
Por Jairo Roldán-Charria*
Según lo que me explicas
mi trágico sino es ser
o un monstruo o un fantasma.
En otras palabras:
si soy real soy un monstruo,
si no soy un monstruo soy un fantasma.
Me encontraba disfrutando de unos días de tranquilidad en las faldas de la cordillera central de Colombia en un sitio paradisíaco cerca a Palmira, Valle del Cauca, cuando de súbito lo vi llegar. De tamaño regular, más bien mediano. Su dorso y la parte superior de su cara eran de un hermoso color amarillo con tonalidades rubias, en tanto que el resto, incluyendo su hocico, era de un blanco brillante. Su panza era también de un blanco puro. La cola era particularmente llamativa, con franjas alternadas de amarillo y blanco que añadían un toque de dinamismo a su apariencia. El color verde intenso de sus ojos grandes y expresivos resaltaba aún más su pelaje.
Me miró, lo miré, nos miramos. Y de pronto me dijo (u oí su voz en mi cabeza, no lo sé con certeza, pues mi asombro me lo impidió):
—Sí, soy yo. Si has oído por años acerca de la idea de que pueda yo ser un gato vivo y a la vez un gato muerto, y has jugado con todas las posibilidades y respuestas a esa extraña naturaleza ¿por qué te sorprendes de que al conocerme constates que puedo hablar?
—No, eso no me sorprende —le mentí aún estupefacto—. Me sorprende es verte, pues te imaginaba grande, enorme y totalmente negro.
—Qué convencional eres —me respondió con un tono de suficiencia—. Ese es el gato de Poe. Yo, el gato de Schrödinger, siempre he sido como me ves.
—Bueno, en realidad no te había imaginado de ninguna manera. Solo que al verte me vino a la cabeza el gato negro del cuento famoso de Allan Poe.
—Te entiendo —me respondió.
Y entonces con cautela y curiosidad, erguido y con las orejas atentas, comenzó a captar los sonidos y olores del lugar. Con paso sigiloso y pausado se dedicó a explorar el sitio con lentitud. Frotó su cuerpo contra varios objetos como si marcase su territorio y se familiarizase con el lugar. Procedió a subirse a los asientos e incluso a la mesa del comedor como si quisiese obtener una mejor vista observando todo desde una altura segura. Se acercó a cada rincón oliendo y tocando con sus patas como si desease evaluar su nuevo entorno.
Mientras el gato me ignoraba olímpicamente y muy gatunamente revisaba todo el lugar con un cierto aire despectivo, yo me remonté cuarenta años atrás cuando tuve mi primer encuentro serio con él. Ya había leído acerca de su paradójica naturaleza, pero fue al comienzo del trabajo que me llevaría a escribir mi tesis de doctorado cuando, con ocasión de la entrega de mi primer documento a mi tutor Bernard d´Espagnat, tuve en París un diálogo con mi esposa en el que expuse por primera vez de manera divulgativa la conocida paradoja del gato de Schrödinger.
Me había levantado en silencio a la madrugada de un gélido día de invierno desvelado por la idea de haber cometido un error en el documento que debía entregar en la mañana. Mi esposa me sintió levantarme y al amanecer me preguntó por la razón de mi desvelo.
—Es a causa del gato, que no me ha dejado dormir —le respondí.
—¿De qué gato hablas? Todas las ventanas y contraventanas están cerradas, aquí no se escucha nada.
—Se trata del gato de Schrödinger…
Ante su cara de asombro procedí a explicarle el asunto. Antes de hacerlo le dije que estaba tratando de entender las respuestas de Bohr a las paradojas cuánticas y pensé que había cometido un error en mi documento. Me levanté entonces a revisarlo y constaté con alivio que no contenía error alguno. El error lo había cometido pero en mi sueño y lo había recordado en la duermevela después de despertarme preocupado.
Debo aclarar que después de tanto tiempo mentiría si afirmase que recuerdo la manera como hice mi explicación y los ejemplos que utilicé pero creo recordar que hablé de las superposiciones cuánticas y de la paradoja del gato y los problemas conceptuales que suscitaba.
Lo que sí pude recordar con facilidad fue una conversación que hace un par de días tuve con una colega de un amigo profesor en una facultad de economía. Me había encontrado con mi amigo en un centro comercial y me habló de su colega, una joven que hacía poco había entrado como profesora a la facultad después de obtener su doctorado en economía. Ella había manifestado el deseo de conocer un poco acerca de la mecánica cuántica y sus implicaciones más generales y mi amigo le prometió que hablaría conmigo a fin de arreglar una cita para conversar al respecto. Me comentó que su colega no solo era una mujer inteligente en grado sumo sino que siempre había tenido interés en la física y que incluso había pensado en algún momento estudiar alguna ingeniería. Estuve de acuerdo en reunirme con ella. Dado que el diálogo había tenido lugar hacía muy poco pude entonces evocarlo mientras el famoso gato recorría lentamente todo el entorno.
—Comencemos recordando la física de la secundaria —le dije— aquello que tiene que ver con la trayectoria de un cuerpo en un campo gravitacional, por ejemplo.
—Lo recuerdo —me respondió—. Se tenía un cuerpo en un campo gravitacional, se daban ciertos datos sobre el cuerpo y mediante las leyes de Newton se calculaba la trayectoria. También recuerdo que varios de mis compañeros y compañeras de clase no lograban conectar la parábola con la trayectoria del cuerpo, con lo cual todo el ejercicio se reducía para ellos a algo solamente matemático.
Le respondí que desafortunadamente eso sucedía a menudo, como lo había constatado en alguna de las charlas de divulgación que había dado para un público amplio. Y proseguí diciendo:
—Quiero señalar que el estado del cuerpo en el ejemplo que has evocado se da mediante su posición y su velocidad. En la mecánica cuántica, en cambio, el estado se da mediante un ente matemático llamado función de onda que, como su nombre lo indica, tiene la característica de las ondas: la superposición.
—Recuerdo lo de la superposición de las ondas en una cuerda por ejemplo —me respondió— algo que se podía percibir directamente. Ahora me hablas de un ente matemático, o sea de algo abstracto. ¿Me podrías entonces ilustrar el asunto del estado de un sistema en la mecánica cuántica mediante un caso sencillo?
—Claro que sí. El concepto de superposición se puede, en efecto, ilustrar con un ejemplo sencillo. Supongamos que se tiene un átomo radioactivo. Consideremos un cierto intervalo durante el cual es posible que el átomo se desintegre o no. En otras palabras se tienen dos posibles situaciones: el átomo se desintegra o no se desintegra. El formalismo cuántico describe la primera situación por una función de onda que podemos indicar por A, y la segunda por una función de onda que podemos indicar por B. La teoría cuántica afirma que en general existen muchos otros estados que corresponden a superposiciones de las dos funciones A y B.
—Puedo entender que la palabra superposición indica una especie de suma de las dos funciones, ¿verdad?
—Es correcto. Expresado con mayor precisión, la superposición consiste simplemente en lo siguiente: se multiplica la función de onda A por un número a y la función de onda B por un número b [1]. La superposición C es la suma de ambos términos: suma de A multiplicada por a, y de B multiplicada por b.
Hice una pausa y sus intensos ojos azules me indicaron que podía proseguir con mi exposición.
—Resulta que basta con la idea de la superposición y un par de supuestos muy razonables acerca de la mecánica cuántica para llegar a la famosa paradoja del gato.
Me preguntó entonces cuáles eran esos supuestos. Le respondí:
— El primero de los supuestos, llamado de completitud, asume que la mecánica cuántica es una teoría completa.
—¿Qué significa ese supuesto?
—Significa que se asume que a la mecánica cuántica no hay que añadirle ninguna cantidad adicional a las que involucra, ni hay que cambiarle nada a sus ecuaciones.

—¿Pero acaso la teoría no describe correctamente los fenómenos? Si es así ¿por qué habría que completarla?
—Tu observación muestra por qué es natural hacer el supuesto en cuestión respecto a una teoría tan exitosa como la cuántica y que hasta ahora no ha fallado empíricamente. Te añado que la consideración de que la mecánica cuántica no es una teoría completa no viene de ninguna exigencia experimental sino más bien de una insatisfacción con algunas de sus implicaciones como lo es la paradoja del gato.
—¿Y el segundo supuesto?
—El segundo supuesto llamado de universalidad es que la mecánica cuántica es universal, o sea que se aplica en todos los dominios: el microscópico y el macroscópico. En otras palabras se supone que no hay dos niveles de explicación de los fenómenos: un dominio microscópico donde valdría la dinámica cuántica y un dominio macroscópico donde valdría la dinámica clásica, sino que la mecánica cuántica es universalmente válida.
—¿Y ese supuesto es también razonable?
—Sí, pues fenómenos como la superfluidez, la superconductividad y los condensados de Bose–Einstein, que son manifestaciones macroscópicas de la mecánica cuántica, proporcionan evidencia experimental indirecta de la validez de ese segundo supuesto.
Sus ojos me indicaron que no estaba totalmente satisfecha con mi explicación; los míos le pidieron que expresara sus dudas y entonces me dijo que no estaba segura de captar lo que yo quería decir con «manifestaciones macroscópicas de la mecánica cuántica» y con «evidencia experimental indirecta» de la validez del segundo postulado.
—Seguramente —le dije— has oído de fenómenos como la superconductividad o la superfluidez.
—En efecto he oído acerca de ellos.
—Sucede que tales fenómenos se explican mediante una función de onda que podemos llamar macroscópica en el sentido de que involucra un número macroscópico de componentes. Ello demuestra que los efectos cuánticos no se restringen a átomos aislados, sino que átomos en grandes números satisfacen las leyes de la mecánica cuántica del mismo modo que cuando están aislados.
—¿Acaso no significa ello que tales fenómenos constituyen una evidencia experimental directa de la validez de la mecánica cuántica en el nivel macroscópico? ¿Por qué afirmas entonces que solo proporcionan evidencia experimental indirecta de esa validez?
—La razón por la cual se dice que la demostración de la validez de la mecánica cuántica en el nivel macroscópico es indirecta es que los fenómenos en cuestión no muestran la existencia de una superposición macroscópica cuántica. Solo está involucrada una función de onda y no una superposición de ellas. En otras palabras, la función de onda de un superconductor o de un superfluido si bien corresponde a un estado macroscópico no representa una superposición de estados macroscópicamente diferentes.
Mi interlocutora se sumergió entonces en una profunda reflexión y finalmente afirmó:
—De acuerdo, entiendo tu punto. Continúa por favor.
—Ahora bien, resulta que la superposición unida a los dos supuestos nos lleva directamente a la famosa paradoja del gato. Consideremos la siguiente situación: un laboratorio donde se tiene un recipiente con átomos radiactivos y un matraz cerrado que contiene un gas venenoso. Se tiene además un mecanismo con la siguiente característica: si el átomo se desintegra el mecanismo rompe el matraz, de lo contrario, cuando el átomo no se desintegra el mecanismo no se dispara y no rompe el matraz. Tenemos finalmente un gato dentro del laboratorio.
—Antes de que sigas quiero afirmar que esa situación es muy cruel pues si el átomo se desintegra el pobre gato muere envenenado.
—Estoy de acuerdo contigo, pero dado que es un experimento sólo de pensamiento, podemos decir que la crueldad de la situación nos sirve para ilustrar de forma dramática una situación en extremo paradójica.
Añadí que incluso podría advertir, como se hace en algunas películas, que ningún animal, en particular ningún gato, saldría afectado en el experimento. Ella encontró gracioso mi comentario y su risa franca, el movimiento de su hermosa cabellera rubia y el brillo aún más intenso de sus ojos zarcos, llenaron la estancia y nos permitieron una pausa para disfrutar de nuestro café.
Continué entonces mi exposición diciendo:
—Tenemos dos posibles situaciones. En una de ellas el átomo no se desintegra, el mecanismo no rompe el matraz con el gas letal y el gato continúa vivo. En la otra el átomo se desintegra, el mecanismo rompe el matraz, el gas letal se dispersa en el laboratorio y el gato muere. ¿De acuerdo?
Me respondió que sí y sus ojos me instaron a continuar. Percibí su deseo de llegar a la conclusión y con un tono que intentaba ser lo más dramático posible le dije:
—Pues bien, mi amiga, si se acepta que la mecánica cuántica es una teoría completa, o sea que no hay que añadirle ninguna cantidad adicional a las que involucra, ni hay que cambiarle nada a sus ecuaciones, y que es universal, o sea que se aplica en todos los dominios: el microscópico y el macroscópico, todo lo que está en el laboratorio puede describirse entonces por una función de onda. La situación en la que ocurre la desintegración del átomo corresponderá entonces a una función de onda que podemos llamar gato muerto; y aquella cuando no se tiene desintegración del átomo a una función de onda que podemos llamar gato vivo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—La situación más general será una superposición igual a la suma de suma de gato muerto multiplicada por un número a y de gato vivo multiplicada por un número b [2].
—Según el principio de superposición ¿verdad?
— Correcto.
— Supongamos ahora que hay una ventana con una mirilla cerrada que se puede abrir para permitirnos observar sin peligro lo que sucede en el laboratorio. Preparamos todo dentro de él sin prender el mecanismo y luego salimos y lo prendemos desde afuera. Después de un tiempo abrimos la mirilla y observamos lo que hay en el laboratorio. Al hacerlo no aparece ninguna superposición: se observa o el gato vivo o el gato muerto.
—Pues… eso es lo que se espera al hacer tal observación.
—Eso es verdad. Pero ello nos enfrenta con la siguiente situación problemática: en primer lugar cuál es la razón de que desaparezca uno de los estados de la superposición. En efecto, si el gato aparece vivo desaparece el término gato muerto y si aparece muerto, desaparece el término gato vivo. En segundo lugar cómo entender qué puede significar una situación en la cual un gato estará simultáneamente en el estado vivo y en el estado muerto. En otras palabras de qué manera se puede entender una situación en la cual un gato puede ser un gato vivo y a la vez un gato muerto.
—Déjame decirte que a cualquiera que oiga acerca de esa paradoja del gato de inmediato le parecerá absurda, pues si abrimos el laboratorio encontraremos el gato vivo o muerto y no en un estado «indefinido» entre ambas posibilidades. No es posible imaginar un gato en una superposición de estar vivo y estar muerto.
—Y para aumentar aún más la sensación de absurdo de todo el asunto —añadí— todo parece como si fuera nuestra decisión de abrir el laboratorio lo que va a definir si el gato está vivo o está muerto.
—Si no hay una manera de dar cuenta de esta situación no solo paradójica sino incluso absurda —afirmó con seguridad— puedo muy bien entender que algunas personas opten por desechar alguno de los dos supuestos que me has mencionado.
—Hay una manera de comprender el asunto a partir de la mecánica cuántica misma mediante la llamada decoherencia —le respondí.
Le propuse entonces que abordáramos ese tópico y me respondió que desafortunadamente tenía que dejarme en ese momento pero que no lo haría antes de la promesa de mi parte de volvernos a reunir y continuar la conversación, promesa que por supuesto le hice.
Cuando había terminado las reminiscencias de la conversación con mi nueva amiga, me llegó el recuerdo de un sueño en el cual yo estaba en un sitio y a la vez en otro lejano. En la duermevela me propuse no olvidar el sueño al despertar pues me parecía estar experimentando una superposición como las cuánticas. Cuando desperté por completo, pude recordar el sueño y decirme que la idea de una superposición de estados que tan extraña, inimaginable, inconcebible y absurda aparece para las cosas tangibles, no lo parece sin embargo cuando consideramos el mundo de lo onírico. Sin embargo, me dije, lo que se involucra en el mundo de los sueños no es la realidad de las cosas tangibles; en otras palabras, el mundo de la física no es el onírico. Justo cuando me disponía a profundizar en esa reflexión, el muy famoso gato regresó de su exploración del lugar y me dijo:

— De seguro te preguntarás a qué he venido.
—Me pregunto muchas cosas. Pero sí, esa es una de mis preguntas.
—He oído que pretendes tener una interpretación coherente de la mecánica cuántica, basada en los escritos de Bohr y algunos desarrollos contemporáneos. Me gustaría oír de tus labios acerca de esa supuesta interpretación tuya que, me dicen, habrá de tranquilizarme con respecto a mi verdadera naturaleza.
Las frases anteriores las dijo con una clara arrogancia que no me acabó de gustar; en especial el tono despectivo con que pronunció las palabras «pretendes» y «supuesta». Molesto le respondí:
—Noto por tus palabras que eres bastante arrogante. Déjame decirte incluso que encuentro tu tonito fastidioso y no me hace propenso a continuar conversando contigo. Tú sabes, ya soy un hombre viejo que no tiene por qué soportar ciertas cosas.
—Lo sé y te entiendo. Pero te pido el favor de entenderme también, yo soy un gato y todos nosotros somos arrogantes y sobrados. Además, excúsame, pero no soy un gato cualquiera, soy un gato famoso y me atrevería a decir uno de los más famosos.
—De tu fama no tengo dudas —le contesté.
—Qué te parece si tú haces caso omiso de mi arrogancia gatuna y yo de tus susceptibilidades de viejo y conversamos como dos antiguos amigos, o al menos dos antiguos conocidos, que eso somos, ¿verdad?
La respuesta me pareció divertida, y aquello de antiguos conocidos y quizás antiguos amigos me pareció correcto. Le dije:
—Está bien, amigo, dime qué quieres saber.
—Cuéntame cómo es ese asunto de la decoherencia. Empecemos por allí.
—Con respecto a este tópico —comencé a decirle— conviene recordar el carácter contextual de las propiedades de un electrón. Según las relaciones de Heisenberg, en un contexto experimental podemos asignarle a un electrón una posición precisa, en otro una velocidad precisa. Para evitar que se piense que, al depender del contexto experimental definido por el observador y no podérseles asignar un carácter en sí, las propiedades de un electrón son subjetivas, es importante distinguir entre la realidad en sí o totalmente objetiva, constituida por todo aquello que no se refiere en absoluto a la colectividad de los seres humanos, ni a sus decisiones o limitaciones, ni a su existencia, y la realidad epistémica, constituida por todo lo que sin ser totalmente objetivo, es, sin embargo, intersubjetivo, lo que significa que es verdadero para todos. En cambio lo subjetivo es lo que depende de un observador particular.
—Sobre esas nociones no necesitas explayarte, y menos en ese tono doctoral con que lo haces —me interrumpió con brusquedad—, las conozco bien. Te pido que seas lo más breve posible sobre la decoherencia pues algo he oído al respecto y no tengo mucha paciencia con repeticiones innecesarias.
He de confesar que me fastidió la arrogancia y la falta de cortesía con que hizo su petición. Pensé reclamarle por ello, pero sabiendo que de nuevo me iba a salir con la historia de que como gato, y como gato famoso por añadidura, él era naturalmente arrogante, decidí revestirme de paciencia e ignorando su descortesía continué diciendo que la mecánica cuántica misma explica por medio de la llamada decoherencia la razón por la cual no percibimos superposiciones cuánticas que involucren cuerpos macroscópicos como un gato.
—El formalismo cuántico permite calcular una cantidad que indica si se tiene una superposición cuántica macroscópica. Ahora bien, bajo el supuesto de la universalidad, cálculos detallados muestran que la única diferencia básica entre un sistema microscópico y uno macroscópico es que el último interactúa fuertemente con el ambiente. Los modelos que tienen en cuenta la interacción con el ambiente —modelos de decoherencia— muestran que por efecto de esa interacción, las mediciones de la cantidad mencionada aunque en principio podrían llevarse a cabo, puesto que ninguna ley de la física las prohíbe, son sin embargo, imposibles de llevar a cabo por un ser humano.
Le señalé entonces que como la argumentación hace referencia de modo esencial a las posibilidades humanas, la conclusión era que la decoherencia resuelve el problema, pero en términos de la realidad epistémica. En otras palabras, la decoherencia muestra que las propiedades de los cuerpos macroscópicas son epistémicas y no en sí.
Al oír las conclusiones con base en la decoherencia el gato respondió:
—Según lo que me explicas mi trágico sino es ser o un monstruo o un fantasma. En otras palabras: si soy real soy un monstruo, si no soy un monstruo soy un fantasma.
Me quedé mirándolo admirado de su perspicacia y él con el tono sarcástico y despectivo que lo caracterizaba me preguntó si acaso ignoraba la etimología de las palabras monstruo y fantasma. Fingí no conocerlas para divertirme viéndolo explayarse en su arrogancia.
—La palabra monstruo —afirmó— viene del latín monstrum, que se deriva a su vez del verbo monere: advertir, avisar. El gramático romano del siglo II Sexto Pompeyo Festo escribió: «monstruo, aquello que anuncia el futuro y advierte sobre la voluntad de los dioses». Por tanto, la palabra tenía entonces un sentido religioso que indicaba un prodigio, algo sobrenatural que se consideraba una señal, una advertencia de los dioses. En general se trataba entonces de un ser de carácter excepcional, que iba contra el orden natural. En conclusión, de acuerdo con su etimología, un monstruo sería un prodigio; un objeto o ser fuera de lo natural.
Hizo una pausa y con su tono petulante y engreído me preguntó:
—¿Me sigues?
—Imposible no hacerlo con semejante explicación tan detallada y pedagógica —respondí.
He de confesar que no pude evitar que se trasluciera en mis palabras lo que en realidad pensaba de la autosuficiencia de mi interlocutor, quien embriagado con sus palabras prosiguió.
—De acuerdo con su etimología, se califica entonces de monstruo aquel ser que al diferir de forma extraordinaria de los de su especie es contrario a su naturaleza; también se refiere a aquello que es de tal modo desmesurado que causa extrañeza y rechazo; o a lo extraordinario y fantástico. Una superposición de «gato vivo» y «gato muerto» es conceptualmente un monstruo.
No pude evitar mirarlo con aprobación pues su idea me pareció correcta y muy adecuada. Añadió entonces:
—Mi naturaleza, sin embargo, es fenoménica según tus análisis. O sea: el gato de Schrödinger es fenómeno. ¿O me equivoco?
—En modo alguno, amigo gato. Tu percepción del asunto condice con tus conocimientos de la etimología.
Mi empleo del verbo condecir, caro a Borges, hizo surgir un destello de fiereza gatuna en sus ojos que me hizo esperar algún ataque verbal de su parte. No obstante prosiguió diciendo:
—Las palabras fenómeno y fantasma tienen una etimología similar: ambas vienen del verbo griego phainein que significa aparecer, mostrar, hacer ver. Fenómeno literalmente significa «lo que se muestra» y el vocablo fantasma para los griegos significaba «aparición, manifestación, cosa que se hace visible a nuestros ojos».
Una vez que terminó su explicación me miró fijo a los ojos, yo resistí su mirada y con la mía lo insté a expresar la conclusión final de su docto discurso etimológico.
—He de concluir como te lo dije antes —me dijo con firmeza y grandilocuencia— que el gato de Schrödinger, tu interlocutor, si es real es un monstruo, si no es un monstruo es un fantasma.
No pude menos que expresar mi admiración por su muy imaginativa conclusión, añadiendo que con base en ella podíamos continuar nuestro diálogo. Vino entonces el ataque verbal que me esperaba. Me dijo, en efecto, que desde un comienzo se había percatado de mi juego al hacerme el ignorante respecto a las etimologías y que esa actitud no era más que una muestra de arrogancia con lo cual quedaba claro que yo era tan arrogante como él. De inmediato reviré negándolo y afirmando que yo era un viejo modesto.
Respondió:
—Viejo, ¿quién lo duda?
—Modesto, mucho más.
—Eso, mi señor, ya es otro cantar.
—Veo que conoces la Zarzuela, mi amigo gato.
—Soy un gato culto, recuerda dónde nací y en qué época.
A continuación le dije que equiparar lo fenoménico con lo fantasmal era un poco hilar muy delgado para hacer una buena boutade.
—Una buena boutade —me respondió— tiene un gran valor dramático; puede argüirse además que desde un punto de vista como el de Einstein, quien sostiene el carácter en sí, totalmente objetivo de los entes físicos, lo que no sea independiente de todo lo humano sería solo una apariencia. Por lo tanto lo epistémico sería solo una apariencia como lo son los fantasmas.

—Déjame anotarte que para Einstein el libre albedrío y el tiempo vivido o percibido eran apariencias; por lo tanto, para él la mente era apariencia, no así el cuerpo que consideraba con una realidad en sí. O sea que para Einstein la mente sería el fantasma. Por otra parte lo fenoménico es intersubjetivo, verdadero para todos, y podemos calificarlo de objetivo así sea en sentido que podemos llamar débil.
A continuación le dije:
—Para tu tranquilidad, todos estamos en tu misma situación.
—Explícame ese asunto, por favor.
—Con mucho gusto. Existe una paradoja llamada del amigo de Wigner, en honor del físico que la inventó.
Hice referencia a la situación del laboratorio descrita más arriba en mi diálogo con la colega de mi amigo, el profesor de economía.
—Imaginemos —le propuse— que en vez de mirar nosotros lo que sucede en el laboratorio, encargamos a un amigo que lo haga, y por teléfono —llamada o mensaje de WhatsApp— nos diga luego lo que ha observado. Los supuestos de completez y de universalidad de la mecánica cuántica nos llevan a concluir que antes de recibir la llamada —antes de que la contestemos o veamos el contenido del mensaje de WhatsApp— tenemos que considerar que el estado de nuestro amigo es una superposición «monstruosa» de estar al mismo tiempo viendo al gato vivo y viendo al gato muerto.
—O sea que el amigo de Wigner sería entonces un monstruo —afirmó el gato. Y como cualquiera de ustedes puede desempeñar el papel del amigo, la naturaleza de cualquiera de ustedes es la de un monstruo.
—Eso es correcto —le dije—. Sin embargo —añadí— la decoherencia nos indica que la naturaleza de nuestro amigo es epistémica. Y como cualquiera de nosotros puede desempeñar el papel del amigo, se concluye que la naturaleza de cualquiera de nosotros es epistémica.
—O fantasmagórica —rezongó el gato con acritud— añadiendo que no le acababa de convencer eso de que él sea lo que insistía en llamar un fantasma.
Después de un buen rato en que permanecimos en silencio cada uno sumido en sus propios pensamientos, el gato se levantó y con firmeza dijo:
—Yo sigo siendo el gato de Schrödinger y mi dueño no aceptaba aquello en que quedaron convertidas sus magníficas e imperecederas contribuciones científicas. Me rehúso a ser un monstruo y no me convence eso de ser «epistémico» como tú lo llamas y que para mí es equivalente a fantasmagórico. Aun si ese fantasma es colectivo. Dos posibilidades me quedarían entonces: o rechazar los postulados acerca de la cuántica en que se basa tu análisis, en cuyo caso tendría que buscar una nueva teoría, o cambiar mi visión del mundo y tú sabes que a nosotros los gatos no nos gustan las alteraciones ni perturbaciones de nuestro mundo.
Me miró, lo miré, nos miramos. Y con un sutil gesto de despedida se marchó con la cola enhiesta y nunca más lo volví a ver.
NOTAS
[1] Los números a y b son números complejos, o sea de la forma general c+di donde c y d son números reales y i2 = -1.
[2] a (gato muerto) + b (gato vivo) donde a y b son números complejos.
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* Jairo Roldán-Charria, nacido en Tuluá, Valle del Cauca, Colombia. Profesor Titular Jubilado, Departamento de Física, Facultad de Ciencias, Universidad del Valle, Cali, Colombia. Doctor de la Universidad de París 1 Pantheon-Sorbonne, París, Francia. Elaboró su Tesis de Doctorado bajo la dirección de Bernard d´Espagnat y obtuvo la distinción summa cum laude. Máster en Física de State University of New York at Stony Brook, U.S.A. Físico de la Universidad del Valle, Cali, Colombia. Sus intereses investigativos son: los fundamentos de la Física Cuántica y la Mecánica Estadística, la Didáctica de las Ciencias, la Filosofía de la Ciencia, y la relación entre la Ciencia y la Religión, áreas en las cuales ha publicado diversos artículos. Coautor de los libros La Complementariedad: una filosofía para el siglo XXI, Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2004, Cali, Colombia; Donde brilla la luz. La Fe Bahá’i en Latinoamérica, Editorial Nurani, 2011, Cali, Colombia y La naturaleza de los números. Su origen y evolución, Programa Editorial Universidad del Valle, 2023, Cali, Colombia. Blog: https://medium.com/@masalladelfinaldelcamino
