Por Gloria N. Ramírez-Oliveri*
La frase del poema La Perrilla de José Manuel Marroquín «en más de una ocasión sale lo que no se espera», resultó profética el día de hoy (8/8/2025), les cuento por qué.
Días antes, me había programado para acompañar a una madre al colegio de su hijo adolescente. Le pedí que me dejara ir con ella a fin de ayudarla a resolver asuntos relacionados con la incapacidad del menor, a quien la institución educativa le había estado fallando de distintas maneras. Mi intención era hacer parte de la reunión que esta mamá tendría con el rector del colegio a las 10:30 de la mañana. Pero cuál sería mi sorpresa, cuando al llegar a la institución, me hicieron saber que yo no podía entrar. ¿La razón? En otra ocasión, en la que pude estar presente, creo haberlos incomodado bastante al recordarles algunas de sus obligaciones. Afortunadamente, después de una tutela y otras gestiones en favor de su hijo, ya no hay riesgo de que se vulneren los derechos de este estudiante de último grado. Aunque esta es otra historia, debo mencionarla para dar crédito a la frase de Marroquín, con la que titulo este escrito.
Ante el impedimento impuesto por el colegio, no me quedó otra opción que buscar refugio y esperar en un café–restaurante, ubicado en el segundo piso de un negocio en la plaza del pueblo. Soy buena clienta de ese lugar. Aquí suelo deleitarme con el sabor y aroma de mi bebida favorita, disfruto de su discreta y privilegiada vista al parque y, sobre todo, tomo ventaja para explorar todo a mi alrededor, sin que nadie lo advierta. El balcón de ese café es un palco de honor para explorar la quietud o el movimiento de la plaza.
Tras la observación, surgen preguntas y la de hoy fue:
¿Cómo un padre —o responsable de un niño— le permite manejar una motocicleta alrededor de una plaza?
¡Qué peligro!, me dije.
Un muchachito, con no más de 8 años, con su casco muy bien puesto y pequeño vehículo, manejaba como un loco endiablado, esquivando a los desprevenidos peatones que se desplazaban a esa hora por los cuatro costados. El aparato, aunque pequeño y con aspecto de juguete, hacía más ruido que una moto de gran cilindraje y echaba humo negro, como las chimeneas de algunas fábricas. A causa del párvulo motorizado y de su estridente motoneta, fue imposible disfrutar de la calma de este lugar antes del mediodía.
¡Cagueticas! ¿Y dónde están sus papás que le permiten conducir como un poseído en un lugar por el que camina y se relaja tanta gente? ¡Ni idea!
Sólo los adultos mayores, sentados en las bancas, parecían disfrutar del espectáculo que estaba protagonizando este engendro de la velocidad.
A este punto, ya es momento de volver a la frase de «La Perrilla», la que repito a manera de énfasis: «…pues en más de una ocasión sale lo que no se espera». Mientras mis ojos seguían al niño–estruendo, algo en el ambiente llamó mi atención. No se olvide que desde ese balcón todo lo que sucede en el parque se contempla a la perfección.
La escena que me cautivó fue la de una familia muy joven y arreglada que se tomaba fotos con su celular. Había en el padre, la madre y el hijo un atuendo especial. Se notaba que se habían vestido para la ocasión. Sonreían mucho y era evidente que las piruetas del muchachito de la moto en nada los afectaba.
Al verlos tan felices, tan concentrados en ellos mismos, todo lo demás perdió importancia. Mi curiosidad estaba al límite. Surgieron las preguntas: ¿Quiénes son, por qué están tan arreglados?, ¿cuál es la razón de su dicha?, ¿qué celebran y por qué el que supongo que es el hijo de ambos les toma tantas fotos? La joven mamá se componía el arreglo del cabello, se acomodaba el vestido una y otra vez. De repente, sacaron una cajita pequeña del bolso de ella. Por la distancia no pude ver lo que contenía, pero por lo que hicieron después supe que se trataba de dos anillos. Él se lo puso a ella y le dio un beso en la boca. Ella hizo lo mismo y lo iluminó con una gran sonrisa.
Mi conclusión ya no podía ser otra: o se casaron o se van a casar… A este punto resultaba imperativo dejar de mirar, tomar acción e intentar confirmar las hipótesis. Por entonces, ya había regresado la madre de la cita en la escuela y otras personas disfrutaban su café. Bajé las escalas con mi celular en una mano y una libreta en la otra. Me les acerqué, los saludé y les hice saber que los había estado observando y que deseaba conocer la historia real. Entre otras cosas les dije que me gustaba escribir historias y tomar fotos.
Esto fue lo que me contaron:
Mi nombre es Leonel Jiménez Pérez y el de ella es Belsy Potes Gamero. Nuestro hijo se llama Daniel Jiménez Potes. Nos acabamos de casar en la Notaría que está al frente. Somos de la costa. Tomamos la decisión de casarnos después de regresar de vacaciones. Antes no habíamos podido porque nos faltaban varios papeles. «Es la mejor decisión que pudimos tomar», enfatiza Leonel con un gozo que no le cabe en el cuerpo. Hace 14 meses él se vino a buscar una oportunidad de trabajo en Antioquia y la encontró en una empresa de la región. En la actualidad se desempeña como operario de producción. Conoció a su esposa cuando ambos eran estudiantes de secundaria en Bellavista, Magdalena. Se fueron a vivir juntos desde que ella tenía 18 y él 21.
La conversación fue muy corta porque Leonel se tenía que ir a trabajar. Sin embargo, y a pesar del afán, fue posible realizar una rápida fiesta de bodas en el mismo café en el que minutos antes había descubierto su historia de amor.
Les pedí que se fueran al café mientras yo corría a conseguir el pastel. Regresé agitada y con todo listo para el siguiente paso. El discurso que pronuncié fue corto. Más o menos así: para que haya una fiesta se necesita un motivo y ya lo tenemos: el matrimonio. En toda fiesta hay invitados y ya éramos más de cuatro. El pastel ya estaba sobre la mesa y la fotógrafa, yo, también estaba lista. El brindis fue con café para los recién casados y con jugo para el niño. Mi esposo y yo, nos ofrecimos como padrinos. Podría decir que a este evento no le faltó nada.
Al despedirnos e intercambiar teléfonos, entendí el porqué no me habían dejado acompañar a la madre al colegio.
Felizmente, la cita de ella también salió bien y en un par de horas las dos historias tuvieron un final feliz, que es como me gusta.
Definitivamente, en más de una ocasión sale lo que no se espera.
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* Gloria Nivia Ramírez Oliveri, es Comunicadora Social – Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín (1991), con un máster en Liberal Arts – Spanish en California State University Northridge, CSUN. Inició su carrera como reportera gráfica del periódico El Colombiano (1989), al registrar una de las décadas más difíciles de la historia reciente de Colombia. Sus fotografías se han publicado en diferentes medios periodísticos de Colombia y el exterior. La docencia y la investigación también hacen parte de su trayectoria profesional. Su tesis de grado (1991), Vigencia de la fotografía documental en la prensa escrita: Tras las huellas de Henri Cartier-Bresson en el contexto de Melitón Rodríguez, le abrió las puertas de la prestigiosa agencia de fotografía Magnum de París, de la que fue pasante en el año 1993. Es miembro de «Pacific Ancient and Modern Language Association», «PAMLA» y ha sido ponente de conferencias académicas en diferentes universidades de los Estados Unidos, país de residencia. Colabora con el equipo de investigación del programa de Periodismo en español de CSUN. Es editora auxiliar de esta revista y reportera «free lance».

