
Por Mónica Quintero Restrepo*
El amigo que me recomendó el libro me dijo: leételo que es muy malo. Y yo me lo leí, sabiendo la advertencia, y reafirmando las notas que dejó en papeles azules: qué cantidad de clichés, buehhhh, yo no quiero esta autocomplacencia, ¿en serio?, tremendo clímax desperdiciado.
Cuando uno ha decidido escribir, hay una verdad (un cliché casi) que es ineludible: leer. No se puede ser un escritor sin ser un lector. Y cuando empiezas a leer escribiendo, las lecturas ya son otra cosa: una mirada a ver qué hizo el otro, cómo lo hizo. Es una comparación, un aprendizaje e, incluso y por supuesto, una copia. El año pasado leí Actos Humanos de Han Kang. El segundo capítulo me dejó perpleja: ¡fueputa! Qué voz tan tremenda, qué idea, qué cosas me está haciendo sentir, cómo alivio esta tristeza que se entró con ese personaje, con esa voz que habla, que te muestra, que te susurra. Qué envidia. Cuándo haré algo así. Fue el mejor libro que leí el año pasado. Después leí otro de ella que me gustó mucho, Imposible decir adiós, incluso parecido, que también recomiendo, pero sin destronar a mi favorito.
Leemos, entonces, para encontrarnos con otros que ya pasaron por ahí. Por eso también es importante leer libros que no lo lograron, que son la antítesis de lo que queremos, el ejemplo de qué no hacer. No tengo el valor de poner el nombre del libro, y eso me hace una cobarde, por supuesto, pero es que no importa: de ahí también viene mi reflexión. De la incapacidad de estos tiempos de hacer crítica.
Cuando escribía en un periódico, no hacía crítica porque sabía que si hablaba mal de un libro, el escritor no me iba a dar entrevistas después, y yo necesitaba las entrevistas no solo porque me encanta entrevistar y hacer preguntas, sino también porque era mi trabajo. Así que yo hacía reseñas, que es lo que hace mucha gente, de los libros que me gustaban, y seguía feliz entrevistando escritores. No somos una sociedad lista para escuchar hablar mal de nuestro trabajo.
Lo que me pasa ahora se llama, en cambio, miedo a crear un maleficio: que lo que voy a criticar lo termine haciendo porque no fui capaz de escribirlo distinto. Y ajá.
Sin embargo, para eso es que leemos libros malos: para crear una consciencia de ello.
El libro es sobre el padre. A la escritora, y a sus hermanos, la abandonó el padre cuando era niña. Era alcohólico. El libro es una búsqueda por ese padre antes de que se muera. Y quizá eso es lo que más me frustró: hay una historia importante detrás, que además es una historia que le ha pasado a muchos, lo que para mí significa que es importante contarla. Leemos, muchas veces, para sentirnos acompañados en nuestras tristezas y dolores: no me pasó solo a mí.
Pero luego, bien lo dijo mi amigo, qué montón de clichés. Todo el tiempo sentí un afán de la autora por mostrarse distinta, miren todo lo que pasé y miren hasta dónde he llegado. Porque en este libro no solo hay un padre ausente, también hay pobreza, una mamá luchadora, un accidente, varias tragedias, muchas necesidades, una muerte y, de una manera muy fácil, perdón: y digo de una manera muy fácil porque al padre se le encuentra fácil y se entiende fácil lo que hizo y se le perdona fácil. Hay más trabajo en opinar sobre sus sentimientos y sobre el mundo, por mostrarse fuerte y luchadora y capaz de ser. Supongo que no está mal, pero es la forma. Es el tonito. Y eso cansa y molesta: el tono es victimista. Si tuviera que resumirlo, diría: empalagoso. Chocante quizá es más preciso.
Luego voy a Goodreads y el promedio es de 4.4. Hay gente a la que le ha gustado. Y lo entiendo: porque la ausencia del padre es un tema que nos toca a muchos, y uno quiere encontrarse con otros, ya lo dije, en el dolor. Pero qué mal lo hacemos, a veces, y en una industria que necesita historias así, pues las deja pasar. Dónde está el editor que le hizo preguntas, que le subrayó los clichés, que le sugirió que reescribiera, que le dijera que ese final es perfecto para una carta a un padre, pero no para un libro con tremenda historia.
Supongo que esta es la reflexión que más me interesa: la autoficción, o las historias basadas en nuestra vida, en caso de que no estén tan ficcionalizadas, son necesarias, y sobre todo en un país como Colombia, donde hay tantas tragedias. Y si bien hay una industria que las quiere, porque hay unos lectores que las necesitan, el esfuerzo es de los autores: cómo las vamos a contar, por qué las vamos a contar, por qué nuestra historia le podría interesar a otros, por qué esa anécdota tan particular podría tocar a alguien más.
No lo sé. De todas maneras, estamos limitados por las capacidades individuales. Sin embargo, por ahora mi respuesta está en leer y en reescribir. En tratar de hacer lo mejor que se pueda con esto que hay adentro. Solo que a veces me parece que escribir se ve como un oficio fácil, que se trata solo de juntar letras, sentir algo y contar, y eso tiene éxito porque estamos llenos de lectores que necesitamos abrazarnos y sentir juntos, y llorar juntos, cosa que es valiosísima, pero que por lo mismo —y quizá soy muy ilusa— necesitamos libros que no solo se preocupen por la historia, sino por la forma, que sean un todo en la manera de contar nuestras tragedias.
* * *
Sobre «Gatos y Cronopios»: Soy Mónica Quintero Restrepo, también Camila Avril. Depende del día y de lo que escriba. En esta columna aparecerán libros, relatos, gatos, recetas.
Bienvenidos a esta cocina de letras.
____________
*Mónica Quintero Restrepo es Magíster y candidata a doctorado en Escrituras Creativas de la Universidad de Iowa. Tiene un alter ego que es Camila Avril. Le gusta ser cualquiera de las dos. Es periodista cultural, máster en Hermenéutica Literaria y aprendiz de pastelera. Escribe poemas, a veces relatos y ahora un libro fragmentario sobre el papá muerto. Publicó el libro de poemas «Tal vez a las cinco» con Sílaba Editores en 2022.
