EL NADAÍSMO EN BARRANQUILLA

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el nadaismo en barranquilla

Por Miguel Falquez-Certain*

Debió de ser a finales de los años cincuenta cuando escuché hablar del Nadaísmo por primera vez. Tendría diez u once años y en el San José, el colegio de jesuitas donde cursaba cuarto elemental, los curas despotricaban contra «esa mancha de desalmados» que había cometido un sacrilegio al pisotear hostias en la catedral de Medellín. El obispo les había excomulgado y había suspendido hasta nueva orden el desfile anual de los silleteros y de la famosa Feria de las flores.

Pienso que tal vez fue en ese mismo momento que el nombre de Gonzalo Arango vino a conocerse a nivel nacional y supimos entonces de la existencia de este movimiento nadaísta que la Iglesia Católica temía y detestaba.

Confinado a una cama por causa de la varicela, y a instancias de una prima mayor, dejé de leer «paquitos» y tiras cómicas y comencé a leer mis primeros libros.

Con el tiempo descubrí los suplementos literarios de El Tiempo y El Espectador y en ellos venían noticias de actos, manifiestos y libros de los nadaístas en Medellín, Cali y Bogotá. A comienzos de 1963, durante las tardes en que mi hermana no estaba en casa, aprovechaba para subir a su cuarto y ojear los libros maravillosos que guardaba en su biblioteca. También me había apasionado por leer y saber más de los nadaístas, ya que eran poquísimos los simpatizantes de este movimiento en Barranquilla.

Un día vi que mi hermana le mostraba una foto a nuestra tía Mona en la que aparecían retratados ella, el poeta Mario Rivero y una amiga, y por ella me enteré de que le había conocido recientemente en Bogotá. Había regresado a Barranquilla con varios libros de los nadaístas y algunos ejemplares de la revista Eco.

Revisando los libros para decidir qué leía, me topé con la primera antología de poetas nadaístas. La portada era roja con letras blancas y tenía varios dibujos en tinta negra y se titulaba Trece poetas nadaístas, acabada de publicar en Medellín en 1963 por Hernando Salazar de Ediciones Triángulo. La leí de un tirón una tarde en que caía uno de esos aguaceros desaforados que duraban horas y que se llevaban todo lo que encontraban a su paso. Sabía que cuando eso sucedía la ciudad se paralizaba y que mi hermana no regresaría hasta después de que escampara. El cuarto poeta se autodenominaba X-504 y en su poema «Jairo contra mi ingle» descubrí esa voz libre de prejuicios que me ha acompañado desde entonces. Tal vez pudo hacerlo porque se escudaba detrás de ese seudónimo.

Por esa misma época, había comenzado a escribir un poema diario para nuestra clase de castellano y literatura. En aquellos primeros versos, tenía que cuidarme que los poemas en sí no dejaran en evidencia el objeto de mi deseo. Sin embargo, en lugar de autocensurarme o de buscar la forma de que los versos fueran ambiguos, me hubiera gustado escribir con la misma libertad con la que el poeta nadaísta X-504 había escrito «Jairo contra mi ingle».

El hecho fue que «Jairo contra mi ingle» me presentó un mundo que no había pensado fuera posible y me mostró el camino.

Mi cuchillo debajo de mi vestido, su vaina contra mi ingle.
Las flores de tu jardín temblaban en sus tallos.
Miré tus ojos junto a la reja. Dijiste: el amor que me tienes te va a matar.
En ese momento comprendes y te precipitas sobre el timbre.
Se enciende la luz detrás de los cristales.
Te escondes en tu alcoba.
Mi cuchillo piensa: entrega su desnudez en otras manos.
El amor y la muerte duermen juntos a los quince años.

Y no era porque tuviera catorce años cuando lo leí por primera vez, era la fuerza abrumadora de sus palabras, su osadía, la belleza de sus imágenes, la contundencia de la muerte las que me arrastraban y me elevaban y me volvían a dejar caer en la exuberancia del deseo. Y me dije, «Bendito seas, X-504» y me devoré todo el libro buscando otra voz que sonara con la misma intensidad, pero no la encontré y regresé una y otra vez a ese poema, ese poema maldito y glorioso que es «Jairo contra mi ingle».

Tu sangre corriendo por mis manos entre el pulgar y el índice.
Resurges mágicamente cuando el relámpago acuchilla el firmamento.
Hoy eres un presidiario, pero yo compuse un libro de amor en honor a tu adolescencia.
«El libro de Jairo» fue quemado y el humo subió derecho al cielo
pues era el sacrificio del puro Abel a su perverso Dios.
En las noches de invierno, como en los inviernos del colegio,
te veo correr por la hierba húmeda, descalzo.
Hace diez años yo era un charco de amor en el invierno.
Tú chapoteando en las charcas en octubre.
Muchachos desnudos jugaban pelota en el campo de hierba mojada.
Tú preferías correr y mirar por los corredores.
Tu sexo contra mi vida: ¡Ay, mi cuchillo!
X-504 dice:
Si de un amor queda un poema está muy bien:
eso indica que nos conmovió;
pero si no queda nada tanto mejor:
eso indica que no nos dejamos conmover.
Ay, pero él es tan sólo un poeta; no un amante.

Y ese ritmo de ese poeta anónimo, desconocido, lejano e inconmensurable alimentaba mis noches buscando escribir un solo poema que se le pareciera en esa maravillosa desfachatez del amor y del sexo, libre de ataduras y de convencionalismos, pero sin lograrlo, naturalmente, aunque siempre insistiendo, noche tras noche, ante esas hojas de los cuadernos amarillos que iba llenando con desafuero, destrozando obstáculos, invadiendo cotos y revelándome en el acto de revelarme a mí mismo.

En 1966, con diecisiete años, fui con unos amigos al bar Arcesio’s en el centro de Barranquilla. Para mi sorpresa, esa noche me presentaron a Jaime Jaramillo Escobar. Entonces descubrí que él era X-504, ese poeta maldito y glorioso, autor de «Jairo contra mi ingle».

*          *          *

En la clase de filosofía en sexto de bachillerato en 1966 escuché a mi profesor, el padre Cartagena, hablar por primera vez de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus. Entonces descubrí el existencialismo y las relaciones que el Nadaísmo tenía con ellos, con Nietzsche, con el surrealismo y con el movimiento Beatnik de los Estados Unidos.

El último libro que leí de los nadaístas en un bus de Brasilia, rumbo a Cartagena, donde estudiaba primer año de medicina en 1967, fue Prosas para leer en la silla eléctrica de Gonzalo Arango, alternándolo con El existencialismo y la sabiduría popular de Simone de Beauvoir que el padre Cartagena me había prohibido leer en sexto de bachillerato.

*          *          *

En 1973 conocí a Álvaro Medina y Delfina Bernal a su regreso de Nueva York donde habían vivido desde mediados de los año sesenta. Fueron ellos quienes me contaron de qué forma se había manifestado públicamente el Nadaísmo en Barranquilla y quiénes habían sido sus seguidores.

«Los nadaístas éramos Noel Cruz, Arístides Charris y yo», me escribió Álvaro. «El 7 de abril de 1962, quemamos ejemplares de El Heraldo (por ser tan negado a la cultura) en la puerta del Club Barranquilla, diagonal a la Librería Nacional, y Charris leyó un poema contra la Barranquilla fenicia [sic], indiferente a la cultura. Delfina, con su paisajes sanguinolentos, se sumó a nuestro sentido de insatisfacción».

Por su parte Delfina recuerda haber vendido un cuadro suyo para pagar por los folletos que distribuyeron el día de la protesta. Dice que Álvaro Barrios aportó las ilustraciones y los dibujos, y que éste fue amigo de Gonzalo Arango y de Eduardo Escobar: «Tanto así que en uno de los libros de Álvaro Barrios, estamos Álvaro, X-504, Ed[uardo Escobar] y yo vendiendo poesías al frente del edificio Dugand».

Delfina me escribe diciendo que no conoció a Jotamario, pero que «vino [a Barranquilla] Enrique Calle, un joven amigo de Norma Zárate y Diego Arango en Bogotá, y se quedó en mi apartamento cerca a [la capilla] Betania. Enrique Calle vino con su ropa negra de Bogotá», agrega, «y dictó conferencias sobre el nadaísmo y le pagaron».

«A quien yo quería y apreciaba fue X-504, Jaime Jaramillo Escobar. Vivió en el Barrio Abajo y trabajó en publicidad», dice Delfina. Y agrega: «Admiré su disciplina y orden. Era meticuloso. Tenía todo en orden alfabético. La última vez que lo vi fue en una visita a Bogotá en los setenta».

Alberto Duque López me dijo alguna vez que él había sido nadaísta y que había participado en una demostración frente al Colombo Americano.

Álvaro Medina me cuenta que «Eduardo Escobar vino a Barranquilla en diciembre de 1961; y Fanny Buitrago, en febrero o marzo de 1962. A ambos los alojé en mi casa de [la avenida] Olaya Herrera con la [calle] 74». Y agrega que X-504 llegó a Barranquilla en 1966 buscando empleo. Entonces Álvaro le presentó a Plinio Apuleyo Mendoza que en aquella época tenía una de las agencias de publicidad más exitosas de Colombia, Publicidad Nova, en el edificio del Banco Cafetero, y que Plinio le contrató en el acto.

Conocí a Eduardo Márceles Daconte en 1974, en Barranquilla, de regreso de un viaje alrededor del mundo que le tomó tres años. Recientemente le pregunté si había participado en alguna actividad nadaísta en los años sesenta. «Me reunía con Álvaro Medina y su novia de entonces, Delfina Bernal, en La Cueva, que estaba cerca de mi casa en el barrio [El] Recreo», dice. «Y allí, tomando sifón, conversábamos sobre los nadaístas. Él escribía cuentos futuristas («Irás a la casa y te encontrarás con Josefa», por ejemplo) con el seudónimo de José Javier Jorge, pero de ahí no pasábamos», agrega. «Era más bien un tema de conversación en aquel tiempo, éramos muy jóvenes y yo no tenía claro el asunto aunque me gustaba».

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En 1996, Eduardo Márceles Daconte y Nubia Medina realizaron un encuentro de nadaístas en Nueva York. La institución que ellos presidían, Colombian Cultural Council (COLCUC), organizó coloquios, recitales, conferencias, exposiciones y fiestas para acoger a Jotamario Arbeláez, Malmgrem Restrepo, Eduardo Escobar y Rafael Vega Jácome. Fue en este encuentro que tuve la oportunidad de conocerles en persona, aunque había leído La invención de la uva de Escobar y El profeta en su casa de Arbeláez en 1967.

Rafael Vega Jácome me dijo que se acordaba de mí en Barranquilla a comienzos de los años setenta. Él había trabajado de periodista en el Diario del Caribe con Álvaro Cepeda Samudio en los sesenta, y yo había fundado y dirigido el Cine Club de Barranquilla, ejercido como periodista de El Nacional, publicado críticas de cine en los periódicos de la ciudad, así como cuentos, poemas y reseñas en el Suplemento Literario del Diario del Caribe, cuyo comité editorial estaba compuesto por Álvaro Medina, Alfredo Gómez Zurek, Carlos J. María, Margarita Abello Villalba, Antonio Caballero Villa y Ramón Bacca Linares. Fue un quinquenio donde se cohesionó un gran movimiento cultural como no se había vuelto a ver desde la época del «Grupo de Barranquilla», como le bautizó Jacques Gilard en los años setenta. Luego de conversar un rato, efectivamente recordaba a Rafa de una fiesta memorable en el apartamento de Rosita Marrero, una periodista de larga trayectoria querida por todos nosotros.

Aunque oriundo de Zambrano (Bolívar), Rafael había estudiado bachillerato en Cartagena, donde trabó estrecha amistad con Raúl Gómez Jattin hasta el resto de sus días. Y luego vivió en Bogotá y Barranquilla. Ya en ese entonces quería ser escritor y estableció correspondencia con Gonzalo Arango. Rafael me envió dos de aquellas primeras cartas, probablemente de 1966. En una de ellas Gonzalo le dice que en su cuento «hay algo de brusco y violento que patea en tu prosa» y le promete que saldrá publicado ese año. Le envía, asimismo, «un manifiesto amotinado que publicaron los nadaístas de Barranquilla, dirigidos por Álvaro Barrios y X-504».

En el párrafo siguiente le confiesa que «ando de pelea con Jorge Zalamea, ‘el gran burundún’. Este hijo de la grande me acaba de lanzar por Letras nacionales la estúpida acusación de que soy un espía y otras mierdadas incalificables. Todo eso por el lío con la Traba, a raíz del concurso de novela».

En un sobre timbrado «Nadaísmo 70» y con el remitente bogotano de Ediciones del Nadaísmo, cuyos directores eran Gonzalo y X, Rafael recibe en Barranquilla otra carta de Gonzalo. En ella ensalza su cuento, llamándolo una «verraquera» y «brutal, desde el punto de vista de la moral burguesa. Va a chocar y ofender, pero si lo rechazan en nuestros suplementos, te lo haré publicar en la revista Zona Franca de Venezuela. El director, Juan Lizcano, es mi amigo y admira el Nadaísmo».

Conocí a Álvaro Barrios el 15 de agosto de 1970 en el sepelio de mi tío político Alberto Pumarejo. Nos presentó mi prima, la Nena Pumarejo Certain, gran amiga suya. Recientemente le pregunté sobre su relación con algunos miembros del Nadaísmo, en específico, sobre esa foto que menciona Delfina Bernal en la que aparecen con Eduardo Escobar y Jaime Jaramillo Escobar.

«Esa foto la tomó un fotógrafo callejero de los que andaban por el Paseo Bolívar», dice. «Estábamos en las escalinatas del Banco del Comercio, creo que se llamaba. Ése que tiene la fachada delantera como un templo griego y queda en la Plaza de San Nicolás, a un costado de la iglesia».

«En ese tiempo yo trabajaba con X-504 en Publicidad Nova, la agencia de Plinio Apuleyo Mendoza que quedaba en el Centro, en el edificio del Banco Cafetero. X iba a trabajar todos los días con saco y corbata, pues era ejecutivo de cuentas. Y yo estaba en el Departamento de Artes. El apartamento de Jaime Jaramillo Escobar quedaba también en el centro y muchas cosas giraban alrededor de ese sector, como la Librería Nacional. En la puerta de esa librería, en plena acera, un poeta nadaísta, Ariel Aragón (su verdadero nombre era Arístides Charris), hizo un recital-proclama contra las señoras del Club Barranquilla, que quedaba al frente».

En cuanto a cómo conoció a Eduardo Escobar, me dice: «A mí Eduardito me lo presentó Norman [Mejía], porque ellos eran tan amigos que Eduardo se hospedaba en su casa cuando venía a Barranquilla».

Y agrega que «los primeros nadaístas que yo conocí fueron Álvaro Medina (su pseudónimo era José Javier Jorge) y el poeta Noel Cruz, ambos estudiantes de semestres avanzados de arquitectura, cuando yo entré a estudiar lo mismo en la Universidad del Atlántico en 1964. La novia de Álvaro era Delfina [Bernal] y por eso la conocí. Ella estudiaba pintura en Bellas Artes. Por Delfina conocí a Alejandro Obregón, que era director de Bellas Artes y vivía enfrente, en La Perla».

*          *          *

Conocí a la poeta y fotógrafa antioqueña Liliana Isabel Hernández en una reunión de navidad, en 2014, en casa de Blanca Irene Arbeláez, a la que asistieron también Nereo López y Gustavo Arango. El 30 de diciembre fuimos al Coppelia, un restaurante cubano en Manhattan, con el fin de despedir el año. Hablando con Liliana, me enteré de que participaba desde hacía muchos años en el taller de Jaime Jaramillo Escobar y que eran amigos. Le pedí el favor de llevarle a X mis libros Triacas (cuentos) y Mañanayer (poesía) y gentilmente lo hizo.

Al poco tiempo, X me escribió, solicitándome autorización para incluir dos poemas en una antología del soneto en Colombia que estaba preparando.

En 2015, escribí mi novela La fugacidad del instante. X me había enviado la versión definitiva de «Jairo contra mi ingle» que tenía pensado incluir en la novela y, cuando la terminé, le envié a Liliana un fragmento donde le hacía un homenaje a X, para que se lo entregara. La novela la publicó Escarabajo Editorial de Bogotá en octubre de 2020 y X murió el año siguiente. No alcanzó a leerla.

En 2022, viajé a Medellín en julio para participar en el XXXII Festival Internacional de Poesía después de haber sido seleccionado en la convocatoria.

Durante un desayuno en el hotel donde nos hospedaron, tuve la oportunidad de hablar un rato con Jotamario Arbeláez y preguntarle sobre esos primeros días del Nadaísmo y su conexión con Barranquilla.

Y, lo más importante, me volví a reunir con Liliana Isabel y fue un encuentro maravilloso. Además de vernos varias veces en el Jardín Botánico y en un restaurante cercano al estadio, Lili, como la llama mi amigo Pedro Arturo Estrada, me entregó un ejemplar del Soneto en Colombia (Medellín: Eafit, 2016), antología compilada por Jaime Jaramillo Escobar, donde incluyó mis poemas.

No satisfecha con esto, me invitó a hablar de mi obra en el mismo taller que X dictó por tantos años en la Biblioteca Pública Piloto. Fue una tarde estupenda y disfruté mucho con la acogida que me brindaron sus miembros, así como con la entretenida, original y aguda entrevista que me hizo en vivo Liliana.

A los pocos días, el gran poeta Pedro Arturo Estrada hizo una presentación excelente de mi novela en la Librería Grámmata y allí tuve la oportunidad de regalarle un ejemplar a Liliana y de volver a ver a viejos amigos, como Gabriel Jaime Caro, Juan E. Villegas y Samuel Whelpley.

Rizando el rizo regreso al principio. Pienso que la influencia del Nadaísmo en la sociedad colombiana de su tiempo es indudable, como movimiento cultural que rompió violentamente con las tradiciones anquilosadas de movimientos anteriores y con figuras contestatarias antes del 68 parisino. Después de todo, el membrete de una de las cartas decía: «El Nadaísmo es una flor con sensibilidad socialista». A mí me marcó, en particular, aquella primera antología de poetas de 1963 que también incluía a Mario Rivero. Con el tiempo, como era de esperarse, todos tomaron rumbos diferentes. Sin embargo, si he de salvar una de aquellas obras de la maldita hoguera del tiempo, sin titubear escogería Los poemas de la ofensa de Jaime Jaramillo Escobar.

En mi novela, La fugacidad del instante, ese primer impulso creativo, que el protagonista encuentra en «Jairo contra mi ingle», le ayuda a escribir un poema diario en un cuaderno. Al final del año escolar, el profesor decide quemar todos los cuadernos en una hoguera improvisada en el patio del colegio:

Cuando llegó noviembre, antes de los exámenes finales, el padre Múnera entregó una lista de los mejores del curso y convocó a la clase entera a que se presentara a las cinco de la tarde en el patio de recreo principal. Justo en su centro hizo construir una hoguera, y cuando comprobó que todos los alumnos de tercero de bachillerato estábamos presentes después de pasar lista, empezó a arrojar uno a uno y sin excepción los cuadernos que contenían los trabajos literarios de sus discípulos. No sé si por el calor de las llamas algunos mostraban los ojos llorosos. En cuanto a mí, sentía tanta rabia e impotencia, tanto desasosiego y tristeza, que miré los reflejos de la pira con estoicismo. Me sentí traicionado, violentado, vulnerado, destruido. Allí, en esas cenizas que poco a poco se iban acumulando en ese patio de brea que pronto abandonaríamos para irnos al nuevo plantel construido en los terrenos que había donado la colonia francesa a los jesuitas a principios de siglo para que algún día construyeran su nuevo colegio en Ciudad Jardín, se iban desintegrando mis primeras batallas con el ángel, los frutos de una lucha sin cuartel que arderían en el recuerdo para siempre.

REFERENCIAS

Álvaro Barrios (1945), crítico, teórico, artista visual y conceptual cartagenero, criado en Barranquilla. Su obra es reconocida a nivel mundial.

Delfina Bernal (1941), artista visual y conceptual barranquillera. Vive en el área de la Bahía de San Francisco (EE.UU.).

Miguel Falquez-Certain (1948), escritor, dramaturgo y traductor barranquillero. Sus libros más recientes son Este aire impuro (Buenos Aires: Abisinia Editorial, 2023) y El héroe del Sur (Barranquilla: Editorial Uninorte, 2024). Vive en Nueva York.

Eduardo Márceles Daconte (1942), escritor, antólogo, biógrafo, curador y crítico de arte cataquero, criado en Barranquilla. Su libro más reciente es una biografía de Nereo López, publicada por Caza de libros de Bogotá en 2025. Vive en Salgar (Atlántico).

Álvaro Medina (1941), escritor, historiador, curador y crítico de arte barranquillero. Su obra más reciente es Sol marchito (Bogotá: Editorial Planeta, 2024), finalista del Premio Nacional de Novela de Colombia 2024. Vive en Bogotá.

Malmgrem Restrepo (1935). Artista visual e ilustrador de la antología Trece poetas nadaístas (Medellín: Ediciones Triángulo,1963) y de otros libros nadaístas. Nació en Envigado (Antioquia). Vive en Nueva York.

Rafael Vega Jácome (1944), novelista nacido en Zambrano (Bolívar). Vive en Miami Beach.

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* Miguel Falquez-Certain (Barranquilla). Reside en Nueva York desde hace cuatro decenios donde se desempeña como traductor en cinco idiomas. Su obra poética, dramática y narrativa ha sido distinguida con numerosos galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College), 1980. Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1981-1985). Es autor de Reflejos de una máscara, Habitación en la palabra, Proemas en cámara ardiente, Doble corona, Usurpaciones y deicidios y Palimpsestos (poemarios); de Bajo el adoquín, la playa (noveleta); de seis obras de teatro: La pasión, Moves Meet Metes Move: A Tragic Farce, «Castillos de arena», «Allá en el club hay un runrún», «Una angustia se abre paso entre los huesos» y Quemar las naves, así como de cuentos y relatos. Book Press–New York publicó Triacas (narrativa breve) y Mañanayer (poesía) en 2010. Mañanayer obtuvo la única mención honorífica en The 2011 International Latino Book Awards en la categoría de mejor poemario en español o bilingüe.

2 COMENTARIOS

  1. Excelente reseña. Me impactó mas no me sorprendió la locura de la hoguera del curso del Dan José.

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