
Por Julio Puente García*
Su antigua popularidad entre los gélidos residentes de la ciudad de Santa Mónica, que en su momento cumbre solo pudo compararse con la alcanzada por O. J. Simpson en la década previa, se había esfumado como lo hace el polvo en un campo desértico después de haber recibido la añorada lluvia. Lejos ya de aquellos días de glamour que gastaba entre pasarelas, fiestas al lado de la playa y cócteles nocturnos, esa fresca madrugada el Orgánico se hallaba en los alrededores de Downtown LA a la espera del autobús Greyhound que lo trasplantaría a Reynosa, su primera parada antes de remontar un trayecto de miles de kilómetros hacia el sur del continente con la esperanza de poner pie en su añorada región andina, «tierra sana y abundante en la cual gozaría de una vida plena entre los suyos», tal y como le había aconsejado su guía espiritual.
Con su bolsa de piel color magenta al hombro, en donde había empacado un cambio de ropa y algunos productos que él consideraba esenciales, subió lentamente al autobús, arrastró sus pies al dirigirse hacia el fondo y se recostó en postura fetal sobre los asientos. Mientras terminaban de acomodarse los ruidosos pasajeros, entre los cuales había algunos mexicanos muy sonrientes que vestían pantalones vaqueros y portaban grandes maletas a cuestas, el Orgánico se mantuvo quieto y con los ojos cerrados. Al escuchar el rugido del motor, despertó de su abstracción. Enderezó su cuerpo con rabia y giró su demacrado rostro hacia el oeste. En ese instante maldijo a todos aquellos traidores que, por más de diez años, lo habían adorado como a una deidad agrícola romana para después arrojarlo a la calle como a cualquier inmigrante proveniente del sur. «Entre nosotros —murmuró— no habrá ningún ‘hasta la vista’, pálidos bicicleteros, amantes de las gafas oscuras y las chancletas multicolores. Aquí los dejo. Sigan disfrutando de sus vidas falsas plagadas de primaveras eternas, comercio justo con África y cursos a bajo costo sobre el consumo responsable».
Comenzaban a despuntar los primeros rayos de sol cuando quedaron atrás las últimas palmeras de la ciudad de Los Ángeles. El autobús avanzaba a toda velocidad por la autopista número cinco mientras que el Orgánico observaba distraídamente las larguísimas filas de automóviles que intentaban adentrarse en la ciudad. De repente, uno de los cientos de anuncios espectaculares que adornaban la autopista llamó su atención. Se trataba de un cartel publicitario que anunciaba la revista Inner Harmony, cuya portada exhibía unas hojas del súper alimento conocido como col verde o kale. Si bien el descubrimiento de tal revista había generado una metamorfosis en la vida del Orgánico, la mera aparición en un anuncio espectacular en medio de las autopistas angelinas le pareció, además de un mal augurio, una muestra más de la falsedad a la que había llegado su antiguo círculo de amistades. Para colmo, la portada se hallaba plagada por la imagen de una de sus más terribles perseguidoras, quien había promovido su exilio de los Farmer Markets en el sur de California.
Para desprenderse de aquella imagen en la portada de Inner Harmony, el Orgánico volvió a recostarse sobre los asientos impregnados de un olor rancio, y minutos después cayó dormido. En el sueño volvieron aquellos recuerdos de sus primeros años en Los Ángeles, recién desempacado del sur del continente. Desde su misma llegada era ya considerado una estrella en la zona oeste de la ciudad. Imágenes suyas aparecían enmarcadas a la entrada de los ostentosos supermercados Whole Foods y en la sección de productos South of the Border de Trader Joe’s bajo el lema Feed Your Soul. En menos de seis meses la fama del Orgánico aumentó exponencialmente, pero siempre manteniéndose dentro de las estrechas y aisladas comunidades de la costa del Pacífico. A mediados de los años noventa fue fundado en su honor el Organic Market que hasta el día de hoy continúa abriendo sus puertas todos los sábados a partir del mediodía a los ávidos parroquianos de Downtown Santa Mónica. Gracias a su prestigio, a partir de una edad temprana, el Orgánico asistió a incontables almuerzos y veladas en los cuales se transformaba en la mayor atracción tan pronto los meseros comenzaban a repartir bocadillos. El gusto que invitados y anfitriones sentían por él estaba solo por debajo del amor que profesaban por sus mascotas. Por aquellos días, cada una de sus amistades disfrutaba de sus aptitudes. ¡Ah, la vida era bella!
—¡Ey, se acabó!
—Lo sé, todo se ha terminado —contestó el Orgánico con una voz apenas perceptible.
—No, el trayecto se terminó. Vamos, largo de aquí. Tengo que limpiar este camión antes de terminar mi jornada.
—¿Qué hora es? ¿En dónde estamos? —preguntó el Orgánico en el momento en que se incorporaba.
—¿Qué fumaste? ¿No sabías hacia dónde venías? Estamos en El Paso, ¿dónde más hemos de estar? Ya es casi la medianoche. ¿No te digo que este es mi último camión?
—No entiendo. ¿Qué hago aquí? Yo voy a Reynosa.
—Tú sabrás, revisa tu boleto, ¿no tenías que hacer escala?
—¿Escala? Una vez hice escala en Nueva York para ir a Londres. Iba al festival Organicmania en el que recibí The Green Leaf, mi primer premio internacional en el mundo vegano.
El viejo conserje le dio la espalda y comenzó a depositar la basura de los pasajeros en una gran bolsa negra que al Orgánico le pareció un saco para cadáveres.
Sujetándose del asiento de enfrente, el Orgánico consiguió ponerse de pie para bajar del autobús. Enseguida, se dirigió al baño y después de ser incapaz de completar sus necesidades fisiológicas, lavó su cuerpo en el lavabo de metal con un jabón de olor a cítricos que había comprado en una visita a la Costiera Amalfitana. Posteriormente, extrajo de su bolsa una cajita dorada con maquillaje y comenzó a polvearse el rostro, cubriendo sus primeras arrugas en la frente y matizando sus ojeras.
Al salir del baño se acercó a una vendedora ambulante que comerciaba con burritos en la parte externa de la estación y preguntó por las opciones vegetarianas. La señora lo miró extrañada, casi con enfado, como si un adolescente le estuviera jugando una broma. Luego de unos instantes, le contestó que propiamente esas opciones no entraban en su menú, pero podría prepararle algo. Le advirtió, sin embargo, que le costaría el doble. El Orgánico aceptó y observó cuidadosamente cómo la señora tomaba dos burritos de chile con carne y arrojaba la proteína al suelo para que el perro que la acompañaba la devorara. La señora enrolló los burritos de chile verde en una servilleta y se los entregó al Orgánico, quien le extendió algunos dólares.
El Orgánico volvió a entrar a la estación y se sentó sobre una de las heladas bancas de concreto. Media hora más tarde, vio pasar al viejo conserje quien le dirigió una mirada de lástima mientras movía la cabeza de un lado a otro. El Orgánico rehuyó la mirada del viejo y se quedó contemplando los ventanales de la estación que daban hacia el noroeste, hasta que escuchó el anuncio de salida del autobús con destino a Reynosa, que partía a las siete treinta de la mañana.
Acababan de dar las cinco de la tarde y parecía que el calor de todo el día se había acumulado para precipitarse en ese instante. El Orgánico se había acomodado nuevamente en la parte trasera del autobús y veía a algunos pasajeros retorcerse en sus asientos al escurrirles el sudor por las sienes. Desde la sección central del autobús se escuchaba un niño de alrededor de seis años quejándose de hambre y la voz apenada de la madre intentando consolarlo con algunos tragos de agua. Cuando el niño comenzó a hacer rabietas, el Orgánico se levantó y se dirigió a su asiento. Al llegar junto a ellos, el niño giró su rostro y quedó sorprendido no por las ropas desaliñadas del Orgánico, o por el cabello grasoso que le cubría la frente, sino por el par de burritos que le ofrecía aquel extraño pasajero. La madre, de un rostro ligeramente moreno, le agradeció con una breve sonrisa de labios apretados y el Orgánico volvió satisfecho a su asiento sin decir palabra. En ese instante confirmó que su guía espiritual estaba en lo correcto: para encontrar paz interior y satisfacción personal, era necesario hermanarse con su gente.
A diferencia de algunas de sus amistades más cercanas, al Orgánico no le había sido revelado el verdadero significado de la vida, ni el camino correcto que debía seguir para alcanzarlo, a través de la televisión. El primer contacto con su guía espiritual ocurrió en un hospital siquiátrico en donde estuvo internado luego de su tercer intento fallido por acabar con su existencia. Fue en la portada de Inner Harmony de noviembre de 1999 en donde vio por primera vez el saludable rostro del Integral. El encabezado, escrito en letras de color azul y blanco que se fundían con la cabeza rapada del Integral, glorificaba la vida del personaje por haber alcanzado setenta y nueve puntos verdes, solo a uno de la marca de perfección que un ser humano puede conseguir, de acuerdo con algunas creencias veganas. Del Integral, según el editor de la revista, además de la palpable salud física, irradiaba plenitud espiritual y armonía interna, conseguida a través de su rigurosa dieta y prácticas sensibles.
El resto del trayecto hacia Reynosa no tuvo mayores complicaciones, con la excepción de que, en lugar de llegar a la ciudad mexicana, el autobús finalizó su recorrido en McAllen, lo cual provocó que el Orgánico se viera forzado a cruzar a pie la frontera. En ese momento, su sueño de viajar en La Bestia, transporte que lo hermanaría con todos los migrantes provenientes del sur, fue pulverizado por los agentes de migración mexicana quienes le exigieron comprobar su nacionalidad y, al no conseguirlo, fue deportado en avión hacia Panamá después de que confundieran su acento andino con el de un centroamericano.
En el vuelo viajaban ciudadanos hondureños, guatemaltecos, salvadoreños y unos cuantos panameños. Había además algunos mexicanos del estado de Chiapas, quienes habían extraviado sus documentos que declaraban su nacionalidad y que, al no hablar español ni haber asistido jamás a la escuela, fueron incapaces de entonar el himno nacional como prueba de mexicanidad. El día era mayormente soleado, con alguna que otra nube en el cielo, y el vuelo transcurría sin mayores sobresaltos. Apenas se hacía sentir alguna leve turbulencia que arrullaba a los pasajeros. Algunos de ellos reían al contar algún chiste sexual o entristecían al confesar que sus hijos o parejas habían quedado atrás. La mayoría, no obstante, permanecía en silencio, con el asiento reclinado y la mirada perdida.
El Orgánico tenía una sensación de extrañeza que no podía explicarse, durante la primera parte del trayecto solo movía la cabeza para indicar si deseaba un poco más de agua. Por seis meses había considerado dejar Los Ángeles para regresar a su tierra y construir una vida nueva al lado de su gente. Sin embargo, durante el vuelo se dio cuenta de que tenía dificultades para convivir con ellos y no era del todo capaz de comprender las problemáticas que padecían. Se arrepintió de no haber aprovechado los más de diez años que residió en la ciudad para conocer a los diversos grupos hispanos de Los Ángeles. Recordó cómo solo en una ocasión habló con un inmigrante salvadoreño cerca de la avenida Vermont para preguntarle por direcciones hacia el Staples Center en donde se disputaba el último partido de las finales de básquetbol.
Durante la segunda mitad del vuelo, el Orgánico adquirió valor y saludó a su compañero de al lado, un tipo de piel clara, que medía cerca de un metro ochenta y pesaba escasos sesenta kilogramos. El hombre le contó que era de origen hondureño y que sus amigos lo llamaban Oscarín. Antes de ser detenido por la policía de Los Ángeles con la excusa de haber comprado una bicicleta robada, hecho que a la postre provocó su deportación. Oscarín había trabajado como cocinero en un restaurante argentino en el vecindario de Brentwood, donde cumplió por dieciséis años con turnos de doce horas diarias, seis días a la semana. Todas las mañanas debía tomar dos autobuses para desplazarse por hora y media desde China Town hasta su trabajo, y repetía la misma rutina por las noches. Dormía entre cinco y seis horas diarias. Pero el trabajo no estaba mal, le dijo Oscarín. Los lunes, que eran sus días libres, salía con sus tres compañeros de cuarto a pasear al centro y aprovechaba para enviar dinero a su país. Por las tardes, solían ir al parque cerca de su casa a jugar fútbol o un juego de cartas. Sin apostar, aclaró Oscarín. El Orgánico le preguntó si no tenía familiares en Los Ángeles y Oscarín le respondió que no. Tenía esposa y una hija de dieciocho años que había dejado en Cabañas, con las cuales se reencontraría después de su travesía por tierras angelinas. Por varios años había prometido volver a casa, pero el deseo de su hija de ir a la universidad se lo había impedido. «Por fin cumpliré mi promesa», dijo Oscarín con una sonrisa más bien forzada.

El Orgánico se sintió en confianza con Oscarín y decidió entonces narrarle su historia:
Yo, como mi padre y el padre de mi padre, nací en Bolivia. En el altiplano cerca de Potosí. Somos de una aldea de no más de doscientos habitantes. Entre nosotros, todos nos conocemos, somos familia. Llegué a Los Ángeles a principios de los noventa siguiendo a un cazador de talentos que fue a observarme en mi aldea y me prometió el cielo. Me dijo que, con mis características físicas y nutrientes, no habría quien pudiera competir conmigo. Me haría una estrella al tocar suelo angelino. Y así fue. Durante casi una década la gente me adoró. Me sentía intocable, aunque en realidad todos me manoseaban. En una ocasión aparecí en primera plana en la revista People. Fui fotografiado sobre la alfombra roja del Egyptian Theatre, portando un hermoso esmoquin color blanco y una camisa rosada. Estaban junto a mí las mellizas Gaia y Tony, quienes lucían trajes idénticos en color rojo y círculos violeta. Todo, sin embargo, se echó a perder. Primero llegaron los Non-GMOs. Luego fueron los Gluten-Free y Natural Foods. Y después los Fair-Trade se convirtieron en la novedad. Hasta que vino la arpía de Kale y fue coronada como reina al pertenecer a cada una de esas categorías. Yo ya no estaba de moda, ni era tan saludable como antes. Desde su mansión en Malibu, Kale dirigió una campaña en mi contra. Su eslogan era: «Enough is Enough: Look Beyond Organics». Y la gente la escuchó. De repente un día me expulsaron del Organic Market como si fuera un desconocido. El maldito lugar fue fundado en mi honor y se atrevieron a echarme. Incluso mi ex, a quien apodaban la Lentejita, me dio la espalda. Anduve vagabundeando por las calles. El semanario Bella Vita de Mar Vista publicó una fotografía mía a finales de los noventa en la que aparezco descalzo y con un labio roto, sentado sobre la acera frente a un restaurante vegetariano ubicado en la calle Tercera de Santa Mónica, mientras una mujer rubia en traje deportivo intenta esquivarme saltando por encima de mis piernas. Después de tal humillación intenté acabar con mi vida, pero la suerte lo impidió. Conocí a mi guía espiritual, el Maestro Integral, quien a través de sus amorosas cartas me hizo reaccionar ante la vida que había llevado hasta entonces. Me dijo que era necesario abandonar toda esa inmundicia y regresar a casa. A pesar de mis penas y mis excesos, todavía me quedaban recuerdos de mi niñez en aquella rica y bella tierra del altiplano. «Debes regresar,» me aconsejaba el Integral. Ve y camina entre los tuyos, goza de ese aire puro y transparente. Y aquí voy, rumbo a mi tierra, con la esperanza de volverla a ver y en ella madurar.
En Panamá, el Orgánico estuvo más tiempo del que hubiera deseado. Recién llegado, los agentes de migración lo despojaron de los dólares que le quedaban. El jefe del grupo, además, le arrebató la bolsa de piel color magenta argumentando que sería un excelente regalo para su aniversario de bodas. Después de salir del centro de higienización, donde lo gasearon por cinco minutos junto al resto de migrantes, el Orgánico se despidió de Oscarín con un abrazo y le deseó un buen reencuentro con su familia. Posteriormente se dirigió hacia la zona del canal. Allí encontró trabajo como empleado de limpieza y se mantuvo en su puesto por un mes y medio hasta que consiguió que un barco carguero estadounidense, proveniente de Miami, lo llevara a Lima a cambio de servir como cocinero.
Con los pocos ahorros acumulados gracias a las labores de limpieza, más las propinas recibidas en el carguero, en Lima tomó un autobús que lo llevó hasta La Paz y de ahí partió hacia Potosí, en donde se hallaba su aldea originaria. El autobús hacia Potosí se movía a paso lento por la complicada carretera. En un momento, el Orgánico contempló los extensos cultivos de quínoa en el altiplano y quedó impresionado con aquella variedad de tonalidades que iban desde un intenso rojo, pasando por el naranja y terminando en un suave rosado. Se sintió agradecido por estar tan cerca de casa e imaginó cómo sería recibido por todos los pobladores de su aldea.
En Potosí compró una llama y montó durante dos días y dos noches sin detenerse a beber agua. Como avanzaban las horas y se adentraba en terreno conocido, notó los cambios que habían ocurrido: aquel era un panorama mucho más escueto, solitario y triste. No había visto, además, a ningún aldeano laborar la tierra.
Amanecía en el altiplano cuando el Orgánico vislumbró la silueta de su aldea. Ahora más que nunca, podía imaginar nítidamente la forma en que gastaría el resto de sus días en la aldea, transformando su vida y la del resto de los pobladores.
Sus fantasías, sin embargo, terminaron en el mismo instante en que entró a la aldea. En lugar de aquel florido y alegre lugar que imaginaba, se halló frente a un terreno semidesértico, polvoso. Las tierras a su alrededor habían sido abandonadas. Las viejas casas de madera, ordenadas en dos filas paralelas, yacían sobre el suelo con la excepción de una que se ubicaba justo en el centro de la aldea. El Orgánico entró a la casa y vio a una vieja agonizando tendida sobre un camastro, quien le narró lo que había sucedido: desde hacía más de un año, los doce pobladores que sobrevivieron a la última sequía habían emigrado a la ciudad. El resto había perecido de hambre luego de que sus tierras fueran devastadas por la erosión provocada por el monocultivo.
El Orgánico salió de la choza y volvió a contemplar la imagen desolada de la aldea. Suspiró, cayó de rodillas y se quedó estático contemplando hacia el norte.
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*Julio Puente García creció en México y a los diecinueve años emigró a California. Allí trabajó en el campo y recibió una licenciatura y una maestría en literatura hispánica en Fresno State. Posteriormente, completó su doctorado en literatura latinoamericano en UCLA. Su primer libro, la colección de cuentos Acrobacias Angelinas (2021), recibió el premio Rudolfo Anaya en los International Latino Book Awards—Best Latino Focus Fiction-Spanish. Su último relato, «Jacinta Murrieta», fue publicado en traducción al inglés en noviembre de 2023 por la revista The Common.

Me sorprendió y llamó la atención que el personaje sea representado como un alimento orgánico y que también tenga que pasar de moda y que tampoco se salvó de la migra. Pobrecito.