
Texto y fotografías por Gloria N. Ramírez-Oliveri*
«Este continente es demasiado grande
para describirlo.
Es todo un océano, un planeta aparte,
todo un cosmos heterogéneo y de una
riqueza extraordinaria»
(Ryszard Kapuściński, Ébano).
Este relato, y los que vendrán después, no son solo un mosaico de impresiones sobre un reciente viaje a Zambia, Namibia, Botswana y Zimbabwe, en África. Es también una oportunidad para poner a prueba la adaptación y el dominio propio. Las Meditaciones de Marco Aurelio y constatar que «todo cambia», a la manera de Heráclito de Éfeso, fueron enseñanzas que, sin añadir peso ni volumen al equipaje, me ayudaron a lidiar con un clima tan feroz como una leona recién parida.
De sol, sombra y lluvia es África. Esta otra Tierra de fuego se experimenta en la piel cada vez que el clima sofoca, refresca o enfría. Todo depende del mes en que se visite el continente. A finales de octubre, pisar su suelo implica enfrentarse a la más legendaria, implacable y absurda de sus dictaduras: la del sol. Durante el trayecto de una hora en avión entre Lusaka, capital de Zambia, y Mfuwe —punto de acceso al Parque Nacional de Luangwa Sur— lo que se observa desde lo alto es una inmensa planicie de colores pálidos, combinaciones arenosas que solo produce la tierra golpeada por el sol.
Con el avance de la estación seca de mayo a octubre, una infinita gama de ocres también va pintando su suelo: ocre amarillo, el más luminoso. Ocre dorado, como el matiz del oro en bruto que le extraen a África de sus minas. Ocre anaranjado, entre amarillo y terracota, como la tonalidad de los ladrillos con que se construyen las aldeas. Ocre rojo, como la sangre seca de los animales que se desploman de sed sobre la arena. Ocre claro como el de algunas nubes mágicas, que, al acercarse noviembre, aparecen en el firmamento para traer un poco de frescura y anunciar la temporada de lluvias.
Contemplar semejante proceso de aridez, suele afectar el ánimo de quien no está acostumbrado a las extremas variaciones del clima africano. Lo que en temporada de lluvias es un verde y exuberante paraíso terrenal, durante la estación seca se transforma en un paisaje yermo, una completa maraña de espinas.

Ryszard Kapuściński, conocedor como pocos del continente, lo describe así: «Cuando hace muchísimo calor, a pesar de la abundancia de la luz del sol, el paisaje recuerda al de la tierra quemada: de tonos ceniza, parece muerto y resulta muy poco acogedor».
El Parque Nacional Luangwa Sur, (South Luangwa National Park) ubicado en el noreste de Zambia, fue el primer destino del viaje. En este enorme santuario natural de 9,050 km², el río Luangwa es juez que garantiza la vida y sentencia a muerte. En la inmensa llanura del parque habitan cuatro de los «Big Five»: elefantes, leones, leopardos y búfalos del Cabo. También abundan las jirafas de Thornicroft —únicas en el mundo—, hipopótamos, cebras y más de 400 especies de aves: martines pescadores, águilas, abejarucos, grullas, cigüeñas de pico amarillo, pelícanos comunes, búhos, entre otras.
Sin embargo, África también se reserva el derecho de encender el alma con gratas sorpresas. Extrañamente, en el calor extremo también se experimentan ciertos fenómenos de congelamiento. Basta evocar la imagen de una jacaranda de flores anaranjadas (Mimosifolia, Flamboyan Red) para comprobar que a ciertas especies las veleidades del clima las tienen sin cuidado. Nada menoscaba su belleza.

Al acercarse noviembre, y a pocos días del comienzo de la temporada de lluvias, el calor arrecia. El río, con más apariencia de arroyo, es el punto de encuentro y escenario de máxima agitación de la vida salvaje. Para las manadas de búfalos, llegar hasta él representa un gran sacrificio. Algunos no lo consiguen. Los leones, siempre al acecho, se encargan de impedirlo. En ocasiones, algunos búfalos caen deshidratados a pocos metros de alcanzar su cauce.
Con tantos cadáveres de todas las especies animales, este parque nacional también es un cementerio a cielo abierto. Dentro de su territorio la vida y la muerte se manifiestan con la misma naturalidad. Con huesos y restos de árboles también se expresa la ley del monte. Del monte árido del África ardiente.
Con determinación y con el paso de los días, el visitante suele adaptarse al clima. Lo demás que hay que asimilar va surgiendo sobre la marcha, pues ni el paisaje ni la temperatura de un día son como los del siguiente. El camino que se recorre el lunes se borra el martes. Cada senda es un «camino al andar». Solo los árboles permanecen incólumes. En un trayecto sin puntos de salida ni de llegada son las únicas señales de tránsito de cualquier recorrido. Entretanto, el sol calienta. Calienta y gobierna. Y cuando el sol gobierna, los demás reinos obedecen.
Con la llegada de las lluvias se terminan los safaris. No hay manera de ver elefantes, jirafas, leones, jabalíes, búfalos, serpientes, antílopes, cebras. Tampoco quedan los caminos que se hicieron al andar, ni guías para explicar que en África no existe la rigidez occidental, que se vive a otro ritmo, que no hay reglas fijas y que adaptarse al clima hace parte de la experiencia de viaje.

A mediodía, todas las criaturas vivientes, con pies, patas o alas, huyen. Con excepción de los gigantes del camino, aun frondosos, personas y animales emprenden las de Villadiego.
«El mediodía, la hora del calor más implacable, cuando el mundo se petrifica y se sume en el silencio. A esta hora los animales se refugian en la sombra de los árboles. Aunque es cierto que las manadas de búfalos no tienen donde esconderse» (R. K., Ébano).
A esa hora las aves regresan a sus nidos. Los leones reposan a la sombra. Los leopardos sosiegan en las ramas. Las jirafas saborean los frutos que todavía quedan. Los babuinos, apartados de los leones, desentierran raíces, hacen maromas y amamantan a sus crías. Las serpientes, astutas, no se dejan ver. Por su parte, las hormigas, a fuerza de constancia y trabajo en equipo, devoran baobabs, moapanes, ébanos y acacias. Lentamente, bajo la furia del sol o la fuerza de las lluvias, los árboles también mueren tras haber sido guardianes de un ciclo que no se detiene.
En los libros de Kapuściński sobre África, las alusiones al clima son constantes: «Sentí que faltaba aire con que respirar. Pero no era un bochorno normal, ese que se puede calcular en milibares. Era uno muy especial, de esos que se perciben más bien en lo psíquico que físicamente… El sol no solo quema la piel, también desarma la razón, empuja hacia el sinsentido y obliga a aceptar lo inevitable» (Ébano).

En África aprendí que la belleza se revela a quien puede apreciarla y que aceptar lo que no se puede cambiar —calor, polvo, sed, mosquitos, arañas y toda clase de alimañas— resulta fundamental para que lo salvaje, maravilloso e inhóspito se pueda disfrutar.
Lo que supe por informes del cambio climático al regresar del viaje, fue que la ola de calor de la última temporada seca (2025) fue «anómalamente alta para esta época del año». El sol se excedió en funciones con mediciones diarias por encima de los 35 °C. En África, el sol sigue siendo el destino, quien impone las normas y el que hace posible que se revele la belleza más autentica y salvaje.
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Gracias Kapuściński por permitirme regresar a África desde sus libros. Gracias Marco Aurelio porque aceptar lo que no se puede cambiar, principio fundamental de la filosofía estoica, resultó fundamental en este viaje.
Gracias también a William Gordon, «Bill», mi amigo y gran fotógrafo de vida salvaje. (Ver sus fotografías en la edición 88 de Revista Cronopio). https://revistacronopio.com/fotografo-del-mes-edicion-88/ Sin él, sin su generosidad y conocimientos, ni este artículo ni este viaje habrían sido posibles.
Y gracias también a nuestros demás compañeros de aventura y a nuestro guía y «Tarzan» del Parque, Andrew Mweetwa» y a quien me referiré en otra historia.

William Gordon y Andrew Mweetwa, 2025
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* Gloria Nivia Ramírez Oliveri, es Comunicadora Social – Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín (1991), con un máster en Liberal Arts – Spanish en California State University Northridge, CSUN. Inició su carrera como reportera gráfica del periódico El Colombiano (1989), al registrar una de las décadas más difíciles de la historia reciente de Colombia. Sus fotografías se han publicado en diferentes medios periodísticos de Colombia y el exterior. La docencia y la investigación también hacen parte de su trayectoria profesional. Su tesis de grado (1991), Vigencia de la fotografía documental en la prensa escrita: Tras las huellas de Henri Cartier-Bresson en el contexto de Melitón Rodríguez, le abrió las puertas de la prestigiosa agencia de fotografía Magnum de París, de la que fue pasante en el año 1993. Es miembro de «Pacific Ancient and Modern Language Association», «PAMLA» y ha sido ponente de conferencias académicas en diferentes universidades de los Estados Unidos, país de residencia. Colabora con el equipo de investigación del programa de Periodismo en español de CSUN. Es editora auxiliar de esta revista y reportera «free lance».
