EL CONFLICTO ENTRE «LOS LETRADOS» EN LA CASTILLA MEDIEVAL

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conflicto entre los letrados

Por John Jaime Estrada*

Las categorías con las que se han solido caracterizar los estamentos sociales en la Edad Media están constantemente en discusión. Hace ya muchos años lo que se planteó como el trípode: los que oran, los que laboran y los que batallan, fue rebatido por el historiador Duby con pruebas históricas probatorias; incluso para quienes no tengan un conocimiento profundo de la Edad Media, no sería difícil comprenderlo. Sus argumentos explican que quienes oraban también empuñaban las armas y fueron aguerridos soldados en batallas seculares; quienes trabajaban asistían a sus parroquias, oraban, practicaban los sacramentos y participaban de todas las celebraciones religiosas a las que tenían acceso; si era necesario, se les llamaba a empuñar las armas; quienes estaban dedicados a la espada fabricaban armas y adiestraban a los principiantes para el combate, incluyendo prácticas de táctica bélica; y también oraban por largas horas.

¿Qué queda de esa organización social vista bajo categorías tan arbitrarias? Nada, el avistamiento de que era mucho más complejo el mundo estratificado de la Edad Media. No fueron únicamente los parámetros de la división del trabajo los que constituían las formaciones sociales en los distintos reinos europeos; existía un componente vital que los historiadores han solido colocar bajo el paraguas ideológico.

Resulta hoy en día más apropiado estudiar aquellos estereotipos acomodados en la historiografía bajo la perspectiva física de la dilatación y la contracción; ellos actúan como si no fuera posible limitarlos porque la dinámica social, en constante movimiento, es la que en último término las transforma. Llaman la atención los sucesivos cambios de la nobleza, pues a medida que la Edad Media entraba en un panorama de disolución, sin embargo, esta se volcaba hacia dentro de ella misma a través del agnado (fuerza centrípeta) que excluía a quienes aspiraban bajo el gobierno real (fuerza centrífuga) al reconocimiento noble.

Por esta vía la posesión de la tierra se convirtió en el bien material más preciado dentro de los exclusivos límites familiares. No es difícil observar que el paso siguiente tuvo lugar en una serie de prohibiciones legales, no de carácter eclesiástico, como fue el de la consanguinidad para contraer matrimonio. La nobleza se salvaguardaba, se alargaba dentro de ella misma, creando una periferia cuyo centro estaba volcado en sus orígenes (volver la vista atrás) sostenida en ancestros casi siempre imposibles de verificar. Los historiadores los han identificado con el rótulo de «nobleza vieja» y con ello categorizan aquel garante que se reinstauró en los textos de la literatura castellana, en particular, la del siglo XIV. Es claro que los nobles no se multiplicaban, más bien se contraían siempre en referencia a la posesión de la tierra, el único bien material irrenunciable. Sin embargo, el desenvolvimiento de las relaciones económicas expandía la condición social de grupos de hombres educados que además se enriquecían con los cambios sociales para los cuales el metálico era definitivo. Bien se ha dicho que para entonces en las ciudades el dinero era rey.

Si consideramos la producción cultural (que requiere siempre de medios materiales) y además la distribución y consuno de la literatura en Castilla, nos encontramos con un legado del cual las generaciones venideras se pudieron alimentar. En efecto, (no podría ser de otra manera) la producción literaria contó con una prolija actividad de nobles a quienes se les llamó en su momento «letrados»; de ellos podemos cotejar e inventariar sus nombres registrados en las historiografías de la literatura medieval castellana.

Si miramos los llamados bajos estratos sociales (como si fuera una categoría geológica) estos no eran los consumidores de literatura o arte, sin embargo, reconocían la valía de los altos estratos como algo dado y fijo exclusivamente para ellos. Esa intersección eclipsó la cultura y el choque entre la llamada «cultura de los letrados», y la «cultura popular» no hizo más que manifestar la diferencia entre quienes tenían un poder excesivo —el que se coteja en los libros—, los museos contra el «grueso menudo de la sociedad», expresión muy usada en la época. El mundo de los pobres fue el residuo de la historia para quienes siempre hubo un espacio bien exiguo en la producción textual, sobre ellos recaía el denuesto y la posibilidad de situar la pobreza moral como un resultado evidente de su «baja» extracción social.

Algunos historiadores, tomando partido por la llamada «cultura popular», la situaron como el blanco apasionado de las altas jerarquías eclesiásticas para destruirla. Los predicadores pretendieron erradicar de los parroquianos pobres la carga de creencias, mitos y leyendas ancestrales en las que encontraban las raíces del mal. Tanto la nobleza, con un criterio clasista, cuanto las autoridades eclesiásticas, desarrollaron en los sermones y escritos el desprecio por los desposeídos. Ser pobre llegó a ser el mayor grado de postración de un ser humano en la literatura castellana; los pobres de igual manera eran portadores de lo peor; como colofón siempre se asociaron al estigma del vicio, como si no fuera también un constitutivo de la vida cotidiana de los nobles.

No había nada más vergonzoso que ser pobre. Así quedó en los textos, quien quiera hacer un recorrido por la mal llamada «novela picaresca», lo va a constatar con creces. El paso siguiente fue lógico, el odio a los pobres, incluso entre ellos mismos. Se odiaban mutuamente de manera especular, el verse a sí mismo en el otro de su misma condición moral y social no ha cambiado. También en la literatura, pero ya cinco siglos más tarde Benito Pérez Galdós escribiría Misericordia; en esta novela el pobre y la pobreza fueron despojados de su bajeza moral. Vistos con otros ojos, en los textos literarios los pobres entraron con fuerza y tuvieron al menos un rincón de esperanza. La literatura, como siempre, reinstaura la sociedad.

No es fácil hacer tipologías sin sacrificar prácticas —también patrimoniales— en los estamentos de la caballería, los poetas, escritores y artistas fascinados con la mitología, muchas veces centenaria, que los seguía seduciendo, así fuera motejada con la ambigua categoría de «pagana». La fascinación por los dioses griegos y romanos no cesó. En la cultura de élite las taxonomías (divisiones, reagrupamientos) sufren de insuficiencia verificable; y en lo que se ha solido llamar «popular» no se cobija exclusivamente a los más pobres, también allí se encuentra ampliamente el embeleso de los «letrados» con el amplio abanico vital, quizá un mundo con mayores imprevistos, pleno de recursos imaginativos para sobrellevar la vida diaria, algo que el mundo nobiliario, siempre predecible, no podía exhibir, tampoco cautivaba al creciente número de lectores.

Aquellos que ejercían la autoridad en el reino de Castilla no podían evitar su injerencia en las celebraciones, bien fueran o no religiosas, del resto de la población, los pobres. La literatura se nutría de la vida de quienes se desempeñaban en oficios, trabajaban la tierra y sostenían la economía. Este reconocimiento directo de quienes laboran y son la base de la economía, apenas empezó a tener importancia en un puñado inicial de estudios históricos desde hace poco más de un siglo, la impronta directa e inevitable de Marx en los estudios sociales.

Cuando leemos el Libro del caballero y el escudero, de Don Juan Manuel, encontramos de manera incesante, el trabajo de clasificar los «estados del mundo». Pese a sus declaraciones explícitas favorables únicamente a «la nobleza vieja»; como un buen ideólogo, reconoce que el mundo es entonces más ancho porque se ve en la ciudad el auge de la burguesía sin tierra; ellos son los nuevos aspirantes a la nobleza, sin sangre noble, pero con dinero. También le resulta difícil al autor darle espacio a una cierta casta militar que se ufanaba de sus ejecutorias, aunque para entonces ya muy distante de los caballeros de vieja trayectoria medieval.

No fue fácil para Don Juan Manuel verse con ese grupo de hombres armados que en bandos se asociaban por parroquias e imponían el orden. Fue el caso específico de la diócesis de Toledo, acaso la más rica y pujante de Europa en el siglo XIV. Es más, la prosperidad comercial de Castilla la convirtió también en el reino más rico de Europa. Era inevitable que por el tamaño del Estado este se viera necesitado de juristas, notarios y consejeros (arbitristas) necesariamente egresados de las universidades.

Aquellos hombres (nada de mujeres) fueron llamados también «letrados» por los comentadores comunes; esto implicaba una verdad, tenían un título universitario obtenido estudiando los materiales disponibles para el aprendizaje de la época, y con su diploma podían desempeñarse en cualquier lugar. Es preciso anotar que el Trivium y el Quadrivium ya se habían sobreseído de alguna manera; el currículum (que obedece a las necesidades de la época) se había ampliado y materias como el derecho, la filosofía moral y la teología, eran parte de los estudios universitarios. Los viejos letrados autodidactas, frente a los nuevos letrados egresados de las universidades con un diploma que les otorgaba reconocimiento, vivieron un enfrentamiento irremediable que hablaba de otras condiciones económicas: el naciente ocaso de la nobleza culta.

Nada de esto tendría el valor que llegó a tener si la formación cultural adquirida hubiese sido innecesaria y la conciencia social de la época, con todo lo difícil que resulta este concepto, no los hubiera validado como «letrados». Así ingresó en la literatura este segmento social de quienes poseían el saber, un bien muy preciado que ya había dejado de ser posesión exclusiva de nobles y eclesiásticos. Su estimación llegó a ser mayor cuando se desempeñaban en la corte como administradores que remediaban litigios que pasaban a manos del rey para la rúbrica final. La confianza del monarca partía de distinguirlos no por su sangre o de quién fueran hijos, sino por su probidad intelectual; el Infante Don Juan Manuel en el Libro de los Estados advierte que son esas las nuevas fuerzas de la «acción política» con quienes habría que contar.

No pensemos que por ser Castilla un reino poderoso y rico (quizá el más de Europa si nos atenemos a los historiadores) el ascenso de estos hombres era privativo del reino castellano; allende los Pirineos, en los demás principados, era igual; abundan los relatos literarios en los que aparecen junto al rey o el Papa. Las formaciones económicas empezaban a modificarse, lo que desató necesariamente, una reacción en cadena que imponía las reformas imperiosas para el buen funcionamiento del Estado. También el pontificado contaba con muchos clérigos (Utrumque Iuris) versados en derecho civil y canónico; recordemos que Roma era entonces una corte internacional (este calificativo es anacrónico, pero lo utilizamos para redondear una idea) donde los príncipes y nobles llevaban sus asuntos legales para ser resueltos.

En el correlato histórico estamos hablando de la época de Alfonso XI, quien necesitó de estos «hombres del saber» que acudían a la corte motivados exclusivamente por ambiciones políticas. Ya eran imprescindibles frente a la poca probidad de los nobles en el ejercicio de las funciones públicas y diplomáticas. En verdad, los nobles tenían tantos enemigos entre ellos mismos que el único reducto que les fue quedando fue la amistad con los monarcas para hablarles al oído. Por supuesto, el Infante Don Juan Manuel, miembro de la alta nobleza, al ser también un escritor reconocido, manifestará su aversión al ver al rey rodeado de quienes no eran nobles, por tanto los consideraba indignos para que el monarca depositara enteramente su confianza en ellos, carentes de un apellido que los ensalzara para estar a la altura de tratar cara a cara con el rey en la vida cotidiana y gris.

Alfonso XI, inmerso en conflictos bélicos y rodeado de enemigos provenientes de la nobleza, fue desplazando su atención a los juristas, diplomáticos y administradores con formación académica; no es de extrañar que sus ahora exacerbados viejos enemigos le pasaran factura; contra ellos no tuvo otra alternativa que enfrentarlos con las armas. Nunca fue fácil para él lidiar con este frente que también tenía mucho poder (hombres armados), y actuó siempre con violenta oposición a sus mandatos.

La transformación de las leyes castellanas (el derecho) un propósito del rey, lo mantuvo siempre con los ojos puestos en los monarcas franceses, ingleses y la curia romana. Avizorando los riesgos que corría, se rodeó siempre de quienes sabían cómo proceder antes que lanzarse a la guerra, lo propio de la mentalidad nobiliaria. Entre los consejeros, el alfonsí tuvo siempre muy en claro que en el reino había una clara división entre los eclesiásticos, no propiamente por cuestiones teológicas sino por algo mucho más peligroso para su estabilidad, la organización de ellos en los estamentos de los prelados castellanos, también involucrados en violentas disputas.

Fueron muchos los jerarcas eclesiásticos que ostentaban también títulos nobiliarios y ejercían desde ellos su autoridad; incluso contaban con ejércitos privados que se agrupaban por parroquias para enfrentar a los nobles que los amenazaban desde los cabildos parroquiales y catedralicios. Aquel conflicto por el poder local se hizo cada vez más cruento y generó desórdenes y reyertas que se fueron acumulando y actuaron como fermento de las revueltas que se dieron posteriormente en el resto de la península. El caso más estudiado es el de la diócesis de Toledo, con obispos tan ricos como Carrillo, dueño de amplias extensiones de tierra fértil y un ejército. Los prelados fueron otro poder frente al cual los ataques armados estaban al orden del día, incluso por los ambiguamente llamados «bandoleros». Ambos lados se enfrentaban con sus hombres armados.

Un ejército privado solo podían sostenerlo individuos pertenecientes a la clase feudal (aunque esa categoría de feudal es una etiqueta también muy ambigua) dominante. Tales grupos armados, así pertenecieran a los bandos nobiliarios, no llegaron a distanciarse en Castilla de lo que se suele llamar hoy «la delincuencia común». Con este término en boga, queremos explicitar acciones como el asesinato, las amenazas, la violación a las mujeres (es posible que también a hombres, ¿por qué no?) el expolio, la rapiña, las correrías, la extorsión y una larga lista de actos «criminales» contra quienes consideraban sus enemigos, incluso de su propia clase, era lo habitual. Como muy bien se ha señalado, se trataba de defender la vida ante las arremetidas de una formación social que los nobles no podían sostener sin el ejercicio de las armas.

En Castilla los nombres del cardenal Gómez Barroso, el muy mencionado cardenal Gil de Albornoz y el obispo de León, Cuenca y Oviedo, Juan del Campo, son los más mencionados en los trabajos de la historiografía literaria del siglo XIV. Rodeados de leyendas e historias, sus acciones superaron en mucho lo que de sus títulos se pudiera esperar; la cárcel y otras venganzas no les fueron ajenas; tampoco sus afanes por el poder, fuente de las desgracias que sobre ellos recayeron. Es muy importante recordar que en la época del papado en Aviñón el monarca español simplemente le comunicaba al Papa Clemente VI quién debía ser cardenal; los monarcas que lo sucedieron continuaron actuando en el tormentoso reino de Castilla como si fueran el Papa.

En cuanto a los consejeros laicos de Alfonso XI, identificamos en los textos históricos los nombres de Fernán Sánchez de Valladolid, Fernán Rodríguez Pecha, su hijo Pedro y otros más. La diferencia entre estos y los eclesiásticos tenía que ver básicamente con su posición de laicos; pero igual que los eclesiásticos, trabajaban en funciones internas como el apaciguamiento de los enfrentamientos nobiliarios. Con sus ejecutorias conseguían de igual manera misiones diplomáticas y por último, la tediosa y siempre necesaria, función administrativa. Algunos de ellos, como Fernán Sánchez de Valladolid, tuvo tiempo de escribir las conocidas «Crónicas reales de Castilla», una historiografía que cubre desde el reinado de Alfonso X, pasando por: Sancho IV, Fernando IV hasta llegar a su rey, Alfonso XI. El carácter de «letrado» estimuló su trabajo de intelectual conocedor de las formas retóricas de su época, junto con Don Juan Manuel se podría decir que fueron en su tiempo los más destacados.

No sabemos, por infortunio, qué tipo de relación pudo haber existido entre estas dos figuras, no es difícil sospechar que había recelo, pero decir más sería caer en una huera palabrería sin fundamento. De todas maneras, contrastan la descendencia real y la prepotencia del orgulloso magnate e infante, frente al jurista y administrador Fernán Sánchez, quien no estuvo al lado del rey por su linaje sino por su excelente desempeño administrativo e intelectual. Por los textos podemos deducir que Don Juan Manuel no pudo haber estado contento con la elevación de los burócratas servidores del rey. Del otro lado, se puede asegurar que Fernán Sánchez no le dio mucha importancia al infante ni lo trató con particular deferencia en sus crónicas. Los textos disponibles permiten constatar lo que pudieron haber significado las desavenencias lógicas entre los llamados «letrados» de ambos lados.

Con la formación retórica y literaria, su influjo en poetas y escritores de la época fue evidente, pero sin lugar a duda, el factor determinante fue la cercanía al rey y sus consejeros porque garantizaban sus publicaciones. Aunque los letrados representaron el nacimiento de un estamento nuevo hacia finales de la Edad Media, con sus escritos como «La crónica de Alfonso XI», dejaron para la historia de la literatura el elogio del rey enfrentando los grupos nobiliarios durante su reinado; también las aproximaciones al origen de las reyertas internas en Castilla y lo más importante, la conciencia del monarca de los cambios en la manera de gobernar, todo orientado hacia el nacimiento del llamado Estado Moderno que se gestaba desde entonces.

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*John Jaime Estrada. Nacido en Medellín, Colombia. Graduado en filosofía en la Universidad Javeriana, Bogotá. Estudios de teología y literatura en la misma universidad. Maestría en literatura medieval en The Graduate Center (City University of New York, CUNY). Es PhD. en literatura medieval castellana en la misma institución. Actualmente es profesor asistente de español y literatura en Medgar Evers College y Hunter College (CUNY). Columnista de la revista literaria Revista Cronopio. Miembro honorario del CESCLAM–GSP, Medellín. Miembro del comité de la revista Hybrido e investigador de filosofía y literatura medieval. Su disertación doctoral abordó el periodo histórico de las relaciones entre el islam, judaísmo y cristianismo en Castilla durante los siglos XI–XIV. Investigador personal de tales interrelaciones a través de la literatura medieval castellana, en particular en la obra el «Libro de buen amor». Es autor de la tetralogía «De la antigüedad a la Edad Media».

1 COMENTARIO

  1. Como siempre el Dr. Estrada rebatiendo las ideas que se nos han impuesto en la academia como un caballero medieval cruzando el mundo.

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