CRÓNICA DE UN TROPIEZO REPETIDO

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cronica de un tropiezo

Por María del Rocío Vallejo Alegre*

«El hombre es el único animal
que tropieza dos veces con la misma piedra»

Durante el verano decidí sacudir mis viejos libros y releer Clemencia. Recuerdo haberla leído en mi juventud en la escuela secundaria, la imagen de mi madre me viene a la mente. Con qué emoción le platicaba la gran historia de amor. Aún recuerdo cómo en un momento me pidió que no siguiera platicándole sobre ella, que deseaba leerla. Vaya jugarretas nos gasta la memoria, recordar aquellas escenas con mi madre y solo recordar el título de la obra, nada de su contenido.

En mi vejez, Ignacio Manuel Altamirano me volvió conquistar en Clemencia. Luis Martínez lo define como «el espíritu más noble y lúcido con que contó la literatura mexicana en el siglo XIX» [1]. En mi opinión esto se debe a la forma en que nos habla como lectores, por su profunda capacidad de sentir y sus descripciones de mi lindo México.

Mi viejo volumen de Clemencia pertenece a la comentada colección «Sepan Cuántos…» de la Editorial Porrúa, Octava Edición, México, 1976. Característica muy especial de los libros pertenecientes a esta colección es la información adicional que nos brinda, como son los datos biográficos, prólogos, bibliografías, etc., permitiéndome tener un reencuentro con el autor, en este caso con el maestro Altamirano, como cariñosamente se le conoce, y con ello refrescar mi memoria.

La historia de amor no me cautivó en esta ocasión; puede ser que los años me han vuelto menos romántica. Lo que esta vez me subyugó fue cómo Altamirano nos habla de los cambios de valores que la sociedad estaba viviendo a principios del siglo XIX, y el paralelismo con los que estamos viviendo en el famoso siglo XXI. Me he quedado perpleja. Me han resultado como dos gotas de agua.

La comercialización de la moral, la ética y hasta los propios sentimientos de cariño, amor, respeto… ante un puñado de monedas, la adoración al poder como motor de toda existencia, el olvido de la familia y las amistades ante la gloria y esa carrera desenfrenada por tener más, por ser más, por alcanzar más… que no conoce el final, nos ciega ante el sufrimiento y la muerte de otros.

El siguiente párrafo de su novela Clemencia, lo expresa claramente:

Este culto al amor ya solo existe en algunos puntos del globo; él ha sido hasta aquí la religión del género humano, pero desgraciadamente va sustituyéndose con la horrible idolatría del becerro de oro, que está extendida por toda la tierra, que gana prosélitos a cada momento y que parece estar cobijada bajo las alas poderosas de la civilización: Codicia y egoísmo.

Al terminar Clemencia, decidí continuar con Cuentos de Invierno: Julia, Antonia, Beatriz y Atenea. Proseguí esta aventura con el Zarco, terminando con Navidad en las Montañas. Para mi sorpresa continué observando sucesos, situaciones, cambios muy semejantes a los que vivimos, es como que la historia se estuviese repitiendo, una y otra vez, con algunas pinceladas de diferente color.

Si bien, la frase «la historia siempre se repite» no me era desconocida. Confieso que no había tomado conciencia de las implicaciones de esta cruel realidad. Karl Marx pone el dedo en la llaga, enfatizando esta realidad con un toque de ironía: «La historia a veces se repite como un drama y a veces como una farsa», pero tristemente se repite una y otra vez.

Como humanidad no estamos condenados a «repetir nuestra historia», no es una característica intrínseca de nosotros, una regla universal o un hechizo. La razón por lo que la historia se repite es nuestra falta de memoria, clara y llanamente. Olvidamos lo que hemos vivido como humanidad, desconocemos nuestro pasado, por lo que volvemos a cometer los mismos errores y tristemente no solo una, sino múltiples veces. El filósofo español Jorge Santayana lo expresa claramente: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo».

En los libros de Altamirano encontré las descripciones de lo que estamos viviendo hoy, nada nuevo bajo el sol. Así como el contraste de lo que como seres humanos deberíamos de valorar. Nuestra fabulosa civilización del siglo XXI, con ese glamour que nos ciega y con esos avances en la tecnología que nos trastornan, tristemente sigue estando gobernada por la codicia y el egoísmo, al igual que ayer; nada ha cambiado. Y al igual que ayer, nuestra memoria es incapaz de advertirnos que este gran error llamado «civilización» nos está costando la «humanidad».

Este año conmemoramos 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente recordamos este gran logro, pero tristemente hemos olvidado sus enseñanzas. El historiador británico Michael Howard escribió:

El establecimiento de la paz es una tarea que debemos afrontar de nuevo cada día de nuestras vidas… Ninguna fórmula, ninguna organización, ni ninguna revolución política o social podrá jamás liberar a la humanidad de este inexorable deber [2].

No habla de países, naciones, culturas, razas, religiones ni mucho menos de corporaciones o negocios… Habla del deber como humanidad que tenemos…

Angustiosamente al escuchar las noticias, oigo tambores de guerra. La palabra humanidad no aparece. Lo que vemos es a un Estados Unidos luchando por mantenerse como la potencia, a una Rusia reclamando su antiguo dominio, a una China dispuesta a reinar, a una palestina acribillada, a una silenciosa India y a una Europa deslumbrada ante los cambios geopolíticos del 2025… todo bajo el manto de la «civilización», como el maestro Altamirano nos diría.

Es curioso que en este mismo siglo se reconozca la pérdida de memoria y la demencia, especialmente el Alzheimer, como enfermedades comunes ante una esperanza de vida en aumento. Sin embargo, si nos atreviésemos a ser estrictos con nosotros mismos, la pérdida de memoria, más que una enfermedad, es nuestro deporte favorito. Nos encanta olvidarnos del pasado y por ello la historia se sigue repitiendo una y otra vez… Seguimos tropezándonos con la misma piedra…

Me cuestiono…

¿Será que nos hemos creado una utopía sobre lo que somos como seres humanos?

Tal vez la humanidad, al igual que mi memoria, nos está haciendo una jugarreta y resultamos ser solo una salvaje especie soñando con ser humanos.

Quizás al final de cuentas seguimos siendo depredadores, como Arturo Pérez Reverte nos expresa en su obra El Pintor de Batallas:

El hombre tortura y mata porque es lo suyo, le gusta.
La razón… su inteligencia.
El hombre nació predador, es un impulso irresistible.
Nuestra inteligencia nos lleva a depredar bienes, lujos…
ese impulso nos llena de envidia, frustración y rencor…
nos hace ser todavía más lo que somos…
depredadores.

NOTAS:

[1] Enciclopedia de la Literatura Méxicana, Edith Negrín,

Disponible http://www.elem.mx/autor/datos/1211

[2] James Sheehan, StanforReport, may 04,2020, World War II showed that war must be avoided at all costs and democracies must resist aggression, says Stanford historian.
Disponible https://share.google/0OSd4gCebayfPb1uV

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* María del Rocío Vallejo Alegre nació en México. Hija de inmigrantes y refugiados españoles, Vallejo creció en la ambigüedad que le otorga la pertenencia a dos tierras: España y México. El destino, integrar una tercera tierra, Estados Unidos, que le permita afianzar sus raíces y redescubrir su pasión: la enseñanza. Trabajó durante doce años como docente en la Universidad del Estado de Nueva York, en el campus de Geneseo. Recibiendo en el 2017 Chancellor’s Award for Excellence in Adjunct. En 2021 participó en la creación de la organización sin fines de lucro llamada «Cultures Learning TOGETHER» (Culturas aprendiendo JUNTAS) https://www.cultureslearningtogether.org/ donde sigue participando en la actualidad.

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