LA INCUBADORA

0
57

la incubadora

Por Jesús Rosario Naranjo*

El presente cuento fue elaborado dentro del taller de escritura creativa (semillero Repensarte) dirigido por Luis Fernando López Noriega** en la librería Libro Tinto, en Montería, Colombia.

* * *

Bajo la luz de la lámpara fluorescente de la taberna, sentado en una butaca, el hombre bebía un vaso de tequila. Estaba abatido. Su mujer lo había encontrado in fraganti con su compañera de trabajo. No era el hecho mismo de haber provocado la ruptura definitiva con su esposa lo que lo tenía afectado, sino no haber aclarado a tiempo la ineptitud de su corazón infiel. Había sido un cobarde. Lo reconocía. Debió ser honesto.

—Entonces no habría tenido que ver lo que vio —le dijo al cantinero.
—¿Y qué hay de ella? —preguntó este, sirviendo una bebida a otro cliente.
—No lo sé… —balbuceó— No la he visto. No quiere saber nada de mí.

La música de la rocola acompañaba su pesar. Siguió bebiendo. Pronto la barra comenzó a cubrirse de vasos vacíos. Consciente de su situación, se lamentó y empezó a sentirse aliviado, principalmente porque ya no tendría que volver a esconderse. Ahora podría hacer el amor con quien quisiera, sin temor a las consecuencias, sin tener que inventar excusas para salir o para llegar tarde del trabajo. Era un hombre apuesto. No tendría complicaciones.

—Otra —ordenó al cantinero.

En ese instante la campanilla de la puerta de entrada tintineó y apareció una mujer joven. Era delgada, de tez pálida, lucía una pamela jaspeada y un vestido carmesí que le caía hasta los tobillos. Una preciosidad. Sin embargo, lo más llamativo de su figura era el parche que llevaba sobre uno de sus ojos. Cuando entró, todos los presentes en el local la siguieron con la mirada. Ella, con paso seguro, se dirigió a la barra donde el hombre permanecía vuelto de espaldas.

—Buenas noches, ¿qué le sirvo? —preguntó el cantinero.
Ella, que se disponía a sentarse, respondió:
—Whisky, por favor.

Al escuchar su voz, el hombre se volvió y reparó en su cálida presencia. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Inmediatamente señaló al cantinero y soltó:
—¿Sabes qué, amigo? Mejor sírvete dos de tu mejor vodka. Uno para mí y otro para la señorita.

La mujer, al saberse aludida, se sonrojó y no puso peros a la cortesía del hombre. Se sostuvieron la mirada brevemente y, como era de esperarse, entablaron una vivaz conversación alimentada por la coquetería de él y la falta de suspicacia de ella.

—Vaya suerte la mía conocer a semejante mujerón —bromeó él; ella desvió la mirada con timidez— ¿Y cuál es tu nombre, bollito?
—Aurora —contestó la mujer jugando con sus cabellos.
—¡Claro, no podía ser otro nombre! Nada más el sol se compara con tu belleza.

Ella rio ante el comentario. Inadvertidamente, un cincuentón corpulento y de barba color mostaza se acercó a la mujer y le propuso, de forma descarada, irse juntos en su motocicleta. El hombre, henchido de valentía, le pidió que la dejara en paz, y luego, sabiéndose ignorado, se abalanzó sobre su competidor. Volcaron las mesas y se quebraron las botellas. Entre puños y patadas, el hombre logró sobreponerse. Una vez victorioso, le dijo a la mujer:
—Mejor vámonos de aquí, Aurora.

Ella elogió su caballerosidad y le limpió la herida sangrante de la comisura con un pañuelo. Después se marcharon. Mientras andaban por un sendero sombrío, con los árboles mecidos por la brisa, al hombre le pareció extraño que una mujer como Aurora accediera a irse con él, teniendo en cuenta las extrañas desapariciones que se habían presentado en las últimas semanas. No obstante, se sentía dichoso de estar junto a ella y de haber olvidado el asunto de su exmujer. Finalmente, guiados por Aurora, llegaron a un parque tenuemente iluminado por los faroles y se sentaron en una banca.

—Eres hermosa —le dijo el hombre con el aliento infestado de alcohol.
Y al acariciarle la larga cabellera castaña con su mano, reiteró:
—Sí, eres demasiado hermosa.
Cuando tocó la cinta de su parche, le preguntó:
—¿Qué te ha ocurrido ahí?
Ella le explicó que tenía una rara condición conocida como hialosis asteroidea, caracterizada por la aparición de manchas brillantes en uno o ambos ojos.
—Algunos aseguran que es como tener una constelación dibujada en el humor vítreo —remató ella.
El hombre se sintió fascinado.
—¿Me dejas ver?
Ella replicó:
—Para ser sincera, me da mucha vergüenza que lo vean.
Sin embargo, él insistió, y ella, dejándose llevar, accedió.
—Muy bien, pero date la vuelta un momento.
Él, sin pensárselo dos veces, obedeció. Pasaron unos segundos y ella dijo:
—Ya puedes voltear.

Cuando el hombre lo hizo, se maravilló al ver el cúmulo de puntitos blancos que embadurnaban la pupila dilatada del ojo izquierdo de Aurora. Pero entonces, casi de inmediato, ocurrió algo insólito. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre se sintió empujado, estrujado y empequeñecido. ¡Clap! Se desvaneció, y la mujer quedó completamente sola.

Pero ella, que sonreía porque se había cobrado otra víctima, sabía que no había desaparecido. Más bien, se había transportado y ahora habitaba en ella, en aquel pozo incubador que albergaba el globo de su cuenca. Una vez ahí, sumergido en una piscina de líquido intraocular transparente, el hombre vio con terror y confusión otros cuerpos flotantes e inertes. Era una horda de hombres tiesos como maniquíes, con los ojos y la boca abiertos.

Desesperado, el hombre braceó y pataleó, pero fue inútil. Perdía aire. No habría salvación para él. Transcurridos unos segundos, finalmente murió. Y murió donde otros desdichados (y no tan desdichados) hombres murieron: perdidos en la voraz mirada de Aurora.

_____________

*Jesús Rosario Naranjo tiene 21 años de edad. Es estudiante de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana en la Universidad de Córdoba. Hace parte del semillero Repensarte, a cargo del profesor Luis Fernando López Noriega, y también coordina un taller de escritura creativa. Ganó el primer lugar en un concurso de poesía Voces Literarias, realizado en el marco del día del idioma. Asimismo, fue seleccionado para participar en el taller de escritura creativa Narrar Montería, a cargo del escritor Antonio García Ángel.

**Luis Fernando López Noriega. Es doctor en Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Profesional en Lingüística y Literatura. Realizó estudios de análisis del discurso y en Literatura Hispanoamericana. Profesor de literatura Latinoamericana en la Universidad de Córdoba—Colombia. Miembro del Grupo de Investigación de Memoria Histórica de la Universidad de Córdoba. Ha publicado diversos artículos que exponen los resultados de sus investigaciones sobre la novela colombiana en revistas especializadas como Poligramas, de la Universidad del Valle, y Cuadernos de Literatura Hispanoamericana, de la Universidad del Atlántico. Publicó un libro de investigación sobre la novela en el Caribe colombiano después de García Márquez: Calibán y Afrodita, la novela en el Caribe colombiano después de la modernidad. Zenú editores, Montería 2013. Ganador del Premio Nacional de Cultura en la línea de Narrativas de Vida del Centro Nacional de Memoria Histórica, Bogotá, 2011.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.