
Por Salvatore Laudicina*
Hoy he vuelto a encontrarme con el único hombre de Buenaventura que anhela tener un noviazgo con otro hombre. Al menos, el único hombre capaz de decirlo públicamente: el poeta Luis Sánchez Rodríguez.
Me lo topé por casualidad cerca del local donde se ubicó durante más de dos décadas El Bazar Inglés, almacén de renombre y tradición que marcó una época en la vida comercial del puerto.
Tras saludarme efusivamente, me invitó de nuevo a almorzar. En sus ojos, había una urgencia conmovedora. La urgencia propia del hombre que desea una compañía temporal, sosegada y fructuosa en los últimos años de su vida.
Frente a mi negativa y posterior explicación sobre mi falta de tiempo y mis ocupaciones, le sugerí que buscara a otra persona que pudiese aceptar su invitación.
Él me respondió con la misma frase de la semana pasada:
«Yo quiero almorzar solamente con usted. Quiero estar con alguien especial con el que pueda pasar un rato agradable».
La verdad, no estoy preparado para ser el novio de un hombre como el poeta Luis Sánchez. Agradable pero complejo, simpático pero temperamental, modesto y egocéntrico a la vez.
Antes de que vayan a pensar mal, quiero aclararles algo: los hombres podemos ser novios entre sí sin necesidad de besarnos y tener sexo. La amistad es un amorío intenso, leal y conmovedor que carece de esa pasión lujuriosa, propia de las parejas sentimentales.
Es un noviazgo no romántico y medicinal. Básicamente, se busca un alguien del mismo sexo que escuche, que haga reír, que te haga recordar lo que se siente estar acompañado.
Volviendo al poeta Sánchez, está más delgado que la semana pasada. El semblante meditabundo, el cuerpo cansado, pero amable y sonriente.
Desde que murió su esposa hace unos años, ingurgitó sus versos más sentidos y se sumergió en el ritual vespertino de tomarse un café, mirar alrededor y conversar con cualquiera (buen conversador, claro está) de sus años más felices.
Vaya deleite el de sentarse a escuchar a un hombre tan vital en la historia contemporánea de esta ciudad.
Más que un poeta y un hombre amante de la cultura, Luis Sánchez Rodríguez ha sido uno de los hijos más especiales de esa madre avergonzada que es Buenaventura para quienes, pese a ser paridos en esta tierra, la asesinan a cuentagotas con su codicia putrefacta en los espacios de poder, el derramamiento injusto de sangre y el silencio de quienes presencian la hecatombe de un presente aciago (me incluyo) y no hacen nada para frenarla.
Nacido el 19 de abril de 1944, luchó sin descanso por el sueño de una ciudad donde existiese la educación superior. Puede que hoy nadie se lo elogie y se lo agradezca, pero lo cierto es que Sánchez Rodríguez fue un personaje clave para la llegada a suelo bonaverense de la Universidad del Atlántico (de las tres, es la única que no se encuentra hoy en la ciudad), la Universidad del Quindío y la Universidad del Valle.
Ni hablar de su poesía. Auténtica, dotada de esa magia única que pervive en los confines del Pacífico colombiano.
Defensor de la vida, culto, elegante, reflexivo, amante de las músicas tradicionales, eterno enamorado de esa felicidad tan propia del Pacífico colombiano: hay carencias, sufrimientos, pero la sonrisa nunca se aparta de los labios de quien la necesita.
Pero también está esa otra cara. La del hombre impulsivo capaz de perder el control de sus emociones. Recuerdo que en una ocasión, durante una reunión convocada en 2022 por la Dirección Técnica de Cultura, para hablar sobre el panorama de las artes en la ciudad, apenas unos meses después de haber enviudado, perdió los estribos de un momento a otro porque quería hablar sobre su esposa y nadie le prestó atención.
Literalmente, parecía fuera de sus cabales. El hombre de voz suave y finos modales le había cedido su cuerpo a una bestia fúrica.
Pese a la incomodidad de todos los presentes, lo entendí. Acababa de perder a su compañera. La mujer con la que compartió más de cuarenta años. Una pérdida así, descontrola a cualquiera.
Al cabo de un rato, volvió en sí, pidió perdón y pidió la palabra para comentar sobre los desafíos de los artistas y gestores culturales después de la pandemia.
Un personaje digno para cualquier novela histórica y costumbrista. Uuna vez más —ya me sucedió con doña Aydeé Quintero de Pretel— mi escritor interno se revuelca de la impotencia. Hay tanto por narrar pero el tiempo siempre está en contra y mis encuentros con el poeta Luis Sánchez son muy esporádicos. Así ha sido los últimos tres años.
Frente a tantos claroscuros, me resulta algo incomprensible la idea de ser su elegido para el noviazgo.
¿Qué podría encontrar un hombre como él en alguien como yo? No tenemos nada en común. Somos de edades distintas y tampoco somos cercanos. Por más que trato de entender el comportamiento del poeta y su insistente invitación, no le hallo lógica alguna.
Además, no lo negaré, me da algo de miedo su personalidad voluble. Podría perder el control en cualquier momento y no estoy preparado para enfrentar una situación de ese tipo.
De ahí la razón de mis evasivas.
Hoy alcancé a ver en su mirada ligeros destellos del espíritu travieso de Huckleberry Finn, el mejor amigo de Tom Sawyer. El asunto es que yo ya no tengo ni la energía ni la curiosidad de Tom Sawyer para sentarme con él y desbaratar el mundo para armarlo a su antojo.
Perdón, me vi obligado a producir para acariciar el hocico del capitalismo salvaje y no ser engullido a dentelladas. Esa magia propia del ocio ya no me pertenece.

En el estrechón de manos, olfateé la intuición detectivesca de Sherlock Holmes. Es más que seguro su deseo de investigar mi vida, mis gustos, la historia de mi familia italiana. Pero sería injusto pretender ser su incondicional y fiel Watson. Me falta paciencia, madurez, sabiduría para lidiar con su temperamento voluble.
La voz, varonil pero suave, es la que Cervantes hubiese querido para su Quijote. Pero si la intención del destino era que esa voz me llevara a tomar el lugar de Sancho Panza, siento decirle que fracasó.
Yo también soy alto y delgado. De rechoncho, no tengo nada. Y dos Quijotes equivalen a dos egos. Combinación letal en estos tiempos de hombres amadores de sí mismos.
No, definitivamente no puedo ser el novio del poeta Luis Sánchez Rodríguez.
Pero hoy, a la par con todas estas cosas, también vi en sus ojos el afán de quien se está muriendo en vida por causa de la soledad. Ella ronda como un chacal hambriento a los varones contemporáneos sin distinciones de edad, etnia, credo o estrato económico.
Basta con arrimar al café Los Toneles, el lugar favorito de Sánchez Rodríguez, para cazar conversaciones y adormecer su duelo, y observar las mesas concurridas de hombres que conversan sobre política, fútbol, mujeres y anécdotas de juventud.
En apariencia, todos se muestran fuertes, invulnerables, dueños de una calma admirable. Pero muchos (lo sé por los comentarios de las chicas que atienden) se están ahogando en el mar de sus problemas, su andropausia, su frustración inconfesable. El ocaso de lo que alguna vez fueron esos hombres viriles, admirados y respetados por todos.
A los hombres nos cuesta admitir (vuelvo a incluirme) que no aguantamos más, que queremos llorar como niños de pecho, que queremos correr para descansar de la densidad de nuestros destinos.
Hace poco, alguien comentaba en una de esas mesas que el poeta Luis Sánchez estaba perdiendo la razón, producto de su soledad y su desespero. Según lo que relataba aquel hombre (no sé quien era y no es importante saberlo ahora), lo habían visto hablando solo mientras caminaba en el Malecón Bahía de la Cruz (antiguamente el parque Néstor Urbano Tenorio).
También aseguraba que muchas veces no se cambiaba de ropa y decía algunas incoherencias cuando llegaba a Los Toneles para tomarse su café.
Me cuesta creer lo de su aspecto sucio y descuidado. Es uno de los hombres más elegantes y pulcros que haya conocido.
En fin.
Frente a una realidad tan desgarradora, puedo entender su desespero por encontrar un novio no romántico, y entiendo aún más que me elija a mí. Es una situación de vida o muerte, no hay tiempo que perder.
A él no le importa si somos o no afines. Es una cuestión de supervivencia. Él se quiere aferrar a la vida y ve en mí ese bastón que lo ayudaría a continuar el recorrido.
Aquí, el analítico y complicado soy yo. También, egoísta. Me he acostumbrado a mi soledad, a mis vacíos, a mi yo convulso y atribulado.
Es muy fácil sacarle el cuerpo a alguien cuando aún se es joven, pero llegar a los ochenta años sin la que fue tu compañera, embebido de memorias, cansado de los afanes de la existencia, cargando el yugo de no ser lo que un día fuiste, y recibir los azotes de la ingratitud y el olvido de una ciudad a la que le diste lo mejor de ti, deber ser lo más parecido a una sentencia de muerte.
Entonces me veo a mí mismo en mi senectud, caminando por las calles del centro de Buenaventura, tratando de encontrar a ese novio no romántico que me haga la vida más llevadera (si el cambio climático y la megalomanía de los políticos me permiten llegar a ese tiempo, claro está. Son días inciertos).
Siento miedo. Pánico de tener que depender de otro para escabullirme de mi implacable invierno.
Verdadero terror por tener que tragarme de un salivazo en una mesa concurrida de viejos como yo, los dolores amontonados en la esquina de esta juventud que se extingue.
De pronto, en ese futuro tan abrumador, se me aparece el poeta Luis Sánchez. Está parado en el balcón del último piso del Hotel Torremar. Su cuerpo parece una pluma a punto de volar: frágil, resbaladizo, destinado a flotar y caer al pavimento.
Mientras la multitud grita abajo, me mira fijamente y me culpa por no haberle prestado atención.
Intento detenerlo, pero salta.
Después de una visión tan apocalíptica, sólo puedo pensar en una cosa:
Muchos hombres se están muriendo en vida y muchos hombres son cómplices de esas muertes.
La razón es simple: le tenemos miedo a ser novios no románticos de otro macho que se hunde y quiere salir a flote en un almuerzo y una grata conversación.
Se nos inculcó culturalmente que los hombres sólo se agrupan para beber, conquistar mujeres, ver partidos de fútbol.
Prohibido escuchar, mostrar afecto, ponerse en los zapatos de ese congénere que se ahoga en sus silencios. Incluso, darle un abrazo y un beso en la mejilla para que se sienta querido.
En la sociedad colombiana eso es para las mujeres y para los hombres homosexuales.

Pero en las sombras, todo macho heterosexual se vuelve un niño frágil y llorón. Una criatura devastada por la soledad, las heridas de la niñez, los problemas cotidianos, las represiones amontonadas en su masculinidad, el yugo de ser el proveedor, las ganas de gritar y llorar como una magdalena, el paso de los años y el derribo de su testosterona.
Si no viviéramos de afán y no le huyéramos a los deprimidos, a los tristes y a los olvidados, nos percataríamos de ello.
El poeta Luis Sánchez Rodríguez se merece un noviazgo no romántico y medicinal que lo haga feliz.
Un amigo que sea gracioso, agradable y con una paciencia enorme.
De preferencia, alguien tan travieso como Huckleberry Finn, tan perspicaz como Watson y tan leal como Sancho Panza.
Definitivamente, ese no soy yo.
Pero quiero hacer el intento.
Por un lado, se lo debo por todo lo que ha hecho por Buenaventura.
Por el otro, mañana me llegará mi turno y quiero que algún hombre (no me pondré con exigencias) sea mi pareja no afectiva cuando la soledad me pida el divorcio, el cuerpo me pese y mis pisadas sean fútiles para el asfalto.
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*Salvatore Laudicina nace en Buenaventura (Valle del Cauca). Es Comunicador Social y Periodista de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Su amor por la literatura nace en la niñez. A la par con los juegos y travesuras, comienza a escribir sus primeros cuentos.
En su adolescencia, fortalece sus lazos con el arte de escribir en los ejercicios de redacción y escritura creativa que se realizaban en el salón de clases.
En sus días universitarios, participa en el concurso de literatura del departamento de idiomas de la institución, obteniendo premios y menciones en sus distintas ediciones.
Su cuento ‘La cabeza de Aristóteles (Después de leer y releer La mancha indeleble de Juan Bosch)’ forma parte de la Antología 2014 del taller RELATA del Ministerio de Cultura.
En 2016, publica su libro Las Muchachas Se Fueron. De Migraciones y Sentires: Sobre Poemas Afrocolombianos Que Cuentan Historias Y Construyen Sujeto Femenino, resultado de una investigación centrada en la poesía de Mary Grueso Romero para obtener su título profesional. Cabe destacar que el libro ha sido citado en ensayos universitarios de España y Brasil.
Su nombre forma parte del libro El país en una gota de agua (2016), publicado por la Universidad Javeriana de Bogotá y el Banco de La República.
Participa como miembro del equipo editorial y escritor en la Antología Vení, Te Leo (2021) de la Corporación Manos Visibles.
Ha sido colaborador de publicaciones impresas y digitales de Estados Unidos, Japón, Londres, México y Panamá.
Actualmente es coordinador editorial de la revista Eventos Magazine de Miami.
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