
Por Octavio Libreros*
«Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar…»
(Canción de la vida profunda, Porfirio Barba Jacob)
Señoras y señores,
Amigos de la poesía,
Hermanos del espíritu errante:
He venido hasta Angostura con el corazón abierto y la voz dispuesta a evocar a uno de los seres más singulares y estremecidos que ha dado esta tierra antioqueña: Porfirio Barba Jacob, el poeta del abismo y la alucinación, el hijo pródigo del viento, el profeta atormentado de una vida intensa y sin tregua.
Nació bajo el nombre de Miguel Ángel Osorio Benítez en Santa Rosa de Osos, pero pronto se despojó de los nombres comunes, como quien se libera de ropas viejas. Fue también Ricardo Arenales, Juan Azteca, Cálifax… hasta que se quedó con el más suyo de todos, el más mítico: el de Porfirio Barba Jacob. Ese nombre, como su poesía, llevaba dentro una tormenta, un dolor antiguo y una búsqueda incesante de sentido, de belleza, de eternidad.
Vivió como vivió su poesía: a tumbos, a saltos, a vuelos. Viajó por Colombia, Costa Rica, Guatemala, Cuba, México, Jamaica, Perú, y otros tantos rincones del mundo y del alma. Pero no buscaba geografías ni paisajes, sino la revelación. Era un errabundo del espíritu, un exiliado del amor, un peregrino del verso. No tuvo casa, ni patria, ni descanso. Su único hogar fue la palabra. Y en ella encontró la salvación y la condena.
Hay en Barba Jacob un temblor que no cesa, una angustia existencial que lo atraviesa como una llama. Su poema más conocido, «Canción de la vida profunda», es, más que una obra, un espejo hondo donde se reflejan sus fantasmas. En cada verso de ese canto hay una confesión, un susurro de desesperanza y, sin embargo, una sed insaciable de vivir, de sentir, de amar.
«Y somos en la vida instantes de un poema
de luz y sombra que en el pecho gime…»
Así vivió, entre la luz de la creación y la sombra del exilio interior. Enfermo de sí mismo y del mundo, maldito por algunos, venerado por otros, Barba Jacob fue —como bien lo escribe Fernando Vallejo en su estremecedora biografía— un mensajero. No de una buena nueva, sino de la verdad desnuda, del dolor humano, de la belleza terrible que a veces arde más que consuela.
Aquel que escribió diciendo que:
«Era una llama al viento y el viento la apagó…»
No solo hablaba del fin de su existencia, sino de su destino: ser fuego que no se contiene, voz que no se apaga, aun cuando el cuerpo haya sido ceniza. Porque sus cenizas también viajaron, como él: fueron de México a Medellín, luego al Banco de la República, después al Concejo de Santa Rosa de Osos, y sólo hace unos años llegaron finalmente al parque principal de su pueblo natal, donde un ave fénix, en piedra, lo abraza con su mito.
Ese recorrido póstumo es también poesía. Barba Jacob no halló reposo ni en la muerte. Sus restos, como sus versos, siguen viajando por la memoria de quienes lo leemos, de quienes lo evocamos esta tarde, aquí, bajo el cielo de Angostura.
Barba Jacob no fue un poeta complaciente. Fue áspero como la piedra contra la que uno tropieza en plena marcha; desgarrado, como una herida que no cierra; oscuro a veces, porque también la belleza habita en la penumbra del alma. Su vida fue un largo forcejeo con el mundo, con su tiempo, con su cuerpo, con Dios. Se enfrentó a todos los moldes que quisieron contenerlo, y los rompió uno por uno con la furia de quien sabe que la verdad nunca se dice en voz baja. Para él, la poesía no era adorno ni consuelo: era grito, era lanza, era revelación.
Vivió en guerra constante con los dogmas de su época, con las morales hipócritas que condenaban el deseo y exaltaban la mentira. No se escondió jamás. Su homosexualidad, su irreverencia, su alcohol, su tristeza, su rabia, su lucidez, todo lo mostró sin filtros. Era un hombre de extremos, y en sus extremos vivió. Su obra —tan íntima como universal— deja entrever los pliegues de su alma sin miedo a lo que otros pensaran. Porque Porfirio no escribía para complacer, ni para agradar. Escribía para decir, para exorcizar, para resistir.
En sus versos —y también en su cuerpo maltratado por la enfermedad, el hambre, el desamor y la errancia— se libra una batalla feroz por la libertad más esencial: la de ser uno mismo, a cualquier precio. Quiso sentir sin culpa, amar sin permiso, pensar sin ataduras. Y eso, en un mundo de máscaras, es un acto de valentía. Cada poema suyo es un acto de insurrección: contra la mediocridad, contra la vergüenza impuesta, contra la mansedumbre. Sus palabras no piden perdón. Queman, incomodan, despiertan.
Por eso fue tan temido como admirado. Porque hay quienes no soportan el espejo que Barba Jacob pone delante: ese en el que no hay disfraces, en el que se ve el temblor de lo humano con toda su crudeza. Sus poemas no acarician: estremecen. Su voz no consuela: despierta. Y en esa crudeza está su verdad más honda. La misma que a muchos escandalizó y que hoy, con los años, reconocemos como una luz necesaria. Porque la poesía que no sacude, que no incomoda, que no duele, no transforma.
Barba Jacob fue, en su vida y en su obra, un profeta marginal. No por falta de talento, sino por exceso de verdad. Como un clarín del abismo, su voz sigue resonando en los oídos de quienes se atreven a escucharla. Nos dice que hay belleza en la sombra, que hay dignidad en el deseo, que hay poesía incluso en la caída. Por eso, recordarlo hoy no es sólo un acto de memoria, es un acto de resistencia. Dejar que su canto siga vivo es negarnos a que nos impongan el silencio de los conformes. Porque el alma del poeta —como él mismo— no se arrodilla.
Barba Jacob también pasó por Cuba, la isla de la música y la melancolía, donde el trópico se hace carne y los poetas deambulan como fantasmas entre los cañaverales del alma. Allí, en La Habana, dejó huellas tenues pero imborrables, como quien besa un muro con la mirada. Cuba lo recibió con el mismo calor con que abriga al viento: sin promesas, pero con la complicidad de los que han nacido para cantar el dolor. Escribió, sufrió, bebió la sal del mar y el humo del tabaco, y dejó en esas tierras versos dispersos como hojas en la brisa de un ciclón.
Yo caminé por esas mismas calles, muchos años después. Fui a La Habana como quien va en busca de un espectro amado, y en la Biblioteca Nacional José Martí, entre estantes que huelen a tiempo y páginas que crujen como hojas secas, encontré su voz. Allí estaba, impreso en revistas polvorientas, su canto de poesía: enredado en tipografías antiguas, aún latiendo. Lo tomé con reverencia, como se toma el corazón de un ser querido, y lo guardé conmigo. Desde entonces, esas hojas amarillentas me acompañan como talismanes, como faros.
Luego caminé por el Malecón, cuando la madrugada aún no se atrevía a ser día. La brisa me acariciaba como una madre ausente y sentí una presencia. No iba solo. Vi su sombra —sí, la de Barba Jacob— junto a otra sombra, la de Federico García Lorca. Ambos miraban el mar con una tristeza antigua, esa que no nace del cuerpo sino del alma. Estaban allí, sin tiempo, llorando un canto que no tenía palabras, sólo olas. Un canto que nacía de la espuma y moría en los arrecifes, como un poema que no puede escribirse, sólo sentirlo.

La Habana, en ese instante, no era ciudad, sino poesía. Era un escenario de almas que aún no descansan, que siguen vagando, buscando quien las escuche. Y yo escuché. Escuché a Barba Jacob diciéndome con su mirada de viento: «no te olvides de nosotros, no permitas que el silencio nos borre». Y yo le prometí eso mismo que hoy cumplo aquí, en Angostura, en esta voz que no es sólo mía, sino también suya, que viene cargada con el rumor del mar y la tinta desvanecida de sus versos cubanos.
Porque la poesía es eternidad disfrazada de palabra, y los poetas no mueren si alguien los recuerda, si alguien los lee, si alguien los ve entre sombras caminando por el Malecón antes del amanecer. Y yo los vi. Lo juro. A Barba Jacob y a Lorca, como hermanos del dolor, como amantes del canto. Y desde entonces supe que hay lugares donde la poesía no se escribe, sino que respira. Y uno de esos lugares fue, y es, La Habana.
Hoy, sin embargo, su nombre es bandera de la poesía latinoamericana. Sus versos han sobrevivido al olvido, y su figura crece con el tiempo. Porque, al final, el poeta no muere si su palabra vive. Y la palabra de Barba Jacob, aunque herida, aunque dolida, sigue siendo canto. Un canto hondo, trágico, hermoso. Un canto que nos recuerda que estamos vivos, que somos polvo en el viento, pero polvo que canta.
Y sin embargo, ¿cómo se despide uno de un poeta que nunca ha dejado de caminar? ¿Cómo poner punto final al eco de una voz que sigue resonando bajo la piel del idioma, en la ceniza de las madrugadas, en la huella fantasmal de una mano que escribió con sangre el dolor y la gloria de estar vivos?
Yo no vine sólo a contar su historia. Vine también a confesar la mía. Porque un día, en Bogotá, salí a buscar esa mano. No una metáfora, no un símbolo. La mano real del poeta. Aquella de la que hablaba Fernando Vallejo, impresa en un viejo ejemplar de El Espectador. Y no fue un simple acto de curiosidad: fue un acto de amor. De necesidad. Como si en encontrar esa huella, yo pudiera comprender mejor los abismos de su alma… y los míos.
Y la encontré. Después de horas infinitas de búsqueda en la Biblioteca Nacional, hambriento, desvelado, con el corazón latiendo como un tambor viejo, allí apareció: la mano del poeta que se suicidó tres veces, como tú mismo la llamaste. La llevé conmigo aquella noche bogotana, bajo la lluvia, apretada contra el pecho, como si me llevara una reliquia sagrada. Y tal vez lo era. Porque hay manos que no tocan: escriben el destino de los que amamos la palabra.
Luego se la entregué a Vallejo. Porque comprendí que esa mano no me pertenecía. Me la había prestado, sí, por unas noches de insomnio y vino. Pero le correspondía a quien lo había resucitado con su biografía feroz, a quien lo hizo mensajero inmortal en medio del polvo. Yo sólo fui un peregrino más, uno que, como ustedes hoy, no ha querido —ni ha podido— olvidarlo.
Por eso estoy aquí, ante ustedes, con la voz temblando de recuerdos y versos. Porque Barba Jacob no ha muerto. Vive en nosotros, en nuestras búsquedas, en nuestras nostalgias, en nuestras heridas. Vive en la hoja seca que cae sobre el alma tranquila y en el viento que no deja de moverse. Y esta noche, como tantas otras, volverá a sentarse al filo de mi cama, a fumar en silencio y a hablarme del día en que —por fin— levemos anclas… para jamás volver.
En esta tierra antioqueña, en esta tierra de niebla y lucidez, de silencio y arrebato, es justo y necesario recordar a Barba Jacob. No como una estatua o un nombre de calle, sino como lo que fue: un corazón ardiente que nos enseñó a mirar dentro del alma sin temor.
Quiero cerrar estas palabras con una imagen: la de la copa de plata, obsequiada por el gobierno mexicano, que contiene sus cenizas. Allí reposa, sí, pero también resplandece. Como si en esa urna no estuviera un cuerpo, sino una llamarada. Y cada vez que alguien se asoma a ella, se enciende de nuevo el fuego.
Que nunca dejemos de leerlo.
Que nunca dejemos de evocarlo.
Que Barba Jacob siga siendo, para nosotros,
el poeta de la vida profunda.
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El presente texto fue el discurso dado por el autor en la Casa Museo Porfirio Barba Jacob, el 23 de abril de 2025.
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Diario Semanario es un espacio dedicado a la crítica, los ensayos biográficos y la comparativa entre obras literarias a cargo de Octavio Libreros.
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*Octavio Libreros nació el 4 de octubre de 1990 en San Juan de Pasto, al suroeste de Colombia. Es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Nariño, Colombia; Especialista en Literatura Comparada por la Universidad de Antioquia y Magister en Educación por la Universidad Cuauhtémoc de México.
En su desarrollo profesional se ha dedicado a estudiar y analizar la vida y obra de Fiódor Dostoievski, lo que le ha permitido dar conferencias y ponencias en la embajada cultural de Rusia en Colombia: Instituto Lev Tolstoi, Centro de Estudios Clásicos y Medievales (CESCLAM) de la Universidad de Antioquia, Biblioteca Virgilio Barco de Bogotá, Feria del libro de Bogotá —FilBo 2019 y Feria del Libro de Pasto 2021—. Su primer libro publicado sobre el escritor ruso se titula «Dostoievski entre su crimen y su castigo» y es un estudio que profundiza en los elementos creativos y estructurales de la obra Crimen y Castigo. Su actual trabajo literario «Mi Dostoievski», antología de ensayos dedicados a la comparativa crítica y literaria, con elementos de psicología, filosofía y metafísica, sobre conceptos como el amor, la muerte y el parricidio en las obras del escritor ruso, fue presentado en la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patrice Lumumba de Moscú. Dicha obra cuenta con prólogo del Doctor Gerardo de la Fuente Lora, docente de la Universidad Nacional Autónoma de México, y presentación de los doctores José de Jesús Herrera Ospina, Filósofo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Colombia; y Nelson Ramiro Reinoso Fonseca, investigador becario CONACYT de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
