
Por Luis Fernando López Noriega*
De encontrarme tirado en la terraza del claustro de San Agustín, sucio, con las ropas raídas y la vegetación salvaje de las hendiduras del pavimento germinando ahora en algunas partes de mi piel, me hubiese convertido en un Dios caído luego de una batalla cuerpo a cuerpo en verdad desgarradora… Rastros de sangre en mis cabellos y en una oreja la huella de una mordida feroz que arrancó un trozo de carne. Pero algo de dignidad había aún en mí y también algo de nostalgia. Heroísmo en la derrota.
Casi de inmediato, al verme reflejado en una ventana, recuerdo aquel poema de Keats aprendido de memoria y declamado tantas veces en los ratos de ocio:
Deep in the shady sadness of
a vale
Far sunken from the healthy
breath of morn,
Far from the fiery noon, and
eve’s one star
Sat gray-hair’d Saturn, quiet
as a stone
Still as the silence round
about his lair;
Forest on forest hung above
his head
Like cloud on cloud. No stir
of air was there,
Not so much life as on a
summer’s day
Robs not one light seed from
the feather’d grass,
But where the dead leaf fell,
there did it rest.
A stream went voiceless by,
still deadened more
By reason of his fallen
divinity
Spreading a shade; the Naiad
mid her reeds
Press’d her cold finger closer
to her lips.
Qué lejos estoy de aquel glorioso tiempo en el que repartí júbilo por todas partes. Sin embargo, mi historia no repite las tragicómicas escenas de los boxeadores campeones mundiales que luego de una racha ganadora, casi invencible, el tiempo los termina y la fama los rechaza para acabar justo donde empezaron… No. Mi historia comienza ahí en el mismo momento de mi máxima gloria, en el clímax, cuando el horizonte se abría ante mí como una fuente inagotable de éxitos. Degradé cuerpo y alma, torné mi espíritu voluble, violento, de matices demoníacos por obsesionarme con el recuerdo de mis muertos…
Ahora me levanto de este piso duro. Es la madrugada de otro día infernal. Anhelo uno de esos refugios temporales en donde pueda tomar una sopa cuya mixtura de hierbas espante este sueño recurrente.

Los muertos, incendiados, incandescentes, bajan de los árboles a una suerte de tinglado en donde, en el centro, me encuentro listo para el combate frente a otro púgil. Somos aquellos héroes de tinta tan preciados en mi desgraciada niñez en aquel pueblo de mierda llamado…
Somos El Santo y Kalimán.
Nos trenzamos en una lucha a muerte, animados por todas las llamas de ese público atribulado que en realidad pedía venganza, tal y como lo hacía también mi madre y mi padre quienes con un extraño fulgor se distinguían del resto.
Mi madre envenenada por cuenta del rencor de una hijastra. Mi padre abandonado por uno de sus hijos mayores en cualquier rincón de la casona derruida, y sin poder emitir sonido alguno, murió de inanición. Son mis muertos…
El duelo entonces adquiere otras dimensiones: Kalimán se metamorfosea en Hiperión, y en virtud de su experiencia adopta la táctica de propinar golpes justo en las falsas costillas de su contendor para minar su resistencia de manera lenta pero segura.
El Santo, en cambio, esquiva con energía las arremetidas del rival de lado a lado, lanza ganchos de izquierda y unos uppercuts de derecha que adorna con ágiles movimientos de cadera en los instantes en que los cuerpos irremediablemente se van para las cuerdas.
Mis muertos cada vez se animan más dando verdaderos alaridos de vida que se prolongan en el tiempo onírico durante días enteros con sus noches incluidas y que en no infrecuentes ocasiones me mueven a lanzar alguno que otro jab de izquierda al aire cada vez más enrarecido… O a los aros de luz que me envuelven en volutas inasibles.
Es entonces cuando cruzo la avenida al atisbar un titular de periódico que vuela por los aires con una frase muy común, mi nombre de pila y apodo de boxeador profesional:
«Esta madrugada murió atropellado por un carro fantasma el ex campeón mundial peso Welter, “Medialuna”, Raúl Gómez Jattin».
* * *
LA ÚLTIMA LÁGRIMA
Por Elkin Mauricio Montes Peñate**
«El último rostro es el rostro
con el que nos sorprende la muerte».
(Álvaro Mutis)
Me he levantado temprano a recoger mangos en el camión de juguete que me regaló el hijo menor del patrón de mi mamá, pasé toda la mañana caminando por el patio y por el jardín. Arranco guayabas verdes y las tiro hacia el rumbón en el que en las tardes me lanzo hacia la parte de abajo, dentro de una cartona, hasta llegar al fondo y luego subo para seguir jugando. No me canso de andar por los galpones, por los chiqueros y por los corrales en los que esta mañana escuché a los ordeñadores hablando que «había salido oscureciendo, pero no había llegado a su casa».
Entro al corral y saludo, bromean conmigo, les pido espuma, me la entregan y me voy. Paso por la parte del kiosco y escucho al señor Rogelio molesto, casi peleando con el radio negro en el que se comunica. Camino hacia la parte alta de la hacienda, en el lugar donde duermen los muchachos que juegan conmigo, son muy divertidos, aunque mi mamá me tiene prohibido hablar con ellos. Paso distraído por la parte de la finca donde dejan los carros los amigos del patrón. El patrón tiene muchos amigos, todo el tiempo lo visita gente importante de todas partes. En este lugar veo al señor Salvador, descamisado, lavando la camioneta en la que me llevan muchas veces a la escuela. Lo único que me gusta de la escuela es el paseo en este carro.
Cuando llego le entrego la espuma de leche al señor Cóndor, como le dicen aquí; me saluda con algo de desgano y me dice que pase. Cuando entro, sus compañeros se encuentran hablando en voz baja, pero dejan de hacerlo cuando me ven. Uno se para, el que más juega conmigo, Pablo el novio de mi mamá, me toma el pelo y yo me río. Veo que empieza a limpiar su fusil que está completamente lleno de barro, me quedo mirándolo embobado, luego me pide que le ayude y me pongo contento a ayudarlo. Tomo un trapo, lo mojo con ACPM y empiezo a limpiar quitándole el barro. Cuando terminamos les ayudo a contar las balas y a meterlas en los huequitos de las correas que se atraviesan en las espaldas. Suena el radio, todos se ponen de pie, me piden que me vaya, Pablo me abraza, su ropa huele a pólvora y a humedad, salgo y me pierdo en los galpones a recoger huevos para llevarlos a la cocina.
EL PUEBLO
—Cómo puede hacer tanto frío en un pueblo tan caliente…
—Mira dónde va amasando barro. Siembre se deja coger la noche. A esta hora no salen ni los sapos.
—Ese negro no le tiene miedo a na’, ni siquiera a las culebras, dicen que las mata con las abarcas.
—Es un payaso hablador de paja. El otro día me dijo que había hecho cinco goles en Pueblo Rojo. Se reía contándomelo, ni él mismo se lo creía, es un mamador de gallo.
—El pelao Nafer hace reír con sus mentiras rebuscadas. Así se la pasa siempre: tirándoselas de gracioso.
Cuando llega a vender los pescados siempre tiene algo qué decir, nunca se está callado. No hace mucho me contó que le habían advertido que no querían verlo más en los potreros, pero compa tú sabes cómo es
ese muchacho de terco. Con esa gente no se juega.
* * *
—Cómo ha oscurecido tan rápido. Será porque no hay luz en el pueblo. Todo lo veo apagado. Sólo se ve la luz de los mechones en las casas y ya no se ven los cerros.
—Tienes razón compadre: esta tarde no ha hecho nada de sol y el aguacero hizo que la gente se recogiera temprano.
—¿Sí escuchó al yaacabó cantando antes del aguacero? Se me encogió el corazón. Ese es un pájaro diabólico. Prefiero la algarabía de las guacharacas.
—A mí también me causa terror ese maldito pájaro, dicen que es el mensajero de la muerte. Ya van dos tardes que lo escucho cantar, pero hoy ha cantado desde las dos de la tarde.
—Pero pensándolo bien esta lluvia es buena para que se maduren los mangos y para el cultivo…
—¿Oyes ladrar a los perros?
—Sí, están muy alborotados
—¿Y esa luz de qué carro será, y a esta hora?
—Es una camioneta, escucha como suena la carrocería.
—Claro compa, mírala, inconfundible. Esa cabeza verde con hombres siempre atrás no es más que la última lágrima. Desgraciado al que embarquen en esa jaula. Ese carro tiene historias horrorosas. Sabes que el hijo de Otilia lo embarcaron allí después que lo sacaran de donde dormía. Y nunca más apareció, ni vivo ni muerto. Eso hace cinco años y una persona no se puede perder tanto.
—Y esos tipos nunca los había visto por aquí, tienen una cara única de…
—De matones, de malpa…
—Baje la voz compa, usted no tiene idea de quién es el patrón de esos tipos.
—Claro que sí: ¡es un triple hijueputa!
LA MUCHACHA
Ha sido una tarde un poco extraña. El aguacero apagó todo, hasta el griterío de los pájaros y como si fuera poco se ha ido la luz. Los trabajadores se han ido temprano para sus casas, solo quedan unos cuantos hombres del señor Rogelio Jorobo, mi patrón. En vista de que la oscuridad se venía encima, serví la cena temprano y organicé la cocina; la hacienda se ve triste, será porque esta tarde no cantaron las guacharacas. Lleno mi tarrito de agua y me voy a mi cuarto. Paso a mi niño a la hamaca completamente dormido, me acuesto, no logro cerrar los ojos. Pienso en Pablo, siento un gran aprecio por él, me gusta cuando viene a dormir conmigo. Es tierno como un niño y me hace reír, su cuerpo es tibio y delgado, me apego a él toda la noche. Pero no me gusta su trabajo, es muy peligroso. El patrón a veces lo insulta y lo castiga. Le dice que es un «guevón, cobarde», que le queda grande el uniforme, que no sirve pa’ defender la patria de los hampones de la guerrilla.
Esta tarde cuando salieron en la camioneta antes de llover, lo noté esquivo conmigo. Sus ojos estaban desorientados y su cara tenía una expresión tan extraña que nunca se la había visto. Pareciera como si algo lo atormentara. Pero esta vez no iba manejando el patrón, la camioneta la llevaba el señor Cóndor, un señor paisa al que nunca le había visto una sonrisa, un tipo de malgenio que se la pasaba maldiciendo hasta su propia existencia. Cuando se sentaba en el comedor, lo hacía con sus botas pantaneras, muchas veces llenas de barro, hediondo a sudor, y con el revolver enchazado en el pantalón. Los otros dos que lo acompañaban eran nuevos en la hacienda, sólo llegaron del Urabá hace unos cuantos días. Uno de ellos quiso propasarse conmigo cuando entró a tomar agua a la cocina; son unos patanes.
La camioneta arrancó como si llevaran mucha prisa. Pero noté con mucha extrañeza que uno de los tipos del Urabá, llevaba en el hombro un cáñamo con los que los vaqueros amarran a los novillos más resabiados.
* * *
Son las diez y no he podido conciliar el sueño, oigo el ruido de un motor que se acerca, son ellos. Saltan del carro, hablan murmurando y se dirigen al cuarto de herramientas. A los pocos minutos Pablo entra a mi cuarto completamente mojado y sucio de barro hasta la cabeza. No me dice ni una palabra, le quito toda la ropa hasta dejarlo completamente desnudo. Lo acuesto y le acaricio el pecho, lo beso en la boca fría y mantiene sus labios sin despegarlos. Me desnudo, le pongo mis tetas en la cara como a él le gusta, pero no me responde. Le hablo al oído, dejo caer todo mi pelo sobre su cara y le pregunto qué le pasa. No dice nada. Me pongo la pijama y me acuesto silenciosa a su lado, sin molestarlo.
A los pocos minutos escucho un llanto entrecortado, le toco el rostro y lo tiene empapado de lágrimas. Su cuerpo empieza a temblar suavemente. Pablo lloraba desconsolado como un niño.

EL CASERO
Hoy el pueblo amaneció intranquilo y desesperado. Esas son las noticias que me cuentan los jornaleros de la finca. Por ellos me entero que el pelao Nafer anda desaparecido y que nadie da noticias de él. Lo que sí es cierto es que lo vieron salir después del aguacero hacia Montevideo en donde su madre lo esperaba para cenar, pero nunca llegó. No hay rastros de él. Dicen que llegaba a dormir a su casa aun con sus peores borracheras. Familiares, amigos y personas de los dos pueblos lo han buscado toda la mañana, pero parece que se lo hubiera tragado la tierra. Una persona no se puede perder tanto y menos él que nunca ha salido de esta región. ¿Dónde estará metido el pelao Nafer con su pantalonetica de fútbol, sus abarcas y su cachucha veraguada? El pelao Nafer, gran personaje del pueblo y muy querido en las casas en la que le compran sus ensartas de pescados y sus limones. Un muchacho bien mandao. Parrandero y gracioso en las fiestas. Una vez me confesó borracho que estaba loco por Margot, la hija mayor de los Pachecos. Y que cierta vez le dedicó una canción de Diomedes por la emisora, esa que dice:
«La tierra pa’ calmar su sed
y cerrar sus grietas necesita lluvia
y yo para mi sed de amor
y curar mis heridas las caricias tuyas».
Pero la muchacha nunca lo aceptó por su pobreza, como dicen algunas de sus amigas en el pueblo.
Donde estará perdido el pelao Nafer. ¿Buscando limón o embarbascando represas en los potreros en los que le prohibieron que entrara? ¿Pero toda la noche? ¿Y sólo? ¿Lo habrá picado una culebra? Ojalá que aparezca lo antes posible y que Dios nos ayude a encontrarlo.
* * *
Esta mañana cuando me levanté, lo primero que el patrón me mandó a hacer fue lavar la camioneta porque iba a salir temprano. Estaba completamente llena de barro. Las llantas, la carrocería, el piso, todo. Me doy cuenta que en el piso de la carrocería hay barro por todas partes y en el barro huellas de botas pantaneras y algunas de pies descalzos largos como si se resbalaran a cada rato. Pero lo que más me llamó la atención han sido dos manchas rojas en el travesaño donde se sientan los escoltas del patrón. De seguro que ayer estaba llevando algún animal para la hacienda Las Calaveras y le han tenido que golpear el hocico para poder bajarlo a la fuerza.
He dejado la camioneta impecable, ha quedado verdecita y la carrocería como nueva. Ha quedado como nueva La Última Lágrima, como le dicen en el pueblo.
LA HERMANA
La mañana no ha sido la misma. Es un día que nunca pensé que pasara, todo aquí es desesperación y angustia. Ni siquiera el café de esta madrugada alivió nuestra zozobra. La ausencia de mi hermano Nafer es un vacío en mi corazón. Nunca había pasado la noche fuera de la casa.
Antes que amaneciera, la mayoría del pueblo nos reunimos en su búsqueda, preguntando por aquí y por allá sobre mi hermano. Los que tenían caballos fueron a los pueblos vecinos en los que no les dieron respuestas de él, pero que también se sumaron en su búsqueda. Es algo tan inexplicable, tan extraño y tan incierto el paradero de mi hermano. Nafer a veces llegaba tarde, pero eso era todo: llegaba siempre. Le advertimos muchas veces que no se deje coger la noche, pero es demasiado terco. Y ahora no sé qué va a ser de mí si no aparece, y de mi madre que no ha comido nada en todo el día. Se encuentra como ida, como si estuviera en otro mundo, solo por sus ojos salen gruesas gotas de lágrimas y su boca no ha pronunciado ni una sola palabra. La ausencia de mi hermano nos tiene muertas en vida.
* * *
Ahora son las dos de la tarde y el calor está por todos los lugares de la casa: en los cuartos cercados con caña flechas y forrados con periódicos y revistas; en el techo de palma que amenaza con caérsenos encima; en el piso de tierra que se raja cuando no le rozamos agua; en la salita al lado del fogón en la que todas las mañanas al levantarnos nos sentábamos con la taza de café humeante en las manos a revelar nuestros sueños de la noche anterior; o en la hamaca de mi hermano que se encuentra guindada en su cuarto esperándolo, en la que se mete a mecerse y a cantar todo el día las veces que lo malogra un amor imposible, y en la que canta vallenatos con los que terminaba llorando y haciéndome llorar a mí también. Sentía placer mortificarse por aquellas canciones de desenlaces amargos en las que nunca se alcanzaba el amor. El calor hoy se señorea por toda la casa, está entre nosotros como un ser más en este dolor. Es como el recuerdo vivo de mi hermano que se queda a vivir por siembre entre nosotros.
Quizás el calor hace que mamá, rodeada por algunos vecinos, no le dé ánimos de nada. El calor rodea la casa por todas partes: en todo el pueblo, en el patio de caimitos y en el jardín de yerbabuena y orégano que cuida con mucho amor nuestra madre. En esta casa hemos vivido todo el tiempo, hemos pasado necesidades y el abandono de nuestro padre, pero también hemos sido felices. Todavía me veo en una noche lejana tratando de darle unas sopas a mi hermano quien me la rechazaba porque presentía que estaba caliente. Después de un rato tomé las abarcas que tenía puestas y amenacé con pegarle. Fue entonces cuando, obligado, se tomó toda la cucharada que le tenía enfriándole. Nafer se me queda mirándome a los ojos y suelta una risita ridícula que se convierte en carcajada. Yo me contagio de su risa y me causan tantas gracias los movimientos de su carita y sus manitos. Es así como empezamos a reírnos a carcajadas los dos como dos cómplices que han hecho una broma juntos. Nos reímos hasta que se nos salieron las lágrimas de la felicidad. Y si no es por el regaño de mamá, nos hubiéramos reído toda la noche.
Pero ahora no está ni en el río pescando, ni en los potreros buscando frutas, ni en el patio de caimitos donde solía guindar el chinchorro en los ratos de más calor, ni en el pueblo jugando billar, ni en las casas de los otros vendiendo sus pescaditos y limones, ni en ninguna parte de esta región en la que hemos preguntado por él con tanta insistencia.
Veo la fotografía que le hicimos tomar en el jardín no hace mucho. Era de tarde. Estaba recién levantado y tenía los ojos tristes. Es una fotografía triste. Su suéter de fútbol estaba descolorido, el mocho pescador tenía manchas de mango por todas partes y sus abarcas mohosas de polvo. Veo la fotografía con insistencia y me digo: «después de tenerlo todo de él, ahora sólo tengo esta fotografía, y sus abarcas que encontramos llenas de barro abandonas en la hierba húmeda de un potrero al lado de la carretera principal.
EL SUEÑO DE LA MUCHACHA
He amanecido como sin alma, como si estuviera vacía por dentro. No he podido dormir bien, he tenido pesadillas. He llorado hasta quedarme seca. Ahora no sé qué siento por Pablo. Ya no tengo sentimientos, me siento enferma, no tengo ánimos de nada, quisiera quedarme en cama todo el día pero es imposible. Soy consciente que debo aparentar mi mejor cara, no debo levantar sospechas de este tremendo secreto que me perseguirá toda mi vida. ¡Pobre Pablo!, me conduele lo que han hecho de él. Cuando llegó por primera vez era tan inocente, tan conversador y gracioso que daba gusto tenerlo cerca. Vino de los lados desde muy lejos con el sueño de mejorar su vida y la de su familia. No tenía ni idea en la que se metía, ya es imposible salir, es un absurdo siquiera pensarlo. Lo han convertido en un monstruo igual que ellos. Ahora sí es un verdadero macho al servicio de la patria. Ya pasó su prueba de fuego.
Al mediodía llegó un grupo de hombres uniformados. En un momento pensé que era el ejército, pero estos venían con pasamontañas y perros bravos. Sus uniformes se veían completamente nuevos. Estos hombres sudaban como caballos. Noto que el patrón sale a recibirlos, saluda de mano a uno de ellos. Luego los hacen formar bajo el mango del patio. Don Rogelio empieza a hablar malhumorado como siempre. Del lado de la cocina en que estoy, logro oír todo. Don Rogelio Jorobo aumenta cada vez más la voz, como regañándolos. Parece descargar todo su odio sobre ellos. Su barba totalmente poblada y su voz paisa impartiendo órdenes lo hace un hombre temerario. Nadie le lleva la contraria. Sus órdenes se cumplen o se cumplen. Escucho claramente diciéndoles a los hombres, antes de terminar, que «todos los que vivimos en esta zona y apoyamos al ejército somos llamados paramilitares, pero ese es el precio que nos toca pagar para no dejarnos güevoniar de la guerrilla». A veces me pregunto por qué tanto odio.
¿Y Pablo? No sé. No lo he visto en todo el día. En qué lugar andará descargando su pena y su vergüenza de lo que lo han convertido. Pero en el fondo sé que es noble. No lo puedo odiar, yo no sé odiar, pienso que es una carga más para las personas. Ahora lo que me une a Pablo es su confesión y el hijo que estoy esperando de él. Pablo no lo sabe, pero debo encontrar la ocasión para decírselo.

En la noche, cuando llego a mi cuarto, lo primero que encontramos es una nota en el piso. Mi niño la recoge y me la entrega. Es de Pablo. Se nota que fue escrita de manera apresurada. La nota decía:
Después de lo de anoche me trasladaron a las calaveras. No sabía nada, me cogieron de sorpresa. Me pidieron que alistara mis cosas y embarcara. Dicen que me tranquilice, que todo va a estar bien. Salimos dentro de una hora en la camioneta del patrón. Tengo un mal presentimiento. Pero lo mejor es obedecer. Siento un gran aprecio por ti, María, quisiera largarme de esta mierda y hacer una nueva vida lejos contigo, en tu tierra. Te quiero. Prometo escribirte de donde esté. Pablo A.
Mi hijo me pregunta por qué lloro, pero no sé qué contestarle. Le digo que no se preocupe, que no es nada. Apago la luz y quedo totalmente en tinieblas. Abrazo a mi niño dormido. Pienso en Pablo. Lo quiero ahora más que nunca, el insomnio no me deja cerrar los párpados. Pasa lenta la noche. No sé si duermo o sueño que estoy despierta. Empiezan a caer gruesas gotas de agua en el techo de zinc. Me quedo mirando el techo y mi mirada lentamente traspasa la oscuridad, sale al patio, se detiene en los mojados mangos de corazón, empiezo a andar por el camino que da a la carretera principal en la que aún es de tarde. Me dirijo hacia el pueblo con una canasta de huevos en un brazo. Voy a pie descalzo, hundo mis pies en el barro de donde salen lombrices que después se hunden. Todavía caen gotas de agua, veo que pasa un carro en forma de tortuga gigante. No me ven.
Antes de llegar al pueblo, miro la canasta de huevos y de uno de ellos ha salido un perro que ha nacido muerto. Alzo la mirada y me doy cuenta que me encuentro en el corazón de un rastrojo. Solo veo montes alrededor. Está oscureciendo rápidamente y oigo el ruido forzado de un motor que se acerca. Escucho lamentos, gritos de súplicas que vienen hacia mí. Me encuentro de frente con cinco hombres con fusiles. Ellos no me ven, pasan por mi lado. Son hombres bestias que no tienen boca, ni nariz, ni ojos, ni orejas. Son rostros sin rostros. Uno de ellos lleva una pala. Miro hacia atrás y veo al que traen amarrado por las manos y arrastrándolo como a un perro, pero a diferencia de los hombres de fusil, éste sí tiene rostro: es Pablo. Pablo llora suplicando desconsoladamente y con las manos ensangrentadas. Me acerco a él, tiene los ojos perdidos, no me ve. Le grito lo más fuerte que puedo, pero nadie me escucha. Los sigo hasta llegar a un palo de guácimo. El de la pala empieza a cavar, pone la bota sobre la pala y la entierra. El barro se queda pegado en la pala. El hombre se resbala y cae, se apoya con las manos en la tierra, se quita el fusil y lo deja a un lado. Los demás hombres rodean a Pablo y éste a su vez les abraza sus botas pantaneras dejándolas sucias de barro, de mocos y de lágrimas. Lo apartan con una patada en la boca. Pablo empieza a botar sangre por la nariz mientras los hombres lo maldicen como a un perro. Quisiera ayudarlo, pero me encuentro paralizada de terror. No puedo mover ni un dedo. Uno de los hombres le suelta el cáñamo de las manos para obligarlo a cavar. Cuando toma la pala intenta escapar corriendo, pero dos hombres se lanzan sobre él y caen rodando por una loma. Lo amarran nuevamente, esta vez por la cabeza, con varias cortadas en la cara y en el cuerpo. Lo azotan con el mismo cáñamo. Para que no lo siguieran golpeando, Pablo empieza a cavar llorando como un loco. Y para complacer a sus verdugos sacaba tierra hasta con las manos ensangrentadas. El «no me maten» de Pablo no los conduele. Pablo se ve más desesperado cada vez que la fosa va tomando forma. De un momento a otro se detiene, pide agua, aunque se la niegan, dicen que ya no la necesita. Uno de los hombres apunta su fusil sobre él, afortunadamente el arma completamente llena de barro no dispara. Pablo se pone de rodillas con los ojos cerrados en dirección al cielo, uno de los hombres se acerca por detrás y le da con la culata del fusil, Pablo cae y se revuelca en el fango. Dos de los tipos lo arrastran y lo meten en el hueco que él mismo cavó. Lo veo diciendo palabras sinsentido y botando burbujas de sangre por la boca. Ahora lo amarran completamente, de pies a cabeza, mientras abre los ojos para intentar aferrarse al mundo a través de la mirada. Me destroza su mirada huérfana por donde sale la que pudiera ser la última de sus lágrimas. Los cinco hombres lo rodean, apuntan hacia él con los fusiles llenos de barro. Quisiera lanzarme sobre ellos, pero me encuentro paralizada del miedo, los pies no me responden. Cierro los ojos fuertemente y grito el nombre de Pablo. En ese momento escucho una voz que me llama, la escucho tan lejos que no la puedo reconocer. Pero cada vez es más clara, más nítida y reconocida. Es Salvador que tocándome la puerta me dice: «María levántate que te cogió el día».
* * *
Estos textos de Elkin Montes son producción del taller de escritura creativa dirigido por Luis Fernando López Noriega en la librería Libro Tinto, en Montería, Colombia.
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*Luis Fernando López Noriega. Es doctor en Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Profesional en Lingüística y Literatura. Realizó estudios de análisis del discurso y en Literatura Hispanoamericana. Profesor de literatura Latinoamericana en la Universidad de Córdoba—Colombia. Miembro del Grupo de Investigación de Memoria Histórica de la Universidad de Córdoba. Ha publicado diversos artículos que exponen los resultados de sus investigaciones sobre la novela colombiana en revistas especializadas como Poligramas, de la Universidad del Valle, y Cuadernos de Literatura Hispanoamericana, de la Universidad del Atlántico. Publicó un libro de investigación sobre la novela en el Caribe colombiano después de García Márquez: Calibán y Afrodita, la novela en el Caribe colombiano después de la modernidad. Zenú editores, Montería 2013. Ganador del Premio Nacional de Cultura en la línea de Narrativas de Vida del Centro Nacional de Memoria Histórica, Bogotá, 2011.
**Elkin Mauricio Montes Peñate es licenciado en lengua castellana de la universidad de Córdoba, Montería. Estudió maestría en comunicación-educación en la universidad Distrital de Bogotá. Actualmente se desempeña como maestro de aula de lenguaje en la I.E. Santa Teresita de Puerto Libertador Córdoba. Le apasiona la escritura creativa y la enseñanza de la literatura. Es miembro del taller de escritura creativa REPENSARTE liderado por el profesor Luis Fernando López Noriega.

Este relato deja ver la cruel e inquietante realidad que atraviesan muchas familias colombianas a causa de la guerra y la violencia, como producto de los grupos armados, el narcotráfico, la disputa por el territorio y factores políticos donde los niños a muy temprana edad se enfrentan a episodios traumáticos que perturban su inocencia.
Al principio el texto parece la historia de un niño jugando en una hacienda; sin embargo, poco a poco se descubre que el entorno de este se halla rodeado de guerra. Los fusiles llenos de barro, el conteo de balas, los radios de comunicación y el olor a pólvora revelan una realidad violenta que contrasta con la inocencia del narrador, así como el niño limpia armas y cuenta municiones sin comprender el peligro que lo rodea. Por lo que, la diferencia entre la inocencia del niño y la violencia que lo rodea es el punto central de la historia.
Por otra parte, es narrado a través de una voz narrativa en primera persona, donde el niño; quien es el protagonista, cuenta su experiencia y rutina diaria en la hacienda. Por ende, encontramos que en el texto predomina una focalización interna, al ser contada desde su perspectiva y sentir, lo que hace el relato mucho más cercano. Asimismo, prevalece la narración, ya que se cuentan las actividades y acciones diarias del niño, aunque también se hallan presentes algunas descripciones acerca del lugar, los personajes y objetos.
Alejandra Barrera
Gabriela Benítez
Lucía Guerra López
Comentario de narrativa de memoria
Título del texto: “La última lágrima”
Autor: Elkin Mauricio Montes Peñate
Estudiantes: [MARIA JOSE PAYARES,
KEIYDITH VERBEL NAISSIR,
KAROLAY ZABALA ROMERO]
Asignatura: Competencias comunicativas III
El texto presenta la voz de un narrador protagonista infantil que, desde su inocencia, relata su día a día en la hacienda. El lector acepta este pacto al comprender que la historia será contada desde la mirada ingenua y curiosa de un niño, lo que condiciona la interpretación de los hechos. La narración en primera persona construye una atmósfera de aparente calma, donde el lenguaje sencillo, la descripción sensorial y el tono cotidiano revelan la autenticidad de la experiencia infantil. La focalización interna permite ver el mundo solo a través de los ojos del niño, por lo que el lector debe interpretar lo que él no comprende. Así, el relato se sostiene en una tensión entre la ingenuidad del narrador y la gravedad de los acontecimientos que lo rodean.
El texto se centra en la vida cotidiana de un niño que crece en un entorno rural marcado por la presencia de hombres armados y la violencia, la cual él percibe como algo natural. Aunque para el lector adulto es evidente el contexto de conflicto y guerra, para el niño todo forma parte de su rutina: los fusiles, las balas y los olores de pólvora se mezclan con sus juegos y tareas diarias. Este contraste revela el tema central de la narración: la pérdida de la inocencia en medio del conflicto. Entre los subtemas se destacan la normalización de la violencia, la ausencia de la figura protectora, la relación desigual entre patrón y empleados, y la deshumanización de la guerra. En conjunto, estos elementos muestran cómo la violencia se inserta silenciosamente en la infancia, desdibujando los límites entre el juego y el peligro.
Las condiciones de lectura sitúan el relato en la frontera entre la vida y la muerte, donde la memoria se convierte en un puente entre el olvido y la existencia. La voz infantil funciona como testimonio subalterno, una mirada que, sin comprender del todo, revela las huellas de la violencia estructural en los espacios rurales del país. El lector contemporáneo, consciente de las heridas históricas que aún persisten, es invitado a reconstruir el sentido oculto del relato y a reconocer la tragedia que el niño no puede nombrar. En esa frontera donde la inocencia se cruza con la muerte, el texto trasciende su aparente sencillez y se transforma en una memoria viva, en la última lágrima que se resiste a caer, símbolo de la persistencia de la vida frente al horror.
El relato La última lágrima presenta una focalización interna centrada en el narrador-protagonista, un niño que observa y describe el mundo que lo rodea desde su experiencia cotidiana. La historia se construye desde su perspectiva, lo que permite que el lector perciba los hechos y las relaciones sociales a través de sus ojos, sus emociones y su curiosidad. Esta focalización le otorga al texto una visión íntima y subjetiva de los acontecimientos, mezclando la inocencia infantil con la crudeza de los adultos y las situaciones que lo rodean.
En cuanto a la estructura narrativa y descriptiva, el texto combina narración y descripción de manera fluida. La narración se centra en las acciones del niño (recoger mangos, jugar, interactuar con los adultos) mientras que la descripción se encarga de los detalles del entorno: los galpones, los corrales, los carros y los personajes. Este estilo permite que el lector visualice con claridad la hacienda y las dinámicas que se desarrollan allí, al tiempo que se mantiene la atención sobre las emociones y percepciones del protagonista. La riqueza descriptiva contribuye a un realismo que refuerza la atmósfera de cotidianidad mezclada con tensiones implícitas.
Respecto a las condiciones de lectura, el texto requiere una lectura atenta y reflexiva, ya que combina elementos de inocencia infantil con indicios de violencia y autoridad adulta. La comprensión plena del relato se ve enriquecida si el lector identifica las contradicciones entre la mirada del niño (curiosa, juguetona) y el contexto adulto (control, armas, jerarquías), lo que genera una tensión dramática silenciosa pero perceptible. Esta doble perspectiva invita a una interpretación crítica sobre la infancia y los entornos que la condicionan.
El argumento central del relato parece girar en torno a la confrontación entre la inocencia del niño y la realidad adulta, donde la vida cotidiana se entrelaza con la presencia de violencia y autoridad. A través de las acciones del narrador (ayudar a limpiar un fusil, interactuar con adultos que lo afectan), se evidencia cómo la infancia se ve condicionada por el entorno social y familiar, mostrando cómo los niños se adaptan y participan en mundos que no siempre comprenden completamente. Este contraste entre juego e intimidad infantil y realidad adulta tensa constituye el núcleo temático del texto.
Finalmente, en cuanto a las voces narrativas, el texto utiliza principalmente la voz del narrador en primera persona, lo que otorga cercanía y subjetividad a la narración. A través de su mirada se perciben los pensamientos, emociones y curiosidades del niño, mientras que los diálogos con los personajes secundarios permiten que se vislumbren otros puntos de vista, aunque filtrados siempre por la percepción del protagonista. Esta combinación de voz narrativa y diálogo contribuye a construir una atmósfera creíble y compleja, donde la inocencia y la realidad coexisten en un mismo espacio narrativo.
Manuela Márquez, Mariangel Lara, Alejandra Páez