NADAÍSMO: UN ESTALLIDO DE CONTEMPLACIÓN Y GRATITUD

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1954

nadaismo un estallido de contemplacion y gratitud

Por Jesús Goicouria*

La caída de Tales de Mileto, mientras contemplaba los astros, provoca una risa que resuena como un eco persistente. Esta risa no solo marca la anécdota de un sabio distraído, sino que inaugura una fisura en la percepción del acto contemplativo. A partir de ese momento, la contemplación se convierte en objeto de burla frente a una lógica utilitaria que valora solo lo inmediato y visible. En ese sentido, la historia de Tales es una especie de metáfora anticipada para las vanguardias y movimientos como el Nadaísmo, que irrumpen como respuestas a esa exigencia del sentido común de ocuparse solo de lo productivo.

El Nadaísmo, concebido como una vanguardia literaria y filosófica en Colombia a mediados del siglo XX, surge precisamente de esa disconformidad esencial que late en el corazón humano: una búsqueda por algo más allá de la banalidad de lo inmediato, un grito frente al vacío de las certezas. Pero más que un simple movimiento de rebeldía, el Nadaísmo encuentra en la contemplación y en el vacío una suerte de hospitalidad radical, un espacio donde lo improductivo, lo inexpresado y lo innombrable encuentran su lugar. En este contexto, cobra especial relevancia el concepto de gratitud como desbordamiento, que no implica reciprocidad ni intercambio, sino una entrega plena y sin condiciones al acto de contemplar el vacío, de acoger lo que está más allá de la utilidad.

La gratitud que aquí postulo, en relación al Nadaísmo, no puede ser entendida bajo la lógica común de un reconocimiento por lo recibido. No se trata de un acto de intercambio, sino de un desbordamiento ontológico: la gratitud es, en este sentido, una condición que trasciende la lógica de la deuda. Esta gratitud no tiene destinatario del cual esperar algo. No se dirige a una divinidad, ni a un interlocutor visible, ni siquiera a una comunidad de pares. Es, más bien, una gratitud hacia lo inefable, hacia lo que permanece oculto. Y en este sentido, se vincula directamente con la hospitalidad del arte, que consiste en abrirse a lo otro, a lo que es irreductible a las formas convencionales de pensamiento o expresión.

En un mundo nadaísta, la gratitud no puede ser entendida como un acto recíproco o transaccional; no es el simple reconocimiento de un favor recibido. La gratitud nadaísta, como un estado de desbordamiento, se manifiesta en la aceptación radical del caos y en el reconocimiento de que este mismo caos es la fuente última de la libertad creativa. Arango lo expresa de manera poética cuando da a entender que la vida no te debe nada, y tú no le debes nada a la vida, pero en ese vacío de deudas es donde encuentras la libertad para crear.

Este desbordamiento de gratitud, lejos de estar vinculado a una dependencia o sumisión a un otro, es una afirmación radical del ser. El caos se convierte en el anfitrión último, y la hospitalidad que este ofrece no es un refugio cómodo, sino un espacio abierto para la experimentación y la creación continua. Esta es una forma de gratitud que no busca seguridad, sino que celebra la incertidumbre como el terreno más fértil para la vida auténtica. Al conectar este estado de gratitud con el concepto de hospitalidad, podemos ver que el Nadaísmo al sumergirse en el arte, ofrece una hospitalidad radical, en la que el caos mismo nos acoge sin condiciones. En ella no hay límites ni exigencias; sólo hay una invitación a ser, a existir en toda nuestra multiplicidad y fragilidad. Y en esa invitación, encontramos la gratitud más profunda: la gratitud por la posibilidad de ser creadores de sentido en un universo que no nos ofrece ningún sentido preestablecido.

La hospitalidad en el arte no debe entenderse como una simple apertura al otro, sino como una auto-instancia en la que el arte mismo se convierte en el lugar de acogida para lo irreconocible, para lo que no tiene lugar en la estructura social o política. En este sentido, el Nadaísmo se inscribe en un espacio para lo abyecto, para lo desechado por la lógica de la producción. Su poesía, su prosa y su estética en general se construyen desde la negación de la utilidad, del sentido preestablecido o del sentido dominante.

En el Manifiesto Nadaista, Gonzalo Arango escribió: «Al pretender desacreditar los dogmas de todo tipo, no podernos recaer nosotros en un nuevo dogmatismo: en el dogma de la revolución Nadaísta. Queda, pues, abierto el camino de las controversias». Este grito es una forma de hospitalidad radical, donde el vacío no se llena con respuestas, sino que se sostiene como un espacio de posibilidad infinita. La gratitud nadaísta es, entonces, un agradecimiento por el vacío mismo, por la posibilidad de contemplar sin la necesidad de comprender, de llenar o de justificar.

De este modo, el Nadaísmo se convierte en un acto de resistencia frente al imperativo de producir, de crear con un fin utilitario. Al igual que Tales, quien en su caída revela la insuficiencia de la lógica común para captar la grandeza de lo contemplado, los nadaístas caen en la nada para descubrir, no una solución, sino una afirmación del vacío como lugar fecundo. El arte nadaísta acoge lo que el pensamiento práctico descarta, esto es: la nada, lo inútil, lo inefable.

DE LA GRATITUD O DEL NADAÍSMO: LA CUESTIÓN ES DESPERTAR LOS SENTIDOS

A pesar del tiempo y las distancias, podría decirse que hay una constante. Y esa constante es la de un mundo que exige resultados. Tal vez, ese sea el suelo fértil en que la contemplación aparece como una forma de resistencia. Contemplar el vacío, detenerse frente a la nada, o moverse y alejar del rostro la pantalla iluminada de reproducciones, es rechazar la lógica del rendimiento y del beneficio. Esta contemplación no es pasiva; es un gesto activo de rebeldía que desafía las estructuras que exigen productividad y reproductividad constante. El Nadaísmo, en su esencia, es un movimiento de contemplación activa, un rechazo a la urgencia de llenar los espacios vacíos con significado. Aunque, indefectiblemente encierre la contradicción de llenar esos vacíos de significado.

Aquí radica la profundidad filosófica del Nadaísmo: no se trata solo de una negación de las estructuras existentes, sino de una afirmación del vacío como lugar donde la gratitud y la hospitalidad pueden desplegarse plenamente. La contemplación nadaísta es una forma de gratitud que no se dirige a algo o a alguien, sino que simplemente es. El desbordamiento que aquí propongo no es una reacción, sino una forma de ser en el mundo, una afirmación de la nada como posibilidad.

Si en otros movimientos el grito es un llamado a la acción, en el Nadaísmo el grito es una manifestación de ese desbordamiento de gratitud. No se trata de un grito que busca ser escuchado o que exige una respuesta. Es un grito que se dirige al vacío, que surge desde el vacío, y que vuelve al vacío. Es el eco de una gratitud que no busca recompensas, sino que se realiza en su propia emisión. La poesía nadaísta, en este sentido, se convierte en un espacio donde lo dicho no pretende ser entendido, sino sentido. La ruptura con las formas tradicionales de expresión es también una ruptura con la expectativa de un retorno, de una correspondencia. La literatura nadaísta no busca respuesta; simplemente es.

Ese sería un modo indirecto de señalar que el Nadaísmo, más que un movimiento literario o filosófico, y que se presenta como una postura existencial frente al mundo. ¿Por qué no pensar que la gratitud no es entendida como una respuesta protocolar y convencional, sino la de quien se desborda ante la posibilidad misma de existir en el vacío y a pesar del vacío? La hospitalidad que ofrece no se dirige a lo que ya conocemos, sino a lo que queda por descubrir, a lo que se oculta en el silencio y en la nada; en los silenciados y en los anónimos. Este desbordamiento de gratitud, entonces, es un acto de resistencia frente a las estructuras que buscan llenar cada espacio con significados predeterminados. Si el Nadaísmo nos invita a acoger la nada, a contemplarla sin miedo, y a encontrar en ella una forma de gratitud que no necesita ser correspondida, ¿qué es lo que produce incomodidad? Si, a fin de cuentas, nada espera. Si es en esta hospitalidad del arte, en la hospitalidad hacia lo desconocido donde el Nadaísmo encuentra su mayor fuerza, ¿por qué deberíamos tomarlo en serio y no como un mero entretenimiento? Si el concepto de gratitud permite ilustrar de qué manera se libera de las ataduras de la reciprocidad, es porque de alguna manera estamos en una tensión que busca un estado puro de ser, estar y expresarse.

La hospitalidad del arte, en el contexto nadaísta, trasciende las convenciones que rodean el acto de creación. En lugar de conformarse a las expectativas del público o a las normas literarias tradicionales, el arte nadaísta acoge lo marginal, lo irreverente y lo inaudito. Es un arte que no busca encajar ni complacer, sino que actúa como un espacio donde lo rechazado por las convenciones culturales encuentra un lugar. En este sentido, el Nadaísmo convierte al arte en un refugio para las ideas y los sentimientos que no encuentran lugar en otros ámbitos de la vida. Gonzalo Arango, en sus manifiestos, refuerza esta visión del arte como un terreno donde el caos, la negación y la rebeldía no solo son bienvenidos, sino que se celebran. El Nadaísmo no busca producir arte que sea apreciado según las reglas establecidas; más bien, busca romper con esas reglas para abrir el camino hacia nuevas formas de expresión. El arte nadaísta, por tanto, no se compromete con lo que espera el público, sino que desafía las expectativas y ofrece hospitalidad a lo que, en otras circunstancias, sería considerado inapropiado o incomprensible.

Al hablar de hospitalidad radical, nos referimos a esa apertura incondicional a lo otro, a lo que es irreducible a las categorías del pensamiento establecido. En este punto, podemos ver una conexión íntima entre la idea de hospitalidad en el Nadaísmo y el concepto de gratitud que hemos delineado previamente. Ambos conceptos se niegan a estar condicionados por las estructuras habituales de reciprocidad y utilidad. En lugar de dar algo a cambio, el Nadaísmo y la gratitud como desbordamiento simplemente permiten que las cosas existan tal como son, sin intentar controlarlas o encajarlas en moldes preconcebidos.

En este sentido, la negación nadaísta se transforma en un acto de creación. Al rechazar las normas culturales y estéticas de su tiempo, los nadaístas crean un espacio nuevo, un territorio donde lo que no tiene cabida en la realidad cotidiana puede florecer. Este espacio no está marcado por el progreso o el avance hacia un objetivo, sino por la posibilidad de lo indefinido, de lo abierto. En este punto, la noción de la nada en el Nadaísmo se aleja de una visión nihilista tradicional para convertirse en un espacio fértil donde pueden germinar nuevas formas de ser, pensar y decir. El Nadaísmo no busca, como se mencionó anteriormente, respuestas definitivas ni verdades absolutas; su objetivo es abrir un espacio para la duda, la incertidumbre y la creación espontánea. Al igual que la gratitud que no espera nada a cambio, el arte nadaísta no se define por su capacidad para ofrecer respuestas o soluciones, sino por su apertura a lo desconocido. Esta apertura es una forma de hospitalidad hacia lo que no puede ser comprendido o categorizado, lo que lo convierte en una forma radical de gratitud hacia la existencia misma, hacia la posibilidad de crear sin restricciones.

EL VACÍO COMO FUENTE DE POTENCIALIDAD

El vacío, en el contexto del Nadaísmo, no es algo que deba ser llenado. No es un déficit o una carencia, sino una fuente de potencialidad infinita. El vacío es, de hecho, el punto de partida para la creación nadaísta. En lugar de ver el vacío como un espacio que debe ser completado con significados o respuestas, los nadaístas lo ven como una invitación a explorar lo que todavía no ha sido dicho o pensado. En este sentido, el vacío es acogido con gratitud, no como algo que debe ser temido o evitado, sino como una oportunidad para la expresión de lo nuevo y lo inesperado. Esta visión del vacío se conecta directamente con la noción de gratitud como desbordamiento. Así como la gratitud no está condicionada por lo que se recibe, el vacío nadaísta no está definido por lo que le falta. En lugar de buscar llenar el vacío con significados predeterminados, los nadaístas lo celebran como un espacio abierto, donde la creación puede ocurrir sin las limitaciones impuestas por el sentido común o la necesidad de utilidad. El vacío, entonces, no es solo el lugar donde se despliega el arte nadaísta, sino también el objeto de su gratitud.

En la medida en que las convenciones morales, estéticas, políticas y sociales tradicionales excluyen lo otro, resultan incompatibles con el Nadaísmo, que no las niega, y de alguna manera, puede decirse que las subsume. Pues, en lugar de conformarse a los códigos éticos que dictan lo que es correcto o incorrecto, los nadaístas se liberan de estas estructuras para afirmar una nueva ética de la libertad creativa. Esta ética no está basada en la obligación o en el cumplimiento de normas, sino en la afirmación de la propia existencia y en la expresión de la individualidad. Aquí, la gratitud nadaísta se revela como un rechazo a la moral de la deuda y la reciprocidad. En lugar de actuar por obligación o para devolver algo recibido, el nadaísta se expresa de manera libre, sin esperar nada a cambio. Esta gratitud no se basa en un intercambio, sino en una afirmación incondicional de la vida y de la creación. De este modo, el Nadaísmo se convierte en un espacio donde las antiguas reglas morales ya no tienen validez, pues, después de reconocer y ponderar la nada, todo tiene gusto a poco.

Pero, si la gratitud como desbordamiento no tiene límites ni se conforma a las expectativas sociales, queda lugar a la pregunta: ¿es o no una expresión pura de la libertad creativa que se encuentra en el centro del Nadaísmo? En este sentido, podemos buscar entender por qué y cómo el Nadaísmo, busca liberarse de las normas culturales y morales, y aspira a convertirse en una forma de gratitud radical hacia la existencia misma. Y da igual si esta gratitud busca o no ser comprendida o justificada; simplemente se manifiesta en la creación constante y en la negación de las estructuras que limitan la libertad del ser humano.

UNA ESTÉTICA DEL ABISMO O ENTRAR A ROBAR UN BANCO DESNUDO

En el ámbito de la estética, el Nadaísmo nos invita a reconsiderar lo bello y lo sublime. Si tradicionalmente lo bello ha estado vinculado a la armonía y el orden, el Nadaísmo reivindica una estética del abismo, donde lo sublime no es la superación del caos, sino su aceptación plena. En la literatura, el arte y la música nadaístas, el abismo se convierte en un espacio de exploración estética donde la belleza se encuentra en la contradicción, en la tensión, en el enfrentamiento directo con la nada. El artista nadaísta, al igual que el pensador, no teme al vacío. Al contrario, lo abraza como el lugar donde puede surgir lo inesperado. La destrucción de las formas tradicionales de expresión no es un fin en sí mismo, sino un medio para abrir nuevas posibilidades de creación. La estética del Nadaísmo no busca complacer, sino confrontar. Y en esta confrontación, encontramos una forma de belleza que trasciende la superficialidad del gusto y se adentra en las profundidades de la existencia humana. A lo que es posible preguntar, ¿Es posible crear sin condicionantes?, y despojada de cierta malicia, la pregunta se traduce en la afirmación: hay que crear a pesar y con motivo de los condicionantes.

Como apunta Arango: «El arte nadaísta no busca la belleza fácil, busca el vértigo, el temblor que te sacude hasta las entrañas y te obliga a ver el mundo con otros ojos» (Arango, Nadaísmo: Estética del Caos, p. 92). Esta estética del caos no se limita a las artes visuales o literarias; es una forma de vivir, una forma de estar en el mundo. En este sentido, cada acto creativo es también un acto de gratitud, porque en la creación encontramos la posibilidad de dar forma a lo informe, de hacer surgir el orden desde el caos, sin perder de vista que este orden es siempre provisional, siempre abierto a nuevas transformaciones, las cuales no son ajenas al ser humano mismo, pues este tampoco es una entidad fija, sino un proceso en constante cambio. La idea de ser como devenir es central aquí, y resuena con las nociones de Nietzsche sobre la voluntad de poder y la creación de uno mismo. Sin embargo, mientras que Nietzsche ve esta creación como una afirmación del poder individual, el Nadaísmo la sitúa en el contexto del vacío existencial, donde no hay un «yo» fijo que deba ser afirmado, sino una multiplicidad de posibilidades que surgen precisamente de la falta de estructura.

Arango lo describe con claridad: que ser nadaísta es ser un hombre en proceso, un ser que nunca termina de hacerse, porque nunca se somete a una forma definitiva. Esta concepción fluida del ser humano se conecta profundamente con el estado de gratitud que se ha propuesto. Al igual que el ser nadaísta nunca está completo, la gratitud como desbordamiento nunca se agota en un simple acto de reconocimiento. Es una gratitud que fluye continuamente, que se manifiesta en cada nuevo acto de creación, en cada nuevo encuentro con el caos, en cada nueva interpretación de lo que significa ser humano en un mundo que no nos ofrece respuestas definitivas.

LA PARADOJA DEL NOMBRE PROPIO: NADAÍSTAS ANTE EL ABISMO DE LA NADA

El Nadaísmo, en su esencia más pura, aspiraba a confrontar el vacío, a destruir las ilusiones del mundo establecido para abrirse paso hacia la nada, ese espacio donde todo significado se desvanece y lo humano queda suspendido, despojado de su necesidad de asideros. Gonzalo Arango, en su manifiesto incendiario, no buscaba solo rebelarse contra las instituciones sociales y religiosas de su tiempo, sino que planteaba una ruptura radical, un exilio voluntario de toda certeza. Sin embargo, hay en el propio movimiento una paradoja inevitable, una contradicción inherente que socava esta aspiración al vacío absoluto: el surgimiento del «nombre propio».

El hecho de que hablemos de «nadaístas» como Arango, Jotamario Arbeláez, Eduardo Escobar, Elmo Valencia, Dina Merlini (solo por mencionar algunos) y no simplemente del Nadaísmo en abstracto es significativo. Estos nombres se han erigido como baluartes, como figuras que encarnan el espíritu del movimiento, pero en ese proceso traicionan, de algún modo, la esencia de la nada que predicaban. Es la paradoja inevitable de toda vanguardia: en su esfuerzo por escapar de las estructuras tradicionales, crea nuevas formas de autoridad, nuevas referencias que vuelven a atrapar al sujeto en el dominio del nombre, en la lógica del reconocimiento. En este sentido, el Nadaísmo, más que un espacio vacío, ha sido instituido por sus propios protagonistas.

¿Qué implica esta paradoja desde una perspectiva filosófica más profunda? Desde el existencialismo de Heidegger, sabemos que el ser humano está arrojado al mundo, condenado a habitar en la tensión entre el ser y la nada. El Nadaísmo, en su intento de abrazar el vacío, reproduce, sin quererlo, una estructura que vuelve a llenar ese vacío con los nombres propios de sus autores. Los nadaístas, al convertirse en figuras reconocibles, crean una institución que va más allá de sus intenciones iniciales. No hablamos ya de un «Nadaísmo», sino de un conjunto de individuos cuya obra ha trascendido el vacío para ser inscrita en el ámbito de la historia, del reconocimiento público, del «nombre».

Este proceso de inscripción es inevitable en cualquier proyecto humano. Como señaló Derrida en su reflexión sobre la hospitalidad, la acogida del otro siempre implica una cierta violencia, una estructura de inclusión que, al mismo tiempo, excluye. El Nadaísmo, al acoger a sus propios creadores como referentes, traiciona su pretensión de dejarse ser en la nada. Y, sin embargo, es precisamente en esa traición donde el movimiento adquiere su carácter más humano, más conmovedor. Porque, ¿acaso no es el ser humano, en su búsqueda de la nada, el que siempre tropieza con su necesidad de sentido, con su deseo de ser nombrado, de dejar una huella? La contradicción entre el anonimato y el reconocimiento, entre el vacío y el nombre, no es un defecto del Nadaísmo, sino su mayor verdad. Es aquí donde la noción de «gratitud» puede ser retomada como un gesto que, aunque mínimo, nos recuerda la hospitalidad del arte. El arte, en su forma más generosa, no pide nada a cambio, no exige reciprocidad ni reconocimiento, pero acoge, ofrece un espacio donde lo humano puede existir en sus tensiones y contradicciones. El acto creativo es, en última instancia, un acto de gratitud hacia la nada misma, hacia ese vacío que nos permite proyectarnos, nombrarnos y, sin embargo, desvanecernos en el abismo.

En este sentido, la aparente contradicción entre los nombres propios y el Nadaísmo como movimiento no es sino un reflejo de la tensión inherente a toda creación. Como en las vanguardias anteriores, el deseo de escapar de las formas establecidas tropieza con la necesidad humana de ser testigos y partícipes de la creación misma. Breton, en su surrealismo, también terminó trazando líneas divisorias, marcando quién podía ser considerado surrealista y quién no. Pero, a la vera de la nada, estas contradicciones no son más que ecos lejanos de la humanidad que se debate entre ser y no ser, entre la creación y la destrucción.

El Nadaísmo, entonces, ¿debe ser visto como un fracaso en su intento de alcanzar la nada? ¿o es un recordatorio de que el vacío, en su inabarcabilidad, nos llama siempre a retornar a lo humano? ¿Los nombres propios son una inevitabilidad o son, también, una forma de rendir homenaje a la nada, una forma de decir: «estuvimos aquí, y no importa»?

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*Jesús Goicouria nació en Santa Fe, Argentina. Teniendo la poesía como constante desde la escuela secundario, osciló entre el trabajar y el estudiar el profesorado de filosofía. Desde febrero de 2023 reside en Villa María, Córdoba. Ahora, además de trabajar en la Cooperativa Obrera, continúa escribiendo poesía y ensayo. Sube lecturas a un canal en Spotify llamado «Permanece en la noche», destinado a la difusión de textos literarios.

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