ESTA NO SERÁ UNA BUENA HISTORIA

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esta no sera una buena historia

Por Dickson Enrique Borja Sánchez*

Despertó con el mismo suspiro asustadizo de todas las madrugadas, como si cayera al vacío, como si un camión lo atropellara. Manos en el pecho, ojos bien abiertos, sudor en la frente. De inmediato el perro frente a su cama, expectante. En la ventana abierta una cadena oxidada, al costado un cordón de paseo. Bajando las escaleras lo esperó la finca enorme en la que vivía. Salió a recibir el alba y a soltar el cansancio de la noche a fuerza de pasos, a fuerza de más cansancio, dos horas de paseo y trote. De vuelta al cuarto revisa qué hay para desayunar, un pan de sal lo esperó inmóvil sobre un platico de porcelana con flores azules, nada más que eso. Lo comió y se bañó con un pedazo de jabón azul claro, pegado a otro pedazo de jabón más claro aún. Sentado en su cama observó todo a su alrededor y reflexionó sobre su propia miseria. Solo el perro lo salva. Sobre el perro recayó el único sentido que pudo tener su mundo, su vida.

No hay madre ni esposa a quien llamar, no hay amigos o hermanos al socorro. Están él y su perro contra el mundo, un mundo que le exige salir a recibir subsidios para sobrevivir, porque no hay nada más que eso, ni trabajo ni buena vida.

Nueve de la mañana. Caminando nuevamente bajo un sol que ya quema la espalda, yendo por una ciclovía insegura que se viste de arbolitos con flores amarillas. Pasando la universidad hay un puente; a mano derecha, una calle pavimentada que es la segunda entrada al barrio, a pocos metros de la vía circunvalar. En la acera derecha una fila interminable de jóvenes como él, todos esperando el mismo subsidio trimestral que les ayudará a sobrevivir siendo pobres y estudiantes al tiempo.

En la fila observa todo, el asfalto caliente, la excesiva temperatura, el polvo que dejan las motos al pasar, el humo de los carros, el agobio de tantas personas, el sudor de una muchacha que le pregunta si es el último en la fila, tener que responder que sí, que detrás de él no había nadie más hasta que ella llegó. Tratar de no reconocer a nadie para no entablar conversaciones, esperar su turno, cobrar su dinero y regresar caminando a las 12:30, caminando nuevamente porque el dinero ya está destinado para todo, y cualquier gasto mínimo descuadra la vida de un pobre que será más pobre si mira al mototaxista que lo llama y lo observa como si fuera más miserable que él.

La finca la cubrió una inmensa lluvia de sol, todo se pintó de amarillo ese medio día. Los pies ardientes y un dolor que se instaló en la cabeza y la base del cuello, las escaleras de madera con olor a hongos, las pisadas del perro que no se escucharon como de costumbre, la falta de explicación para este fenómeno, el perro y su ausencia de pisadas. Subir corriendo y abrir la puerta esperando que estuviera allí, frente a él, expectante como siempre; no verlo, buscarlo con los ojos por todo el cuarto, no encontrarlo e intentar hallarlo con desespero, pensar que saltó por el balcón y se salió de la finca, desesperarse por esa posibilidad, sentir el ardor en los pies aumentar, correr por todo el balcón gritando el nombre del perro. Sudor en las manos y una arritmia que se instala en el pecho, recordar que eso no pudo pasar porque dejó atado al perro con la cadena para que precisamente no pudiera saltar del segundo piso donde vivían, correr hacia la ventana temiendo lo peor, encontrar al animal colgado a un costado del cuarto, ahorcado con la cadena que él mismo le puso, la ventana abierta, el perro muerto con la lengua afuera y los labios morados, colgando como un péndulo que baila con la brisa. Lanzar un grito al viento, un alarido a la vida de tristezas que le tocó vivir, maldecir al mundo y ver a su perro tieso, atado con la cadena oxidada, llorar profundamente hasta que el dolor se toma todo el cuerpo, llorar hasta que los ojos no se ven, desmayarse por unos minutos por el episodio y el hambre, despertar y volver a mirar por la ventana al gran péndulo marrón colgante y pensar que a esa escena le hacen falta componentes. Al costado, el cordón de paseo con el que esa misma mañana habían corrido por última vez, un vistazo al cuarto, al dibujo del perro en la pared, a los pelos del perro en las sábanas, a los zapatos mordidos, los collares, las pecheras, todo en ese cuarto es más el perro que el humano. Ahora en ese cuarto el mundo se vino encima del todo.

Los ojos que no se veían, ahora salen de sus cuencas dando una expresión de sorpresa por el descanso, el dolor de cabeza y el ardor en los pies acabaron también, y al costado del cuarto, ahora son dos péndulos que bailan con la brisa, danzando al ritmo del aire, abrazados mientras se mecen de un lado al otro y de un lado al otro, y de un lado al otro.

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Este cuento fue producido en el taller de creación literaria dirigido por Luis Fernando López Noriega

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*Dickson Enrique Borja Sánchez es egresado de la Universidad de Córdoba del área de lengua castellana y literatura. Escritor de cuento y novela. Mientras cursaba su pregrado perteneció a los talleres de literatura «Raúl Gómez Jattin» de Cereté, y «Manuel Zapata Olivella» de Montería, donde empezó a desarrollar su estilo. Luego de una temporada viviendo en Buenos Aires, regresó a Colombia y retomó el ejercicio de la escritura creativa. Actualmente pertenece al semillero taller que dirige el profesor Luis Fernando López Noriega, donde avanza en sus proyectos.

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