentena en Buenos Aires» y el libro de microficción «Camino inverso». En 2021 su obra «Equis Equilibrio» fue galardonada con el XXVI Premio Vargas Llosa de Novela, otorgado por la Cátedra Vargas Llosa de la Universidad de Murcia.
Web: www.paovicenzi.com
