
Por Mónica Quintero Restrepo*
Cuando estaba niña leí una serie de libros sobre dragones. No recuerdo muy bien qué pasaba, pero sí la sensación de no querer parar de leer y la imagen de los dragones en mi cabeza, todos con colores brillantes, muy fastuosos, increíbles. Quería ser un dragón.
Esos libros, sin embargo, desaparecieron de la biblioteca. A veces intento recordar si los presté a alguien, le pregunto a la mamá por ellos, y nada, no se acuerda. He pensado que tal vez fue una historia que me inventé: una niña, mona [1], de diez años, leyendo libros sobre dragones, mirando el mapa del reino en el que vivían —esos libros azules traían mapas incluidos—. Tengo la imagen de unas cuevas en unas montañas que generaban un precipicio.
Estoy segura de que no fueron un invento.
Todo, además, está nublado con esos libros: no sé tampoco cómo aparecieron de pronto en la biblioteca y cómo los descubrí. La biblioteca de la casa de la niñez estaba llena de libros del papá en la parte de arriba, y luego en la mitad había de geografía e historia, porque la mamá era profesora de sociales. Recuerdo que había varios (gordos) sobre la Segunda Guerra Mundial. No había muchos libros para niños, excepto uno morado de recetas de Nestlé; y un día, de pronto, los libros de los dragones.
De vez en cuando amanecía pensando en esos seres de alas grandes y cola larga. Si alguien me preguntaba por libros que me hubieran marcado cuando era niña hablaba de ellos, decía: los de Tolkien. No he leído El señor de los anillos, pero he leído sus libros de dragones. Por lo general recibía una mirada confusa, ¿Tolkien?, ¿dragones? Sí, sí, unos libros azules, unas historias increíbles. Luego me parecía raro, pero igual lo ignoraba, que en Google no aparecieran, si Tolkien es tan famoso.
Pero no iba a aceptar que fueran un invento.
Tan pronto llegué a mi casa en Riosucio me paré frente a la biblioteca. Quería volver a buscar, mirar detrás, por si de pronto la mamá los había movido, por si de pronto en uno de esos arreglos de biblioteca los habíamos escondido. No tuve que buscar mucho porque aparecieron dos de los libros azules, muy en el estante del centro.
Dice: Homenaje a Tolkien Vol. 1. y Homenaje a Tolkien Vol. 2.
Los dragones siguen perdidos.
Los dos volúmenes traen, cada uno, 19 cuentos fantásticos en homenaje al escritor inglés.
Ya tenía una sospecha de lo que había pasado, así que fui a Google: escribí dragones mas el nombre de la editorial, porque de lo que sí estaba segura era de que la portada era la misma, y en estos dos tomos hay dos dragoncitos entre un mensaje: Grandes autores de la Literatura Fantástica. Timun Mas es la editorial.
Google me dio una respuesta: los libros perdidos no eran de Tolkien, sino de Michael Reaves y Byron Preiss. Lo encontré en un solo tomo en Lectulandia como El último dragón, y no en la edición de la editorial azul, con varios volúmenes. Ni rastro de los libros físicos.
¿Y entonces?
Pues que en la biblioteca estaban El último dragón y el Homenaje a Tolkien, y mi mente lo mezcló todo.
Empecé a leer y no reconocí nada de la historia, y no voy a seguir por ese consejo de Sabina, y que tiene otras versiones, pero yo siempre recuerdo esta: «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver porque el tiempo no perdona, y lo que fue ya no es».
No soy muy buena acordándome de los libros y los autores, pero sí de las sensaciones, y pensé que la literatura es precisamente eso: lo que un libro te hace adentro, lo que te deja, el recuerdo que te crea en un momento de la vida. Porque los libros tienen su tiempo, y por eso a veces uno no siente que debe leer algo, y de pronto un día te levantas y lo abres y entiendes por qué te tomó tanto tiempo llegar a él. Me pasó hace poco con Delirio, de Laura Restrepo, que esperó muchísimos años en la mesa de noche y no lo abría, hasta que a principio de año sentí esa cosa extraña y azarosa de abrirlo y entendí que necesitaba leerlo, que me hablaba más en este momento de la vida, que me estaba explicando algo importante sobre la estructura de la novela.
El último dragón existe en mi cabeza y me recuerda a esa niña lectora que fui, aunque en la biblioteca de mi casa no hubiera tantos libros para niños. Es una niña que no quiero olvidar: era curiosa como un gato y preguntona y con ganas de escribir.
Por eso esta es mi verdad: mis libros de dragones los escribió Tolkien y son azules.
NOTA
[1] Rubia. Nota del editor.
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*Mónica Quintero Restrepo. Tiene un alter ego que es Camila Avril. Le gusta ser cualquiera de las dos. Es periodista cultural, máster en Hermenéutica Literaria y aprendiz de pastelera. Escribe poemas, a veces relatos y ahora un libro fragmentario sobre el papá muerto. Publicó el libro de poemas «Tal vez a las cinco» con Sílaba Editores en 2022. Actualmente estudia la maestría en Escrituras Creativas de la Universidad de Iowa, en EE. UU.
