
Por Rafael Miranda*
Tenía que correr. No había otra opción. Si ella volvía a casa, él sin duda la mataría. No podía mirar atrás.
A cuarenta metros de su casa, notó que le dolía mucho caminar.
Miró hacia atrás y vio que de la edificación manaba un humo negro, como imaginaba ella que sería el humo producido por el fuego del infierno.
No tenía tiempo de pensar en eso. Si estaba herida, lo aguantaría. El niño debía vivir. No sólo sobrevivir, sino vivir en realidad.
Escuchó un grito. La voz pertenecía a Cristina. Era un grito de dolor y terror. Era demasiado tarde. Ella no quiso escuchar. Su hija Cristina moriría en el fuego que ella misma había iniciado.
Siguió avanzando y llegó a un parque lleno de árboles poco visibles en la fría noche de invierno. Desde su sombra, en medio de la noche, no sería difícil esconderse para mirar hacia su casa. Tal vez «casa» no fuera la palabra correcta. Mil veces había visto la suya como una prisión en que su carcelero decía haberla amado alguna vez. Era difícil recordar la última vez que se había sentido amada.
Escuchó de pronto la voz de ese carcelero infame que ella había desposado más de veinte años atrás. Su voz gritaba y pedía ayuda, al tiempo que intentaba abrir la puerta de su casa, pero que ella había atrancado para que no pudiera salir.
—¡Maldita puta!
Para ella no era raro que le gritara esa palabra. Ya la había escuchado varias veces la noche anterior.
Esta noche, ella había sido valiente por segunda vez en su vida. La primera vez lo hizo por su hija. Esta vez lo hizo por su nieto. Era para ella muy claro que nunca volvería a ser valiente otra vez. Nunca tendría fuerzas suficientes para romper la atadura del radicalismo religioso de Ulises. Nunca, después de este día, tendría suficiente rabia para hacer lo que estaba haciendo. Era ahora o nunca.
No podía sólo irse. Si dejaba a Ulises con vida, sabía que él la encontraría, y esta vez no se contentaría con cortarle la lengua, como la última vez que había sido valiente. Esta vez la mataría, cruel y lentamente. Lo sabía con seguridad.
Los gritos al interior alcanzaron su nivel más alto en ese momento que empezaron a deformarse en gemidos lastimeros, hasta que al fin hubo silencio dentro de la casa. Sólo se podía escuchar el crujir de la madera y el caer de objetos allí. No había más señales de vida. El fuego había consumido todo.
¿Por qué no había hecho nada antes? ¿Por qué? Secó las lágrimas de su cara. Estaba segura de que nadie la reconocería. Nadie la había mirado en casi 22 años. Su esposo había esparcido la mentira de que ella estaba enferma física y mentalmente y postrada en cama. Ella sí había estado enferma, pero de dolor. No sufría de una atrofia muscular, pero sí se le había atrofiado el corazón.
Los vecinos le llamaban «Penélope», por ser ella quien esperaba a su marido en casa todos los días tejiendo. No le habría molestado el apodo si hubiera regresado su Ulises a casa algún día. El Ulises que volvía a casa todos los días se había convertido en un fanático. Antes Ulises había estado bebiendo de manera constante. Hoy recordaba esos días como si hubiera sido una época más feliz.
Su problema con la bebida había empezado antes. Ellos estaban recién casados y eran felices. Él la miraba con deseo. En ocasiones se peleaban porque él salía de juerga con amigos, pero regresaba, borracho y arrepentido, a cantarle una serenata.
Ella creía haber sufrido en esa época. Tonta. No sabía aún lo que era el sufrimiento.
Un día, cuatro años más tarde, ella amaneció con náuseas. Se sentía débil y creyó estar sufriendo de vértigos, pero el médico le tomó un examen de sangre, cuyo resultado salió positivo unas horas más tarde. Ella estaba en embarazo. Aitana estaba en embarazo. Aitana…
Llevaba años sin ser llamada por su nombre. ¡Cuánto los había amado! ¡Qué mal le habían pagado los dos!
Esperó a Ulises hasta horas de la tarde, casi sin moverse del sofá. Siempre con sus costuras, esperó.
Finalmente llegó, cansado y con cara de haber tomado unos cuantos tragos antes de llegar a casa. La saludó con naturalidad y ella le extendió la mano con el sobre.
—¿Qué es esto?
—Léelo
Prueba de embarazo en sangre: POSITIVO
Ella esperaba un abrazo, una sonrisa, una cara de sorpresa… cosas que no llegaron. Él puso el papel a un lado sin darle importancia.
—¿Qué hay para la cena?
Aitana sirvió una polenta a su marido. Esperaba que eventualmente reaccionara. Él comió sin ganas, tomó su abrigo y salió de la casa nuevamente sin dirigirle una palabra más. Ella se encerró en su habitación a llorar y a rezar. Rezaba por la seguridad de su amado Ulises, mientras disculpaba su actitud ante la Virgen María.
Allí, orando, la atrapó el sueño y se quedó dormida en el suelo.
Una semana después, en medio de la noche, Ulises entró a la casa, completamente borracho, y ella no se movió de la cama. Actuó como si estuviera dormida aún, y esperó que Ulises le despertara con una de sus serenatas de desagravio. Ulises tomó unas prendas de ropa y se fue nuevamente.
Entonces llegó esa noche. La noche en que regresó un hombre llamado Ulises, que no era el mismo con el que ella se había casado. El vientre había empezado a crecer y Aitana había mantenido la casa prístina, como a él le gustaba. Entró a la casa, con una mancha de sangre en la camisa, unas ojeras inmensas y con miedo en la mirada.
—Mujer.
—¿Dónde has estado, Ulises? He estado muerta de angustia.
—He encontrado a Dios. La sorpresa fue grande para Aitana. No esperaba escuchar esa respuesta, pero imaginó que era algo bueno.
—Dios me levantó de una rejilla de alcantarilla, junto a un hombre con la cabeza partida en dos. Dios me mostró el camino hacia una iglesia cercana, donde un grupo de personas cantaban su culto y el pastor me recibió con los brazos abiertos. Limpiaron mi cara, me hablaron de la palabra y me convirtieron en un hombre santo.
—Ulises, yo…
—NO ME INTERRUMPAS, MUJER.

*Portada de La semilla de la locura, de Rafael Miranda
Así vio Aitana cómo su amado Ulises se convirtió en un monstruo. En un fanático loco que la veía a ella como una imperfección en su vida.
—El pastor me mostró el error de mi camino. Le conté de tu debilidad y tu embarazo y me explicó que las mujeres son débiles, que fueron puestas en esta tierra, con apetitos sexuales, para alejar a los justos del camino del Señor. Aitana dejó correr unas lágrimas, pesadas y dolorosas, por su mejilla.
—No serás mi debilidad nunca más. De hoy en adelante serás pura como la Virgen María, y esa criatura en tu vientre se convertirá en instrumento de santificación del nombre de Dios. No me importa lo que tenga que hacer. Aitana empezó a marchitarse esa noche, y, de ese momento en adelante, encarnó a la Penélope de Homero. Nunca volvió a soñar con nada y para sus adentros maldijo el nombre de la Virgen por haber retorcido así sus oraciones y haber traído a este engendro del demonio a casa.
Cuando nació Cristina, Aitana soñaba con que por fin tendría a alguien con quien hablar en casa, y con quien compartir una parte de su vida, pero Ulises se encargó muy pronto de quebrantar ese deseo.
—Esta niña va a ser una santa. No vas a educarla. La educaré yo. La llevaré por el camino de la verdad. No le hablarás nunca, o te enviaré yo mismo a los infiernos en nombre del Señor mi Dios.
* * *
Aitana caminó en medio de la noche, notó que su tobillo estaba fracturado. El último regalo de Ulises la noche anterior.
Avanzó por el parque en el que tantas veces había soñado jugar con su hija, sueño que él a golpes había extinguido. Avanzó lastimeramente por el lugar, apoyando su pie dolorido, que se ponía peor con cada paso, hacia el único lugar seguro que se le ocurría.
Le tomó una gran parte de las horas de la noche llegar allí. Un convento de monjas de la orden Dominica, que ella había visto tiempo atrás. Rogaba que todavía estuvieran allí. El frío del invierno de Bilbao calaba hondo en sus huesos. Temblaba de frío y dolor.
El niño en sus brazos era pesado, y ella no estaba acostumbrada a este tipo de esfuerzos físicos.
El niño era extrañamente tranquilo. Nunca lloraba. Nunca había logrado nada llorando. Esa noche, eso fue una bendición. Nadie miraba a una mujer andrajosa caminando con un niño cargado a las dos de la madrugada.
Finalmente, ya cansada y con serios signos de deshidratación, llegó a las puertas del convento. Se dejó caer en la entrada y golpeó la puerta. Esperó que alguien abriera, pero no hubo respuesta. Golpeó de nuevo. Sus fuerzas le abandonaban. No había respuesta. Golpeó por última vez.
Nada.
Allí terminó su huida. Se quedó dormida en el frío de la escalera, esperando que la puerta se abriera.
Unas horas después, una monja abrió y encontró a un niño temblando de frío en la puerta, pero por lo demás completamente impasible, y a su lado, el cuerpo sin vida de una mujer andrajosa, sin lengua, y seriamente amoratada por los constantes golpes que había recibido.
* * *
El presente texto hace del primer capítulo de la novela «La semilla de la locura», de Rafael Miranda.
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* Rafael Miranda nacido en Medellín, Colombia. Psicólogo, con una maestría en Lingüística aplicada a la enseñanza del inglés como segunda lengua, cantante lírico, profesor y escritor. Publicó en Amazon un libro llamado «Historias desde el olvido», en el que recopila cuentos y canciones de su autoría. Es también uno de los autores del libro «Cuatro noches entre sábanas», publicado por la editorial «Con M de mujer». Enseñó inglés y literatura en un colegio en Colombia. Su mayor interés como escritor es la profundidad psicológica de los personajes que crea. Fundador y uno de los panelistas del podcast «Historias al diván», en el que cuatro escritores analizan películas de todo tipo. Actualmente reside en España.
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