
Por Wilfer Alexis Yepes Muñoz*
«No puedo hablar con mi voz sino con mis voces»
(Alejandra Pizarnik)
Hace un tiempo —el intenso, aquel que no mides, padeces, y puede parecer mucho— no escribía una sola línea. Igual que un gorrión necesita tiempo para batir sus alas y lanzarse al vacío, fui presa del nido de un silencio ignorante. Pero, a diferencia del gorrión que parece más libre, yo me sumía en diarios de campo, abstracciones y laboratorios, esa normalidad que transforma la vida en un jugo rancio e insoportable. Respiro profundo cuando cierro la puerta y abandono el delantal, y siempre que puedo, busco una sombra bajo los eucaliptos de este valle donde bullen esos aires indígenas de mis ancestros.
También visito las librerías con cierta regularidad. No te conté antes que cuando recibí mi grado, era difícil conseguir un trabajo como docente, y mi primer lugar en el mundo fue de librero. Al principio, sentía que esas alas de la palabra se disipaban en las constelaciones de los anaqueles; conocí buenas traducciones de los autores que aprendí a amar cuando era un asiduo aprendiz de algo. Yo era el encargado de revisar los libros nuevos, estrategia de mis jefes para que memorizara su valor de cambio.
Hace ya unos quince años comencé a tejer mi biblioteca. Te diré que las bibliotecas se ‘tejen’, porque sus libros se van tornando en los retazos de las vidas que te van tocando. La mitad de mi salario la gastaba en libros. Recuerdo que los apilaba como edificios en un viejo escritorio que me regaló mi abuelo, y cierto día cuando mi madre pasaba trapeando con esa obsesión con que suele hacerlo, ¡los derrumbó todos! No estaban seguros allí. Hasta lloré como un niño de verlos ultrajados por la trapera, más vulnerables de la cuenta. La mejor hora del día era cuando podía ubicar mi silla junto a la ventana con uno de esos amigos. Ahí era yo, querida A.; es más, pensaba que mi vida clareaba únicamente cuando leía.
No he terminado de contarte lo que ocurrió con ellos. Un día pude conseguir que el camión de la basura no se alzara con el esqueleto de un escaparate donde los ubicaba por tamaños, pero la biblioteca se fue llenando con ellos, con la gravedad simbólica que suele acompañarlos, hasta colapsar. Nada hacía más vivibles los días que levantarme y contemplar ese paisaje humano, conjetural y lingüístico. Cuando no podía conciliar el sueño, encendía una linterna y, cual fantasma sediento de realidad dantesca, kafkiana, borgeana, cortazariana, entraba en los universos expresivos de las novelas, los poemas malditos y los tratados filosóficos, esos que solo se dejan leer cuando la manecilla baja un cierre y abre un portal. Me preguntarás cuál fue el primer libro que compré. Es un recuerdo muy vago, creo que lo compartí con la única amiga que tengo. Se parece mucho a vos.
En los textos de teoría, incluso en las clases de hermenéutica y filosofía del arte, los profesores vociferaban sin cansancio la distinción taxativa entre ficción y realidad. ¿Puedo darme el permiso de tachar sus bordes? ¿Acaso la realidad que describen los fenomenólogos se obstruye cuando hablamos de literatura? Siempre llevo esa pregunta como una marca en la frente. Nunca creí en ese presupuesto. En esos mundos de expresión pervive algo, oculto todavía, sin lo cual no podemos vivir. Yo no podría vivir sin ficciones, no porque huya, sino porque el reino de la obra de arte responde a una necesidad humana al igual que la necesidad de explicación, que concretizan los arrojos del científico con sus máquinas de ver y sus cálculos.
Creo que conociste a Sabato. Cuando leí El túnel comencé a sentirme como Juan Pablo, el asesino de su arte. Siempre he ondulado entre el silencio de la creación y el bullicio de la explicación. Él se sentía tan esencial ante esa obra, que la veía como una piel herida, la piel de su cuerpo. Así pasa con la literatura, se alza desde el abismo de una voz trémula, y sabe que finge, pero cuando leemos, ya no somos los mismos. Es una suerte de colección de mundos que se escriben para uno y que transfiguran nuestra manera de morar en esta realidad mascarada, tan extraña y falta de curva a veces. Yo no podría vivir sin ficciones, no concibo la vida sin Safo de Lesbos, sin la poesía de Borges, sin los ensayos de Sabato; mucho menos sin El túnel, sin los fantasmas de Sobre héroes y tumbas, y la odisea hacia el corazón del hombre que revitaliza a Sabato-personaje en Abaddón, el exterminador.
En mi segunda travesía académica, amada y esquiva A., probablemente impulsado por esos poemas tristes que nublaron mi razón, tus cuchillos, tus jaulas, tus sombras, esa mirada triste de la carátula de tus diarios, Sabato, su obra, esos mundos de conjetura, me permitieron encontrar un puente, al menos frágil, entre la literatura y la filosofía, mis dos grandes ardores.
La literatura con sus fingimientos es lo que queda cuando los seres humanos no pueden soportar sus abstracciones y sienten asco de su propio mundo. Yo también lo he sentido doblemente cuando leo a Oscar Wilde, pero puede más mi esteticismo, ese conocimiento creativo que nos hace escribir un informe paródico como el Informe sobre ciegos. La literatura, esa que leo sin falta, me despierta y me anestesia. Ella ha inspirado los pocos libros que he escrito. Ciertamente, o son ensayos, o son poemas. Debo proseguir con el pulido de mis tijeras, artilugios favoritos que regresan desde el fondo de mi escritorio. Con las mismas palabras nacerán unos cuantos más, que prefiero intensos y pocos como los de Juan Rulfo. La escritura es un modo de reinventar a la humanidad sin paliarla.
En esta lejanía y al compás de esta lluvia implacable… con este temblor en las manos, me despido. Siempre tuyo, muerte de tus muertos, querida A. P.
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*Wilfer Alexis Yepes Muñoz (Medellín, Colombia, 1985). Es Doctor en Filosofía (2015), Magíster en Filosofía (2013), Filósofo (2007) y Licenciado en Filosofía y Letras (2012) por la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín). Se ha desempeñado como docente de cátedra y como director de trabajos de investigación posgradual en la facultad de Filosofía de dicha institución. Áreas de investigación y docencia: filosofía contemporánea, filosofía del arte y estética, hermenéutica, teoría literaria, pensamiento y literatura latinoamericanos, y la relación filosofía-literatura.
De su pasión por la literatura y la filosofía han surgido numerosos artículos para revistas académicas indexadas y entre sus libros destacan ‘Lo humano como ficción. El pensamiento mágico de Ernesto Sábato’ (2017) y ‘Hacia una estética del conocimiento’. ‘El conocimiento como creación en la perspectiva de Nietzsche’ (2015). También publicó tres poemarios: ‘Reflejos en el agua’ (2013), ‘Adjetivo de límite’ (2014) y ‘Un espejo en el centro del mundo’ (2023).

Wilfer, me encanta leerte; transitar por los caminos que imprimes, cargados de imágenes, simbolismos y disertaciones. Me encuentro en tus líneas, en aquellas, que a su vez, resuenan con otros autores y con los personajes que encarnamos en los libros que habitamos y que, después, nos habitan al de darles vida.
Wilfer, hilas un texto muy bello, sostenido por una escritura pulcra, sentida, honesta y profundamente vivencial.
Toda mi admiración.
¡Felicitaciones!
Wilfer; hermano. Muchas gracias por compartirme este escrito; un texto que no se lee, se habita; se atraviesa como quien entra en un bosque donde cada palabra es un árbol con raíces antiguas. Que esencia para reflejar en tu escritura una respiración profunda, casi telúrica, que recuerda que el lenguaje no es un instrumento, sino un hogar.
Me sentí divagando, en esencia, en una poética de la necesidad. Escribes porque no hay otra forma de estar en el mundo. Porque entre la ciencia y la literatura, entre el laboratorio y el eucalipto, elegiste no resolver la tensión, sino vivir en ella. Y eso, precisamente eso, es lo que hace que tu voz sea auténtica.
Te felicito no por escribir bien, porque sabes que lo haces maravillosamente y eso sería decir muy poco, sino por escribir desde un lugar donde la palabra todavía tiembla. Donde aún duele. Donde aún transforma.
Sigue tejiendo por favor. Porque en cada hilo que nombras, también nos estás nombrando a nosotros los que amamos la palabra.
Wilfer
Es un verdadero placer leerte, cuando fueron pasando los días en biblioteca fui descubriendo tu sensibilidad, tus deseos de aprender y tus primeros pasos en la escritura.
Tus sombras siempre están tejidas. Ahora has tejido tu biblioteca y tus propias palabras y la construcción es hermosa, encantoramente visceral, desde el fondo.
Felicitaciones
Que artículo tan bien logrado. Es un orgullo conocerte de forma personal y acceder a su conocimiento. Betty Sosa
Tan profundo y sincero profe Wilfer. Me encantó el inicio 👏🏻👏🏻
Que bien
Felicitaciones