
Por Juan Velasco*
«El que ama ya no posee su corazón».
(San Juan de la Cruz)
SAGRADA
LA HOJA AMARILLA se desprende de una rama seca, flota en el aire brevemente, desciende y cae hasta quedar suspendida de una frágil telaraña: No durará mucho esta vida pero este instante me conoce y yo conozco su nombre.
SU NOMBRE
EL HUMILDE PAJARO GRIS, desciende al río, se agita gozoso, se baña y vuela hacia una densa arboleda. En el ramaje inmenso de luz y sonido, el pájaro salta de rama en rama, vibra en el aire y ahí se posa. Así quisiera yo quedarme, en ese espacio, embriagado del fulgor verde y húmedo de canto. Quisiera que mi corazón fuera un espejo inmóvil, brillante y claro, que me devuelva los reflejos del ser, del existir simplemente en todas sus formas.
ALGUIEN ME LLAMA a la luz, es una voz sencilla de mujer, que musita su nombre de una manera inapelable y llana. Así regreso a ese amor, más allá de la vida —soy fugaz como el pájaro que viene y va, entre la arboleda y el agua clara—.
AMADA
¿ACASO NO PARTIRÉ algún día? ¿Es tu regalo el viaje hacia la luz? En la mañana de otoño, bajo la sombra de un árbol sereno, quisiera quedarme para siempre en este momento, vivir en el temblor de las hojas, entre fulgores de fuego. Eres la brisa y yo el vuelo, tú la semilla y yo el fruto seco. Vivo de ti, me emborracho del aire frio, te espero. Ser sabiéndome no–ser, volverme suave transparencia, hacerme brisa contigo, dejarme caer hacia el último momento. Soy la hoja amarilla del árbol silencioso y eterno. Me diste esta jornada luminosa pero en tus labios vive el beso que todo lo reclama de nuevo.
FUGAZ
TENDIDO sobre la hierba, húmeda aún por el nocturno rocío, observo en lo más bajo del cielo la rojiza luz del alba. Las briznas de hierba son cristalinas presencias de la luz mientras el horizonte se renueva y cambia. Luminosa y radiante, ella también regresa a mí y a mi lado se sienta. Los pájaros desaparecen, rasgan el espacio inmenso, entre nubes plomizas que se rompen en el cielo. Las gotas de rocío brillan y tiemblan en el amanecer inmenso. ¿Y si yo fuera sólo eso, una sencilla perla de agua, brillando nítidamente en la humilde hierba?
LA MUJER misteriosa me mira, se asombra, y con sus dedos finos y blancos se lleva la gota de rocío a los labios, me besa tiernamente en la boca. «Ahora ese rocío está en mis labios para siempre». Su voz es familiar y serena, sé que yo para siempre viviré en la sencillez de su beso. El sol aparece, tocando el rocío, al borde de la luz que todo lo suma. Llega inmenso, como la eterna rueda —así desapareceré más tarde, cuando cambie en otra forma y me disuelva en el caliente transcurrir del día—.
TRANSCURRIR
¿PODRÉ MANTENERME expectante, darle su verdadero nombre a la muerte? ¿Sabré rendirme al amor, a la luz perfecta? Quisiera enamorarme de ti, no rechazar lo que me llama, beber de la fuente que desde adentro y afuera mana. Quisiera llamarte esfera o triángulo, cantarte como una sílaba mágica o una melodía, buscarte y besar a lo que tan duramente me anunció esta vida y ahora me reclama. Camino entre árboles frondosos y verdes, al lado de un ancho río, y me abrazo a la incertidumbre de este nuevo viaje, me rindo a lo que no deseo. Entre las ramas llenas de vida y el fruto caído, hoy sé que bebió mi alma toda la vida y ahora sólo dejo atrás una cáscara vacía. Cruzo la orilla para que el alma, queriéndote, finalmente regrese y sea.
LA OTRA ORILLA
¿LAS CARTAS Y LOS LIBROS, el labio y la delicada curva del seno, fueron acaso el rostro y el lugar, el sagrado recipiente en el verterse de mi existencia? ¿Sabrán algún día que me he ido, que vivo en ellos, que será más rica mi presencia cuando yo me haya ido? Quisiera ser, no un cuerpo extendido en el tiempo sino un existir en otros rostros y lugares, verterme sin recompensa, vivir en el fulgor infinito del ser, como la nube y el cielo existen luminosos en la unidad de cada instante.
NO, NO ES UN SUEÑO la raya del alba que por el horizonte asoma, es un despertar a la luz, a la fruta roja que se detiene, brilla en su semilla de vida, hierve como el sexo primero, se hincha de color y en el amanecer estalla. Yo también soy semilla delicada y llena, que se abre y se derrama. Me vierto en otros, y cuando vuele y me vaya, ellos seguirán en mí, y yo en ellos en su amoroso e infinito sueño.
EL BESO
SÓLO NOS ABRE a la vida lo que llama a la muerte. O quizás sea sólo una simple mujer de tez pálida la que llama y me quiere para sí, para habitarlo todo y aprenderlo todo de nuevo. A ella sola me dirijo, a la raíz del cielo y de la tierra, a ese feroz mediodía, rodeado de piedras blancas, de matas secas y calientes, adonde el aire del verano se disuelve en un hervor hiriente. La mujer me besa en la sien y sus labios tienen el frescor de un mar lejano. Su boca en mi boca, su aliento me vacía, mi corazón tiembla, se agita, se desata y se deshace, se vuelve uno con ella —en este simple día blanco, su gemido rememora el llanto—.

EXISTENCIA
EL CAMINO se abre hasta llegar a un mar de alegres reflejos azulados. Algo me llama. ¿Vuelvo a la raíz, a lo que fue la semilla del alma? En los reflejos del agua, ese sueño que fui, desparece. En esas aguas, su canto suave me recuerda que todo era un juego, un momento de música y canto, de dolor y belleza. Mis brazos se hunden, sucumben a la quietud nítida del agua.
SOY UN NADADOR desnudo de todo, soy el labio y el beso, soy la piel tersa y su caricia, soy un collar de estrellas que mueren y aún brillan. Me detengo, floto, respiro. La brisa acaricia mi cuello, se recrea con amor en el último rastro de mi antigua vida. Quisiera nadar este mar, dejarme llevar hasta el fin del tiempo. He de regresar. Hay flores húmedas, perlas engarzadas de agua, en mi frente. Siempre vuelvo a ti, incluso en este instante, siempre a tu boca, al labio fino, a esos pétalos de luz pálida y blanca. No llores mi ausencia, no temeré este vasto cielo que se abre, este silencio preñado de promesas. En la última morada del ser, libre de mí, seremos uno. Entre las sombras tiernas me interno, en las suaves aguas desaparezco.
NIRVANA
ALLÁ: En el centro del aire, desnudo como la luz, ligero como el aire. En la pequeñísima brisa, en el color de la hierba, en el tenue calor de la tierra. ¿Me haré silencio o palabra al otro lado de la orilla? En la dulzura del abrazo caigo, en la redondez de lo completo, en lo que solo es sin la existencia.
NOCTÁMBULO II
NADA SÉ de esta larga noche excepto de la hondura de su madrugada. Me gusta este caminar silencioso cuando el mundo duerme y en la oscuridad sólo soy un cuerpo de niebla. Mi corazón se alegra, se acomoda al lento agitarse de los oscuros álamos quebrados, y atentamente escucho el susurro de sus ramas, de silencios engarzado. En esta larga noche, mientras otros duermen, yo estoy despierto. Soy el poeta noctámbulo y dejo que mis ojos se abran para siempre a la redondez del tiempo, que mi cuerpo fluya en el tic tac pausado del ingrávido momento. Vivo en el soplo amoroso que se perpetúa, en el pálpito del despierto corazón que se va acabando. Inmóvil en la infinita noche, soy la sombra de una sombra pero quisiera permanecer en el aquí y ahora —sólo ser para siempre en el sueño del tiempo—.
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*Juan Velasco Moreno es Doctor en Filología Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid, y Doctor en Filología Inglesa, por la University of California, Los Ángeles (UCLA). Profesor desde hace más de veinte años en Santa Clara University, la institución universitaria más antigua de California. Es docente en el programa de Filología Inglesa y en los campos de literatura latinoamericana y chicana. Producto de su labor como investigador y conferenciante es responsable de la edición de Cartones de Madrid, de Alfonso Reyes (Madrid, Hiperión, 1988) y de la obra poética de José Juan Tablada, Tres libros: Un día (Poemas Sintéticos), Lí-Pó y otros poemas, y El jarro de flores (Madrid, Hiperión, 2000). En 2002 preparó la antología Under the Fifth Sun: Latino Literature from California (Berkeley, Heyday Books), y Las fronteras móviles: tradición, modernidad y la búsqueda de «lo mexicano» en la literatura chicana contemporánea (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2003). Es también el autor de la novela Enamorado, (Madrid, Ediciones Miraguano, 2000), y de Call Me When I Am Gone, un DVD con su poesía y fotografías del artista David Pace. De 2011 es La masacre de los soñadores (Madrid, Editorial Polibea), una colección de poemas sobre California y el Oeste americano. Su últimas obras hasta la fecha, son Collective Identity and Cultural Resistance in Contemporary Chicana/o Autobiography (Palgrave Mcmillan, 2016) y 1988:NY-LA (Polibea, 2021), una colección de ensayos autobiográficos cortos que son una meditación sobre el concepto de América.
