MARGUERITE YOURCENAR O SOBRE LA LITERATURA COMO ALQUIMIA

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Marguerite yourcenar

(Fragmento del capítulo 3 del libro Alquimistas. Roger Bacon, Zenón y Marguerite Yourcenar)

Por Andrés Felipe López López*

Peter Conrad (Wall y Finch, 1986) pregunta a Yourcenar si hacer una obra de arte es equivalente a llevar a cabo L’Œuvre au Noir, una Obra Negra, a lo que la académica responde «No», agregando que para ella, como para los filósofos antiguos, la obra es un proceso químico, de composición y destrucción, de demolición de prejuicios, preferencias personales, e incluso proyectos y ambiciones, un proceso de reducir a cenizas lo que al principio se creía valioso. Para Yourcenar la literatura, la filosofía, el arte y la ciencia son alquímicos no porque hagan de la realidad otra cosa que no es ella, que no le hace justicia, sino porque exigen la transmutación en las formas del espíritu; lo que lleva, dada la transformación del hombre, a que la realidad cambie porque la conocemos mejor. Transmutación que no es deformación sino recuperación de las formas espirituales antes de que fueran estrechadas o contaminadas. Cuando se ejercitan la literatura, la filosofía, las artes y la ciencia, y de ellas aprendemos en este modo, se constituyen en Opus Magnum, en la Gran Obra; todo, incluyendo el autor, se analiza, escruta, separa, estratifica, disuelve, reintegra, mezcla, destila, reinventa y hasta se predice en esas piedras filosofales.

En los manuscritos del visionario y alquimista Melquíades, en Cien años de soledad, estaban consignadas en sánscrito profecías del pasado y el futuro sobre la familia Buendía, que somos todos, la familia humana. Sí, sobre el pasado se profetiza, es el descubrimiento del devenir presente, de los presentes que ya no fueron y de los que podrán ser como criaturas en el seno universal del pasado. Nada hay de falsificación, tergiversación, engaño o mentira de la realidad en esos pergaminos de Melquíades y en Cien años de soledad. Hay razón, imaginación, invención, reinvención, revelación y transmutación, esta última que nada es sin la combinación que hace ser a las cosas y que deriva en primera mutación. Hay, en otras palabras, arreglo al defecto de la realidad sobre lo que debería ser en verdad. Este fue el proyecto de Yourcenar. Los manuscritos contenían «la historia de la familia, escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación» (García Márquez, 1991, p. 557). ¿Qué hubiera pasado si los textos se descifraban antes de que lo hiciera Aureliano Babilonia, cuando Cien años de soledad, biblia de la vida, está llegando a su fin? No solo anticiparíamos la catástrofe y la fatalidad que arrasaron a Macondo, que arrasan al mundo, también podríamos darle un giro a la historia. Esa obra de Gabriel García Márquez y otras como El general en su laberinto siempre se me han presentado, entre tantas posibilidades, como trabajos de filosofía de la historia. La historia es un libro escrito por un visionario alquimista, libro que es ininteligible hasta que no aprendamos el lenguaje en el que está compuesto. Anticiparíamos… podríamos…, porque, repito, los Buendía son símbolo de toda la humanidad.

«Con un pie en la erudición, otro en la magia, o más exactamente y sin metáfora, sobre esa magia simpática que consiste en transportarse mentalmente al interior de otro», escribió Yourcenar (1999a, p. 211) en los «Cuadernos de notas» a las Memorias de Adriano. Así llevó a cabo la poeta su obra alquímica, la literatura, que en ella es poesía histórica y filosófica. La erudición que es resultado de la investigación; la magia que, como vimos, según Zenón, es madre de la alquimia.

Erudición: a sus viajes, que más eran peregrinaciones para propiciar epifanías o para hacerse encontrar por las epifanías (geofanías), se suman la amistad o los diálogos con espíritus inteligentes y la búsqueda y la lectura enfebrecidas. Conversaciones con el recordado André Embiricos o con Constantino Dimaras, con quien tradujo, no sin tensiones, a Cavafis, o con los escritores Frederic Prokosch, Victoria Ocampo, Hortense Flexner y Walter Kaiser. Por voluntad propia, motivada por su padre o por las clases de profesores particulares (así fue su educación formal), además de los autores que he relacionado con Yourcenar, desde niña y adolescente leyó a Homero, Virgilio, los Evangelios, Marco Aurelio, Santiago de la Vorágine y La leyenda dorada, Dante Alighieri, Miguel de Cervantes, Pierre Corneille, Molière, Jean Racine, Jean de La Bruyère, Saint-Simon, los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, Nietzsche, Selma Lagerlöf, Maurice Maeterlinck o Romain Rolland, en algunas ocasiones en compañía de su padre y en voz alta, en francés, inglés, griego, latín e italiano. Siendo una joven escritora la encontramos interesada en André Gide, Rabindranath Tagore, Rainer Maria Rilke, Enrique Larreta, Mozart o Beethoven, y con una pasión confirmada, por ejemplo, por Jean Racine, Honoré de Balzac, Victor Hugo, Lev Tolstói, Selma Lagerlöf o Paul Valéry, y por la obra de Miguel Ángel, a la que se une, en el mismo plano artístico, la de Nicolas Poussin. Después hay que contar a Thomas Hardy, de quien leyó varias veces Far from the Madding Crowd porque tenía el hábito de releer libros que valían la pena, El elegido de Thomas Mann es otro caso; además Omar Khayyam, que le atrajo tanto como la figura de Adriano y con este la Historia Augusta. También Jean Cocteau, Yaiádeva y el Gita-Govinda, Fernando Pessoa, Joseph Conrad, Ghandi o el pintor Diego Velázquez; Yourcenar no se cansaba de contemplar Las meninas, tampoco de El jinete polaco de Rembrandt. En el Sarah Lawrence College, entre 1940 y 1949, y de 1952 a 1953, enseñó francés e italiano con literatura y teatro, cultura francesa con literatura y arte, y dictó cursos, por ejemplo, sobre novela histórica, epopeya, sátira o el periodo surrealista; aunque dada su pasión, rigurosidad y sentido absoluto del deber que le hacían hablar como si fuera un libro, de acuerdo con testimonios de alumnos, lo que en verdad enseñaba era amor a la literatura y la lengua, aun cuando su relación con la enseñanza fue más de odios que de amores. Por otra parte, dio cátedras o conferencias sobre Marcel Proust y Gustave Flaubert. Pasando a todo galope por el amor a la historia, la arqueología, la geología, el mito y la filosofía —del que ya he dado razón—, al final de su vida en 1987, Yourcenar contaba con 6876 libros en la biblioteca y por toda su casa Petite Plaisance (Torres, 2008). Para ella, como Francia, Grecia o Inglaterra, los libros fueron otra de sus patrias. Entre los griegos en esos ejemplares se encontraban obras de (o sobre) Hesíodo, Homero, Terpandro, Tales de Mileto, Teognis, Pitágoras, Anacreonte, Heráclito, Parménides, Heródoto, Tucídides, Demócrito, Hipócrates, Isócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Licofrón, Teócrito, Arquímedes, Eratóstenes y Plutarco. Quinientos de esos tomos, por otro lado, estaban relacionados con la cultura de Oriente en países como India, China y Japón, o la región del Tíbet. La literatura japonesa llegó a parecerle como de las más grandes, lo dice en una carta a Nobuyuki Kondo, editor de la revista Umi, fechada el 26 de enero de 1969.

Yourcenar, lectora suprema, por volumen y profundidad, hermana de Li Qingzhao, Roger Bacon, Miguel de Unamuno, Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Hannah Arendt, José Lezama Lima, George Steiner o románticos como Goethe y William Blake, modelos de lector universal.

En los «Cuadernos de notas» a las Memorias de Adriano se encuentra esta idea: una de las mejores formas de recrear el pensamiento de un hombre es reconstruyendo su biblioteca. En Memorias de Adriano la artista belga cuenta que Plotina, protectora de Adriano, hizo colocar en el umbral de la biblioteca del foro de su esposo Trajano la siguiente inscripción: «Hospital del alma». Para el emperador Adriano, a su vez, crear bibliotecas constituía una estrategia de paz, porque una biblioteca era equivalente a un granero público en el que se guardan reservas para un invierno del espíritu. En los mismos «Cuadernos de notas» se lee lo que Yourcenar llamó «Las reglas de juego» (1999a, p. 213), que no aplican solo para la novela y la historia, o para el tiempo recobrado en la novela histórica, sino para toda literatura que quiera ser de investigación: informarse, leer y aprehenderlo todo, y, simultáneamente, aplicar a nuestro fin los Ejercicios de Ignacio de Loyola o el método del asceta hindú que se esfuerza, durante años, en ver con más exactitud la figura en su imaginación. Seguir a través de miles de fichas la actualidad de los hechos; intentar una reintegración entre esos rostros de piedra y su movilidad, «su flexibilidad viviente». Cuando dos afirmaciones, dos textos o dos ideas se oponen, Yourcenar demanda esforzarse en conciliarlas más que en anular una por medio de la otra y ver en ellas dos facetas, dos estados sucesivos del mismo hecho, de una realidad convincente porque es compleja o humana, porque es múltiple. Leer un texto del siglo II con los ojos, el alma y los sentimientos del mismo siglo; «bañarlo en esa agua-madre que son los hechos contemporáneos»; separar, si se puede, todas las ideas y los sentimientos acumulados en estratos sucesivos, entre ellos y nosotros. No obstante, agrega Yourcenar, hay que servirse, aunque prudentemente, a modo de estudios preparatorios, «de las posibilidades de acercamiento o de comprobación, de perspectivas nuevas elaboradas poco a poco por tantos siglos o acontecimientos que nos separan de ese texto, de ese suceso, de ese hombre» y emplearlos como hitos en la ruta de regreso hacia un momento determinado. Igualmente hay que deshacerse de las sombras propias, evitar que el vaho de un aliento empañe el espejo; concentrarse sólo en lo más duradero, en lo más esencial que hay en nosotros, las emociones de los sentidos o las operaciones del espíritu, «como puntos de contacto con esos hombres que, como nosotros, comieron aceitunas, bebieron vino, se embadurnaron los dedos con miel, lucharon contra el viento despiadado y la lluvia enceguecedora y buscaron en verano la sombra de un plátano y gozaron, pensaron, envejecieron y murieron».

Estas reglas de juego, sentirá el lector conmigo, tienen el alma de preceptos de una Opus Nigrum aplicada al oficio de escritor poeta y científico, como nuestra autora.

Mención específica hice de los griegos por esta razón: Grecia, patria simbólica de Yourcenar, fue para la académica el gran acontecimiento de la historia de la humanidad, un milagro; así la definió en una carta a Ethel Thornbury del 9 de diciembre de 1954. Edmund Husserl escribió: «El telos espiritual de la humanidad europea, en el cual está comprendido el telos particular de las naciones singulares y de los hombres individuales, se halla en lo infinito, es una idea infinita, a la que arcanamente tiende, por así decirlo, el total devenir espiritual. (…) No pienso, con ello, geográficamente en un lugar, aunque también esto es pertinente, sino en un lugar de nacimiento espiritual en una nación, o bien en individuos y grupos humanos de esta nación. Es la nación de la Grecia Antigua hacia los siglos VII y VI a. C.  En ella surge una “nueva actitud” de individuos hacia el mundo circundante. Y como consecuencia aparece una clase totalmente nueva de formaciones espirituales, que rápidamente crece hacia una forma cultural sistemáticamente cerrada; los griegos la denominaron “filosofía”. Correctamente traducido en el sentido originario, esto no quiere decir otra cosa que ciencia universal, ciencia de la totalidad del mundo, de la unidad total de todo lo existente» (1991b, pp. 85, 86-87). Es el mundo en su conjunto constituido en un interrogante que debe ser resuelto, que exige la experiencia unificada de esas formas del espíritu: la ciencia, el arte y la ética.

Magia: magia simpática que conduce a captar el interior de los seres. En «La improvisación sobre Innsbruck», justo antes de lamentarse de que la simpatía se banalice, Yourcenar afirma que para remontarse en nosotros a los estados comunes de la humanidad hay que descender a las sensaciones más primitivas, incluso a los impulsos orgánicos del esfuerzo y el placer. Intencionalidad de conciencia dirigida a lo humano esencial, otra vez, al centro. «Todo ser que haya vivido la aventura humana vive en mí», dice en aquellos «Cuadernos de notas» a las Memorias de Adriano. Michel de Crayencour le repetía que nada humano nos tiene que ser ajeno. Lo que significa que ella siente como suyas las vidas con sus tragedias y comedias, es devota de ellas. En el poema «Respuestas» la artista pregunta (2010, p. 31): «¿Qué tienes para consolar la tumba, / Corazón insolente, corazón en rebeldía? / El fruto maduro pesa y se desprende. / ¿Qué tienes para consolar la tumba?». A lo que responde: «Tengo el caudal de haber sido».

Veo esta magia simpática en el discurso en la Academia Francesa cuando evoca la sabiduría alquímica en la sentencia «Non cogitat qui non experitur» (no piensa el que no experimenta) que conecta con lo que para ella es una inimitable idea griega: más incluso que comprender, sufrir lo que se quiere comprender. Experimentar para pensar, y sufrir, padecer, para comprender, he aquí la magia simpática. Es arte o poder de afinidad, de amar. Conjura alquímica que aparece empleada también en Mishima o la visión del vacío para decir con Mishima que un cuerpo entrenado es capaz de una intimidad con las ideas más estrecha, incluso que la hecha por la mente.

En respuesta a una carta de Silvia Baron Supervielle del 3 de julio de 1986, en la que el tema es la reciente muerte de Jorge Luis Borges y la organización de un homenaje, Yourcenar amplía una de las últimas frases que Silvia Baron le oyó decir al argentino: «En el fondo, la literatura no es sino afecto», yendo más lejos, Yourcenar formula que la literatura no es otra cosa que amor.

Simpatía, participación en la existencia de todos, que el Adriano de la poeta belga estimó como una de las formas menos revocables de la inmortalidad, que Yourcenar, en el coloquio con Matthieu Galey, extiende más allá de los hombres a todos los seres.

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El presente fragmento se publica en nuestra revista con autorización de la editorial.

El texto hace parte del libro Alquimistas. Roger Bacon, Zenón y Marguerite Yourcenar del escritor colombiano Andrés Felipe López López, publicado en España por Erasmus libros del grupo Almuzara, 2025.

Libro en la página del grupo Almuzara.

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*Andrés Felipe López López, Ph.D., natural de Colombia, es profesor de la Universidad de San Buenaventura, el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid y la Institución Universitaria Pascual Bravo. Autor de doce obras de ensayo y de libros académicos de investigación; los de publicación más reciente son estos: El hombre que creía demasiado. Francisco de Asís en Chesterton (México); La pobreza universal. Relatos y ensayos, una hibridación (Colombia); Kurt Gödel o sobre las paradojas (Colombia) y Alquimistas. Roger Bacon, Zenón y Marguerite Yourcenar (España). Creador de la novela Historia de una imaginación memorable (U.S.A). En poesía, autor de El vestigio de tu sangre persigo entre la hierba (Colombia); Del amor a ti y a otros asuntos (Argentina) y Arde, vida poetizada (Colombia). Editor académico o coordinador de más de diez obras colaborativas, de las que se pueden destacar las siguientes: Dante Alighieri. 700 años de gloria; Arte, ciencia y belleza en el Renacimiento. Historias, ensayos y artículos y Materiales y ensayos de filosofía de la ciencia y del conocimiento.

Entre premios y reconocimientos, se puede mencionar que fue ganador del Primer Concurso de Ensayo fray Roger Bacon con el trabajo titulado «The Ancient of Days de William Blake»; ha obtenido dos veces la «Distinción a la excelencia investigativa Guillermo de Ockham» en el área de las Humanidades, otorgada por la Universidad de San Buenaventura (Colombia).

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