
Por Darío Ruiz Gómez*
Ilustraciones de Sara Serna Loaiza**
Ya Sartre había emponzoñado nuestra alma de adolescentes con la Náusea, El Muro, sus obras de teatro y sobre todo su prosa llena de húmedas metáforas de una apabullante perfidia vital sobre jóvenes; si bien ya habían entrevisto en su desasosegante pensar la presencia súbita de la incertidumbre existencial, ante un presente que la violencia política de ese momento iba vaciando de sus contenidos humanísticos, la diaria experiencia del ir y venir a las Bibliotecas, de visitar las librerías, de tratar de convertir en la imaginación un sucio cafetín en una cueva existencialista de Saint Germain, corroboraba con un grito sofocado ante las sombras de los callejones, ante los asesinos refugiados en las oscuridades de los zaguanes, ante la digna pobreza de las gentes apabulladas por la economía, ante las rústicas modas de vestir, ante la pesada carga de lastimoso provincianismo.
El comienzo irrefrenable de lo que Heiddeger llamaba La noche de la huida de los dioses en «la que ya no éramos conscientes de la pobreza y la miseria en que nos encontrábamos». La lectura de Gide, de Mauriac, de Heidegger, de Pavese, de Pratolini, de Faulkner, etc., la palabra dentro del recinto de una biliosa entrada en la edad de la razón y por otra por el espanto de reconocer la crueldad de Antioquia contra sus mejores espíritus, con el castigo del exilio interior o del destierro. Abrir los adolescentes ojos, no a la claridad de la belleza sino a la opresión de la maldad, no era la mejor manera de pensar en una escritura personal, de confiar en las posibles capacidades terapéuticas de la literatura para un corazón débil. Éramos nosotros mismos envueltos en el lacerante malestar social y cultural de un país.
El café invadido en cada mesa por abogados, políticos, prestamistas, alcohólicos, opiómanos, en donde irrumpimos descaradamente creyéndolo un refugio espiritual, obedecía por entero a ese ámbito de desesperados sin salida alguna, de inteligencias encarceladas en aquel espacio clauso de humo, lágrimas y frustración histórica, tal como Van Gogh los llega a describir. Hombres solos y mujeres solas a la cuales el uso del espacio público les estaba negado por la moral de los comerciantes. Estar solo y ser contemplativo constituía un abierto desafío ante la sociedad de la decencia que pregonaba el «time is Money» como un férreo pragmatismo ante el cual la conciencia libre debería arrodillarse. ¿Cómo entonces poder escapar de aquel panóptico? Ya lo habían hecho Baldomero Sanín Cano, León de Greiff, Porfirio, Ricardo Rendón, Luis Tejada y en el exilio interior se habían quedado Carrasquilla, Fernando González, etc. ¿Por qué ser católicos o por cuáles razones dejar de serlo ante tan sorda violencia contra los espíritus libres?

En La náusea Sartre nos cerraba todos los caminos hacia la emancipación intelectual confundiendo las razones para vivir con lo que él llamó el compromiso político, el hombre engagé. ¿Lanzarse en armas contra la dictadura y ahogar el desgarramiento que la inteligencia nos estaba descubriendo en llaga viva? Una fechoría intelectual que trastornó durante mucho tiempo nuestras cabezas, nos condujo a caer en el alcohol, en vanas elucubraciones teóricas, en derrotas mentirosas que nos impedían entender lo que la razón proponía para construir una patria nueva, la del lenguaje. Buscábamos pues una tradición intelectual que nos sirviera de punto de partida para nuestra propia desesperación y la encontramos, sin saberlo, en la historia negada de una sociedad constreñida por el dinero, por la codicia económica y que desde la rígida estructura familiar había lanzado a quienes se atrevían a desafiarla al manicomio, a morir en los solares de las casas convertidos en dementes, en excrecencia social. Esta presencia silenciada del excéntrico social —que Carrasquilla radiografió genialmente— se definía hacia quienes bajo la perspectiva del capital se llegaban a considerar como seres improductivos, los escritores y sobre todo los poetas; y en la escala inferior, los músicos. Como «bohemios» tildaban desde la perspectiva del triunfador económico a quienes habían escogido quedarse al margen, ser unos desocupados en una economía que no daba empleo.
Nietzsche y Schopenhauer ya habían penetrado profundamente en la inteligencia herida que se preguntaba por los significados de vivir, por la posible respuesta del arte ante aquella sociedad dominada por la usura y el agio, por una sociedad que imperturbable veía morir la gente inocente sin hacer nada para impedirlo. Preguntarse era abrir una grieta ante aquel universo cerrado de la decencia y de la respetabilidad. Lo importante fue descubrir que éramos individuos responsables y que estábamos desvelando a través de Dostoievski o de Camus el alcance moral del remordimiento, y ese remordimiento provenía del fracaso de nuestros padres y abuelos al no lograr consolidar una República liberal moderna, tal como pareció haberse consolidado con las grandes conquistas sociales, educativas, regionales de la «revolución en Marcha» de López Pumarejo, violentamente negada por el intento de golpe comunista del 9 de abril de 1948 y la más terrible represión ultramontana, enfrentamiento con las guerrillas liberales donde el atavismo despertó con una saña desconocida en la Historia latinoamericana: la civilización murió, quemaron las bibliotecas, impusieron el odio, el libro era un peligro y el balance provisorio fue de 300.000 muertos en esta insana represión a la libertad.
Sin advertirlo, la crisis de las instituciones golpeó a la más sólida de ellas: la familia. Aquello que como inesperada verdad nos viene por la memoria inconsciente, a través de una indeleble expiación fue entonces la causa de este descontrol emocional, donde los más maduros buscaron una explicación en Freud y una salida histórica a la injusticia social en Marx. Los más jóvenes buscamos entonces una respuesta en los grandes pensadores en los cuales fui educado, Rousseau, por ejemplo y otros como Carlos Gaviria en la sabiduría de Ortega y Gasset. Pero ya estaba presente el experimento decisivo del Dadaísmo y el Surrealismo, gracias a los grandes suplementos literarios de «el Tiempo», «El Espectador» y «El Colombiano», en cuyas páginas colaboraba la más importante inteligencia europea y norteamericana. Hubo una antología de la poesía francesa moderna de Andrés Holguín que fue decisiva en nuestra educación sobre las formas de lo moderno, de una necesaria ruptura con el lenguaje establecido de la obediencia y la sumisión. Mis primeros poemas «surrealistas» eran tan terribles que nunca vieron la luz, como magníficos era los poemas de Guillermo Henao. Aquella hecatombe histórica, bajo la cual se derrumbó el único proyecto de civilización que ha tenido Colombia, ¿fue para nosotros la nada sartriana o la constatación de un inmenso vacío en nuestro espíritu que nos condujo a la más terrible de las desesperaciones? Fernando González ya había abierto una ventana de lucidez sobre estos desgarramientos de un sujeto desfigurado por la historia y sometido a sus propios demonios interiores: la náusea, la aceptación de la derrota del pensamiento, la experiencia definidora del derrumbamiento de las ilusiones sobre la tarea de la cultura.

La ola de suicidios a que condujo en el país esta infamia histórica: la aparición de una nueva violencia propiciada por Rojas Pinilla, era ya un indicativo de la justificada presencia de ese malestar interior, donde queríamos aferrarnos a la esperanza de que fuera más fuerte la civilización que la barbarie, sin darnos cuenta de que las ruinas del derrumbe ya nos habían asfixiado por completo y que la nada podía paralizar una respuesta racional ante esa demostración de crueldad a la cual debíamos responder. La gran novela de Eduardo Zalamea Borda, Cuatro años a bordo de mí mismo, plasmó magistralmente el principio de la novela moderna: la soledad del individuo, el naufragio de un yo que fue fugaz ante la inclemencia de los atavismos que sepultaron para siempre, precisamente, cualquier intento de racionalizar la política. Las calles del Centro de Medellín en mis recorridos hacia la Universidad eran el escenario de asaltos violentos de tipo político contra los herejes, aquel ambiente del anuncio del abismo final en la derrota de la palabra, de la pálida insignificancia de los ideales de la cultura, aquellos personajes que leía en las novelas europeas sobre esa azarosa época de lo que se llamó «el huevo de la serpiente», con los muchachos de los cuerpos de choque fascistas y sus esvásticas castigando a los «herejes» en librerías y cafés de ese Medellín que se hundía con su carga de pesadumbre en nuestros corazones de adolescentes.
Nada podría referirse al insoportable texto de Sartre El ser y la nada, pero realmente en el caso de los nombres de mi generación el sentimiento de la nada se refiere, por otra parte, a una tradición arraigada en el desconsuelo existencial del pueblo antioqueño: El maníaco depresivo que cuando crees estar para siempre en medio de la alegría, sientes el ramalazo de una depresión que pretende hundirte en medio de la angustia al constatar que los suicidas y derrotados muertos te siguen ofendiendo; no dejarán de hacerte preguntas hasta convertirte en uno de ellos. El nihilismo de Nietzsche se encontró naturalmente con el maníaco depresivo como páthos de toda una sociedad y de una generación colocada contra el muro de la derrota total de las ilusiones. Era la constatación íntima de darse cuenta de que al cerrar los ojos sentíamos y oíamos el derrumbe de una aldea que quiso ser una ciudad moderna, merced a un capitalismo que pereció al olvidar que el progreso, esa forma de progreso, no era eterno sino que se renovaba desde sus planteamientos iniciales. Lo que Baudelaire llamó «progreso económico sin progreso moral». Fui amigo de Gonzalo Arango, un hombre de pequeña estatura, amable, poco culto y que cuando estaba yo en España me escribió para que lo acompañara en un movimiento que llamó «Nadaísmo». Gonzalo defendía la obra de gobierno de Rojas Pinilla. Naturalmente me negué a acompañarlo en este pataleo de muchachos desobedientes; y si leen de nuevo lo que he escrito hasta aquí en este artículo, creo que se darán cuenta de que mi negativa estaba más que fundamentada.
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*Darío Ruiz Gómez es un escritor, periodista, teórico del arte y el urbanismo, crítico literario y poeta colombiano nacido en Anorí en 1936. Se ha desempeñado además como profesor universitario y columnista del periódico El Mundo (Colombia). Su obra enlaza profundamente con la memoria colectiva de los años 70, 80 y 90 que en su país, fueron particularmente dramáticos. Ensayos, artículos de prensa y pronunciamientos públicos suyos han demostrado siempre especial agudeza conceptual en torno a los problemas de la identidad cultural, las manifestaciones del arte contemporáneo y la visión que, como intelectual, los conflictos sociales le suscitan.
Se graduó en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid en 1961. Estudios de Urbanismo y de Estética. Colaboró como crítico de arte y literatura en la revista Acento, fue director de las páginas culturales del periódico Hierro de Bilbao. A su regreso a Colombia ha sido colaborador de El Tiempo, El Espectador, El Colombiano, y de El Mundo. Fue durante treinta años profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Medellín. Miembro fundador de las Bienales de Arte. Tiene grado de Escritor de la Universidad de Iowa.
Entre sus obras se destacan: Hojas en el patio (Novela) 1979, De la razón a la soledad (Ensayos) 1981, La ternura que tengo para vos (Cuentos) 1982, Para decirle adiós a mamá (Cuentos) 1983, A la sombra del ángel (Poesía) 1990, En tierra de paganos (Novela) 1991, La muchacha de la leyenda (Poesía) 2001, Trabajo de lector (Colección de ensayos críticos) 2003, Diario de ciudad (Ensayos sobre urbanismo) 2005, Crímenes municipales (Novela) 2009, Las sombras (Novela) 2014.
**Sara Serna Loaiza es estudiante de arquitectura en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, ilustradora y diseñadora gráfica por afición. Como lectora, se inclina hacia el realismo mágico latinoamericano, la fantasía heroica y la novela psicológica rusa. Como creativa, tiene por hábito buscar patrones, composiciones y referencias en la realidad tanto como en la ficción. En ilustraciones ajenas y fotografías tan casuales como maestras publicadas en redes. En las pequeñas exposiciones y galerías que el transeúnte, si es curioso y observador, puede encontrarse al recorrer las calles de su ciudad, y en esas escenas coincidentes, accidentales, y perfectas, en las que la cotidianidad encuentra el ángulo, la iluminación, el balance correcto de composición, que encuadrados por el ojo fisgón adecuado, capturan un cuadro cinematográfico espontáneo bastante impresionante.
Es la administradora del perfil de Instagram de la revista ( @revista.cronopio ) y también aporta sus ilustraciones para algunos artículos de la misma.

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