PERFORMATIVE MALES

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performative male

Por Catalina Rincón-Bisbey*

Performative male es un meme muy popular en las redes sociales de un hombre, en sus tardíos 20 o tempranos 30, que representa un tipo de masculinidad progresista y sensible que se muestra no como una amenaza, sino como un cuerpo y un espacio seguros para las mujeres. El meme es en sí un estereotipo de la hipersensibilidad emocional, del peso excesivo que tienen las políticas de identidad y de los hábitos de consumo de los Genzennials o Gen Zs progresistas de las urbes norteamericanas. Estos hábitos parecen no ser más que una amalgama de objetos retro usados con el propósito de representar otros performances, el de los jóvenes de los 90, el de los intelectuales o artistas urbanos atormentados, el de los trabajadores explotados, el de los aliados del feminismo en la época de los derechos civiles. Desde la ropa usada dos tallas más grandes, las bolsas de lona con mensajes woke, los tatuajes y piercings, y cortes de pelo punk suburbano, hasta la tecnología (walkmans, vinilos, dumb phones, audífonos con cable) y los productos culturales que consumen (música de chicas, libros feministas, películas románticas de la secundaria), el performative male se ha convertido en un meme porque la exageración de su actuación lo hace inauténtico.

La oposición entre lo que es auténtico y lo que es performativo para definir la identidad no es nueva. Sin embargo, esa oposición no considera que la identidad es fundamentalmente performativa y que, por serlo, no la hace menos auténtica. La idea de Judith Butler sobre el género como una construcción social, donde no hay un original como referente ni un ser ontológico antes del performance, es útil para pensar cualquier tipo de identidad —racial, socioeconómica, religiosa, sexual, etc.—. En esa construcción, la interacción con el otro es fundamental porque es ante quien se performa y de quien se espera validación. Cuando ésta llega, la identidad se legitima como genuina, auténtica, inherente. Así, el performative male no es tanto la puesta en escena exagerada del hombre progre y sensible, sino la exposición del fracaso de la validación de ese performance, de esa identidad. Siendo el performative male un eco de cómo los Gen Z se representan, este fracaso performativo también habla mucho de cómo se les percibe. La narrativa alrededor de esta generación no les aprecia más allá de sus emociones, victimizaciones e incapacidades, de su narcisismo y creencia radical de que merecen más, sufren más, necesitan más. Todo a cambio de absolutamente nada. De forma similar, los Silents despreciaban a los Boomers, los Boomers a los Gen X y los Gen X a los Millennials. Y, de forma similar, desde el siglo pasado hemos visto otras caricaturizaciones de otras masculinidades menos mainstream, como la de los hipsters.

La cuenta @awkwardflyer de Instagram se burla de muchísimas identidades actuales con una caricatura y descripción de su performance estereotípico. Hay muchísimos videos, seguramente generados con IA, entre ellos, the Birkenstock dude, the digital nomad, the travel couple, the Gen Z, the crypto bro, the content creator, the MAGA dude, the douchebag, the toxic man, the life coach, the activist, the hipster barista, the woke dude, y un largo etc. La cuenta no sólo nota el carácter altamente performativo de esas identidades, sino también sus hábitos de consumo y cómo estos están ligados a su construcción identitaria. La cuenta menciona lo que usan, lo que leen, lo que ven y escuchan, lo que beben y comen, lo que dicen, lo que postean en las redes, sus ocupaciones, sus inspiraciones y aspiraciones. A veces menciona la intención con la que estos personajes consumen ciertas cosas — irónicamente, no irónicamente, buscando validación, evasión, etc.— recordándonos que el cómo se consume lo que se consume es parte importante del performance identitario.

A lo largo de la historia, los performances masculinos han cambiado de acuerdo con los valores de la época y de los grupos sociales a los que pertenecen. Uno de los performances más persistentes en la modernidad es el del hombre liberal blanco y privilegiado cuyo capital económico, social, cultural y simbólico no es suficiente para encontrar la autenticidad, su autenticidad. Este hombre se ve impelido a buscarla en el otro exótico, nostálgico, prehistórico. Y para encontrarla, ha radicalizado su identidad en cualquier papel que le permita satisfacer su necesidad: noble aburrido, viajero de mares y altamares, poeta maldito, artista vanguardista, dandy inglés, francés, latinoamericano, hippie, intelectual humanista, académico esnob, académico corporativista, académico sin academia, músico adicto, director de cine arte, actor de cine arte, intelectual público, mediático, sin intelecto, aliado woke, aliado LGBTQ+, aliado feminista, podcastero, peregrino laico, escritor. Hipster. Performative male. Todos esos performances han sido caricaturizados en la cultura de una forma u otra por excesivos e inauténticos. Esa burla revela las limitaciones de su poder. Lo que no pasa con otro tipo de performances.

Las masculinidades que no parecen tener más búsqueda que la de su propiedad privada, su familia y sus múltiples libertades individuales, vengan en la forma que vengan, son identidades percibidas como inherentes, auténticas, aunque no sean hombres menos performativos que el performative male. Ya sea una masculinidad white collar o blue collar, estos performances, con el derecho auto-otorgado al exceso y la acumulación, no buscan autenticidad, no cuestionan ni problematizan su identidad. De ahí que, en un siglo tan mediático, narcisista y fragmentado, valga la pena preguntarse y preocuparse por esos performances que tienen más legitimidad y por lo tanto más poder que otros, llámensele Donald Trump, Pete Hegseth o Greg Bovino, o llámensele agentes de ICE o proud boys. Ese performance neofascista e hipermasculino ha jodido deliberadamente a individuos, instituciones y naciones. Y la preocupación no debería ser poca ni aislada de acciones prácticas. Ese café mediocre de Starbucks puede esperar hasta que sus trabajadores lleguen a un acuerdo sobre sus derechos laborales; ese post en IG y TikTok puede ser para documentar los abusos de ICE; ese voto puede ser para un/a candidato/a capaz de forjar una sociedad donde todos/as tengan acceso a una vida digna.

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* Catalina Rincón-Bisbey tiene un pregrado en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia, una maestría en Estudios Hispanos y un doctorado en Literatura y Cultura Latinoamericanas de Tulane University. Es directora del departamento de lenguas y profesora de español, literatura y cultura en North Shore Country Day. También enseña en Northeastern Illinois University. Ha publicado en revistas culturales como Contratiempo, El Beisman y Cronopio, así como en revistas literarias como Periodico de Libros y en revistas académicas como Chasqui y Catedral Tomada.

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