EL CANON DE GUILLERMO CANO

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el canon de guillermo cano

Por Julián Silva Puentes*

Ser un abogado freelance que escribe quimeras a cambio de aplausos me ha llevado al lugar en el que me encuentro ahora: ninguno. Ninguno es un pronombre indefinido. Decir que se es un pronombre indefinido no es señal de baja autoestima, sino de impotencia frente a las circunstancias de la vida (sum nemo, sum nihil). Terminar de trabajar y que te maten camino a casa es una de esas circunstancias de la vida.

Las balas que mataron a Guillermo Cano el 17 de diciembre de 1986 no fueron circunstancias de la vida. Los rumores del pasado delictivo del Representante a la Cámara Pablo Emilio Escobar Gaviria (1983) circulaban en el Congreso, sin embargo, nadie los confirmaba. Cierto día de 1983 alguien encontró la ficha policial del arresto en 1976 de Escobar Gaviria. Guillermo Cano, el director del diario El Espectador, publicó la noticia.

En la década del 80 y hasta su muerte a mediados de la misma, Guillermo Cano habló de la paz. Habló tanto de ella que debía hablar de los seres irracionales e inferiores que la impedían:

«Hemos formado siempre la parte débil e inerme del ejército de la paz porque tiene que existir alguna diferencia que distinga, en la sociedad humana, entre quienes le rinden culto a la fuerza y quienes le rinden culto a la inteligencia del hombre que es, al final de cuentas, lo que los separa de los seres irracionales e inferiores».

La columna de Cano en El Espectador se titulaba «Libreta de apuntes». Dedicó mucho tiempo (tinta) en hablar de la paz. El presidente de Colombia se llamaba Belisario Betancourt y quería hacer la paz con los grupos armados FARC, el ELN y el M19. Todos los candidatos a la presidencia en 1981 hablaron de la paz. En 1982 Colombia no era diferente del 2025. En 1982 los grupos rebeldes secuestraban y ejecutaban a civiles, militares y políticos. El narcotráfico hacía lo mismo, pero desde las sombras. Guillermo Cano sacó de allí a Pablo Escobar y a sus amigos terribles. Los sacó de las sombras para llevarlos a la luz que ilumina todos nuestros pecados (Caroline, no vayas hacia la luz).

* * *

Denunciar el pasado es muy fácil. Mi columna anterior la titulé «Violentia» y en ella hice un recuento del prontuario macabro de mi país. No es lo mismo hablar de Pablo Escobar en 2025 que en 1983. La década de los 80 en Colombia fue particularmente buena para los narcotraficantes. Mi país, y especialmente Medellín, se ganó el laude del lugar más peligroso del mundo. A nadie le importaba que el escritor Fernando González (propuesto para el Nobel de literatura) fuera de allá. O que el Nadaísmo naciera en sus calles y que al padre del autor del «Olvido que seremos», Héctor Abad Faciolince, un médico y educador, lo asesinaran bajo su mismo sol.

A nadie le importaba que la gran mayoría fuera, tal y como decía Guillermo Cano: «el débil e inerme ejército de la paz». El día de hoy 5 de diciembre de 2025, la gran mayoría de este país olvidado de Dios «le rendimos culto a la inteligencia y al espíritu del hombre que es, al final de cuentas, lo que nos separa de los seres irracionales e inferiores».

Antes como entonces, la gran mayoría somos ciudadanos de a pie que enfrentamos los enormes retos de la vida sin hacernos de lo que no es nuestro. Sin importar lo mal que lo pasemos, lo difícil que sea llegar a final de mes, recibimos los golpes de la vida con estoicismo ingenuo. Tememos dañar a quien sí lo tiene todo. Creemos en el concepto de karma, así tal cosa se aplique únicamente a los pobres diablos de tu estilo. Para mal o para bien no rendimos culto a la fuerza, a la trampa o a la ventaja que da el privilegio.

La vida me ha dado el honor de tener quién lea mis «crónicas». Dos o tres personas no serán mucho para Pablo Maurette (ganador del Herralde de 2025), pero espero no se pierdan en el olvido. Yo pretendo vivir para siempre, ergo, no moriré jamás. A Guillermo Cano le dispararon hasta matarlo, pero no consiguieron quitarle la vida. Espero conseguir lo mismo cuando me llegue la hora. Cuando me llegue la hora de vivir para siempre con ayuda de mis palabras.

* * *

Hace unas semanas, doscientos motociclistas lincharon a un hombre en Bogotá. Éste hombre, minutos antes, atropelló a unos cuantos de esos motociclistas. Tomó su jeep y los persiguió y los pisó y los arrastró. Los familiares del ajusticiado aseguraron que tenía problemas mentales. Un par de siglos atrás, antes de Freud, los problemas mentales se atribuían al Diablo. La gente no estaba loca sino poseída. El hombre del jeep debía estar poseído. Los doscientos motociclistas también. Estaban poseídos por la estupidez y la venganza de la turba anónima. El hombre del jeep estaba poseído por su terrible mundo interior.

Esto último es lo que me da más miedo: cuando sales a la calle a enfrentarte con el mundo, debes lidiar con el mundo interior de miles de locos furiosos. Nunca sabes cuál de ellos podrá atropellarte con su jeep porque algo en ti le recordó un suceso difícil de su vida. Nunca sabes cuál escrito será el último de tu vida.

Cuando publiquen este escrito, el 17 de diciembre habrá pasado. Cronopio y yo estamos destinados a perdernos el uno del otro, como el sol y la luna. Hoy, mi día de hoy (no el de Cronopio), es el 7 de diciembre de 2025. En Colombia celebramos «el día de las velitas» en conmemoración de la concepción sin pecado original de la Virgen María. El 17 de diciembre a las 7:15 p. m. de 1986, Guillermo Cano salió del edificio del Espectador. Media hora antes puso punto final a la última crónica que escribiría en su vida: «Navidades negras». No importa la experiencia que hayas tenido en tu paso por el mundo, si eres joven o viejo, rico o pobre: nunca estás preparado para la muerte. La muerte violenta se da en las películas y siempre respecto de héroes y villanos. En el mundo real, el mundo de las cosas concretas, no existen actos heroicos que conduzcan a la muerte. En cierto sentido sí los hay, pero morir para quien experimenta la muerte, no comprende ningún heroísmo. Que te impacten nueve balazos en el pecho después de completar la tarea que da de comer a tu familia, tiene tanta dignidad como liberar los esfínteres cuando partes rumbo a lo desconocido. No hay dignidad o romanticismo en un cuerpo defenestrado (vitae). Todo lo que existe después de la muerte es materia en descomposición y el dolor de la gente que algún día te amó.

En su último escrito (Navidades negras), Guillermo Cano habló de los días navideños como los mejores que le son dados a disfrutar a un hombre. Quiso transmitirle esa herencia de amor y afecto a sus hijos: «Ahora, cuando disfruto de mis cinco nietas que creen en el niño Dios y que no han perdido todavía el prodigio de la ingenuidad que les permite vivir estos días como entre sueños alegres y maravillosos, mi espíritu se inunda de satisfacciones personales indecibles».

Ese 17 de diciembre de 1986, el último que viviría en este mundo, habló de la muerte de Amparo Hurtado a manos de su propio hijo. Amparo Hurtado de Paz era corresponsal del Espectador en Miami. Así como la muerte de Amparo, cuyo segundo apellido contradice el suceso que le quitó la vida, «la violencia mancha de sangre casi todos los rincones de la patria». Eso dijo en su última columna Guillermo Cano a quien nunca conocí porque tenía seis años de edad y no había perdido el prodigio de la ingenuidad.

Ser un abogado freelance que escribe quimeras a cambio de aplausos no me exime de la ingenuidad que ha entorpecido mi vida hasta este momento. Hoy tanto como ayer creo en el poder de la palabra escrita. Que haga buen uso de ella o no, es tema para otra crónica. Guillermo Cano creía en el poder de la palabra porque esperaba contagiarnos con ella. Esperaba contagiarnos con su esperanza ingenua. Esperaba mucho de nosotros. Esperaba que fuéramos mejores personas. Mejores ciudadanos. Mejores amigos.

* * *

Es difícil dejar de contagiarse con el ánimo de la navidad. Hoy 7 de diciembre de 2025 la música navideña se escucha en las calles y en las casas. En la noche los estallidos de pólvora anuncian lo que será el 24 y después el 31 de diciembre. Las cosas no son como cuando eras niño, pero todavía es posible recordar la emoción de los regalos, la comida y la música navideña. En diciembre nada malo puede ocurrir. Ya retomarás los asuntos urgentes del mundo en enero. En diciembre serás feliz. En diciembre bailarás, beberás e intercambiarás presentes con tus seres queridos.

El 17 de diciembre de 1986 Guillermo Cano se disponía a celebrar las novenas con su familia. Se despidió de algunos periodistas que seguían en las oficinas del Espectador. Hablaron de fútbol y de apuestas de este y de otro equipo. El hijo de Guillermo, Juan Guillermo Cano Busquets miró a su padre como diciendo «nunca sé qué te va a pasar, papá, cuando sales, si vas a volver a casa en la noche». De hecho, estas palabras las dijo el mismo Guillermo en la última entrevista que dio en su vida el día anterior.

La periodista Cecilia Orozco llegó al Espectador con su equipo el 16 de diciembre de 1986 después de las cinco de la tarde. Guillermo le preguntó cuál era el objeto de todo ello.

«El círculo de periodistas de Bogotá me contrató para realizar el programa que presentará durante la ceremonia de entrega los premios de periodismo», respondió Cecilia.

Se dijo después que ese mismo día los sicarios tenían planeado asesinarlo. Al final desistieron por la posibilidad de que los filmaran.

«El tema central —continuó Cecilia—, es el de reflexionar sobre las múltiples presiones que sufren los medios, incluyendo las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas».

«En nuestra actividad uno nunca sabe, cuando sale, si va a volver a casa por la noche», le respondió Guillermo.

Cecilia Orozco diría después que esperaba encontrarse a un hombre fuerte, de gran estatura (del tamaño de su valentía). En lugar de eso, tuvo frente a sí a un hombre con aspecto de abuelo apacible. Un día después la valentía de este hombre le daría el aspecto de alguien que ya no está más allí, como una casa abandonada con las ventanas rotas y la puerta desvencijada.

De haber sabido que moriría un día después, sus palabras hubieran sido diferentes. De amor para su familia y de valor para el resto de nosotros. Pero, Guillermo Cano era tan sólo un hombre que imprimía su valor en el papel para que pudiéramos conocer los peligros que se avecinaban. Ninguna muerte es heroica para quien la sufre. Guillermo no era un héroe de Hollywood ni el vengador enmascarado de Bob Kane. Cecilia Orozco lo describió como «un abuelo apacible» porque eso es lo que era: padre, esposo, abuelo y amigo.

Gabriel García Márquez era su amigo y la persona a quien llamaba cuando sucedía algo terrible en Colombia. Cuando le dijeron que lo habían asesinado, a su amigo Guillermo, García Márquez tuvo el impulso de llamarlo «para que le contara la noticia completa, y para compartir con él la rabia y el dolor de su muerte». En 1987 el único Nobel de literatura que tiene Colombia dijo esas palabras en el primer homenaje de la muerte de Guillermo.

Lo llamo «Guillermo» sin el apelativo «don», porque siento como si fuéramos amigos. Después de un mes de leer su «Libreta de apuntes» y apartes de su historia, siento como si fuera mi amigo. También yo quisiera llamarlo para preguntarle si es cierto que Colombia está igual que en el año de su muerte.

Si se ignora la fecha de los artículos de mi buen amigo Guillermo, podrían leerse como piezas de actualidad. Como una fotografía espantosa en la que nada cambia, nada avanza, nada retrocede.

¿Con cuál fotografía se habrá quedado antes de partir? Una de su familia en navidad seguramente. Otra de la vez cuando se convirtió en director del Espectador a los 27 años. Apretarle la mano a Gabriel García Márquez después ganar el premio Nobel de literatura en 1982 debió ser otra. ¿Cuántas fotografías pueden caber en las almenas de los recuerdos de una persona? ¿Novecientas mil? ¿Siete mil novecientos ochenta y seis millones? En mi álbum de fotografías abundan los momentos malos como los buenos, pero elijo quedarme con los segundos porque al menos eso está en mi control. En realidad no lo está, pero cada vez que me detengo a pensar en todas las cosas maravillosas que me han sucedido en la vida, sonrío con la ingenuidad de los niños mientras termino este escrito. No quiero irme nunca de este mundo, pero cuando lo haga, cuando por fin me llegue el momento, espero perderme en la fotografía que me haga mirar atrás y sentir que todo valió la pena. Que fue una vida que merece ser recordada por las tres o cuatro personas que conocen mi nombre.

Tal es el legado de Guillermo Cano, un hombre de baja estatura con aspecto de abuelo apacible a quien le tocó la difícil tarea de enfrentar lo peor que tenemos para ofrecer al mundo. Yo lo recuerdo con bien a pesar de que no lo conocí. Lo recuerdo como a las fotografías de mi abuelo Puentes bailando con mi abuela en alguna fiesta navideña de los 50. Murió un mes antes de que yo naciera, pero escribí su historia para recordarlo por siempre. Esta pequeña «fotografía» de Guillermo Cano la escribí para que tú lo recuerdes también y le hables a otros del sacrificio que un hombre sin ínfulas de héroe hizo en nombre de la verdad, armado con su Olivetti del 57 y la esperanza del mundo que no alcanzó a vivir para contar su historia. Del mundo que ni tú ni yo hemos vivido para contar la historia de la vez cuando el infierno habitó esta tierra y cierto día de diciembre el sol brilló tanto que hasta las intenciones más oscuras se quedaron sin sombra.

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* Julián Silva Puentes es abogado de la UNAB de Bucaramanga (Colombia). Vivió tres años en Australia, donde hizo un diploma «in Bussines». Tiene una novela publicada con la editorial independiente Zenu titulada «Pirotecnia pop», la cual presentó en la FILBO de Bogotá en 2011, 2013, 2017, la FILBO de Lima 2011 y la de Guadalajara 2013. Tiene cuatro cuentos publicados en la revista Número: «El reloj de cuerda» (2006), «Cadencias de un clima sario» (2008), «Feliz viaje señora Georg» (2009) y «El loco Santa» (2010). Fue finalista del Floreal Gorini Argentina con «Las tetas fugaces de Marielita Star» de Argentina (2015), y del Oval Magazine con «Gretchen’s pink pantis», el cual fue publicado en la revista el Malpensante en 2019 con el título «los calzones rosa de Gretchen». El cuento «mi alma por una confesión», fue publicado también por el Malpensante en 2018. La compilación de crónicas de viaje y cuentos titulado «Que me lleve el diablo si me voy de la luna», fue publicado por la editorial Zenu en 2018, cuya presentación en la Feria internacional del libro de Bogotá, se dio en los años 2018 y 2019. Se trata de una serie de artículos de opinión que escribió para la Revista Dossier y la editorial Zenu, cuando estaba en Australia, cuyo tema es la vida de los inmigrantes en AU, los trabajos que hacen para vivir, etc. En ese libro, a manera de bonus track, añadió el par de cuentos «Las tetas» y «Los calzones». La biblioteca digital «El libro total» de Colombia publicó, entre otros escritos, «Los calzones rosa de Gretchen» en formato de audiolibro. En la actualidad trabaja como abogado en Bogotá y prepara una novela que condensa los secretos de la creación del mundo, así como la manera de viajar en el tiempo. Es columnista de la revista Cronopio con «El salto» desde el año 2018.

2 COMENTARIOS

  1. El escritor Julián Silva se esta haciendo de un nombre con estas grandiosas crónicas. Lo llevo siguiendo desde el año pasado y me impresiona cada vez más. Siga escribiendo Julián. Llegará a cumbres empinadas

  2. Julián.
    Esta es una excelente crónica.
    Considero que cuando mis sentimientos se conectan con un buen escrito, valdrá la pena leer las nuevas crónicas de este escritor.
    MUCHAS GRACIAS.

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