
Por Julián Silva Puentes*
«Prefiero pasar frío en Londres
que plantar chontaduros en el Chocó»
(Carta de Gonzalo Arango a Fernando Botero).
Cuando alguien empieza un escrito con una cita ajena, es porque no tiene nada para decir. O si lo tiene, no sabe cómo decirlo, que es a la larga lo mismo. A mí me pasa lo contrario: tengo tanto para decir que a veces siento que me voy a enloquecer. No por ello, cada cosa que escribo es necesariamente Shakespeare. Esto, definitivamente, no es Shakespeare.
En el sentido de que esto no es Shakespeare, empezaré con una pregunta que a primera vista parece tonta. Juro que no lo es: ¿en qué se parecen Gonzalo Arango, Roberto Bolaño, Jack Kerouac y una lasaña congelada? Para alguien que no sea yo, no se parece en nada. Para mí, que soy YO, ellos son como no tener dinero para comprar comida en invierno y descubrir la lasaña congelada de 13 dólares con 50 centavos en el Woolworths de la calle Latrobe, en Melbourne, una noche de invierno cuando no había dinero ni amigos.
Comer lasaña de 13 dólares con 50 centavos y tomar café de dólar y medio del 7/11 puede salvarte la vida. Puedes vivir con menos que eso, es cierto, pero te ayuda a mirar al mundo como a una bestia que no siempre quiere engullirte. Al menos no piensa destruirte y, si es ese el caso, si se empeña en devorarte, tu empecinamiento idiota, aquel que te hace parar de la cama con la esperanza de que el día de hoy el sol brillará más fuerte que el anterior, hace que saques fuerza de donde no la tienes para seguir adelante. El café de dólar y medio del 7/11 podrá saber a medias mojadas, pero te hace sentir más cercano a la condición humana en las noches de invierno, cuando te sientes tan extranjero que no perteneces a ninguna parte. No perteneces ni siquiera al lugar donde naciste.
Sentirse extranjero en tu propia tierra obedece a un constante cuestionamiento del lugar que ocupas en el mundo. Los viajes no te dicen quién eres, pero te ayudan a ver qué es lo que no quieres de la vida. Los viajes sin objeto ni dinero son rudos y peligrosos. No saber a dónde vas hace de la aventura un tesoro inolvidable para los años venideros, especialmente en los presentes, cuando tienes tanto qué perder. «Los viajes, así como la procesión, se llevan por dentro», dijo Gonzalo Arango. No es cierto. Lo acabo de inventar para tratar de explicar por qué Gonzalo Arango, a quien las inquietudes de la existencia le impidieron llevar una vida de familia, trabajo estable y propiedades, no salió a recorrer el mundo como sí hicieron otros escritores quienes, sin proponérselo, fundaron una corriente literaria.
Entonces, ¿en qué se parecen Roberto Bolaño, Jack Kerouac, Gonzalo Arango y la lasaña congelada de Woolworths? En nada. A lo sumo, en que a los cuatro los subestimaron. La lasaña que parecía tan insípida y tiesa al principio, después de ponerla 15 minutos al horno, me quitaba el hambre y me hacía ver el mundo como a una cosa terrible, pero emocionante al mismo tiempo. ¿Tendré para hacer mercado? ¿Me alcanzará para el arriendo? Nunca lo sabía en Melbourne y eso le ponía un ingrediente de emoción a la vida. Terror también. Mucho terror. No saber estas cosas le quita el sueño, el hambre y las ganas de tener sexo a una persona. No es mi caso. Esas tres cosas, las más importantes de la vida y al alcance de cualquiera (no es cierto) se mantienen incólumes en mí por una especie de tara que tengo al olvidarme de los terrores del día después de las seis de la tarde. ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¡Las 6:00 pm! ¡Vamos a pedir pizza y a ver Lost! Justo así. Igual que presionar el «off» de la luz. No hay nunca un problema que me haga perder ninguna clase de apetito.
Una lasaña congelada no puede tener arraigos o desarraigos, puesto que es comida. No por ello deja de ser pertinente el hecho de que nadie esperaba mucho de Bolaño, Arango y Kerouac. Así como tampoco de la lasaña congelada. Gonzalo Arango fue pobre toda su vida. Sin embargo, la luz que arrojó sobre Colombia al leer su manifiesto Nadaísta en 1958, lo denotó como una figura más pública que literaria. Después escribió para la revista Cromos y todo cambió. Pasó de ser un nómada citadino al columnista más conocido del país. En 1966, Cromos se leía en peluquerías y se compraba en mayor medida para leer acerca del certamen nacional de belleza. Desde que Gonzalo Arango escribió su columna, se convirtió en una publicación respetada que se compraba para leer a Gonzalo. También para leer las noticias de las reinas. Pero en mayor medida para leer a Gonzalo Arango.
De haber vivido en esa época, lo habría emulado en todo. Vivir en una pieza humilde en el barrio de la Perseverancia aquí en Bogotá, fue su versión de la buhardilla de Gabriel García Márquez en el París de 1955, cuando no tenía para comer. Tal vez en París, Gonzalo Arango hubiera corrido con la misma suerte de García Márquez unos años después, así como le sucedió a Vargas Llosa. García Márquez empezó como periodista y terminó ganando el premio Nobel de literatura en 1982. Escribía cuentos y novelas.
El Nadaísmo no tiene nada qué envidiarle al realismo mágico de García Márquez. Ganar el Nobel de literatura en 1982 no le quitó al Nadaísmo la influencia que tuvo en Colombia durante una década. Dos décadas. ¡Seis décadas! La diferencia entre uno y otro, aparte de su estética y estructura, radica en que el primero se internacionalizó y el segundo permaneció en Colombia. Debe de haber muchas más diferencias. Yo no las conozco todas, las diferencias de uno y otro, salvo por el hecho de que el realismo mágico da a pensar en Cien años de soledad, y el Nadaísmo da a pensar en Gonzalo Arango como anatema de la Colombia colonial del siglo XX.
Roberto Bolaño en la década de los 70 en México fundó con su amigo Mario Santiago Papasquiaro, alias Ulises Lima, en Los detectives salvajes, una suerte de movimiento poético llamado Infrarrealismo. El movimiento no pasó de ser una mera anécdota para los amigos de Bolaño. El motivo por el cual yo escuché del Infrarrealismo, se debe a que Bolaño escribió de ello en «Los detectives». Le tomó cerca de 20 años a un movimiento mexicano hacer eco en el mundo, gracias a que Bolaño ganó el premio Herralde de novela y el Rómulo Gallegos de 1998.
El Infrarrealismo no dice nada en el sentido de explicar reglas de forma o argumento. Los personajes de Bolaño no escriben poesía ni prosa. Viven el mito del artista que no hace arte. Sin hogar, dinero ni trabajo recorren el mundo con la indigencia de Rimbaud en el siglo XIX. Viajar como hace el alter ego de Bolaño, Arturo Belano y Ulises Lima, es liberador en el sentido de hacer algo que no tiene ningún fin práctico. Una aventura con objetivos se convierte en un proyecto y los proyectos exigen resultados. Una aventura tiene como fin la espontaneidad de la experiencia en sí. Así como la poesía no enseña nada, no informa ni esclarece nada, la orfandad de propósito del Nadaísmo permite que se le dé el sentido que cada uno quiera ponerle. En el Infrarrealismo de Bolaño, sus personajes son el arte que pretendieron crear. Gonzalo Arango y su movimiento fueron la representación del arte del siglo XX. Él y sólo él, fue el arte en Colombia.
Si eres una persona violenta, el Nadaísmo querrá destruir el mundo sin dejar nada en pie. Si eres un caguetas, el Nadaísmo se convierte en un hermoso sueño que no conduce a nada. ¿En qué sueñas tú? ¿Eres un destructor de mundos, o un romántico que sueña con transformar en lugar de destruir? ¿Eres Rimbaud camino al África para convertirse en traficante de armas? ¿Eres Atila? ¿Eres un vagabundo del dharma como Jack Kerouac buscando la verdad, la virtud y el equilibrio de la vida?
Jack Kerouac se hizo conocido por su segundo libro, En el camino, publicado en 1957. Un libro acerca de alguien que viaja de un rincón al otro de su país buscando «it», o «eso». «Eso» es algo que no puede definirse. «Eso» es el sentimiento de la fuga que no conduce a ninguna parte. La euforia del escape es algo difícil de superar. Lo mejor de los viajes es el inicio, cuando existe la posibilidad de un mundo mejor.
La ilusión de una nueva aventura en cada cosa que haces, te ha mantenido joven todo este tiempo. Te agotas más, eso es cierto. Tiendes a decepcionarte casi con cualquier cosa. Te toma más tiempo recuperarte de un nuevo fracaso. Antes creías que la piedra que llevas amarrada al cuello era un símbolo de perseverancia, y por eso la cargabas con orgullo. Ahora te preguntas el por qué de la piedra. ¿Adónde te lleva la cuesta que recorres a ciegas? ¿A otra montaña? ¿A un abismo sin fondo? Antes no te lo preguntabas porque tenías fe en tu destino, y es la fe, no la fuerza bruta, la que mueve montañas. Eso me enseñó Jack Kerouac. Lo otro, «it», lo aprendí por mi cuenta.
* * *
No todos los viajes se hacen a pie. Al menos no los más importantes. Se debe haber viajado mucho para llegar a esta conclusión. El caso de Gonzalo Arango es diferente. Su viaje fue más introspectivo que geográfico. Un viaje permanente al interior de sí mismo. Algunos debemos ir de un rincón al otro del mundo para llegar a esa conclusión, la cual no es absoluta, porque un descubrimiento abre la puerta de otro viaje.

Estoy seguro de que, si hubiera salido de Colombia, su obra, su persona, estaría en el mismo ring de Rebeláis y Céline. Digo «estoy seguro», pero no es cierto. La verdad es que no sé nada del Nadaísmo y no podría definir al Realismo Mágico ni al Infrarrealismo. La Generación beatnick la comprendo un poco. La comprendo en el sentido de que Jack Kerouac y sus amigos sentían que el confort y progreso de Estados Unidos, suprimían la libertad del ser humano. En aquella época, en la década de los 50 en Norteamérica, lo peor que le podía pasar a un escritor era que no lo publicaran. En Colombia, durante los 50, lo peor que le podía pasar a un artista era que le cortaran la cabeza y arrojaran su cuerpo al río.
La época de la violencia en Colombia ha venido fluctuando en el sentido de empeorar. Una década estamos mal y la siguiente estamos peor. Sin embargo, todo empeoró desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Bogotá, el centro y sus alrededores, fueron incendiados. Ese mismo incendio se expandió por el resto del País. En San Gil, en 1950, cierta noche los liberales llegaron buscando masacrar conservadores. Conservador que veían en la calle, conservador que recibía un balazo. Frente a la casa de mis abuelos pasó un carro negro. Alguien dio aviso a las familias como la mía para que se ocultaran en los tejados de las casas. No era raro que entraran a la fuerza, o que le prendieran candela si no conseguían entrar. Según me contó mi tía Esperanza (hola tía), al momento de sopesar si matar a toda mi familia o dejarla con vida, alguien dijo: «esa es la casa del médico Puentes». Siguieron de largo. Mi abuelo atendía a los pobres y regalaba medicinas a cualquiera que no pudiera pagar. Al final sirvió de algo. Sirvió para evitar el asesinato de la familia Puentes.
Tal era el escenario en donde Gonzalo Arango dio su discurso del Nadaísmo en contra de esa intolerancia bruta y asesina (para ser asesino se debe ser bruto). No imagino entonces el riesgo que comprendía burlarse de una sociedad dormida e hiperactivamente asesina al mismo tiempo. A esto se le llamó Nadaísmo. Gonzalo Arango fue su fundador.
El discurso libertario de Jack Kerouac en la Norteamérica de los 50 no comprendía un riesgo de muerte. El ostracismo de la sociedad que anula a los artistas de contracultura no los mataba físicamente. En el peor de los casos les impedía triunfar comercialmente. No fue el caso de Jack Kerouac. Vivió como un vagabundo cerca de diez años, hasta que «en el camino» fue publicado en 1957. La Generación Beatnick fue el génesis para el movimiento hippie de los 60 en Norteamérica. A esto se le pueden atribuir muchas libertades civiles de las que gozamos hoy. USA no vivió la misma violencia de nosotros en este lado de América, y tal vez por eso floreció tanto. Desde las artes hasta las libertades civiles. En Colombia todo era más «de para arriba». Ser disruptor en un ambiente en donde no te quitan la cabeza y arrojan tu cuerpo al río (cualquier río), es diferente a serlo en un lugar en donde la gente se emborracha con guarapo el domingo de mercado y decide masacrar a tu familia.
La violencia en la América latina ha moldeado nuestra manera de ver al mundo. Todo lo que hacemos está inspirado en el miedo a la muerte violenta. En el norte de América se temió durante años la guerra nuclear que pondría fin al mundo. No es menos peor que le prendan candela a tu casa, con tu familia adentro, a que el mundo se convierta en bruma y escombro por un ataque nuclear. El ataque nuclear es peor, claro, pero no lo es para la gente que muere de muerte violenta.
El apocalipsis nuclear (apocalipsis significa revelación) que pendió sobre el mundo a causa de la Unión Soviética y Estados Unidos, era demasiado horrible como para imaginar que en realidad pudiera suceder. Genocidas sobran en el mundo de ahora y en el de antes. Pero una destrucción total es algo que cuesta creer. No por ello la posibilidad es menos probable. Sin embargo, para el hombre que muere quemado vivo con su esposa e hijos, el mundo, su mundo, acabó para siempre. Cada muerte es la destrucción del mundo para quien la vive. «Vivir la muerte» es una falacia. Gonzalo Arango era una falacia humana. Ludis artifex falax est. El bufón es el maestro del engaño. Era el único miembro de la corte que podía burlarse del rey terrible, del «rex Colombiae».
Gonzalo Arango estuvo en la cárcel por «bufón», y fue perseguido durante algún tiempo. Pudo haber sido profeta en su tierra de haber huido a Europa, como lo hicieron García Márquez y Fernando Botero. En realidad García Márquez no huyó a Europa. Se fue como corresponsal del El Espectador. Muchos años después (cuando el coronel Aureliano Buendía), huiría a México desde Colombia, amenazado de muerte por esa Colombia que no perdona maneras diferentes de pensar. Fernando Botero no huyó a Europa perseguido por la violencia. Se ganó una beca y aprendió cosas que le ayudaron en su carrera como pintor. En realidad, no sé eso último. Lo leí en el divertido reportaje de 1955 que le hizo Gonzalo a Fernando en el diario El Colombiano. Eran amigos del colegio. Eso sí lo sé. El segundo fue profeta en su tierra, pero debió irse para serlo. El primero murió en un accidente de tráfico en una carretera perdida de Colombia.
Jack Kerouac viajó mucho, pero no se alejó demasiado de USA. Vivió en México en donde escribió Ángeles de desolación y Tristessa. Cuando viajamos a México en enero de 2024 (¿ya pasó un año?), peregrinamos al Orizaba 210 en Colonia Roma, en donde vivió un tiempo (Jack). Es raro encontrar los lugares (en pie) en donde tus héroes literarios vivieron. Le pedí a Diana que me tomara muchas fotos, porque mi escritor favorito terminó dos de sus libros más hermosos allí. Jack Kerouac. ¿Qué hubiera pasado si Jack hubiera sido centroamericano en lugar de norteamericano? México es una tierra diferente al resto de Hispanoamérica. Me atrevería a decir que cree más en sus profetas.
Roberto Bolaño no era mexicano, pero allí vivió su adolescencia y escribió siempre, de una manera u otra, de su «DF literario». El Infrarrealismo nació allá y continuó viviendo en la imaginación de Roberto hasta plasmarlo en los «Detectives». A México se le conoció hace muchos años como «Nueva España». Fue el primer punto neurálgico de la conquista española. «Virreinato de la Nueva España», se le llamó, y comprendía todo el Centro de América. Colombia fue un Virreinato también y lo siguió siendo hasta 1819. «Virreinato de la Nueva Granada», se llamó. No creo que tenga relación alguna con el Nadaísmo, pero saberlo no le hace daño a nadie, y da a entender que soy inteligente. Lo juro. Juro que soy una persona muy inteligente.
Jurar algo no significa que sea cierto. Hace algunos años juré no regresar a Colombia en donde es tan difícil conseguir lo que se quiere. «No volveré a Colombia hasta que me haya convertido en astronauta», le dije a mi madre en 2014. Casi tres años después, en diciembre de 2016, regresé con cuatrocientos dólares en mi billetera. Cien más de los que tenía cuando me fui en marzo de 2014.
No todo fue perdido. Viajé mucho y leí mucho para conocer mucho y saber mucho, tal y como recomienda Cervantes. Estudié negocios en el Baxter Institute de Melbourne, cosa que hasta el momento no me ha servido de nada. Homologar el título no ha sido posible por unos cuantos créditos que le hacen falta al «certificate IV in bussines», para pasarlo por especialización en Colombia. Pensé en hacer un doctorado en Alemania con los 30 mil dólares que planeaba ahorrar en Australia. La vida tuvo otros planes. Ahora YO tengo otros planes.
De haber leído el «sermón atómico» de Gonzalo Arango a mis tiernos 26 años, me habría vuelto loco. Cuando enloquecí del todo a mis 31 años, ya estaba demasiado afianzado en una manera de ver el mundo como para irme a vivir a una aldea ecológica en Arequipa (tenía el viaje planeado), Perú, en donde la gente construía su propia casa y se casaba debajo de un naranjo, después de repetir tres veces «me caso contigo, me caso contigo, me caso contigo». Afortunadamente, viví como un adolescente hasta los 37 años y por eso no creo que vaya a enloquecer de nuevo. La crisis de la mediana edad les da a los hombres que no cedieron a sus impulsos juveniles, por más autodestructivos que estos hubieran sido. Curiosamente, cuando leí por primera vez Los detectives salvajes, hace unos 18 años, no sentí el impulso de abandonar nombre y patria, como sí lo hicieron Arturo Belano y Ulises Lima. Arturo Belano y Ulises Lima son personajes de la mente de Roberto Bolaño. Arturo Belano es el alter ego de Roberto y Ulises lima de Mario Santiago Papasquiaro, cuyo verdadero nombre era José Alfredo Zendejas Pineda. José Alfredo fue poeta y fundador del Infrarrealismo junto con Bolaño. Ambos recorrieron buena parte del mundo, más como vagabundos que como poetas. Una cosa no contradice la otra. De hecho, la complementa.
El vagabundo por excelencia que daba la casualidad era poeta, fue Rimbaud. Leer a esa gente a una edad impresionable puede ser muy peligroso. El Sermón Atómico de Gonzalo limpia las telarañas del alma de quienes todavía creemos en algo. ¿En qué crees tú? ¿En qué creo yo? Ya no estoy seguro de creer en algo de la manera en la que lo hacía unos años atrás. ¡O todo o nada! Esa era mi consigna a la «deum voluntas est» de los cruzados.
Sin zapatos, vistiendo harapos, anegado en pulgas y sarna, con una bolsa de uvas pasas en el vestido y un millón de sarracenos furiosos detrás, los primeros cruzados, encabezados por Pedro el ermitaño, le abrieron el camino en 1096 a los locos furiosos que vendrían después. La imagen de los caballeros templarios que llegaron a Jerusalén con un rosario en la diestra y en siniestra una manodoble, fue posterior a la pequeña cruzada de Pedro, también conocida como «la cruzada de los inocentes».
El ermitaño fue casi el único sobreviviente de esta primera aventura, cursada en su gran mayoría por niños, mujeres y ancianos. Semejante fanatismo sirvió para evitar que le cortaran la cabeza los musulmanes, que trataron de evitar la invasión cristiana de Jerusalén. Se llamaban sarracenos y estaban furiosos porque los cristianos los ocuparon con la excusa de recuperar Jerusalén del dominio musulmán. Pedro tenía tal fijación en su mente, que lo consiguió. Él no logró retomar Jerusalén en nombre del mundo cristiano, pero al fin llegó. Y lo hizo con un cementerio a cuestas.
¡O todo, o nada! Recuerdo cuando sentía de esa manera. No me importaban trabajo ni amores: renunciaba a lo uno y a lo otro para irme a recorrer Ecuador y Perú con 600 mil pesos en el banco, y todo porque estaba aburrido de mi vida en Colombia y quería saber qué sucedía en otras partes del mundo. No tenía la excusa de salvar al mundo cristiano como Pedro el ermitaño, pero sentía que debía salir del confort de mi casa buscando «eso». El día de hoy tengo mucho qué perder como para abandonarlo todo en busca de algo a lo que ni siquiera yo le tengo nombre. No por ello dejo de recordar con cariño la pasión demente que sentía a la hora de hacer trizas mi vida, con tal de parecerme a Jack Kerouac. Una pasión que no era ni buena ni mala, sino mal dirigida.
Una pasión como la de Pedro el ermitaño bien dirigida, puede hacer que escribas una novela de 600 páginas, así no tengas quién la publique. Así debas trabajar de lavaplatos y descargar barcos en el puerto de Blanes, porque debes alimentar a tu familia. La pasión de Roberto Bolaño fue escribir Los detectives salvajes cuando no le quedaba mucho tiempo de vida. Cuando no le quedaba mucho tiempo de vida como para seguir apasionándose por algo.
* * *
¿En qué se parecen Roberto Bolaño, Gonzalo Arango, Jack Kerouac y una lasaña congelada? Aparte de provenir del continente americano, en nada. La lasaña congelada viene del Woolworths de la calle Latrobe, en Melbourne. A primera vista se diría que tienen unos y otros nada en común. El Sermón Atómico de Gonzalo Arango parece haber sido escrito a cuatro manos con los Infrarrealistas de México: «…romper las cadenas que nos esclavizan a la tiranía del maquinismo, renunciar a los falsos dioses del paraíso para salvar nuestra vida, salvarla ofreciendo nuestra rebelión, reivindicando en la protesta los presagios de la gloriosa aventura humana…», dijo Gonzalo en su «sermón», y tal vez en eso se parecían: en el impulso de pensar, decir y hacerlo todo diferente a como lo encontraron mientras estuvieron en este mundo. En un mundo perfecto no existirían héroes que se enfrenten al orden establecido para revindicar la aventura humana. «La gloriosa aventura humana». No importa qué edad tengas, cuán desencantado estés de la vida: leer tales afirmaciones de alguien a quien la vida trató tan mal al final (ese final) de su existencia, unge de esperanza a quienes nos sentimos rezagados por esa misma vida.

Gonzalo tenía 27 años cuando escribió el Manifiesto Nadaísta y 33 cuando escribió el «sermón». No podría asegurar que mantuvo las mismas ideas al final de su vida, pero al menos para mí, en este momento cuando casi tengo la edad de su muerte, lo declaro mi héroe de causas perdidas. La causa del hombre que quiere hacer de su vida una aventura única e irrepetible. Mi héroe en el fracaso. Un fracaso hermoso por la lumbre de cataclismo que sigue iluminando los rostros de personas como nosotros. Como tú y como yo que aspiramos a vivir en un permanente estado de sorpresa, como los animales, pero con el propósito que nos fue dado a los humanos. El propósito de no tener propósito, como el «wu wei» de los taoístas, en el sentido de «fluir con la corriente». Es algo que pocos han tenido la fortuna de experimentar. Que pocos hemos tenido la fortuna de conocer.
Llega un momento de la vida cuando el aburrimiento nos recuerda lo mucho que dejamos de sentir. Ya no sentimos las cosas con la misma pasión asesina de antes. Antes fracasábamos adrede, porque teníamos todo un futuro incierto por delante y no esperábamos nada a cambio, salvo la experiencia del momento. En ese entonces no había fracaso ni éxito, porque lo importante era vivir la experiencia que se quedaba congelada en el tiempo como un fotograma al que mirarás algún día con añoranza. No lo sabías entonces. No sabías lo que era «añorar», porque todo lo que necesitabas de la vida lo tenías a la mano.
Las rebeliones son una añoranza que se vive en el presente. Son un impulso vital. Un momento y lugar especiales que parecieran obedecer a los designios de la espontaneidad. De todas las rebeliones que se puedan imaginar, los héroes siempre mueren de primero. Aquellos que sobreviven se pierden en el trabajo que lleva administrar lo conquistado. A eso se le llama política. La política de la administración.
Jack Kerouac cometió el pecado de sobrevivir a su propia leyenda. Murió por borracho, vomitando sangre en el baño de su casa. Terminó de morir en el hospital, pero empezó a morirse cuando su libro En el camino lo hizo famoso, después de diez años de viajar como vagabundo tratando de que se le reconociera como escritor. Es una lástima. Toda muerte es una lástima. Cuando se muere decepcionado de esa misma vida que se dejó escapar de las manos, como si fuera cosa de todos los días despertarse de la infinitud de oportunidades que es la experiencia humana, es una lástima.
Estar vivo es morir (potencialmente) todos los días. Cada segundo que se está con vida puede ser el último, y la muerte es absoluta, al menos como la concebimos, lo cual no está ni bien ni mal. Lo que está mal es vivir en un constante estado de anticipación respecto de las dos o tres ambiciones que aún te quedan. Convertirme en astronauta lo dejé para otra vida, así como ser marinero a la Jack London. La primera es bastante ridícula para alguien a quien le da miedo subirse a un avión, pero no por ello es menos emocionante cuando se engaña a la mente con la posibilidad de que así suceda. En todo caso, la idea de una nueva aventura es la mejor parte de toda iniciativa. ¡Es tan difícil ser práctico en esta vida! Materializar los sueños es lo verdaderamente complicado de todo lo que se intenta. Soñar por soñar, cuando se tiene el don de la imaginación, es fácil. Más que fácil, es divertido. De no ser porque debo salir todos los días a la calle a «producir», permanecería en casa mirando por la ventana imaginando, sin hacer nada, sin hablar con nadie, sin emprender ninguna acción concreta. «Miren, el loco de la ventana», dirían los niños al pasar frente a mi casa y notar con fascinación y miedo que siempre estoy sentado en el mismo lugar admirando el horizonte. Como un evadido. Sin pasado ni futuro. Sin esperar del mundo más de lo que se alcanza a ver por la ventana.
Hace algunos años, cuando era un adolescente de 33, decidí convertirme en marinero para dar la vuelta al mundo en un barco mercante. Soñé con el proyecto cerca de un año hasta que me puse en la tarea de averiguar cómo hace alguien que no vive cerca al mar y que jamás se ha subido a un barco, para convertirse en marinero. Gracias al internet supe que existían cursos de marinería, incluso en Bucaramanga los había, luego de los cuales, se podía participar en convocatorias para «hacerse a la mar». Estaba tan dispuesto a todo con tal de conseguirlo, que llamé al teléfono de la página web y pregunté con toda la decisión de mi ser: «¿CUÁNTO CUESTA EL CURSO DE MARINERÍA?». «¡Un millón quinientos mil pesos!, me respondieron. «¡GRACIAS!», respondí, y colgué el teléfono.
En aquellos días un millón quinientos mil pesos eran una fortuna para mí. Trabajaba como abogado en el difunto Instituto de Seguros Sociales y ganaba $1.650.000. Después de pagar el arriendo, los tragos del viernes y un libro nuevo en la también difunta librería Abrapalabra de Bucaramanga, me quedaban $100.000. Pagar el curso de marinería era tan difícil como llegar a ser astronauta a la edad de 44. De todos mis amigos, nadie era tan rico como para regalarme la plata, o tan siquiera «prestármela». Mi padre fue marinero en algún momento de su trajinada vida (eso creo), pero en ese momento no estaba en condiciones de ningunos $1.500.000 para darme. Mi madre ha sido una de esas personas con inclinación a la santidad que por poco y se convierte en mártir. Nunca ha tenido dinero, y si lo ha hecho en algún momento de su vida, seguro no lo hubiera dado a su niño de 33 años que seguía manteniendo la ilusión de convertirse en un hombre de mar (bombero, vaquero, aviador).
De haber renunciado a las dos o tres ambiciones que le quedaban en la vida, Roberto Bolaño no hubiera escrito 2666 o Los detectives salvajes. Ignoro si escribía persiguiendo una ambición monetaria, o algún tipo de fijación respecto de la idea que tenía de sí mismo. Lo ignoro todo de él, salvo por lo que imagino son pedazos de su propia vida en los personajes de Arturo Belano y Ulises Lima. Prefiero quedarme con el arquetipo de viajero apátrida que no puede dejar de recorrer su camino, aún a costa de su propia manutención y la de su familia.
¿Cuál es mi camino? ¿Cuál es el tuyo? ¿Te evadiste a ti mismo viajando por el mundo para evitar mirarte al espejo y reconocer que todavía te falta mucho por comprender? ¿Que ni siquiera has empezado el más importante de todos los viajes? Puedes recorrer una punta a otra del planeta sin saber quién eres, lo que esperas conseguir de la vida. Puedes convencerte a ti mismo de que eres el rey de España y hacer que aquellos que te conocen lo crean también.
No hay nada que no harías para creer (no aparentar) que eres en verdad el emperador Carlos V y la mitad del nuevo mundo es tuyo. ¡Portugal puede tener un cuarto de África y menos de la mitad de eso en América, porque yo soy el amo y señor del NUEVO MUNDO! ¡No viviré lo suficiente para saber que perderé todo mi imperio algún día, pero no me importa, porque lo único que cuenta es que estoy vivo aquí y ahora!
¡Ojalá pudiera creer que soy Carlos V de España! ¡Ojalá me mirara al espejo algún día y viera del otro lado que no es mi rostro, sino un millón de ventanas por las cuales puedo entrar como Julián Silva Puentes el marinero, y salir del otro lado como Napoleón Bonaparte! Como poeta. En forma de corresponsal de guerra como Arturo Belano de Los detectives, para terminar mis días escribiendo crónicas en Angola hasta que nadie sepa más de mí.
¿Sabías que pensé muy seriamente en perderme en el desierto de Tinogasta, en la frontera de Argentina con Chile, cuando en 2013 planeaba mi viaje a ese país para presentar mi novela Pirotecnia pop? Soñaba con recorrer a pie la distancia de tantos kilómetros para aparecer en Chile como un explorador fantástico, que llegó a las islas Malvinas para llevar canela y mirra de vuelta a España. En aquellos días (2013) soñaba con logar grandes hazañas, aun a costa de mi vida. No es que quisiera morirme, pero vivir una vida sin perseguir un constante estado de euforia me parecía insufrible. Cada nueva aventura es la oportunidad de ser realmente tú mismo, en lugar de pretender que eres Carlos V de España, porque no hay nadie allí que recuerde al caguetas que alguna vez fuiste. Que todo se trató de un acto. Que en esta vida no pudiste ser nadie diferente al borrego cansado de vivir, asustado por aquel futuro brillante que jamás llegó. Sinceramente, dime sinceramente, ¿no querrías ser una persona diferente cada tantos años, cuando la vida se vuelve predecible? ¿Cuando el lugar que ocupas en el mundo se vuelve predecible?
Es algo terrible sentir que se es una parte incompleta de algo mucho más grande y mejor de lo que llegarás a ser algún día. Estar perdido en tu propia cabeza, creyendo que algo allá afuera debe pasar para que tu vida tenga significado, es lo peor que le puede pasar a alguien que vive más en el mundo de las abstracciones que en el otro, el de afuera, ese mismo al que Roberto Bolaño logró, muy al final del camino, encontrarle una miasma de sentido para morir un par de años después. No me refiero a una muerte metafísica, sino a la absoluta, a la del transplante de hígado que no le llegó cuando podía hacer algo con él. Cuando estaba dándole vida a esas abstracciones que algunos tomamos tan en serio. A veces mucho más que a la vida de carne y hueso que parece brillar menos que la de los libros.
* * *
«Prefiero pasar frío en Londres que plantar chontaduros en el Chocó», es de las últimas palabras escritas que dejó Gonzalo Arango cuando ya no era Nadaísta. No era columnista de Cromos ni de El Espectador tampoco. En 1976 había renunciado a la suerte de «literatura de alcantarilla», como lo llamaron algunos.
Al ascetismo al que siempre fue propenso, le puso otro nombre en la forma de Cristo. Eso me contó alguien. No sé si creerle. Supongo que es difícil imaginarse a alguien que dijo todas las cosas importantes para tu vida, cambiar de parecer en algún momento de la suya. «O mueres siendo un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en un villano», dijo el filósofo estoico Harvey Dent en un momento de su vida cuando el mundo en el que vivía exigía tanto de él. Todo de él. Supongo que lo mismo hacemos con los héroes del cafetín, aquellos que cambian nuestra visión del mundo contando su versión del mismo, armados de una libreta de apuntes y el café de 2.500 pesos que les debe durar toda la tarde, porque no les alcanza para pedir otra tasa. Imaginarlos haciendo otra cosa diferente a rebelarse contra el momento y lugar de la historia en el que les tocó vivir, es obligarnos a nosotros mismos a salir del nicho en el que llevamos afincados tanto tiempo y mirarlo todo con nuevos ojos. La visión no debe ser mejor ni peor que la anterior. Eso no importa. El mundo jamás dejará de ser lo que es, pero la visión que tienes de él, sí que puede cambiar en un infierno si eso es lo que llevas dentro, o en el afán por conocerlo todo con los ojos bien abiertos, aún a riesgo de quemarte con el brillo del sol.

Ojalá conociera el sosiego del viajante. «Mors est quies viatoris, finis omnis laboris», dijo alguien a quien nunca conocí, respecto de morirse para descansar de todos los viajes. La muerte es tan absoluta y le tengo tanto miedo, que la miro como a una cosa distante y terrible que jamás me tocará a mí. Lo mismo habrá pensado Bolaño, Kerouac, Gonzalo Arango y cada persona que ha puesto pie en este mundo desde el principio de los tiempos. Kerouac le temía a propia mortalidad, eso lo sé por sus escritos. Bolaño y Arango, sinceramente, no sé. Roberto Bolaño estuvo enfermo una década hasta que se fue de este mundo a los 50 años. Gonzalo murió mientras dormía en un bus cuando emprendió por fin un viaje más geográfico que interior. Del último tuvo mucho. Eso quiero pensar. Quiero pensar que su mundo interior era enorme, como una catedral. ¿Cómo es el tuyo? ¿Has construido una catedral medieval? ¿Un palacio bizantino? ¿Tienes alguna idea de qué estás haciendo en este mundo?
Yo no la tengo. No tengo idea de qué estoy haciendo en este mundo. Hasta ahora, he venido improvisando a medida que van saliendo las cosas. Como con el curso de marinería. De haber conseguido el dinero, sería un Julián distinto. Un Julián curtido por el sol con muchas historias para contar a la manera de Los viajes por los mares del sur, de Jack London. A lo mejor sería un Julián muerto, puesto que eso les sucede a las personas que emprenden aventuras verdaderas.
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¿En qué se parecen Roberto Bolaño, Gonzalo Arango, Jack Kerouac y una lasaña congelada de 13 dólares con 50 centavos? En muchas cosas si has vivido lo que yo en los últimos 10 años. No es el caso presente. Mi vida y la tuya son tan diferentes como puede serlo el frío de Londres y el chontaduro del Chocó, al que tanto temía Gonzalo Arango terminar cosechando el resto de su vida. ¿Qué hubiera pasado de no haber muerto en una carretera colombiana? Entregado como estaba a la búsqueda de Jesús en sus últimos años de vida, probablemente hubiera sido un anacoreta viviendo de las nubes y las estrellas en una montaña con su mujer Angelita. También puedo verlo como un pastor de televisión a la manera de Walter Mercado. La referencia de Walter Mercado será un enigma para aquellos menores de 40 años, pero confío en que somos mayoría los viejos hijueputas que le gritamos a las nubes (al televisor), porque este mundo amenaza con hacernos obsoletos. Obsoletos como lo es ahora el nombre de Walter Mercado.
No es el caso de Gonzalo Arango. Fue de todo en su vida, menos obsoleto. Existió e hizo lo que hizo en un momento de Colombia en el que todos lo necesitábamos. Digo «necesitábamos», a pesar de que no me siento parte de nada ni de nadie que no sea la experiencia de mi propia existencia. En ese sentido, mi mundo interior es mi única patria, y lo que sucede afuera de mi ventana me afecta en la medida en que interpreto los hechos del mundo como si ocurrieran únicamente para ayudarme a entender las cosas que son difíciles de explicar. Para justificar mi desarraigo que no hace más que crecer a medida que me hundo más en mí mismo.
El desarraigo de Gonzalo Arango nada tiene que ver con un punto geográfico. Con una patria. Ni siquiera con el nombre que tus padres te dieron al nacer. Puedes llamarte Marco Aurelio y comportarte como Cirilo, el degenerado del pueblo a quien le gusta oler los asientos de las mujeres. Puedes llamarte Jesús y la gente apodarte Chucho el apartamentero. Chucho el vendedor de Yanbal.
«El nombre de un hombre no hace al hombre», dijo alguien llamado Anacleto, porque con un nombre semejante las posibilidades de salir adelante en la vida son escasas. En todo caso, se debe hacer lo mejor que se pueda con lo que te fue dado. Si eres un demente con demasiado tiempo en las manos, inicia una revolución, así sea una espiritual. Sal a recorrer el mundo si sientes que el lugar en donde naciste aprisiona tu parte más animal. Explora los corazones de las personas para aprender algo de la condición humana. Actúa con la docilidad de un borrego para preservar tu vida, y préndele candela a los edificios de tu inconformismo cuando te sientas poderoso como un Kodiak. Otros antes que tú lo hicieron, y a pesar de que la mayoría lo pasaron muy mal en su breve estadio en este mundo, la experiencia de haber ascendido y convertirse en «hijos del sol», que es como nos increpa Gonzalo Arango en su Sermón atómico, debió haber sido algo monumental.
Sé que no soy quién para decirte cómo vivir tu vida. Soy un cero a la izquierda que encontró en su propia confusión la estamina para lanzarse de cabeza al mundo sin esperar nada a cambio. No soy nadie en este mundo terrible, es cierto, y muy seguramente mi nombre será olvidado cuando muera (hace mucho juré no morir jamás), pero estoy aquí para recordarte que incluso una nulidad como tú, puede cambiar al mundo dejándolo todo por escrito para que alguien sepa de tus esfuerzos y no vea como inútiles los suyos. Sé que es un pobre consuelo cuando estás acompañado de gente, y el verano te invita a beber cerveza en la calle mientras la música suena tan fuerte que es difícil escuchar el recuerdo de aquel terrible invierno, cuando una lasaña congelada te salvó la vida. Pero espera a que te pase a ti. A todos nos pasará en algún momento. Entonces, y sólo entonces, recordarás aquello que pasaste por alto y le darás el valor que le corresponde. El valor que tu pobre, triste e insignificante desarraigo tiene para convertir a aquel mundo interior tuyo en la Polis griega más grande que la humanidad (tu humanidad) haya visto jamás. Somos hijos del sol según Gonzalo Arango, padre del Nadaísmo. No me parece poca cosa serlo. No me parece cosa de nada ser el más brillante de los hijos del sol.
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* Julián Silva Puentes es abogado de la UNAB de Bucaramanga (Colombia). Vivió tres años en Australia, donde hizo un diploma «in Bussines». Tiene una novela publicada con la editorial independiente Zenu titulada «Pirotecnia pop», la cual presentó en la FILBO de Bogotá en 2011, 2013, 2017, la FILBO de Lima 2011 y la de Guadalajara 2013. Tiene cuatro cuentos publicados en la revista Número: «El reloj de cuerda»(2006), «Cadencias de un clima sario» (2008), «Feliz viaje señora Georg» (2009) y «El loco Santa» (2010). Fue finalista del Floreal Gorini Argentina con «Las tetas fugaces de Marielita Star» de Argentina (2015), y del Oval Magazine con «Gretchen’s pink pantis», el cual fue publicado en la revista el Malpensante en 2019 con el título «los calzones rosa de Gretchen». El cuento «mi alma por una confesión», fue publicado también por el Malpensante en 2018. La compilación de crónicas de viaje y cuentos titulado «Que me lleve el diablo si me voy de la luna», fue publicado por la editorial Zenu en 2018, cuya presentación en la Feria internacional del libro de Bogotá, se dio en los años 2018 y 2019. Se trata de una serie de artículos de opinión que escribió para la Revista Dossier y la editorial Zenu, cuando estaba en Australia, cuyo tema es la vida de los inmigrantes en AU, los trabajos que hacen para vivir, etc. En ese libro, a manera de bonus track, añadió el par de cuentos «Las tetas» y «Los calzones». La biblioteca digital «El libro total» de Colombia publicó, entre otros escritos, «Los calzones rosa de Gretchen» en formato de audiolibro. En la actualidad trabaja como abogado en Bogotá y prepara una novela que condensa los secretos de la creación del mundo, así como la manera de viajar en el tiempo. Es columnista de la revista Cronopio con «El salto» desde el año 2018.

¡Muchas gracias por lo que escribes y por invitarnos a reencontrarnos con el «brío» para crear algo que nos permita tratar de comprender porque y para que estamos aquí! ¡Gracias por invitarnos a vivir y recordarnos que aún no hemos muerto!
Je want to be marinero tambien….
Muy bien Julián! Donde se acomoda ? En el nadaismo o en el
Infrarrealismo? Debió zarpar… el 1.500.000 se lo hubiera pedido a su Tío Sergio… medio tratamiento de ortodoncia para la época . Así hoy estarías desde cualquier puerto de este mundo escribiendo y pensando si me mejor hubiese sido quedarse en la tierruca que te vio nacer… un abrazo
Super excelente Julián!
¡Gracias por el texto!
Espectacular, una obra de arte este escrito.
«Sentirse extranjero en tu propia tierra obedece a un constante cuestionamiento del lugar que ocupas en el mundo. Los viajes no te dicen quién eres, pero te ayudan a ver qué es lo que no quieres de la vida» Dejarse llevar por los instintos, confiando que la constante toma de decisiones te ayudarán para formar tu lugar en el mundo.
Se me olvidó preguntar: alguien sabe el contacto del escritor para conseguir la novela que mencionó? «Bibiana miraba a las estrellas mientras que el mundo se caía a pedazos». Gracias.
Creí que el anterior escrito de Julián, el de Carta a demencia, había sido el mejor. Acabo de terminar este. No tengo palabras. Qué gran artista.
Es la primera vez que leo algo del nadaismo. Escuché hablar de Gonzalo Arango, pero nuna leí de él. Gracias a Julián SP por mostrarme otea cara de la.literstira colombiana. Gracias por acercarme a la lectura de nuevo.
«Cada nueva aventura es la oportunidad de ser realmente tú mismo, en lugar de pretender que eres Carlos V de España, porque no hay nadie allí que recuerde al caguetas que alguna vez fuiste». Qué gran linea.