
Por Miguel Ángel Morales*
PAUL GAUGUIN
Han pasado muchos años desde mi último encuentro en París con Cézanne,
Degas, Monet, Renoir, Pissarro, Leval.
Ciertamente fueron bellos aquellos días de ilusiones y bohemia, del naciente Impresionismo, que prometía cambiar para siempre la pintura.
Ahora me encuentro solitario, en tierras lejanas, donde la vida es un puente hacia los sueños.
He cruzado mares tempestuosos.
Paladeado los aromas y colores, la belleza
de Mataeía, Atuona, Papeete.
He conocido la miseria y el dolor.
He sido fiel a mí mismo. A mi insumiso espíritu.
He visto desde las cumbres del corazón
la infinitud silenciosa.Los antiguos caminos del sol y de la lluvia;
las huellas del pródigo verano.
He renunciado a mis otras vidas para vivir
con desmesura y devoción ésta;
la más difícil… la más espléndida.
He vivido contracorriente, desafiando al mundo,
a la estéril razón de los listos.
He vivido para ser pintor.
Desde mi cabaña en Mataeía, contemplo
el paisaje de la tarde,
y escucho el sonido de sus olas,
de los vientos bravíos, sueltos por sus playas.
Será menester pintar su viva imagen,
volver al corazón de la creación, a sus visiones.
A los festivos colores de mi imaginación.
Creo en la pintura. Afuera sólo hay desiertos.
ALBERTO DURERO
En mi taller de Nuremberg, estoy siempre trabajando,
absorto en mis diseños y grabados, en mis recurrentes sueños
con fabulosas criaturas, caballeros y santos.
Intento infructuosamente traducir sus palabras, su lengua antigua.
Recrear con trazos nerviosos su terrible y bella presencia.
A veces me extravío por tenebrosos laberintos,
en la maraña de mis pensamientos,
atrapado en la noche medieval.
Mi alma siempre inquieta no se resigna a vivir sin escrutar la realidad,
sin el conocimiento de cierta geometría
que linde con lo inenarrable, maravilloso.
En mi taller de Nuremberg, atestado de vetustos objetos e instrumentos
para el estudio del dibujo y la ciencia de la perspectiva,
paso en silencio los días, grabando con primor
las estampas, las imágenes que me sobrevivirán.
A veces alcanzó a divisar un tiempo, cierta lejana armonía,
mientras una voz quedamente dice: «Pero no sé qué es la belleza» [1].
En el sosiego que impera en mi taller, vuelvo a contemplar
mi autorretrato de gentilhombre.
Y soy bello. Un demiurgo melancólico, maestro del grabado.

CASPAR DAVID FRIEDRICH
En silencio observaba sus pinturas,
la vida;
el dócil azul de sus mares y lejanías.
Una vasta presencia y gravedad.
Una inmensidad hecha de verdad
y misterio.
Sí, se extasiaba su corazón, su mirada,
con el vuelo reposado de las hojas amarillas,
de ciertos días,
en su tránsito hacia lo incógnito, difuso, etéreo.
Libre, Caspar David Friedrich
caminaba por las tardes
llenas de aves y susurros.
Solitario, bajo sus cielos de melancolía,
el pintor soñaba.
Y al regresar a su taller, a su morada,
una bella y terrible visión
en sus lienzos se hacían
pálpito y luz, naturaleza, silenciosa poesía.
Caspar David Friedrich, pintor,
Monje a orillas del mar [2].
Caminante, en calladas cumbres,
contemplando majestuosos cielos y ocasos.
Místicas noches. Naufragios. Sus pasos.
La eternidad.
PAUL KLEE
Paul Klee, músico, pintor y viajero,
medita, dibuja, palpa el movimiento, sus líneas.
La luz y el color, que afloran, que fructifican
en sus óleos y acuarelas;
en el vivo mosaico de sus periplos, paisajes,
visiones y recuerdos.
Son signos, puntos, flechas, grafías…
Mundos que se ordenan, que progresan,
que se echan a andar,
que entretejen plantas, pájaros, estrellas,
formas fantásticas, arquitecturas, sueños.
Escaleras, puentes hacia el pasado y el futuro.
Paul Klee, mago y profeta, avista el caos.
Se interna en sus propias pesadillas.
Abraza sus desapacibles días y noches,
su destino de creador.
Hacer visible lo invisible. Esta fue su gran aventura
y maestría,
su homenaje a la imaginación.
ARMANDO REVERÓN
Armando Reverón, pinta su autorretrato.
Tantea las líneas, los primeros trazos.
Marca las distancias, los acentos.
La espontánea confluencia
de luces y sombras.
El maestro toma distancia del cuadro.
Luego mira a través de la ventana
el sol abrasador sobre los cocoteros.
El pintor se tambalea.
Jubiloso, vuelve al cuadro.
Armando Reverón, ha pintado su autorretrato.
Sí, ha concluido su indecible viaje,
su visión de la luz enceguecedora del trópico.
Es una sombra blanca, solitaria, errante,
incorporada para siempre a la unidad
de luz, de mar e irrealidad de sus pinturas.
Armando Reverón, El Mago de Macuto.

PAUL CÉZANNE
Paul Cézanne está viejo y enfermo.
Pero ha decidido que morirá pintando.
El maestro de Aix es un buen samaritano;
un eremita dedicado a la meditación
de la Naturaleza,
al estudio de La Montagne Sainte-Victoire.
Cézanne duda, se detiene, vuelve al escrutinio
de las líneas, del colorido, de la arquitectura del cuadro.
Sí, de los misteriosos trayectos de la luz, el aire y la materia.
La pintura capa tras capa, emerge, respira, palpita,
se erige, se transforma y transforma a quien la observa.
Es un ser viviente, un mundo.
La visión silenciosa, racional, paciente, apasionada
del maestro de Aix.
Cézanne está viejo y enfermo.
Pero ha decidido que morirá pintando.
El mundo ya no le importa. Solo es real la pintura.
REMBRANDT
Ámsterdam, 1669
Soy Rembrandt Van Rijn, grabador y retratista.
Miro mi autorretrato. Soy la imagen de la fugacidad.
La estela de un pensamiento, de una sutil emoción.
El gesto, el ascenso y derrumbamiento silencioso
de la materia y el espíritu.
Realidad y sueño, esplendor y melancolía,
se abrazan en mi imagen que me sobrevivirá.
Soy gentilhombre, mercader, apóstol, filosofo, mendigo.
Y en Ámsterdam sigue lloviendo.
Y en sus calles desiertas escucho el chapoteo
de un ángel ataviado con simplicidad.
Hendrickje y Titus ya no están. Y es inmensurable la soledad,
la noche donde avisto sus amados rostros.
También ya se acerca mi final. Lo sé.
Entre tanto, mi altar y refugio seguirán siendo la pintura,
ese misterioso habitar y trasegar de la mirada.
Sí, de mi apesadumbrada alma en la tierra.
Soy Rembrandt Van Rijn, grabador y retratista.
Y ante mi autorretrato celebro y me despido del mundo.
Soy la imagen de la fugacidad.
La estela de un pensamiento, de una sutil emoción.
La serena, melancólica obra del tiempo.
NOTAS
[1] De los escritos de Alberto Durero.
[2] Título de uno de los cuadros más conocidos del artista.
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*Miguel Ángel Morales (Medellín, 1975). Maestro en Artes Plásticas de La Fundación Universitaria Bellas Artes de Medellín. Se ha desempeñado como artista profesional, docente universitario, investigador y poeta. A la edad de 13 años inició sus estudios de dibujo y pintura con los salesianos. Posteriormente, ingresó al Instituto de Bellas Artes de Medellín y al taller de la maestra y crítica de arte, Libe de Zulategi.
Ha expuesto individual y colectivamente en Colombia, México y Estados Unidos, con cerca de 60 exposiciones. Asimismo, su obra plástica ha sido premiada en diferentes salones de la ciudad como: El Salón de Artes Plásticas de Comfenalco-Antioquia (2004), Empresarios en el Arte de la Cámara de comercio de Medellín (2005), entre otros premios.
De igual modo, ha participado en diversos festivales de poesía como: El Festival Alternativo de poesía de Medellín, El Encuentro Internacional de Poetas al Viento, El Encuentro de Poetas de Comfenalco Antioquia, El Festival Alternativo de poesía de Venecia, Antioquia, El Encuentro Nacional e Internacional de Escritores, ciudad de Envigado y El Festival Internacional de poesía de Getafe, Casa de la Cultura Rumana, España.
Escritos suyos han sido incluidos en varias antologías y revistas literarias como: Revista de creación poética La Bisagra, Gotas de tinta y Revista Cronopio. Ha publicado los poemarios «El Libro de las Evocaciones» (2019, Editorial ITA, Bogotá, Colombia). «Melancolía de Artista» (2022, Fallidos Editores, Medellín).
